El hombre que no sufría la depresión del pájaro
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Espera en el receptáculo el descenso del sistema que lo transporta hacia el nivel más bajo de la ciudad. La luz violeta de la mañana se cuela entre los paneles de vidrio, tan perfectos que parecen no estar allí. Durante las últimas décadas los materiales fueron modificados para generar la ilusión de que uno flota en el espacio abierto. Todavía hay personas que sienten vértigo al descender cientos de metros, suspendidas en la nada, rodeadas únicamente por el vacío y la inmensidad del planeta que gira bajo sus pies.
Está acostumbrado a ese viaje que realiza casi a diario. Para mantener una frecuencia temporal compatible con las costumbres humanas se adoptó una jornada semejante a la terrestre, aunque el período de rotación del planeta es diferente y tarda casi diez horas más en completar un giro. La necesidad de conservar vínculos culturales con el planeta madre llevó a establecer ese tipo de convenciones. Por más que ya han transcurrido siglos desde el comienzo de la colonización, todos continúan sintiéndose, de una manera u otra, terráqueos.
El ser humano siempre ha tenido dificultades para cortar sus cordones umbilicales: primero la madre, luego la ciudad natal, finalmente el mundo que lo vio nacer. Independizarse nunca ha sido sencillo.
La oficina que ocupa en los niveles inferiores de la estructura orbital es austera. Apenas una mesa, una silla y una pantalla flotante que proyecta datos en el aire. Allí, donde se encuentran algunos de los sistemas que mantienen estable la gigantesca ciudad suspendida sobre el planeta, pasa la mayor parte de sus días. Sobre la mesa descansa una agenda gastada por el uso y los años, una especie de diario improvisado que ha sobrevivido a mudanzas, estaciones orbitales y cambios de destino. Entre sus páginas alguien anotó una frase de May Sarton:
«En gran medida, la calidad de vida está relacionada con los placeres y las preocupaciones. Sin un poco de ansiedad, poco podríamos saborear la vida.»
Desde la base de la estructura parten los ascensores atmosféricos que conectan la órbita con la superficie. Cada vez menos habitantes sienten interés por descender hasta abajo. Resulta curioso si se considera que, siglos atrás, aquel mundo había sido uno de los cuerpos celestes más codiciados de todo el sistema.
Su atmósfera había sido transformada lentamente mediante complejos procesos biológicos. Algas y microorganismos modificados alteraron la composición química del aire hasta volverlo respirable. Después de generaciones enteras de trabajo se logró alcanzar un equilibrio aceptable. La mayoría de los colonos podía caminar por la superficie sin protección respiratoria. Solo una minoría sufría dificultades de adaptación.
Sin embargo, cuando comenzaron las inevitables comparaciones con la Tierra apareció un fenómeno inesperado. Los psicólogos lo llamaron la depresión del pájaro. Los habitantes nacidos en ese planeta extrañaban algo que jamás habían conocido personalmente: el canto de las aves.
Los registros históricos demostraban que durante millones de años la evolución humana había ocurrido acompañada por esos sonidos. El silencio de los nuevos paisajes producía una sensación de ausencia difícil de explicar. Numerosos estudios concluyeron que la presencia de aves formaba parte de una arquitectura emocional profundamente arraigada en la mente humana. Muchos de aquellos colonos jamás habían escuchado un pájaro real y, sin embargo, añoraban su presencia. Sin ellas, algo parecía faltar.
Nunca entendió del todo aquella teoría. Jamás sintió interés por los pájaros ni por las nostalgias biológicas de los colonos. Su trabajo consistía en otras cosas. Dirigía parte de las operaciones dedicadas a la extracción de minerales raros, materiales indispensables para la economía de decenas de mundos habitados. Era una labor compleja y bien remunerada que exigía largas jornadas de supervisión.
Por eso está allí
La cápsula que lo transporta a la superficie es una pequeña esfera casi completamente transparente. Apenas algunos nervios estructurales interrumpen la visión. Desde el interior, el paisaje se abre en todas direcciones.
