{"id":91792,"date":"2026-06-12T16:28:13","date_gmt":"2026-06-12T16:28:13","guid":{"rendered":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/?p=91792"},"modified":"2026-06-12T16:28:14","modified_gmt":"2026-06-12T16:28:14","slug":"los-allegados","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/?p=91792","title":{"rendered":"Los allegados"},"content":{"rendered":"\n<p><em>Florencio Cruz Nicolau Eymann<\/em><br><\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-full is-resized\"><a href=\"http:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/06\/Los-allegados.jpg\"><img decoding=\"async\" width=\"525\" height=\"885\" src=\"http:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/06\/Los-allegados.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-91793\" style=\"width:233px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/06\/Los-allegados.jpg 525w, https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/06\/Los-allegados-178x300.jpg 178w\" sizes=\"(max-width: 525px) 100vw, 525px\" \/><\/a><\/figure><\/div>\n\n\n<p>Especial para Eco Italiano<\/p>\n\n\n\n<p>Es la vocaci\u00f3n de volar lo que me ha llevado a estos lugares donde ni el cuerpo ni el alma parecen capaces de soportar tanta belleza. A veces, cuando el avi\u00f3n atraviesa ciertos corredores de nubes y el sol incendia las cumbres como si el mundo estuviera todav\u00eda en su primer d\u00eda, siento que ning\u00fan hombre deber\u00eda contemplar algo semejante sin pagar un precio. Y creo que el m\u00edo ya ha sido fijado.<\/p>\n\n\n\n<p>Es horrible saber que uno ha sido condenado y no conocer todav\u00eda la naturaleza exacta del castigo. La verdadera tortura no es el dolor, sino la espera: vivir con la sospecha de que algo nos observa desde muy lejos, aguardando el instante preciso para reclamar aquello que le pertenece. Durante a\u00f1os intent\u00e9 persuadirme de que todo ten\u00eda una explicaci\u00f3n trivial: coincidencias absurdas, impresiones infantiles magnificadas por el tiempo o sue\u00f1os demasiado intensos para desaparecer del todo al despertar. Pero el universo tiene formas extra\u00f1as de insistir sobre ciertas personas.<\/p>\n\n\n\n<p>De mi madre hered\u00e9 el amor por los libros y por la m\u00fasica; de mi padre, la pasi\u00f3n por los aviones. De mis abuelos, la fascinaci\u00f3n por los animales, el olor de la tierra mojada y el sonido del viento atravesando los eucaliptos del campo. Mi infancia fue tranquila y quiz\u00e1 por eso ciertos episodios quedaron grabados con una intensidad insoportable.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a> El primero ocurri\u00f3 cuando yo ten\u00eda tres o cuatro a\u00f1os. Era una tarde de calor pesado en el campo de mis abuelos. Soplaba un viento extra\u00f1o que parec\u00eda anunciar tormenta. En aquel entonces no sab\u00eda nada de meteorolog\u00eda, pero recuerdo haber sentido que el aire estaba esperando algo. Los gatos correteaban alrededor de la cocina y las hojas de los \u00e1rboles vibraban con una extra\u00f1a inquietud.<\/p>\n\n\n\n<p>Y hab\u00eda alguien m\u00e1s con nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Intento recordar su rostro y no puedo. Solo me queda la sensaci\u00f3n de su presencia, el olor a perro mojado impregnado en la ropa y unas manos \u00e1speras que me levantan en el aire mientras los adultos conversan. Me acerca al caballo preferido de mi abuelo. El animal resopla con tranquilidad y aquel hombre me dice que lo toque, que no tenga miedo, que es mansito. Entonces ocurre algo imposible: el caballo lanza un relincho brutal, salvaje, un sonido tan descomunal que parece surgir de una garganta humana. Echo a llorar inmediatamente. Despu\u00e9s vienen las voces de mis padres intentando tranquilizarme, las risas nerviosas, el cielo oscureci\u00e9ndose sobre el campo. Y el hombre ya no est\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>Muchos a\u00f1os m\u00e1s tarde habl\u00e9 de aquella tarde con mis padres. Les pregunt\u00e9 qui\u00e9n era el allegado que me hab\u00eda levantado en brazos. Se miraron confundidos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No hab\u00eda nadie m\u00e1s \u2014me dijo mam\u00e1\u2014. \u00c9ramos solo nosotros cinco.