Error 429
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Creo que es una de ellas. No estoy seguro, pero es probable que lo sea por el aspecto que se ve en la foto de su perfil. Ya sé que todo el mundo miente hoy, pero ella está catalogada como altamente fiable. Es de esas personas que tienen en la verdad una de sus principales monedas de cambio. Se entiende, ¿no? Tantos siglos de fingimientos y mentiras, de cambios corporales y de operaciones estéticas han cansado a muchos pretendientes. Además, las fotos filtradas y los perfiles que cuentan datos falsos ya son fácilmente detectables con cualquier algoritmo hecho por un aficionado.
No se le veía ningún cambio en el rostro ni en el cuerpo. Era una verdadera tucana; así llamamos a los híbridos nacidos de una mujer de 23 Tucanae y un varón. Una mezcla perfecta de los dos linajes. Quiso Dios, vaya si lo quiso, que las dos especies compartieran las características necesarias para que esa descendencia fuera posible. No sé por qué esos cruces solo producen descendencia femenina; creo que es algo que está en un cromosoma, pero yo de eso no entiendo mucho que digamos. Dicen que tiene que ver con que, hace milenios, la especie estuvo al borde de desaparecer por una crisis ambiental. Lo estudié o lo leí en alguna parte, pero uno lee tantas cosas en vano que al final termina olvidándolas. Soy un especialista en informática, no en biología, aunque dicen que es prácticamente lo mismo. Al menos eso es lo que sostienen los científicos de los últimos tres siglos.
Bien, el asunto es que ella estaba ahí. Quiero dejar en claro que irradiaba una femineidad sin par. Nada que ver con las habitantes de 346 Carinae, que cambian de sexo y de género según el clima. Estaba ahí, del otro lado de la pantalla. Tenía el rostro perfecto de una humana y la piel y el cabello propios de una mujer de 23 Tucanae: esas trenzas que crecen formando perlas brillantes y le dan a la cabeza una elegancia casi escultórica, como una obra de Miguel Ángel cuando permanece inmóvil, aunque infinitamente más fascinante cuando se mueve. Una delicia para los ojos.
La conocí en un sitio de citas originario de su planeta. Una mezcla de especies apabullaba la pantalla con perfiles falsos contando sus logros: ingenieros especialistas que habían viajado por toda la galaxia, modelos estrafalarias, personajes con aires de intelectuales y cuerpos seductores, la mayoría mentiras. No sé qué me pasó: cuando estaba a punto de abandonar la búsqueda la vi. Estaba ahí: una imagen tridimensional que podía contemplarse desde cualquier ángulo y ampliarse hasta verla caminar dentro de mi propia habitación. Una mujer perfecta, con una mirada seductora y una manera de hablar en nuestro idioma con una soltura increíble. Ellos se han especializado en aprender a comunicarse con las lenguas de la Tierra, las que estudian en sus universidades. Elegí hablar con ella en italiano. Mis ascendentes son de por ahí, así que tengo buenos conocimientos de esa lengua.
Resulta algo gracioso ver a una tucana hablando una lengua que ya no existe prácticamente. Lo mismo pienso de mí mismo, una persona cuyos ancestros no ponen un pie en la Tierra desde hace miles de años, hablando en italiano con ella. Me pareció una de las cosas más intrigantes y bellas que me había pasado en mi vida.
Hablamos de todo un poco: de su infancia, de cómo su madre conoció a un viajante de comercio humano y comenzaron una relación en su planeta que terminó con el embarazo de su madre. Su infancia en su planeta, las dificultades para relacionarse con sus compañeros de especie pura que la marginaban por temor a un híbrido tan extraño. En su mundo los prejuicios son muy fuertes. Aún no pueden aceptar ni tolerar cómo la biología permite que alguno de ellos —o de ellas, mejor dicho— puedan tener la facultad de relacionarse con los humanos. Sin embargo, admiran a los humanos y son fanáticos de la Tierra. Algunos coleccionan libros de los autores más famosos de ese planeta y escuchan su música. Pero no pueden tolerar la hibridación.
Chateamos varios meses (MTU: Meses Terrestres Unificados) y creo que nos encontramos el uno al otro. Estaba seguro de que al fin el amor se había declarado en mi vida como una cosa real y no como un engaño más. Fue sincera en todo momento, lo sé. De eso no albergo la más mínima duda.
