Zelomi
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
A veces logran hacerme sentir como nos llaman. No tengo la culpa de las decisiones políticas de los gobiernos ni de las empresas; solo vine a trabajar. Todo un continente está bajo la égida de una multiplanetaria que exprime cualquier fuente de ingresos: cultivos, medicina, minería. No sé por qué a los humanos nos fascina tanto golpear piedras.
Los nativos nos definen como “simbiotes oportunistas”. En el fondo, nos llaman parásitos, y tienen razón. Pero esa etiqueta no afecta mi autoestima ni mi visión del universo.
Llegamos a un mundo cuya civilización apenas ha superado el neolítico: azadas de metal, hortalizas que tiñen el paisaje desde el aire y una ganadería de subsistencia..
Llegamos a este mundo con la soberbia del conquistador que porta tecnología superior. Es un planeta apenas más avanzado que el neolítico: azadas de metal, hortalizas que tiñen el paisaje desde el aire y una ganadería de subsistencia. Sus leyendas pronto serán objeto de antologías para los eruditos de la Tierra; siempre encuentran una excusa para justificar sus presupuestos. Tal vez debí ser un estudioso y no un extractor de recursos, pero ya estoy demasiado viejo para cambiar de rumbo.
Los consejos de los psicólogos sobre la “soledad planetaria” han resultado inútiles. La mayoría somos técnicos y sabemos adaptarnos al campo, al desierto, a una base perdida o a cualquier entorno inhóspito. Lo que no aprendemos a sobrellevar con la misma facilidad es la soledad de pareja, la ausencia de alguien con quien compartir algo más que el trabajo.
Zelomi ha sido mi ancla. Gracias a ella, he empezado a acostumbrarme a este lugar.
La conocí poco después de mi arribo. Es un ser de una belleza singular, con características humanas tan marcadas que desafían cualquier prejuicio. Pasé años creyendo que la vida alienígena sería radicalmente distinta —moluscos o reptiles—, pero la realidad nos mostró que el patrón humanoide es una constante en la galaxia. Nuestra prepotencia nos hizo creer que esta forma era exclusiva del tercer planeta del Sol y, al descubrir que no éramos únicos, brotó un resentimiento oscuro: el derecho autoimpuesto a destruir a quienes son similares, pero tecnológicamente inferiores.
Zelomi es de las pocas que se atreven a relacionarse con nosotros. Aprendió nuestro idioma con una rapidez pasmosa y hoy trabaja en la empresa como personal calificado. Empezamos a intimar casi de inmediato. Me gusta nuestra relación; me gusta lo que somos.
Alguien de la primera ola de colonizadores la conoció hace años, cuando ella era apenas una niña. Me lo contó ella misma. Era un médico de una misión de exploración que recorrió la zona antes de que se instalaran las primeras estructuras mineras. Aquel hombre, al parecer, era un apasionado de los textos sagrados y las leyendas antiguas. Fue él quien le puso su nombre.
Zelomi me explicó que proviene de un evangelio apócrifo, uno de los textos que la Iglesia nunca reconoció oficialmente. Según la historia, tras el nacimiento virginal, dos comadronas llegaron para asistir a María. Zelomi recitó de memoria el pasaje, como quien repite una letanía fundamental:
—Cuando Zelomi hubo entrado, y Salomé se quedó afuera, Zelomi le dijo a María: “Permíteme tocarte”. Y cuando María le permitió examinarla, la partera exclamó con voz fuerte: “¡Señor, Señor Todopoderoso, ten misericordia de nosotras! Jamás se ha oído ni pensado que una mujer tenga los pechos llenos de leche y que el nacimiento de un hijo demuestre que su madre es virgen”.
Cuando terminó de decirlo, me miró con una gravedad que entonces no comprendí.
—En tu mundo —dijo—, las cosas que no pueden explicarse se llaman milagros.
Los encuentros fueron esporádicos al principio. Las directivas de la empresa, que recomendaban no interactuar demasiado con los lugareños, habían prendido fuerte en mí. Acato todo lo que no me perjudique, al menos en principio. No tenía interés en sostener un idilio con un personaje extraño solo para creer que de esa manera vivía la vida. Nunca entendí esa costumbre insana de probar cosas curiosas por el solo hecho de tener algo que contar.
Me parece una costumbre privativa de personas que no han logrado forjar —vaya palabra— una personalidad fuerte desde su infancia. Seres que buscan en lo exterior las sensaciones que nunca se han animado a buscar en sí mismos. Pensando en esto, uno entiende cómo en la Tierra hay tantos psicólogos que se han vuelto ricos.
