{"id":63307,"date":"2024-10-19T22:47:05","date_gmt":"2024-10-19T22:47:05","guid":{"rendered":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/?p=63307"},"modified":"2024-10-19T22:47:47","modified_gmt":"2024-10-19T22:47:47","slug":"la-campana-de-la-senorita-galatea-camposanto","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/?p=63307","title":{"rendered":"La campana de la se\u00f1orita Galatea Camposanto"},"content":{"rendered":"\n<p><em>De Florencio Nicolau<\/em><\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-large\"><a href=\"http:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/final-2024-10-19T124150.898.jpg\"><img decoding=\"async\" width=\"627\" height=\"1024\" src=\"http:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/final-2024-10-19T124150.898-627x1024.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-63308\" srcset=\"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/final-2024-10-19T124150.898-627x1024.jpg 627w, https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/final-2024-10-19T124150.898-184x300.jpg 184w, https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/final-2024-10-19T124150.898-768x1254.jpg 768w, https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/final-2024-10-19T124150.898-940x1536.jpg 940w, https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/final-2024-10-19T124150.898-92x150.jpg 92w, https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/final-2024-10-19T124150.898.jpg 960w\" sizes=\"(max-width: 627px) 100vw, 627px\" \/><\/a><\/figure>\n\n\n\n<p><strong>La campana de la se\u00f1orita Galatea Camposanto<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Especial para Eco Italiano<\/p>\n\n\n\n<p>Ha muerto Galatea. Simplemente no le entraron m\u00e1s a\u00f1os en el cuerpo. Me ha tocado, en mi car\u00e1cter de cuidador, ser la persona que la encontr\u00f3 esta ma\u00f1ana en la cama con los ojos cerrados y un rostro pacifico a pesar de los estragos de la vejez. Una persona centenaria que guard\u00f3 una vida sana pero que al fin la muerte logr\u00f3 alcanzarla cuando parec\u00eda que se estaba escapando. Son pocos los parientes que quedan en relaci\u00f3n directa. Nunca se cas\u00f3, no tuvo hijos. Tal vez el afecto m\u00e1s real sea yo, el hijo de una persona que la trat\u00f3 siempre de t\u00eda aunque no hubiera lazos de sangre. Piensen en esto: nunca sabr\u00e1n quien los acompa\u00f1ar\u00e1\u2014en vano\u2014en el momento de la retirada formal de este plano.<\/p>\n\n\n\n<p>Sigo el protocolo que tengo en mente desde hace un tiempo. Busco los documentos, aviso a la funeraria y me preparo para hacer todos los tr\u00e1mites necesarios para concretar el entierro en un nicho que ya tiene asignado. Aviso a los pocos que tuvieron alguna relaci\u00f3n con ella. Todos lo sienten profundamente, es decir ninguno de ellos ir\u00e1 al entierro. Pasado cierto n\u00famero de a\u00f1os la gente empieza a asumir la muerte del pr\u00f3jimo. El momento real es solo una confirmaci\u00f3n y no faltan quienes a recibir la noticia se enteran que estaba a\u00fan con vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya s\u00e9 lo que est\u00e1n pensando. No. no. No busco ninguna herencia ni voy a aprovecharme de alguna situaci\u00f3n para sacar ventaja. Galatea Camposanto solo ten\u00eda esta modesta casa, su ropa, una peque\u00f1a biblioteca y algunos objetos que ofician de adorno en las c\u00f3modas viejas con la superficie de m\u00e1rmol rajadas y las lunas de los espejos con moho en los bordes biselados. No s\u00e9 qui\u00e9nes ser\u00e1n sus herederos, yo no lo soy; la relaci\u00f3n con ella siempre fue de afecto aut\u00e9ntico. Mis abuelos murieron cuando era muy peque\u00f1o y encontr\u00e9 en Galatea un suced\u00e1neo de ellos. Actu\u00f3 de esa manera, prodig\u00e1ndome lecturas de cuentos, historias de su juventud y una modesta cantidad de dinero que me daba en un sobre cerrado todos mis cumplea\u00f1os. Amaba\u2014y amo\u2014a Galatea.<\/p>\n\n\n\n<p>Miro el viejo sill\u00f3n de mimbre donde se sentaba todas las tardes a mirar la nada. Descubro que ese mueble ha perdido la personalidad. Me doy cuenta que ya no la ver\u00e9 m\u00e1s, centenaria y con las manos en el regazo en actitud de una oraci\u00f3n pagana y la mirada perdida. Me acongojo y mi rostro se llena de l\u00e1grimas. Nunca pens\u00e9 que iba a llorar la muerte de Galatea. Me enga\u00f1\u00e9 a m\u00ed mismo. Desde la cama, con cabecera de bronce empa\u00f1ado, el cad\u00e1ver de t\u00eda Gala (as\u00ed la llamaba) es un recordatorio s\u00f3lido del destino humano. Me acerco y ensayo alguna oraci\u00f3n de mi inventiva. Nunca profes\u00e9 religi\u00f3n. Galatea tampoco.