Sin embargo, hubo una corazonada desde el principio que, lo confieso, me quitó el sueño. O mejor dicho, me despertó varios sueños, valga la contradicción. Sí, pues soñaba durante los meses en que nos comunicábamos que había alguien más en nuestra historia, un claro ejemplo de tercero incluido que no me permitía explayarme en mis manifestaciones auténticas de amor.
Porque quiero aclarar algo: estaba enamorado de ella. No de su rostro, de su piel, de su singular cabello de perlas, sino de su interior, de su forma de ser, de la manera de contestarme, de nuestros diálogos, de nuestros viajes imaginarios por la soleada Toscana. Estaba enamorado.
Temí que aquella historia se desmoronara. Entré en pánico. Le pregunté sin rodeos y en forma directa si existía al menos una sola persona que la estuviera cortejando. Me dijo que no, que ella era una tucana normal, que seguía las reglas de su planeta al pie de la letra y que jamás me engañaría con un solo hombre. Le creí, sí le creí. Ese ser sobrenatural, esa hada, ese duendecillo travieso, era la autenticidad misma encarnada. No podría mentirme jamás y yo estaba enamorado sinceramente.
Decidí ir a 23 Tucanae. Estaba decidido a hacer lo que sea por ella. Durante semanas estuve pensando en el viaje. Hoy en día se puede hacer a una velocidad superior a la de la luz por medio de un gusano. El costo es interesante para un bolsillo como el mío, pero a través de los pliegues del espacio se puede llegar a donde se quiere. Solo hay que contratar el servicio con cierta antelación de unos meses para que se pueda calcular con precisión el trasvase de un plano del universo al otro. Noventa y nueve por ciento de seguridad de llegar bien sin que se pierda una sola molécula del cuerpo.
No sabía qué iba a hacer cuando me enfrentara con ella, tenía miedo de quedarme sin hablar, de no tener argumentos, de no poder decirle lo mucho que la amaba. Se lo comenté y se rió de mí.
—No tienes nada que temer, mi terráqueo tonto. Te amo sinceramente. No te miento, te vi y sentí un profundo afecto por ti. No olvides que soy también en parte humana y entiendo tus sentimientos. Nuestra historia de amor es perfecta.
No pude contestar nada, mi alma se cayó al piso, estaba derrotado por tanta ternura, tanto amor en ese cuerpo exótico y bello. Mi novia era perfecta.
Compré el pasaje a 23 Tucanae, una vacación de un MTU para conocernos y salir un poco de la rutina; después seguramente ella vendría por acá a intercambiar mundos y sensaciones. Tocaba el cielo con las nubes. Reservé el viaje de vuelta, un poco complicado: una combinación entre un pliegue y un gusano que me dejaba en otro planeta del sistema. De ahí tomar una navecita de cabotaje que en un par de días me devolvía acá. En fin, gajes de la red de transporte.
Llegué a 23 Tucanae y me estaba esperando en el Centro de Descompresión de Pliegues, una estructura ciclópea que me impresionó. Un gasto de dinero tal vez sin razón alguna, tratándose de pura escenografía para hacernos sentir que viajar por un pliegue es una cosa grandiosa. En realidad es necesaria solo una pequeña habitación y conocer bien las coordenadas de las discontinuidades espaciotemporales, pero la política y la imagen son otra cosa.
Nos besamos en el Centro con solo vernos. Su piel facetada y un imperceptible vello encima de los labios hicieron más erótica la experiencia. Me llevó a su casa, me presentó a su madre, una tucana pura de igual belleza que la hija; creo que también me enamoré de ella. Un mes de salidas, tomando cerveza tucana y comiendo los mariscos que crían en satélites artificiales, un manjar. Recorrida por museos, una ida al campo a ver los pastizales rojos y la Gran Gruta de la Revelación, el lugar donde el profeta de 23 Tucanae habló a sus Once Indiscutibles Discípulos Iluminados. Hermoso. Luego la despedida emotiva y la promesa de que, en cuanto arreglara algunas cosas, iba a la Tierra.
