El tercio

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

La tarde cae. Una jornada de calor y marcha por los campos de esta Italia que tanto interesa al emperador. No entiendo de estas cosas. Creo que ni siquiera los capitostes que aconsejan al gran Carlos las entienden del todo.

El mundo es un escenario levantado por los hombres, donde Dios improvisa su papel, acaso por mero entretenimiento; y no siempre resulta claro para nosotros si ríe o aparta la vista. De la conjunción de ambas voluntades surge todo lo que vemos: la injusticia, el hambre, la miseria, la avidez por el oro, y esta marcha que ya no parece pertenecer a nadie, signada de presencias.

El triunfo nos ha sonreído desde que comenzamos la campaña. No hay ejército, sea flamenco, borgoñón o italiano, que haya podido batirnos. El destino nos ha allanado el camino, y hemos cumplido la tarea que Dios Nuestro Señor, por mano de Carlos, nos ha encomendado. El hereje y el infiel han conocido la combinación del arcabuz, la pica y la espada: los tercios creemos hacer la voluntad del Creador.

El avance es implacable. Los terrones de barro, arrancados al suelo por el empuje de nuestras botas, salpican los morriones y los rostros. Hacemos caso omiso de las asperezas del terreno y de las quejas del cuerpo. Este cuadro no conoce otra ciencia que la de avanzar, ni otro destino que arrastrar consigo cuanto se interponga en su marcha.

Los disparos del arcabuz levantan una humareda azul y espesa, un estruendo que enceguece y ensordece y que, al disiparse, deja al descubierto al enemigo revolcándose entre sus propias entrañas, sorprendido aún de estar muriendo. Hacer la guerra se parece al amor: solo que aquí la entrega se consuma cuando el otro expira, y la plenitud se alcanza en el instante exacto de su muerte.

Los gritos de los camaradas no nos inducen a la compasión. El alarido ahogado del compañero es, antes bien, una señal que nos convida a proseguir la tarea encomendada: poner orden en la política de la tierra y en la religión de la eternidad.

Pues sin los músculos de los hombres, los retablos y los turíbulos no serían sino vana ornamentación: madera dorada y humo sin sustento.

Enfrentamos al hereje. Su soberbia rezuma el dolor acerbo de las almas extraviadas en una fe equívoca. A veces, la luz verdadera se muestra esquiva para quienes adoran al Becerro de Oro.

Su formación es sólida, mas no iguala la disciplina de nuestros hombres, templada en el ejercicio de las armas y en la doctrina.

El primer ataque es rechazado con la firmeza de las picas, que enhebran las vísceras de los caballos como las agujas de las niñas flamencas en la labor paciente de la encajería. El barro —enemigo común de ambos bandos— se confabula por un momento a favor de los nuestros.

El instante que sigue se me presenta como un paisaje que no recuerdo haber contemplado jamás. Desde las travesuras de la infancia por los campos de Castilla, entre la nobleza menor y el trato cotidiano con la gente llana del pueblo, muchas cosas curiosas me han sido dadas a conocer; pero el escenario que ahora se ofrece ante mis ojos es distinto a todo cuanto, por mano de Dios, me haya sido mostrado.

Pareciera que el mundo hubiese detenido su movimiento: esa mudanza perpetua dispuesta para toda la obra del Creador, visible en la sucesión de las estaciones y en el curso incesante de las estrellas del firmamento.

Creo vivir la misma experiencia que conoció Josué cuando combatió a los cinco reyes amorreos y, por designio del Altísimo, el sol detuvo su marcha durante un día entero.

Nada se mueve. No hay nadie. Ni uno solo de mis compañeros. El paisaje es el mismo de hace un segundo: el barro, los muertos, la sangre. Pero ya no hay ser vivo alguno. Ni siquiera los heridos.

De pronto, la forma se impone ante mí.

No la veo llegar. Está. Surge a mi espalda y, con brusquedad, ocupa el lugar frente a mi persona, obligándome a enfrentarla. No da un paso. No produce sonido alguno al moverse. Simplemente ocupa el espacio que antes estaba vacío.