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>Sale un momento del estado de enso\u00f1aci\u00f3n en que ha ca\u00eddo inexplicablemente y mira alrededor. Apenas se pinta de un rosa p\u00e1lido el cielo y ya hace rato que est\u00e1 levantada haciendo cosas en la cocina. Una ma\u00f1ana que se descubre al mundo como una bendici\u00f3n de primavera y sol, con zorzales que le ponen la m\u00fasica al este. Unos extra\u00f1os nubarrones se ven en la lejan\u00eda, una cosa verdaderamente rara para esta \u00e9poca del a\u00f1o. Oye el ruido de un motor y ve la tierra que se levanta en el horizonte y piensa quien puede venir a la escuela tan temprano. Es alguien del pueblo que conduce en un Ford. La maestra sale a la puerta de la modesta escuelita y espera ver entre la nube de polvo la identidad del conductor. Es un alumno de los mayorcitos, Restituto, hijo de uno de los chacareros m\u00e1s afortunados del pago. Un chico aventajado en este p\u00e1ramo alejado de la humanidad. Qu\u00e9 hace un domingo a la ma\u00f1ana en el auto de su padre es una pregunta que pronto se asienta en la cabeza de la maestra.<\/p>\n\n\n\n<p>El muchacho, una mezcla de gringo con morochito, baja del auto, agitado. Trae noticias importantes. La maestra y el mozo se enfrentan y la mujer le pregunta qu\u00e9 est\u00e1 haciendo en d\u00eda de asueto y a esas horas por la escuela. Restituto no para de respirar agitado y cuando resuelve el resuello en voz le dice que su padre le pide que le avise que se viene un viento de Madre y Se\u00f1or m\u00edo y que si no se protegen enseguida bajo alguna construcci\u00f3n s\u00f3lida van a ir a parar al diablo. Vengas\u00e9 con nosotros que en esta escuelita la va a pasar mal. \u00bfY c\u00f3mo sabe tu padre que esto va a pasar? Semo gente de campo seorita Gala, crean\u00f3s en lo que le decimos, am\u00e9tase bien guardada porque la tormenta es de Jes\u00fas, Mar\u00eda y Jos\u00e9 y de la gran puta que los pari\u00f3 a los tres juntos; se sonroja por la blasfemia que repite de hab\u00e9rsela o\u00eddo al padre. La se\u00f1orita Gala se preocupa porque ve que los nubarrones est\u00e1n empezando a copar parte del cielo a una velocidad implacable. Y vos, tarambana, te viniste de tu casa y ahora nos agarra a los dos ac\u00e1 en el medio de la nada con esta escuelita que se viene abajo de mirarla.<\/p>\n\n\n\n<p>El vienta empieza a sonar aterrador y los \u00e1rboles comienzan a mover las copas de forma violenta de un lado para otro. La maestra y el muchacho miran alrededor aterrorizados cuando una r\u00e1faga de una fuerza descomunal los hace trastabillar y casi caerse. Desesperados se meten en el Ford sin decir una palabra ni ponerse de acuerdo. El instinto de supervivencia les funciona a la perfecci\u00f3n. La campana comienza a balancearse y a sonar con una estridencia desconocida, como si hubiera cobrado vida a trav\u00e9s del h\u00e1lito santo del viento. Empiezan a volar cosas, las piedras se arrastran, la escuela comienza a recibir en sus paredes los embates del cicl\u00f3n; la maestra y el muchacho buscan desesperados refugio agach\u00e1ndose en el piso del autom\u00f3vil. El cielo es negro absoluto y el sonido del viento no deja o\u00edr nada de nada. Es una de las tormentas m\u00e1s grandiosas que la se\u00f1orita Gala ha vivido en sus a\u00f1os de magisterio en los pueblos donde ha vivido. No es lluvia es solo viento. El muchacho perdi\u00f3 toda su valent\u00eda y empieza a lloriquear y temblar a pesar de ser un mozo de unos catorce, tal vez quince a\u00f1os. En el paroxismo del meteoro la maestra comienza a sentir una desaz\u00f3n y desesperaci\u00f3n desconocida en su esp\u00edritu hasta entonces y simulando proteger al muchacho lo abraza para sentirse ella protegida. Y as\u00ed quedan los dos dentro del auto fuertemente apretados el uno contra el otro.<\/p>\n\n\n\n<p>No escuchan que la campana ha dejado de sonar.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>Los hombres de la funeraria se llevan el cuerpo de t\u00eda Gala en una furgoneta y me hacen firmar todos los papeles luego de pedirme los documentos. Me quedo solo en la casa contemplando los restos de un presente que comienza a entramarse en pasado. Las copas de cristal, un revistero viejo, los libros en la biblioteca, algunos forrados en papel madera manoseado. Contemplo el objeto que m\u00e1s me ha llamado la atenci\u00f3n desde que oficio de acompa\u00f1ante de t\u00eda Gala. En el piso, al lado de la puerta, hay una peque\u00f1a campana de bronce a la que le falta un gran pedazo en forma triangular. A trav\u00e9s se ve que no tiene badajo. Un objeto extra\u00f1o dentro de la casa de una maestra jubilada hace a\u00f1ares. Varias veces le pregunt\u00e9 de donde era y que significado ten\u00eda para ella como recuerdo. Lo \u00fanico que consegu\u00ed sonsacarle fue que se trataba de una campana de una de las escuelas en donde hab\u00eda dado clases en su juventud. Cuando inquir\u00ed que le hab\u00eda pasado para que se rompiera de esa manera, farfull\u00f3 algunas evasivas y se qued\u00f3 muda mirando la nada. Parec\u00eda que sonre\u00eda avergonzada.