<\/p>\n\n\n\n<p>Todav\u00eda recuerdo el tono exacto con el que lo dijo. No era burla ni incredulidad. Era desconcierto verdadero.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde entonces esa escena regres\u00f3 muchas veces a mi memoria, siempre acompa\u00f1ada por las mismas asociaciones: viento, calor. Y ese olor.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasan los a\u00f1os y la infancia se transforma lentamente en otra cosa. Llega la escuela, los actos patrios donde uno se disfraza de soldado o de pr\u00f3cer sin comprender demasiado, los primeros pensamientos confusos de la adolescencia, esa \u00e9poca extra\u00f1a en la que todo parece cambiar de lugar dentro de uno. Creo que crecer no significa madurar, sino barajar nuevamente las cartas con las que nacimos y empezar a jugarlas en otro orden.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando mis padres cumplieron quince a\u00f1os de casados organizaron la \u00fanica gran fiesta que recuerdo en nuestra casa. Nunca fueron afectos a las celebraciones. Consideraban que la mayor parte de las reuniones sociales eran intentos desesperados de ocultar la tristeza natural de la existencia. Pero aquella vez hicieron una excepci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>La casa se llen\u00f3 de familiares, amigos, conocidos, allegados. La casa se llen\u00f3 de familiares, amigos, conocidos, allegados. El murmullo continuo de las conversaciones se mezclaba con la m\u00fasica. Entre los invitados hab\u00eda una mujer que nadie parec\u00eda conocer demasiado bien. Vest\u00eda con modestia, aunque llevaba una cantidad exagerada de bijouterie brillante. Tendr\u00eda unos cincuenta a\u00f1os y pose\u00eda una expresi\u00f3n extra\u00f1a, algo entre la ternura y el agotamiento.<\/p>\n\n\n\n<p>En cierto momento sac\u00f3 una baraja espa\u00f1ola y comenz\u00f3 a leer las cartas sobre el mantel blanco de encaje irland\u00e9s de mi abuela. Todos se acercaron divertidos. Predijo noviazgos, viajes, enfermedades menores, peque\u00f1as fortunas repentinas. La gente re\u00eda. Algunos fing\u00edan creerle; otros, quiz\u00e1, cre\u00edan de verdad. Yo observaba desde lejos.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces levant\u00f3 la vista y me mir\u00f3 directamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca olvidar\u00e9 esa mirada. No hab\u00eda amenaza en ella, tampoco afecto. Era algo peor: reconocimiento. Esper\u00f3 a que el ruido de la conversaci\u00f3n creciera y entonces me habl\u00f3 en voz muy baja, como si no quisiera que nadie m\u00e1s escuchara.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Cu\u00eddate del salario del pecado, hijo.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s continu\u00f3 repartiendo cartas como si nada hubiera ocurrido.<\/p>\n\n\n\n<p>Al d\u00eda siguiente una amiga de mi madre llam\u00f3 por tel\u00e9fono preguntando qui\u00e9n era aquella mujer. Quer\u00eda volver a verla. Pero nadie supo responderle. No hab\u00eda llegado con ning\u00fan invitado. Nadie la conoc\u00eda. Nadie recordaba siquiera en qu\u00e9 momento se hab\u00eda ido.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el tiempo qued\u00f3 en la tradici\u00f3n familiar como un episodio m\u00e1s divertido que misterioso. Tal vez no hab\u00eda sido m\u00e1s que una simple colada.