Amado Gödel

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

Estacionan el auto frente a la puerta de la casa, en una primavera todavía fresca. Es uno de esos momentos en los que todo parece anunciar que algo interesante va a suceder, aunque nadie sabría explicar con precisión qué significa, en verdad, interesante.

Dentro del vehículo, la pareja se mira. Se observan como si cada uno buscara en el otro una parte perdida de sí mismo, una forma posible —aunque nunca completa— de complementariedad.

Hablan poco. Algo los impulsa a subir, a avanzar, a concretar lo que vienen postergando. La casa es de ella: un lugar antiguo donde vive desde hace un tiempo. Él la ha venido rondando, pero es hoy cuando finalmente se encuentran. Lo que buscan no necesita explicación.

Suben por la escalera de la entrada. Él, sin esperar, intenta tocarla, acariciarla. No tiene demasiado éxito. La mujer conserva un pudor intacto.

Un poco molesta, la chica busca las llaves en la cartera y abre la puerta. Es una vivienda antigua: pisos de parquet, picaportes de bronce, restos visibles de otra época. Hubo un tiempo en que las casas se pensaban no solo para quienes las habitaban, sino también para las presencias.

Sobre las repisas descansan marcos con fotografías en blanco y negro: rostros de bigotes anacrónicos y trajes cruzados; en alguna imagen, un perro juega con una niña vestida de blanco.

Los objetos permanecen en su lugar. El sofá está bien tapizado, aunque presenta zonas de desgaste que lo vuelven ligeramente lúgubre. Es un mueble que ha visto demasiadas tardes.

La chica deja el abrigo sobre una silla y, sin decir una palabra, le indica con una sonrisa que se acerque al sofá. Allí ocurre lo que ambos vienen postergando desde hace días. Se buscan, se encuentran. Después, la casa vuelve a quedarse en silencio.

Después de un largo rato, permanecen tendidos en el sofá. Él habla de la facultad.
—Cuando fuiste mi alumna ya me había dado cuenta —dice—. Tenías algo distinto.
El silencio se instala entre los dos.

—Como si tuvieras un verdadero contacto con otro mundo —continúa—. Tenés una forma de transmitir el amor que parece venir del más allá. A veces pienso que estás en contacto con energías que uno no puede comprender.

—Sí, qué interesante —responde la chica—. Yo, cuando te vi, me di cuenta de que vos percibías eso en mí. Y por eso me gustó que vinieras acá.

Hace una pausa, como si midiera lo que sigue.

—Me parece que sos una persona digna de entrar a esta casa. Porque, cuando vine a vivir acá, encontré algo más que fotos.

La araña de bronce permanece inmóvil. Las imágenes en blanco y negro observan desde las repisas. La casa escucha.

—Y decime —insiste él, ya confiado—, ¿qué es eso que encontraste, aparte de las fotos y de esa vieja araña?

La chica levanta la vista y se queda pensativa unos segundos.

—No te lo quería mostrar —dice al fin—. Pensé que no estabas preparado. Pero ahora que decís que ves en mí algo… voy a enseñártelo.

El muchacho sonríe. La mirada de ella ya no es la misma.

La chica hace un chasquido leve y señala hacia la cocina.

Entra alguien.

Lleva un vaso de leche chocolatada y sorbe con una pajita. Los observa. Su cara no pertenece a ningún estado conocido.

El muchacho se levanta de golpe.

—¿Qué demonios es eso?

—Es un duende —responde ella, como si no hubiera nada extraño—. ¿No te das cuenta?

—¿Y qué hace un duende en esta casa?

—Vive acá.

El chico está pálido. No logra moverse.

—¿Y vos… qué hacés con él?

—Charlamos —dice ella—. Y cuando se hace difícil estar sola, ayuda saber que la casa no lo está.

Hace una pausa.

—Además, cuenta cosas. He aprendido mucho. Por ejemplo, me habló de cierto profesor de la facultad. Lo mira fijo antes de continuar.

—Uno que supo ganarse a los docentes, hacer favores… y después confundió algunas cosas.

El silencio se vuelve espeso.

—¿No te suena alguien conocido?

El duende sorbe otro poco de su chocolatada.

La casa, finalmente, respira.

Ella habla como si siguiera un pensamiento iniciado mucho antes.

—¿Sabés una cosa? Por más que intentemos explicarnos, siempre queda algo afuera.

Él la mira, esperando.

—Este duende no es una manía —continúa ella—. Y la casa tampoco.

Hace una pausa.

—Siempre hay algo que no termina de cerrar. Algo que no puede explicarse del todo.

El muchacho recorre con la mirada los cuadros del living, como si alguno pudiera responderle. El duende sigue sorbiendo su chocolatada, lento, ajeno.

—¿No te estará haciendo mal estudiar tanto?

Ella sonríe y niega con la cabeza.

—Eso pasa cuando uno cree que todo es tan sólido como parece —continúa—. A veces apenas se sostiene.

Levanta la mano y, con el índice apuntando al techo, traza un círculo lento, como si dibujara una espiral alrededor del mundo.

—Esta casa, por ejemplo.

El duende los mira, impertérrito.

—Tal vez no seamos nosotros los que la estamos observando…

—Estás loca —dice él—. Completamente loca.

Ella no se altera.

—No. Solo estoy describiendo cómo funciona este lugar.

Mira alrededor: las paredes, los cuadros, el piso de parquet, el duende.

—Acá siempre queda algo afuera. No importa cuánto intentemos explicarlo.

Se acerca un poco más a él.

—Y ahora te voy a decir algo que tal vez te resulte más inquietante que todo lo anterior.

El muchacho contiene la respiración.

Estoy enamorada de vos.

Él parpadea, desorientado.

—No soy el producto de tu seducción —continúa ella—. No fue tu tono de profesor ni una conquista. Siempre me gustaste. Y fui yo quien decidió armar este pequeño juego para poder estar con vos.

Sonríe con una ternura inesperada.

—Te busqué en sueños y no te encontré. Así que armé esta trama, esta historia extraña. Pensé que era la única forma de hacerte entrar en mi mundo.

Baja la mirada.

—Pero todas las relaciones tienen defectos. Se pelean, se desencuentran. Y nosotros no vamos a ser la excepción. Los sistemas no pueden controlarse a sí mismos.

Levanta la vista otra vez.

—Si en esta casa hay presencias, entonces son ajenas a nuestro sistema. Por eso pueden observarnos. Por eso aparece este duende, en un instante de deseo, para protegernos.

Se detiene.

—Pero si algún día este duende entra en conflicto con otros seres de su dimensión… lo nuestro desaparecerá. Y no habrá forma de remediarlo.

El duende sigue sorbiendo la leche de su vaso, con un ruido levemente desagradable.

El muchacho permanece inmóvil, mirándola.

—¿Cómo se llama? —dice, señalando al duende.

—Gödel. Es un buen nombre para un observador.

Los besos llenan la casa de un sonido que no explica nada.

En algún punto del universo, una niña vestida de blanco juega con su perro.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 4 de enero de 2026

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