Historias

El color del futuro

A admin
24 de julio, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

Las hojas todavía verdes del ginkgo se mueven contra el cielo azul intenso de los primeros días del otoño. Es un cielo que promete un día luminoso, pleno de esa claridad que aún conserva algo del estío, aunque empieza a declinar de otra manera, alargando lentamente las sombras sobre la vereda.

Es el mismo cielo que contempla desde hace años por la ventana. Bajo ese cielo aprendió, con esfuerzo y paciencia, a nombrar las estrellas y las constelaciones. A veces piensa en la cantidad de gente que jamás ha sentido la necesidad de levantar la vista hacia el cielo nocturno.

El mundo ha cambiado desde que era un niño. Ha visto transformarse la vida con la aparición de cosas que facilitan todo. Ya no existe aquel mundo del estudio silencioso, de las caminatas vespertinas hasta la biblioteca, de la alegría del padre regresando a casa con libros recién comprados. Incluso entonces eran pocos. Gente, como solían decir, con olor a tinta.

El otoño es una entelequia. Un breve territorio del tiempo donde los recuerdos encuentran refugio. El invierno es distinto: esos mismos recuerdos se endurecen y ya no hay hojas de ginkgo que iluminen los pensamientos.

Porque son los árboles, las hojas y las flores quienes terminan dándoles color a nuestros pensamientos. No contemplamos solamente una petunia o un malvón irisado; con sus colores vamos pintando la memoria. Hay infancias con color a salvia, juventudes con el tono suave del jazmín, amores efímeros del verano con el blanco de los geranios.

¿De qué color será el futuro?

Una vez más sostiene el libro entre las manos y vuelve a recorrer unos versos que conoce de memoria y que lo han acompañado durante años. Ya no necesita leerlos. Las palabras se forman solas en su mente, como una construcción paciente que une el pasado con el presente mientras deja abierto un porvenir incierto.

¿Qué errante laberinto, qué blancura

ciega de resplandor será mi suerte,

cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?

Su abuelo le había contado alguna vez cómo fueron las primeras estaciones espaciales. En aquellas noches, la gente salía al patio y levantaba la vista para descubrir el tenue trazo de una luz que cruzaba el cielo con una precisión imposible, recta entre las constelaciones. Era un satélite. Una pequeña obra de la mano del hombre suspendida entre las estrellas.

Al principio encontrar uno era más una cuestión de suerte que de habilidad. Después se volvieron frecuentes. Tanto, que llegó una generación para la cual dejaron de ser motivo de asombro. Ya no los observaban desde abajo: vivían y viajaban dentro de ellos.

Cuántos años habían pasado.

Los habitantes del espacio comenzaron a construir una vida propia. El cuerpo tardó en acostumbrarse a la ausencia de gravedad y muchos regresaron a la Tierra. Pero otros continuaron el viaje. Desde aquellas estaciones partieron las primeras expediciones permanentes hacia Marte y más tarde hacia otros mundos.

Hubo niños que nacieron lejos del planeta. Nunca caminaron sobre la Tierra. Nunca respiraron el olor de la lluvia ni conocieron un otoño. Para ellos, el planeta de sus antepasados terminó pareciéndose más a una leyenda que a un lugar verdadero: un mundo agotado, dominado por tecnologías que habían terminado por desplazar al hombre de muchas de sus tareas.

Pienso en ellos, en esos terrestres que ya no lo son. ¿Dónde habitan realmente sus recuerdos? Los nuestros se apoyan en árboles, en estaciones, en perfumes, en cielos que cambian de color. Los suyos, en cambio, habrán comenzado a confundirse con las arenas rojizas de Marte, con el negro absoluto del espacio, con la luz metálica de los habitáculos donde crecieron. También sus pensamientos tienen un paisaje. También sus memorias necesitan colores.

Algún día nos iremos todos.

¿Dónde quedarán entonces los pensamientos con color de ginkgo? ¿Las novias fugaces del verano vestidas de geranios blancos? Poco a poco iremos perdiendo esos colores. Pensarlo produce una extraña sensación de orfandad. Porque fueron esos colores los que nos dieron a luz.

Tal vez el futuro ya no tenga olor a tinta ni hojas de ginkgo agitándose bajo un cielo de otoño. Tal vez los niños aprendan otros colores: el blanco de los cascos, el gris del titanio, el negro interminable entre las estrellas y el azul remoto de una Tierra que sólo conocerán por fotografías.

Vuelve la mirada hacia las hojas del ginkgo. Se mueven apenas bajo el cielo limpio del otoño.

Se pregunta de qué color será el futuro.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 24 de julio de 2026

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