La hoguera blanca
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Las llamas ascienden hacia el cielo helado de la noche. El calor del fuego invita a acercarse mientras los niños corren alrededor del muñeco con esa mezcla de temor y entusiasmo que acompaña siempre a los primeros descubrimientos. Para muchos es la primera quema de San Juan.
En el barrio dicen que la costumbre llegó antes que las primeras casas. Los más viejos aseguran que ya la celebraban sus bisabuelos y que ellos la habían aprendido de los suyos. El significado original se perdió hace mucho; quedó solamente el gesto. Cada junio vuelven a reunirse en el mismo baldío para levantar un muñeco con tablas viejas, ramas secas y todo aquello que el tiempo fue dejando de lado. Cuando el fuego termina de consumirlo, el invierno parece empezar de verdad.
A veces alguien se pregunta qué ocurrirá el día en que construyan una casa en ese terreno. La respuesta siempre es la misma: se buscará otro lugar. Lo importante nunca fue el baldío. Lo importante es que los chicos sigan viendo arder el muñeco como antes lo vieron sus padres y sus abuelos.
Entre quienes rodean la fogata hay hombres y mujeres que comenzaron a participar siendo niños y hoy peinan canas. Algo, imposible de nombrar, ha ido enlazando a las generaciones alrededor de ese fuego. Como si el ritual conservara una memoria propia.
Evoco, de niño, las horas frente al hogar. Las formas nacían y desaparecían entre las llamas con una fugacidad que no permitía retenerlas. Una rama se convertía por un instante en un animal, una ciudad sitiada o un ejército avanzando entre las sombras. El fuego me abría una rendija y me dejaba mirar algo que estaba allí desde antes.
***
Durante el año previo a su muerte, mi padre llevó una vida sorprendentemente cercana a la normalidad. Los tratamientos contra la enfermedad parecían haber encontrado, por fin, un punto de equilibrio. Después de casi tres años de retrocesos, los estudios comenzaron a ofrecer resultados alentadores y en la familia aprendimos otra vez el ejercicio peligroso de la esperanza.
—Es una droga nueva. Todavía la estamos probando —nos dijo el médico una tarde, cuando salimos de la clínica.
Al regresar a casa, mi padre fue recuperando antiguas costumbres. Ya sin las obligaciones del trabajo, pasaba las horas entre libros, caminatas y proyectos que nadie se atrevía a llamar futuros. Comenzó a frecuentar nuevamente a Poe, A Virgina Woolf y a Katherine Mansfield, en un inglés que leía sorprendentemente bien.
Al principio procurábamos que nunca estuviera solo. Más tarde, por sugerencia del psicólogo, comenzamos a dejarlo salir sin compañía. Nunca entendí del todo esa necesidad que tienen algunas personas de custodiar a quien sabe que va a morir, como si la cercanía pudiera alterar el desenlace.
Una tarde volvió del parque con una expresión que no le había visto desde antes de la enfermedad. No era exactamente alegría. Tampoco excitación. Parecía la concentración de alguien que acaba de descubrir algo y todavía no encuentra las palabras para contarlo.
No habló de inmediato. Recién días después, cuando quedamos solos, me confió lo ocurrido.
Mientras caminaba bajo los árboles había oído un sonido seco, el choque de dos tablas de madera. El ritmo se desplazaba entre las ramas. Se detenía. Volvía a empezar. Poco a poco dejó de parecer un ruido y adquirió la cadencia de un instrumento de percusión, un xilofón rudimentario perdido en el follaje.
Entonces vio al ave.
No supo decirme cuál era. Solo recordaba que abría y cerraba el pico.
Desde ese día volvió varias veces al parque. Quería descubrir de qué especie se trataba.
Murió tres meses después.
***
Hay, en algún lugar, Un mundo diferente, silencioso y agreste. Matorrales y grupos de árboles se recortan en la lejanía de ese mundo anterior.
Del silencio surge un sonido seco, áspero, como dos maderos golpeando entre sí. En la inmensidad de aquel lugar intacto, el sonido queda suspendido, sin un origen visible. Una vez. Dos. Tres. Luego, el silencio vuelve.
Instintivamente busco el origen de aquello que quebró la quietud del paisaje. Miro entre los árboles, hacia un lugar donde percibo un movimiento, un temblor de hojas que en la la quietud del paisaje.
Me cuesta entender lo que veo. Un ave, de un blanco que parece enceguecer, irrumpe como un acento sobre el verde del sotobosque. Abre y cierra el pico. Es de madera.
Cuando despierto aún escucho el sonido acompasado y violento.
Todo se está quemando a mí alrededor.
Entonces ocurre.
Entre el resplandor de la fogata distingo algo. Frente a otra hoguera hay un hombre de pie.
Las llamas son blancas. Nunca había visto un fuego de ese color. Pienso, sin saber por qué, en aquellas hogueras verdes, naranjas y púrpuras del Támesis congelado que describe Virginia Woolf.
Durante unos segundos nos observamos. No hay saludo, ni sorpresa, ni miedo. Comprendo entonces que él también me está viendo. Quizá, desde donde está, sea mi fuego el que parece imposible.
Permanecemos inmóviles frente al mismo rito de la hoguera de San Juan. No nació en este barrio. No nació en ningún lugar.
Nos miramos entre las llamas mientras el golpeteo de un pico vuelve a escucharse.
Las risas de los niños me devuelven al presente.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 31 de julio de 2026