Pero Zelomi no fue una experiencia. No fue una excursión hacia lo exótico.
Ustedes saben cómo funciona. Venimos, firmamos contratos y nos vendemos al mejor pagador. ¿Tiene sentido ocultarlo? Sabemos perfectamente que el desastre ecológico que hacemos es irreversible. Dejaremos un camino de destrucción en cada planeta donde pongamos el pie. La minería es eso: violar la roca madre, la materia primera de la que surge la vida. Todos nosotros somos el producto de elementos químicos liberados por procesos naturales.
En fin: el amor y el sexo me vuelven algo diletante.
Con Zelomi, sin embargo, no sentía que estuviera probando nada. A su lado dejaba de ser el técnico, el empleado de una compañía minera, el hombre llegado de otro mundo. No me pedía explicaciones por lo que hacíamos aquí. Tampoco me absolvía. Simplemente me miraba como si yo fuera una persona y no una especie.
Necesitaba eso a su lado me sentía completo.
Estaba enamorado.
Nuestros juegos eran de una ternura sin límites. El extraño sabor de sus besos, producto de un metabolismo diferente, no me producía repulsión. Al contrario: me acostumbré a su aliento, que olía vagamente a verdura hervida y a tierra después de la lluvia. Con el tiempo, ese olor se volvió un estímulo. A veces nos malacostumbramos a las texturas, a los sabores y a los olores conocidos, y son precisamente los cambios abruptos los que nos devuelven la variedad de la vida.
Todos deberían tener una amante no terrestre alguna vez en su vida.
El comportamiento de Zelomi era extraño. Sí, ya sé que me dirán que es lógico tratándose de alguien de otra especie. Pero me refiero a otra cosa. Era algo que presentía no con la razón sino, ¿cómo decirlo?, con el alma.
A veces olvidamos que tenemos alma: algo incorpóreo, trascendente, que nos dicta verdades desde una profundidad que jamás lograremos entender. Esas sensaciones que aparecen a mitad de la noche, cuando un problema no nos deja dormir y, sin saber cómo, una respuesta lógica se forma de pronto en nuestra cabeza. Eso mismo era. Una percepción obstinada que me indicaba que Zelomi buscaba algo en mí.
Sí: buscaba algo en mí.
A veces, mientras dormíamos, apoyaba con suavidad los dedos sobre mi abdomen. Parecía dibujar un signo en mi piel, como si estuviera estampando una firma o sellando un pacto mediante ese gesto leve.
—¿Qué buscas? —le pregunté una noche.
Demoró en contestar, como si hubiera olvidado repentinamente que dominaba nuestro idioma.
—Una puerta.
Me reí. Ella no.
Permaneció seria. Noté entonces que algo había cambiado en sus pupilas. No me refiero a la mirada ni a la expresión. Sus ojos eran ligeramente distintos: un ámbar más oscuro que el color miel que tenían naturalmente.
Luego de esa noche comencé a sentirme mal. Una descompostura repentina, después de una jornada intensa, me hizo pensar en cansancio y estrés laboral. Supuse que al día siguiente me levantaría bien.
La respuesta llegó sin estridencias.
Durante semanas tuve fiebre. Los médicos de la empresa hablaron de una infección local, de una bacteria desconocida, de la necesidad de aislamiento. Se avisó a toda la base y el personal de campo fue sometido a una cuarentena forzosa. Me sentí culpable de ocasionarle un perjuicio a la firma.
Zelomi desapareció de la base. Nadie la vio.
En mi delirio febril la esperaba con una ansiedad absurda, mezclada con miedo y resentimiento. La enfermedad siguió avanzando. No se trataba de algo sencillo. Por primera vez en mi vida adulta pensé seriamente en la muerte.
Cada día mi vientre parecía más pesado. No era dolor exactamente. Era una presencia.
Los análisis revelaron nódulos extraños en varios órganos. El hígado estaba comprometido, pero me dijeron que iban a salvarlo. No sabían qué podía pasar después. Tal vez para darle un tono más liviano a la gravedad del asunto, el médico me dijo que me despidiera de las tardes de cerveza. Recibí la humorada con una sonrisa fingida, como para darle el visto bueno y que hiciera lo que fuera necesario para salvarme.
Tenía miedo.
Dos días después, el diagnóstico fue claro. Mi cuerpo estaba colonizado por parásitos extraterrestres. Largas formas translúcidas se adherían a las paredes del intestino y habían comprometido parte del tejido hepático. Mi vida no volvería a ser la misma. Probablemente no llegaría a viejo.