Desciende describiendo una curva lenta alrededor de los gigantescos octópodos mineros que realizan el trabajo pesado. Después de más de tres siglos de explotación, el planeta se ha convertido en una inmensa cantera. Desde la órbita la superficie aparece cubierta por excavaciones geométricas que recuerdan las celdas de un panal. La comparación siempre le resulta inevitable.
Una vez visitó a una novia agrónoma, a la que veía cada vez menos, en uno de los módulos agrícolas de la estación orbital, donde cultivaban flores y producían miel para abastecer a las colonias humanas. Desde entonces no ha podido dejar de ver aquella semejanza.
El aire es perfectamente respirable. Está acostumbrado a la atmósfera creada por algas, bacterias y organismos autótrofos modificados genéticamente. Fue necesario alterar aspectos fundamentales de la fotosíntesis para adaptarla a la radiación de la estrella local. Los nuevos organismos capturan la luz de manera ligeramente diferente a las plantas terrestres, pero su eficiencia es extraordinaria.
Sin embargo, la actividad minera ha deteriorado ciertas regiones. En algunos sectores la concentración de contaminantes vuelve peligroso desplazarse sin protección especial. Es una contradicción que siempre le ha resultado fascinante: la humanidad creó una atmósfera respirable para luego comenzar a contaminarla. Una de las paradojas más persistentes de la civilización.
La cápsula se aproxima a uno de los octópodos. La vista desde la carlinga resulta sobrecogedora.
La máquina mide más de doscientos metros de diámetro. Ocho patas articuladas se aferran al terreno mientras enormes sistemas hidráulicos transmiten fuerza hacia una pala monumental que arranca toneladas de roca con cada movimiento. No parece un animal. Parece una catedral mecánica dedicada a la extracción minera. Un templo de la ambición desmedida.
Viaja solo, aunque la nave está diseñada para dos tripulantes.
Padece una arrogancia incurable. No confía en nadie y realiza personalmente todas las inspecciones. Es uno de los técnicos más prestigiosos del planeta y sus resultados hablan por él. La producción mineral ha aumentado de manera constante en todas las zonas bajo su supervisión. Sabe que es bueno. Sabe que muy pocos pueden igualarlo.
No se ha casado. Vive solo.
La cápsula se acerca al punto exacto donde la pala está arrancando material del subsuelo.
El pozo es un abismo del que brota una luz inquietante, como si algo sepultado en las profundidades intentara regresar a la superficie. Le resulta imposible no pensar en una imagen que de joven vio en un libro de la biblioteca de la universidad. Se trataba de uno de los cantos de la Comedia, donde el poeta encuentra a uno de los hombres que contribuyeron a las desgracias de Florencia. El alma condenada surge de una tumba y la sombra de su cuerpo se proyecta sobre la tapa abierta del sepulcro. La expresión del muerto es dramática. Se apoya sobre la piedra con una mezcla de orgullo y resignación mientras narra su historia a Dante. Aquella figura parecía debatirse entre la necesidad de hablar y la imposibilidad de abandonar por completo el reino de los muertos.
Ahora, contemplando la gigantesca excavación iluminada desde las entrañas del planeta, siente una impresión semejante. Como si algo estuviera intentando levantarse desde abajo. Como si la herida abierta por la minería permitiera asomarse a una conciencia enterrada desde hacía millones de años.
La comparación le produce una incomodidad difícil de explicar, como si estuviera observando una violación lenta e interminable de la carne de un ser vivo. Una nube de polvo mineral envuelve la zona. Activa la protección respiratoria. A esa distancia no existe organismo capaz de soportar semejante agresión.
El estruendo de los mecanismos es constante. Los motores, las cadenas de transmisión y los sistemas hidráulicos producen una música repetitiva que lleva décadas sonando sin interrupción. Una melodía industrial que acompaña el crecimiento económico de medio sistema estelar.
La anomalía aparece primero en los sistemas de vigilancia.
Una figura humana camina sola entre antiguas instalaciones mineras abandonadas, a cientos de kilómetros de cualquier asentamiento habitado.
