Los allegados
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Es la vocación de volar lo que me ha llevado a estos lugares donde ni el cuerpo ni el alma parecen capaces de soportar tanta belleza. A veces, cuando el avión atraviesa ciertos corredores de nubes y el sol incendia las cumbres como si el mundo estuviera todavía en su primer día, siento que ningún hombre debería contemplar algo semejante sin pagar un precio. Y creo que el mío ya ha sido fijado.
Es horrible saber que uno ha sido condenado y no conocer todavía la naturaleza exacta del castigo. La verdadera tortura no es el dolor, sino la espera: vivir con la sospecha de que algo nos observa desde muy lejos, aguardando el instante preciso para reclamar aquello que le pertenece. Durante años intenté persuadirme de que todo tenía una explicación trivial: coincidencias absurdas, impresiones infantiles magnificadas por el tiempo o sueños demasiado intensos para desaparecer del todo al despertar. Pero el universo tiene formas extrañas de insistir sobre ciertas personas.
De mi madre heredé el amor por los libros y por la música; de mi padre, la pasión por los aviones. De mis abuelos, la fascinación por los animales, el olor de la tierra mojada y el sonido del viento atravesando los eucaliptos del campo. Mi infancia fue tranquila y quizá por eso ciertos episodios quedaron grabados con una intensidad insoportable.
El primero ocurrió cuando yo tenía tres o cuatro años. Era una tarde de calor pesado en el campo de mis abuelos. Soplaba un viento extraño que parecía anunciar tormenta. En aquel entonces no sabía nada de meteorología, pero recuerdo haber sentido que el aire estaba esperando algo. Los gatos correteaban alrededor de la cocina y las hojas de los árboles vibraban con una extraña inquietud.
Y había alguien más con nosotros.
Intento recordar su rostro y no puedo. Solo me queda la sensación de su presencia, el olor a perro mojado impregnado en la ropa y unas manos ásperas que me levantan en el aire mientras los adultos conversan. Me acerca al caballo preferido de mi abuelo. El animal resopla con tranquilidad y aquel hombre me dice que lo toque, que no tenga miedo, que es mansito. Entonces ocurre algo imposible: el caballo lanza un relincho brutal, salvaje, un sonido tan descomunal que parece surgir de una garganta humana. Echo a llorar inmediatamente. Después vienen las voces de mis padres intentando tranquilizarme, las risas nerviosas, el cielo oscureciéndose sobre el campo. Y el hombre ya no está.
Muchos años más tarde hablé de aquella tarde con mis padres. Les pregunté quién era el allegado que me había levantado en brazos. Se miraron confundidos.
—No había nadie más —me dijo mamá—. Éramos solo nosotros cinco.
Todavía recuerdo el tono exacto con el que lo dijo. No era burla ni incredulidad. Era desconcierto verdadero.
Desde entonces esa escena regresó muchas veces a mi memoria, siempre acompañada por las mismas asociaciones: viento, calor. Y ese olor.
Pasan los años y la infancia se transforma lentamente en otra cosa. Llega la escuela, los actos patrios donde uno se disfraza de soldado o de prócer sin comprender demasiado, los primeros pensamientos confusos de la adolescencia, esa época extraña en la que todo parece cambiar de lugar dentro de uno. Creo que crecer no significa madurar, sino barajar nuevamente las cartas con las que nacimos y empezar a jugarlas en otro orden.
Cuando mis padres cumplieron quince años de casados organizaron la única gran fiesta que recuerdo en nuestra casa. Nunca fueron afectos a las celebraciones. Consideraban que la mayor parte de las reuniones sociales eran intentos desesperados de ocultar la tristeza natural de la existencia. Pero aquella vez hicieron una excepción.
La casa se llenó de familiares, amigos, conocidos, allegados. La casa se llenó de familiares, amigos, conocidos, allegados. El murmullo continuo de las conversaciones se mezclaba con la música. Entre los invitados había una mujer que nadie parecía conocer demasiado bien. Vestía con modestia, aunque llevaba una cantidad exagerada de bijouterie brillante. Tendría unos cincuenta años y poseía una expresión extraña, algo entre la ternura y el agotamiento.
En cierto momento sacó una baraja española y comenzó a leer las cartas sobre el mantel blanco de encaje irlandés de mi abuela. Todos se acercaron divertidos. Predijo noviazgos, viajes, enfermedades menores, pequeñas fortunas repentinas. La gente reía. Algunos fingían creerle; otros, quizá, creían de verdad. Yo observaba desde lejos.
Entonces levantó la vista y me miró directamente.
Nunca olvidaré esa mirada. No había amenaza en ella, tampoco afecto. Era algo peor: reconocimiento. Esperó a que el ruido de la conversación creciera y entonces me habló en voz muy baja, como si no quisiera que nadie más escuchara.
—Cuídate del salario del pecado, hijo.
Después continuó repartiendo cartas como si nada hubiera ocurrido.
Al día siguiente una amiga de mi madre llamó por teléfono preguntando quién era aquella mujer. Quería volver a verla. Pero nadie supo responderle. No había llegado con ningún invitado. Nadie la conocía. Nadie recordaba siquiera en qué momento se había ido.
Con el tiempo quedó en la tradición familiar como un episodio más divertido que misterioso. Tal vez no había sido más que una simple colada.
Entré a la escuela de aeronáutica, aprendí a volar, construí una vida razonablemente normal. Hubo amor, hubo rutina, hubo incluso felicidad en ciertos períodos. Un comodoro me dio una vez una enseñanza que nunca olvidé:
—Recuerde, alférez: en esta nave estamos usted, el primer teniente, el capitán y yo. Cuatro rangos distintos, cuatro vidas distintas. Pero si el avión cae, la dama negra tendrá la misma certera precisión con su golpe de guadaña.