<\/p>\n\n\n\n<p>Entr\u00e9 a la escuela de aeron\u00e1utica, aprend\u00ed a volar, constru\u00ed una vida razonablemente normal. Hubo amor, hubo rutina, hubo incluso felicidad en ciertos per\u00edodos. Un comodoro me dio una vez una ense\u00f1anza que nunca olvid\u00e9:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Recuerde, alf\u00e9rez: en esta nave estamos usted, el primer teniente, el capit\u00e1n y yo. Cuatro rangos distintos, cuatro vidas distintas. Pero si el avi\u00f3n cae, la dama negra tendr\u00e1 la misma certera precisi\u00f3n con su golpe de guada\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el tiempo comprend\u00ed que volar modifica la percepci\u00f3n moral de las personas. Cuando uno transporta cientos de pasajeros aprende que la vida es algo monstruosamente fr\u00e1gil. Basta un error m\u00ednimo para transformar trescientas historias en humo descendiendo sobre una monta\u00f1a. Y quiz\u00e1 por eso empec\u00e9 a pensar cada vez m\u00e1s seguido en la idea del mal. No como una entidad religiosa ni como un demonio con cuernos, sino como una insinuaci\u00f3n, una voz, una peque\u00f1a inclinaci\u00f3n del pensamiento hacia el abismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora mismo vuelo sobre una regi\u00f3n monta\u00f1osa que conozco de memoria. He realizado esta ruta cientos de veces. Debajo de m\u00ed se extienden kil\u00f3metros de piedra \u00e1rida iluminada por el sol de la tarde. Durante a\u00f1os esta zona fue peligrosa debido a los conflictos religiosos y militares de la regi\u00f3n. Hoy reina una calma precaria.<\/p>\n\n\n\n<p>Detr\u00e1s de m\u00ed viajan m\u00e1s de trescientas personas: hombres cansados, mujeres que regresan a casa, ni\u00f1os dormidos, ancianos, amantes, personas que creen tener todav\u00eda mucho tiempo por delante. A veces pienso que un avi\u00f3n es la forma m\u00e1s perfecta de democracia que existe. Durante unas horas todas las diferencias humanas desaparecen. El rico y el pobre, el sabio y el imb\u00e9cil, el santo y el miserable comparten, en potencia, exactamente el mismo destino.<\/p>\n\n\n\n<p>El copiloto sale un momento de la cabina para ir al ba\u00f1o. Y entonces los veo.<\/p>\n\n\n\n<p>Primero creo que estoy sufriendo una alucinaci\u00f3n provocada por el cansancio. Pero no. All\u00ed est\u00e1n. El hombre del caballo ocupa un asiento junto a la ventanilla. Tiene el mismo rostro impreciso que recuerdo de la infancia, como si nunca hubiera pertenecido del todo a este mundo. Sus manos descansan sobre las rodillas y sonr\u00ede apenas cuando nuestras miradas se cruzan. M\u00e1s atr\u00e1s est\u00e1 la mujer de las cartas. Sostiene una baraja entre los dedos y no habla. Solo observa. Es la misma mirada que enfrent\u00e9 hace a\u00f1os, en aquella fiesta donde apareci\u00f3 y desapareci\u00f3 sin dejar rastro.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre las cortinas y los amplios asientos de la primera clase adquieren un aspecto hier\u00e1tico. S\u00e9 a lo que han venido. No viajan hacia ninguna parte. Est\u00e1n aqu\u00ed para recordarme algo que siempre supe.<\/p>\n\n\n\n<p>El aire dentro de la cabina comienza a espesarse lentamente. Las monta\u00f1as ascienden bajo el fuselaje como criaturas dormidas. Entonces comprendo algo peor que el miedo: ellos no han venido por m\u00ed. Han venido por todos.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer sostiene la baraja entre las manos, pero no necesita abrirla. Sus dedos acarician lentamente los bordes gastados de las cartas mientras me observa con una tristeza insoportable, como si supiera que ciertas decisiones empiezan mucho antes de realizarse.<\/p>\n\n\n\n<p>Y entonces vuelvo a escuchar el tintineo de las copas resonando desde una fiesta lejana.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre inclina apenas la cabeza y, por un instante, vuelve a escucharse aquel relincho imposible de mi infancia, aunque ahora parece surgir desde el interior mismo de los motores. Siento una presi\u00f3n insoportable en el pecho. Una idea empieza a abrirse paso lentamente dentro de m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Ser\u00eda tan f\u00e1cil.<\/p>\n\n\n\n<p>Bastar\u00eda un peque\u00f1o movimiento de las manos. Un descenso abrupto. Un error m\u00ednimo.