Nunca he sido hombre de miedo. He visto sangre, vísceras, caballos agonizando, hombres sin cabeza correr aún por un instante antes de caer en el barro. No soy un cobarde. Pero esta vez la pavura se apodera de mí.

Es blanco.

No blanco como una mortaja, ni como la cal de las iglesias, ni como el hueso limpio. Es un blanco sin sombra, como si la luz no lo tocara, o como si proviniera de él mismo. Tiene forma humana, aunque le falta algo —o le sobra— para serlo del todo.

Tengo miedo.

Entonces la voz cobra vida en la forma. No sé si la escucho con los oídos o si me brota dentro del pecho.

—No temas.

La voz no consuela. Enuncia.

—No he venido a hacerte daño —dice—. Más daño es el que tú y tus camaradas provocáis en el enemigo.

Quiero responder, pero no encuentro palabras. El arcabuz me pesa como si nunca lo hubiera sostenido antes.

—A mí no me ha sido dado el gusto de la carnicería ni de la violencia —continúa—. He tenido más temor que valentía. No me arrepiento. Esa prudencia me ha permitido seguir existiendo.

Guarda silencio. El campo sigue inmóvil. Pienso que, si alzara la mano, el gesto quedaría suspendido para siempre.

—No me he destacado en la vida —prosigue—. Los honores fueron siempre para otros. A mí me fue dado mirar desde un costado, y tal vez por eso he sobrevivido cuando los más ruidosos quedaron en el camino.

—He vivido con dignidad. A mi mesa no le ha faltado el sustento, ni a mi vida alguna que otra alegría. He visto mundo. He rozado las artes y las ciencias sin llegar a poseerlas del todo.

La palabra ciencias resuena en el aire inmóvil como algo ajeno a este campo de barro y muerte.

—Los astros iluminaron mi vida desde temprano. Con esfuerzo aprendí a observarlos. Estudié las plantas y las cosechas. Nada grandioso. Lo suficiente para comprender que todo crece, se inclina y desaparece.

Hace una pausa. Siento que espera algo de mí, aunque no sé qué. El terror inicial ha dado lugar a una paz interior que me lleva a una sensación de resignación.

—La soledad marcó mi existencia. No he tenido compañera fiel. Mis padres y mi hermano se han ido.

No ha sido mi intención aparecer aquí —añade—. Estaba escribiendo sobre ti cuando, por designio angelical —o quizá por otra causa que no alcanzo a nombrar—, te encuentro en este campo donde se dirimen destinos que luego conformarán mapas que veré de niño, en libros que aún no existen.

—¿Sabes que la historia es un secreto que quienes la hacen rara vez comprenden? Muchas de las cosas que haces vivirán más que tú. Otras desaparecerán sin dejar rastro. Nada de eso importa ahora.

No tengo intención de burlar tus pensamientos. Solo debo advertirte esto: tu destino está a tres pasos de donde estás ahora.

No señala. No mira el suelo. No mira nada.

La voz se apaga. La forma permanece. El barro aguarda, paciente, a que la batalla continúe o se disuelva para siempre.

Jamás he esperado ver una imagen como esta. No puedo definirla ni ordenar pensamientos para describir aquello que ni siquiera sé si veo o escucho.

Es posible que esta presencia marque en mi mente y en mi existencia un surco indeleble. He pecado. He cometido —obligadamente— las atrocidades propias de las artes de Marte. No sé quién soy. No sé por qué estoy aquí.

El dolor de un recuerdo de infancia —una escena mínima, sin sangre— me atormenta más que todas las muertes que produjo mi arcabuz. Las cosas más pequeñas irrumpen de pronto en este escenario: el ala de una mariposa o el silbido de una pastora poseen mayor gravedad que todo este encuentro en los campos de Italia, henchidos de caos y muerte.

Tal vez esta sea mi última sensación. No el estruendo ni la sangre, sino esto: el mundo detenido, y yo dentro de él, sin saber ya a quién pertenezco.

Perdóname por haberte gritado esa tarde, madre.

No somos lo que todos pensamos. Tal vez luego de estos tres pasos empiece a entender algo de ti, mi buen Dios.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 17 de enero de 2026

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