Con el tiempo comprendí que volar modifica la percepción moral de las personas. Cuando uno transporta cientos de pasajeros aprende que la vida es algo monstruosamente frágil. Basta un error mínimo para transformar trescientas historias en humo descendiendo sobre una montaña. Y quizá por eso empecé a pensar cada vez más seguido en la idea del mal. No como una entidad religiosa ni como un demonio con cuernos, sino como una insinuación, una voz, una pequeña inclinación del pensamiento hacia el abismo.
Ahora mismo vuelo sobre una región montañosa que conozco de memoria. He realizado esta ruta cientos de veces. Debajo de mí se extienden kilómetros de piedra árida iluminada por el sol de la tarde. Durante años esta zona fue peligrosa debido a los conflictos religiosos y militares de la región. Hoy reina una calma precaria.
Detrás de mí viajan más de trescientas personas: hombres cansados, mujeres que regresan a casa, niños dormidos, ancianos, amantes, personas que creen tener todavía mucho tiempo por delante. A veces pienso que un avión es la forma más perfecta de democracia que existe. Durante unas horas todas las diferencias humanas desaparecen. El rico y el pobre, el sabio y el imbécil, el santo y el miserable comparten, en potencia, exactamente el mismo destino.
El copiloto sale un momento de la cabina para ir al baño. Y entonces los veo.
Primero creo que estoy sufriendo una alucinación provocada por el cansancio. Pero no. Allí están. El hombre del caballo ocupa un asiento junto a la ventanilla. Tiene el mismo rostro impreciso que recuerdo de la infancia, como si nunca hubiera pertenecido del todo a este mundo. Sus manos descansan sobre las rodillas y sonríe apenas cuando nuestras miradas se cruzan. Más atrás está la mujer de las cartas. Sostiene una baraja entre los dedos y no habla. Solo observa. Es la misma mirada que enfrenté hace años, en aquella fiesta donde apareció y desapareció sin dejar rastro.
Entre las cortinas y los amplios asientos de la primera clase adquieren un aspecto hierático. Sé a lo que han venido. No viajan hacia ninguna parte. Están aquí para recordarme algo que siempre supe.
El aire dentro de la cabina comienza a espesarse lentamente. Las montañas ascienden bajo el fuselaje como criaturas dormidas. Entonces comprendo algo peor que el miedo: ellos no han venido por mí. Han venido por todos.
La mujer sostiene la baraja entre las manos, pero no necesita abrirla. Sus dedos acarician lentamente los bordes gastados de las cartas mientras me observa con una tristeza insoportable, como si supiera que ciertas decisiones empiezan mucho antes de realizarse.
Y entonces vuelvo a escuchar el tintineo de las copas resonando desde una fiesta lejana.
El hombre inclina apenas la cabeza y, por un instante, vuelve a escucharse aquel relincho imposible de mi infancia, aunque ahora parece surgir desde el interior mismo de los motores. Siento una presión insoportable en el pecho. Una idea empieza a abrirse paso lentamente dentro de mí.
Sería tan fácil.
Bastaría un pequeño movimiento de las manos. Un descenso abrupto. Un error mínimo.
Las montañas esperan debajo de nosotros con una paciencia mineral, como si supieran que tarde o temprano todo termina regresando a ellas. Pienso en el comodoro. Pienso en la dama negra. Pienso en el salario del pecado. Y por primera vez comprendo que el verdadero horror no consiste en ser empujado hacia el mal, sino en descubrir que el mal puede hablar con nuestra propia voz.
Entonces llega el olor.
Primero apenas una insinuación. Después una presencia húmeda y caliente que empieza a filtrarse por la cabina. Es el mismo hedor que sentí junto al caballo cuando era niño, pero ahora ha adquirido algo descomunal, casi físico, como si estuviera respirando sobre mi nuca. Un olor animal, podrido y antiguo, demasiado intenso para pertenecer a un ser humano.
Siento que atraviesa el uniforme y se adhiere a la piel. El calor aumenta de golpe. Me tiembla la mano derecha sobre los controles. Y durante un segundo terrible imagino el avión descendiendo hacia las montañas con la suavidad de un ave que vuelve finalmente a su nido.
Tengo en mis manos el poder de abrir la puerta por donde la dama negra habrá de entrar con su guadaña paciente y certera.
Entonces comprendo algo peor que el miedo. Quizá el verdadero pecado no consista en matar, sino en descubrir que uno puede hacerlo.
Porque hay una diferencia entre desear la muerte de un hombre en un instante de furia y aceptar serenamente la posibilidad de exterminar a cientos de personas que nada nos han hecho. Una posibilidad todavía intacta, no convertida en acto, pero viva, respirando dentro de uno como un animal oculto.
Cuanto más tiempo permanezco contemplando esa posibilidad, más claramente siento al animal moverse dentro de mí, igual que aquel caballo antes del relincho, cuando mi mano infantil apenas rozó su morro y algo salvaje despertó detrás de sus ojos.
Tal vez el infierno no sea un castigo posterior a nuestras acciones. Tal vez comience exactamente aquí: en el instante preciso en que el alma acepta mirar hacia el abismo sin apartar los ojos.
El olor sigue creciendo dentro de la cabina. Y ya no sé si proviene de ellos o de algo que despertó en mí hace muchos años.
Sé que, si abro la puerta, ya no estarán allí. El hombre del caballo y la mujer de las cartas nunca permanecen demasiado tiempo. Aparecen solo para comprobar que el abismo que abrieron en mí sigue vivo.
El avión continúa descendiendo unos pocos metros por minuto.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 12 de junio de 2026