Seguimos en el chat por otro tiempo. La arquitectura de nuestro amor se iba conformando gradualmente hasta convertirse en una edificación sólida y estable, una verdadera catedral del amor interespecie. Nuestra boda celebraría el encuentro de dos seres distintos, igualados por el sentimiento. Diseñé nuestra torta, orgulloso de mi creatividad: sería de dos colores, con un cupido humano y otro tucano en cada sección. El nuestro apuntando galante con su arco dorado; el de ellos, en cambio, con varias saetas ya listas en la cuerda. Casi igual, aunque nunca entendí por qué los tucanos representan al amor con tantas flechas en el carcaj.
Me conecté ansioso esa noche; nunca había tenido tantas ganas de chatear con ella. No sé qué pasó, pero no había conexión inmediata; parecía que el chat estaba saturado. Confieso que me llamó la atención. Al rato logré ver la imagen de ella sentada en su habitación. Todo real, nada de escenografía; la mujer más honesta y auténtica que he conocido…
Le comenté que había tenido problemas para hacer contacto.—No te preocupés, estaba chateando con unos novios— me contestó con toda naturalidad.
Me quedé helado.
—¿Cuántos siglos hace que los humanos dejaron atrás la Tierra? —Miles. —¿Y todavía siguen creyendo que el amor es propiedad?
No entendí la pregunta.
Ella sonrió.
—Te dije que no te engañaría con un solo hombre.
—Sí.
—Y era verdad.
Sentí un frío extraño.
—¿Qué quieres decir?
—Exactamente eso.
Tomó una tableta y la apoyó sobre la mesa.
La pantalla se iluminó.
Apareció un perfil.
Después otro.
Y otro.
Y otro más.
Seguí deslizando.
Ciento doce conversaciones activas.
Doscientas siete.
Cuatrocientas treinta y una. Mi corazón comenzó a hundirse.
—¿Quiénes son todos estos?
—Mis novios.
—¿Todos?
—Claro.
—¡Me dijiste que no había nadie más!
—No. Me preguntaste si había otra persona.
—¡Sí!
—Y te respondí que no.
Me observó con genuina confusión. La sinceridad y la dulzura jamás abandonaron su rostro.
—No hay otra persona.
—¿Cómo qué no?
—Hay seiscientas ochenta y tres.
Bajé la vista hacia la parte inferior de la pantalla tragando saliva. La cifra apareció ominosa: 683 conexiones románticas activas. Sentí que el universo entero se burlaba de mí. Sentí las miradas en mi espalda de todos los compañeros de trabajo, reviví todos mis sueños eróticos en un solo instante para percatarme de que había sido engañado sabiendo que eso sucedía. Probablemente ella sea la hija de una de las tantas de relaciones que su madre tuvo a lo largo de su vida con tucanos y humanos simultáneamente. Las crisis de natalidad de milenios atrás hicieron que la cultura tucana hiciera de la promiscuidad una forma de resistencia. No pude haber sido tan imbécil de haberlo olvidado.
—¿Y yo qué soy?
Ella me abrazó.
—Mi terráqueo favorito, el único verdadero amor que jamás he tenido. Al menos este trimestre
—¿De este trimestre?
—No te pongas celoso. Sos el tercer humano en mi vida. Pero el mejor de todos.
—¿Tercero?
Entonces comprendí el sueño recurrente.
No había un tercero en nuestra historia.
Había centenares.
Ella suspiró.
—Los humanos son adorables. Siempre quieren ser únicos.
—¿Y ustedes no?
—Nosotros queremos ser felices. Amore mio, non essere geloso. Il mio cuore è abbastanza grande per tutti.
En ese instante sonó una alarma. Ella miró la pantalla. Frunció el ceño.
—Qué raro.
—¿Qué pasa?
—El sitio de citas se cayó.
La pantalla mostró un mensaje:
ERROR 429: TOO MANY REQUESTS.
Ella sonrió orgullosa.
—Mamá va a estar contenta.
—¿Por qué?
—Acabo de superarla…
***
No pude seguir. No estoy preparado para rarezas de la biología. Creo que estoy más solo que nunca en el Universo. Solo.
Trato de recuperarme, he vuelto a leer y a pasear con algunos amigos. A veces no puedo más y me voy a un bar a tomar algo, ya me hice amigo del barman.
Anoche me senté en la barra y, con una sonrisa beatífica, me ofreció una cerveza tucana recién llegada.
—Metétela en el culo— le dije.
Ahora estoy en casa. Creo que una semana se me va a ir el moretón.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 26 de junio de 2026