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>El vendaval amaina primero y luego se va extinguiendo gradualmente hasta que vuelve una calma vagarosa. El paisaje ha cambiado por completo. \u00c1rboles derribados, piedras por todas partes. Una de las paredes de la escuela tiene un hueco pero felizmente la casa se mantiene en pie. La tormenta dej\u00f3 su impronta en la tierra que ahora cubre los canteros con las flores que cultiva la se\u00f1orita Gala en sus ratos libres de maestra soltera. Galatea y Restituto est\u00e1n hechos un ovillo, abrazados en el asiento de donde no se han movido un \u00e1pice desde que comenz\u00f3 el cicl\u00f3n inesperado. No se animan a salir por temor a que todo empiece de nuevo repentinamente. La maestra siente el temblor del muchacho en sus brazos y esa vibraci\u00f3n de origen humano le devuelve un poco de tranquilidad y de conciencia acerca de la existencia del mundo. El mozo se aferra a la espalda de la mujer con una fuerza sobrenatural. Galatea exhala un suspiro de reconciliaci\u00f3n consigo misma e, inconscientemente, acaricia el cabello de la nuca de Restituto. Son cabellos fuertes, una mata densa y salvaje de un ser criado al sol y a merced de las duras tareas rurales en compa\u00f1\u00eda de su padre y sus hermanos. La mano de Galatea encuentra solaz en este gesto insignificante. Sin tomar conciencia baja la mano hacia el cuello que empieza a relajarse lentamente despu\u00e9s del ataque de p\u00e1nico. Son ellos dos los que han sobrevivido a la tormenta, el resto del mundo ya no importa. Restituto empieza a desprenderse del fuerte abrazo de la maestra pero Galatea lo retiene con toda la vehemencia de sus treinta a\u00f1os saludables. Las caricias se vuelven involuntarias y repentinamente Restituto comienza a corresponderlos con un movimiento de las manos sobre las piernas de Galatea que lleva unas tersas medias de seda. No surge una palabra entre ellos cuando sus bocas se buscan y se unen en un beso que parece no terminar nunca. Restituto descubre, sin que nadie le haya ense\u00f1ado, para que cosas sirve la lengua adem\u00e1s de para comer helados y hablar. La reacci\u00f3n es el\u00e9ctrica; comienza a sentir la piel de la mujer debajo del vestido primaveral y en una atavismo animal le mordisquea el cuello que Galatea le ofrece sin ning\u00fan tipo de resistencia. La mano de la maestra le acaricia la panza, le toca el ombligo con el \u00edndice y baja hasta tomar el sexo dormido de Restituto que empieza a despertar por primera vez en la vida en un amanecer biol\u00f3gico y sensual.<\/p>\n\n\n\n<p>Restituto piensa si lo que siente es el Para\u00edso del que habla el cura en los sermones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2026.<\/p>\n\n\n\n<p>Salen del auto sin mirarse el uno al otro. El precio del pecado es el silencio. Ambos saben que el placer quedar\u00e1 sepultado para siempre bajo una tormenta inesperada en la puerta de una escuela en las afueras de un pueblo que, con los a\u00f1os, solo ellos recordar\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>Restituto, acomod\u00e1ndose la ropa descubre la campana rota. El golpe del viento la arranc\u00f3 de la improvisada melena y la azot\u00f3 contra el poste de un alambrado. La fuerza del choque fue tal que la parti\u00f3. La se\u00f1orita Gala sabe que ya estaba marcada y ve a la campana da\u00f1ada como el s\u00edmbolo de una consumaci\u00f3n, de algo que deb\u00eda pasar y termin\u00f3 pasando. El badajo, que estaba pobremente sujeto con un trozo de c\u00e1\u00f1amo, aparece tirado unos metros m\u00e1s all\u00e1. Sin mediar palabra alguna, Galatea lo recoge y acarici\u00e1ndolo sensualmente, se lo lleva a la boca y le pasa la lengua un instante. Sonr\u00ede mirando a Restituto que baja la cabeza, avergonzado. Luego se lo da y le pide que lo guarde.<\/p>\n\n\n\n<p>Restituto le da manija al auto\u2014que milagrosamente anda\u2014y se va a su casa a campo traviesa tratando de no pensar en nada.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>Entra el f\u00e9retro al cementerio mientras dobla la campana. El sonido no es una oraci\u00f3n de difuntos. Est\u00e1 contando una vieja historia de amor.<\/p>\n\n\n\n<p>Florencio Cruz Nicolau<br>Paran\u00e1, Argentina, 19 de octubre de 2024<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>De Florencio Nicolau La campana de la se\u00f1orita Galatea Camposanto Especial para Eco Italiano Ha muerto Galatea. 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