<\/p>\n\n\n\n<p>Las monta\u00f1as esperan debajo de nosotros con una paciencia mineral, como si supieran que tarde o temprano todo termina regresando a ellas. Pienso en el comodoro. Pienso en la dama negra. Pienso en el salario del pecado. Y por primera vez comprendo que el verdadero horror no consiste en ser empujado hacia el mal, sino en descubrir que el mal puede hablar con nuestra propia voz.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces llega el olor.<\/p>\n\n\n\n<p>Primero apenas una insinuaci\u00f3n. Despu\u00e9s una presencia h\u00fameda y caliente que empieza a filtrarse por la cabina. Es el mismo hedor que sent\u00ed junto al caballo cuando era ni\u00f1o, pero ahora ha adquirido algo descomunal, casi f\u00edsico, como si estuviera respirando sobre mi nuca. Un olor animal, podrido y antiguo, demasiado intenso para pertenecer a un ser humano.<\/p>\n\n\n\n<p>Siento que atraviesa el uniforme y se adhiere a la piel. El calor aumenta de golpe. Me tiembla la mano derecha sobre los controles. Y durante un segundo terrible imagino el avi\u00f3n descendiendo hacia las monta\u00f1as con la suavidad de un ave que vuelve finalmente a su nido.<\/p>\n\n\n\n<p>Tengo en mis manos el poder de abrir la puerta por donde la dama negra habr\u00e1 de entrar con su guada\u00f1a paciente y certera.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces comprendo algo peor que el miedo. Quiz\u00e1 el verdadero pecado no consista en matar, sino en descubrir que uno puede hacerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque hay una diferencia entre desear la muerte de un hombre en un instante de furia y aceptar serenamente la posibilidad de exterminar a cientos de personas que nada nos han hecho. Una posibilidad todav\u00eda intacta, no convertida en acto, pero viva, respirando dentro de uno como un animal oculto.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuanto m\u00e1s tiempo permanezco contemplando esa posibilidad, m\u00e1s claramente siento al animal moverse dentro de m\u00ed, igual que aquel caballo antes del relincho, cuando mi mano infantil apenas roz\u00f3 su morro y algo salvaje despert\u00f3 detr\u00e1s de sus ojos.<\/p>\n\n\n\n<p>Tal vez el infierno no sea un castigo posterior a nuestras acciones. Tal vez comience exactamente aqu\u00ed: en el instante preciso en que el alma acepta mirar hacia el abismo sin apartar los ojos.<\/p>\n\n\n\n<p>El olor sigue creciendo dentro de la cabina. Y ya no s\u00e9 si proviene de ellos o de algo que despert\u00f3 en m\u00ed hace muchos a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00e9 que, si abro la puerta, ya no estar\u00e1n all\u00ed. El hombre del caballo y la mujer de las cartas nunca permanecen demasiado tiempo. Aparecen solo para comprobar que el abismo que abrieron en m\u00ed sigue vivo.<\/p>\n\n\n\n<p>El avi\u00f3n contin\u00faa descendiendo unos pocos metros por minuto.<\/p>\n\n\n\n<p>Florencio Cruz Nicolau<\/p>\n\n\n\n<p>Paran\u00e1, Argentina, 12 de junio de 2026<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Florencio Cruz Nicolau Eymann Especial para Eco Italiano Es la vocaci\u00f3n de volar lo que me ha llevado a estos [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[43],"tags":[],"class_list":["post-91792","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-historias"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/91792","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=91792"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/91792\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":91794,"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/91792\/revisions\/91794"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=91792"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=91792"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.ecoitaliano.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=91792"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}