Enamorando a Axl
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Detenéte entonces si has decidido que soy tu enemigo. No podés acosarme de esta manera. Estás en mi propia casa, en mi propia habitación, y me decís que te llamás Axl, y que soy yo quien en realidad te ha llamado.
Eres el producto de un sueño que no termina de asentarse en los misteriosos recovecos de la noche, una somnolencia mal digerida que se sienta a horcajadas sobre el tapial que divide el reino de la vigilia y el del sueño.
Solo leía, profundamente, historias antiguas sobre hombres que abrían puertas que no debían abrirse, sobre invocaciones torpes, mal copiadas, a veces tomadas por accidente de libros que no deberían estar en manos de nadie. Muchas veces transigiendo con el mal, otras simplemente acomodándose a él como quien se acostumbra a una enfermedad lenta.
Y sin embargo estás aquí.
Movés tus cabellos blancos y lacios sobre tu rostro pálido, como el marfil de las teclas del piano de mamá. Y me mirás como si ya me hubieras leído antes de aparecer.
Sabés que no te miento. No te he llamado. Solo estaba leyendo.
Pero vos insistís. Decís que toda palabra pronunciada en voz baja es una llave. Que todo lector es, sin saberlo, un invocador torpe.
Y movés nuevamente tu rubia cabeza, y me recordás a ese pasaje del gran Homero: “Tal acongojóse el Pélida, y dentro del velludo pecho su corazón discurrió dos cosas… Mientras tales pensamientos revolvían en su mente y en su corazón, vino Minerva del cielo… Púsose detrás del Pélida y le tiró de la blonda cabellera”.
Vos también tirás de algo en mí. Vos sos mi Minerva, yo tu Aquiles.
¿Que si soy hombre de letras? Sí. Por supuesto. Los libros han ocupado gran parte de mi vida. Mi madre se ha encargado de que así sea. Mi vida entera ha sido cuidadosamente ordenada para que no ocurra nada que desordene la casa, ni el cuerpo, ni el alma.
No he tenido acceso carnal con compañera alguna. No he salido demasiado lejos. Trabajo en el periódico y regreso a casa. Mamá duerme en la habitación de al lado. Siempre ha dormido allí. Como si vigilara incluso el sueño.
Esta habitación era el trastero. Yo la convertí en sala de lectura.
No me di cuenta de cuándo dejé de salir a vivir. Solo a la redacción y de vuelta a casa.
No me di cuenta de cuándo empecé a necesitar que todo permaneciera igual.
Qué hermoso sos, Axl, cuando inclinás la cabeza de esa forma. Parecés una mezcla de ángel y animal antiguo. No te veo la cara. No exactamente. Te percibo. Como se perciben las cosas que no deberían estar ahí.
En mi interior.
En algo más hondo que mi pensamiento.
Mi madre duerme en la pieza de al lado. Si tengo que salir, debo pasar frente a su cama. Ese es el umbral. Siempre lo fue. Soy su prisionero.
Duerme bien. Es una persona sana. Muy sana, a pesar de sus ochenta años. Ella cree que todo esto es normal. Que este orden es vida.
Pero ahora empiezo a sospechar que no lo es, sino una forma lenta de encierro que yo mismo fui aceptando sin comprender del todo.
Y entonces aparecés vos.
Decís que no sos un demonio. Decís que los demonios no entran sin ser nombrados. Solo responden.
Yo solo leí una invocación. Una frase antigua. Un párrafo subrayado en un libro que no recuerdo haber abierto del todo.
Pero no sos horror. No sos amenaza. Sos otra cosa.
Te movés con naturalidad en la habitación como si la penumbra te reconociera. Y cuando me mirás, siento algo que no debería sentir.
Ni miedo, ni rechazo. Sino una forma peligrosa de ternura.
Porque entiendo, Axl, que si sos lo que decís ser, entonces no has venido a destruirme.
Has venido a responderme. Yo no puedo seguir perdiendo más tiempo. Vos sonreís, como si la palabra te perteneciera.
Y en ese instante comprendo el verdadero peligro: no es que el diablo exista.
Es que pueda quedarse. Y que yo, por primera vez en mi vida, no quiera que se vaya.
La puerta de la habitación de al lado tiene una luz encendida.
Pienso que bastaría un gesto mínimo tuyo para que todo siga en orden.
Que el mundo no tenga que explicarse nada.
Y que mañana, cuando todo esté en silencio, vuelvas, Axl.
Paraná, Argentina, 5 de junio de 2026