Los algoritmos de reconocimiento no pueden identificarla. Tampoco encuentran registros de ninguna nave cercana. El hombre está tocado con un sombrero de ala ancha que le cubre la mitad de la cara, con una inclinación insolente que es, curiosamente, seductora. Ha visto una figura así alguna vez.
Siente un escalofrío.
El hombre del sombrero sonríe. A decir verdad, es una sonrisa imponente que surge debajo del ala como si la boca fuera apenas un vehículo. No parece la sonrisa de un hombre sino su idea utilizando un rostro para manifestarse.
Y aunque aquello carece de toda lógica, aunque la distancia temporal sea de siglos y la sola idea resulte absurda, tiene la extraña impresión de estar contemplando el rostro de ese hombre caminando tranquilamente sobre un planeta cuya existencia jamás se sospechó en la época en que vivió.
Ahora está a pocos pasos del módulo y con una voz penetrante dice sin saludar:
— ¿Y… ese pescado no se vende pibe? ¿Para cuándo los confites?
Y ríe a carcajadas, una catarata que reverbera en el árido paisaje del planeta violado. Canta:
El día del casorio
dijo el tipo e’la sotana
el coso debe siempre
mantener a su fulana
— ¿Qué pasa? Tenés miedo que la mina te quite la libertad. Yo estuve con las mil y una minas y siempre fui libre, pibe. Te estás equivocando.
El ingeniero permanece inmóvil. La pantalla no registra ninguna forma de vida.
Sin embargo la figura sigue allí, apoyada despreocupadamente contra una roca como si hubiera estado esperando toda la mañana.
—No puede ser —murmura.
—Claro que no puede ser —responde el hombre del sombrero—. Las mejores cosas nunca pueden ser.
La sonrisa le ilumina el rostro.
Por un instante el ingeniero piensa en discutir, en exigir una explicación racional, en solicitar apoyo desde la estación orbital. Pero algo dentro de él se ha rendido. Tal vez porque lleva demasiados años rodeado de máquinas. Tal vez porque hace mucho tiempo que nadie le habla con aquella familiaridad insolente.
—¿Quién es usted?
—Uno que capotó.
Vuelve a sonreír.
El viento arrastra polvo rojizo entre ambos.
—¿Sabés una cosa, pibe? —continúa el visitante—. Ustedes son bárbaros para hacer cosas. Levantan ciudades en el espacio, fabrican atmósferas, transforman planetas enteros. Pero siguen sin entender algunas pavadas.
Guarda silencio, todavía sin saber en qué parte de la fantasía o la realidad está parado. Tal vez a medio camino.
—Seguís creyendo que vivir es una cuestión de eficiencia, pibe. La vida no es eficiencia, la vida es cometer errores. El mío fue subirme a ese avión. Y te aseguro que cuando el avión se prende fuego, uno descubre bastante rápido cuáles son las cosas importantes.
A lo lejos el octópodo hunde nuevamente la pala en el subsuelo y una columna luminosa emerge desde las profundidades de la excavación. Durante un segundo le parece escuchar un viejo tango mezclarse con el rugido de las máquinas.
Cuando vuelve a mirar, el hombre ya no está.
No hay huellas. El sistema no registra anomalías. Solo la inmensa cantera extendiéndose hasta el horizonte.
Permanece varios minutos observando el lugar vacío. Mientras recuerda la frase de May Sarton que alguien anotó en su bitácora y se da cuenta de quién puede haber sido.
Piensa en ella. Su imagen se le anida en la mente y ya no puede sacársela: la agrónoma de la estación orbital, la de las flores, la que cuida las abejas como si fueran sus niños, la que lleva décadas sonriéndole cuando la visita por algunas horas, siempre ocupado.
Mientras la cápsula inicia el ascenso hacia la ciudad suspendida, el planeta continúa girando lentamente bajo sus pies.
Y entonces, en medio de la soledad, cree escuchar el canto de un pájaro.
No sabe que es un zorzal.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 19 de junio de 2026