Lloré.
Después lo asumí.
El médico habló con la calma de quien explica algo habitual. Los habitantes del planeta tenían un ciclo sexual y otro asexual, algo más que común en el universo. Para ilustrar su disertación, me habló de los hongos de la Tierra.
Me importaban un pito los hongos de la Tierra.
Zelomi me había usado de hospedero para completar su ciclo asexual.
Me había usado.
Quise odiarla. Quise decirle que me había mentido, que había hecho de mi cuerpo un territorio ocupado. Me había hecho sentir lo mismo que nosotros habíamos hecho con su planeta: introducirnos mediante engaños para explotar sus recursos en beneficio propio y luego abandonarlo.
Tal vez su biología había encontrado en mí una forma de venganza que ella nunca habría elegido conscientemente.
Cuando Zelomi volvió, ya no tenía la forma que yo conocía. Su piel había perdido el brillo tibio que me fascinaba. Sus facciones eran más finas, casi transparentes. Había cambiado: su cuerpo parecía concentrado en una tarea remota, silenciosa, que ocurría más allá de mi comprensión.
Y, sin embargo, al verla, no sentí resentimiento.
Ella se sentó junto a mi cama y tomó mi mano.
—Mi pueblo no se reproduce como el tuyo —me dijo con una sonrisa serena—. Lo que ustedes llaman amor, para nosotros, es un puente. La esencia de la unión es ver a nuestra descendencia crecer en su hospedero.
—¿Normalmente usan animales?
Asintió.
—Normalmente. Así mantenemos el equilibrio.
—¿Y conmigo?
Sus ojos ámbar se oscurecieron.
—Cuando te conocí entendí que mi amor por ti ameritaba que fueras mi hospedero elegido. Para mí fue una entrega absoluta. Nunca había elegido a alguien así.
La frase no me alivió; convirtió el horror en algo más difícil de rechazar. Me hizo comprender que me amaba y que había manifestado ese amor de la única manera que su especie conocía: buscando, eligiendo, dejando una parte de sí dentro del otro.
No para destruirlo.
Para continuar.
—Vas a vivir —dijo—. Pero nuestra historia llegó a su fin. Encontraron un método. Para mañana ellos estarán todos muertos.
Miré mi vientre. Sentí un movimiento leve, una vibración apenas perceptible bajo la piel.
—¿La empresa?
—Los médicos. Dicen que es necesario. Dicen que pones en peligro a tus compañeros.
—¿Y no hay otra forma?
—La hay. Negarte.
—¿Y qué pasaría?
Zelomi no respondió de inmediato.
—No van a dejarte. Los terráqueos son muy apegados a las jerarquías y a las estructuras. El bien de la empresa está por encima del tuyo.
Me di cuenta que había subestimada su inteligencia. Un pensamiento se anidó en mi cabeza. La miré directamente a los ojos.
—¿Y si me niego y voy contigo?
—Morirías entre dolores indescriptibles.
Esa frase me enfureció. También me quebró. La había elegido cada día: al abrirle la puerta, al desobedecer las normas, al aprender sus silencios, al aceptar que su cuerpo fuera distinto sin dejar de desearlo. La había elegido sin comprender que amar a alguien no es solamente acercarse a él, sino permitir que su misterio nos modifique.
—En el relato —me dijo—, la mujer toca a María para comprobar que sigue siendo virgen. Quiere demostrar que no hubo entrada, que nadie estuvo allí.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Sonrió con tristeza.
—Que ustedes siempre quieren saber quién entró en un cuerpo y qué dejó dentro. Quieren que todo tenga dueño.
Guardamos silencio.
Afuera, las perforadoras seguían trabajando. El suelo temblaba con cada detonación. Pensé en las vetas de mineral, en los contratos, en los nativos que nos miraban desde lejos. Pensé en los técnicos que llegarían al amanecer con sus instrumentos limpios, sus órdenes impresas y sus fórmulas para acabar con lo que vivía dentro de mí.
Pedí que la dejaran ir. La empresa aceptó, no por respeto a mi voluntad, sino porque todavía necesitaba evitar un conflicto con los lugareños.
Al día siguiente, los médicos hicieron su trabajo.
Los nativos nos llaman simbiotes oportunistas. Después de Zelomi, ya no estoy seguro de que hablaran de nosotros.
Yo vine a este planeta a extraer recursos.
Zelomi entró en mí para dejar vida.
Y todavía no sé cuál de los dos fue el parásito.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 3 de julio de 2026
