Candelaria
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
No hay más forma de divisar el horizonte que buscando dentro de uno mismo. Los colores se funden en un continuo que no permite entender dónde está el arriba y dónde está el abajo, la noche y el día, la vida y la muerte.
El barco se mueve sobre la superficie del mar con una serenidad que presagia alguna cosa ominosa, un altercado con las leyes de la naturaleza que habrá de presentarnos algo inesperado.
Ser marino es eso: afrontar lo inesperado como si fuera algo de todos los días.
No elegí este camino. La pobreza y la falta de padres me llevaron primero a tomar las armas, con poco éxito, ya que perdimos nuestra primera batalla. Luego de una insípida y odiosa temporada en prisión, decidí, al salir, venir al mar.
El mar.
El mar que todo lo ve.
Que todo lo sabe.
El que recoge todas las lágrimas de las personas que se ha llevado.
Soy joven aún. Solo he pasado de la treintena, pero, de alguna manera, ya soy viejo. El mar envejece. No sé si es el sol, la sal o los recuerdos que se acumulan cada noche en la cabeza sin que uno pueda sacárselos.
No soy hombre de pensamientos ni de libros. Apenas puedo expresar lo que se forma en mi cabeza.
Hoy es 2 de febrero de 1732, el día de la Candelaria. La vida y las velas me han traído hasta aquí, a los mares del sur. Es un lugar lleno de incógnitas y de respuestas a preguntas que aún no han sido formuladas.
Los sabios y hombres de ciencia han tejido intrigas en torno a las curiosidades que se pueden encontrar en estas latitudes. Aquí es verano. En mi lejana casa, seguramente la nieve atormenta los miembros de los campesinos, que apenas pueden sostenerse con sus estómagos vacíos.
Nos dirigimos a Santa María de los Buenos Aires, un lodazal coronado de casas bajas y algunas iglesias que es, sin embargo, el puerto más importante de estas latitudes. Es una tierra de comerciantes ávidos de dinero y riquezas, al precio que sea. Detrás de ingentes caballadas y vacunos que se pierden en el horizonte plano se esconde otra riqueza: los esclavos.
Las arboladuras de los buques comienzan a verse desde la lejanía. Pareciera que es más importante el bosque de mástiles que el caserío que se oculta detrás, secándose al sol del tórrido verano de estas latitudes. La ciudad está limitada por un riacho que impone un límite drástico entre dos mundos diferentes: el de la pretendida civilidad y el mundo salvaje que se mete, hacia el sur, en lo más profundo del continente.
El calor es sofocante. Un ambiente húmedo que parece meterse en todo el barco marca una presencia maligna. Es como si un demonio de agua pervirtiera las mentes de los marinos que padecen en la noche el insomnio poblado de las imágenes de sus familiares en una ciudad surcada por canales.
No he dejado a nadie en Ámsterdam, solo malos recuerdos. El comercio da dignidad, pero lo nuestro, el contrabando, da experiencias que no se pueden cotizar en ningún mercado.
Faltan un par de horas para medianoche. Permanecemos fondeados frente al estuario, lo bastante cerca de la ciudad como para que sepan quiénes somos y a qué nos dedicamos. Y, sin embargo, esperan que hagamos nuestro trabajo. Quizá eso sea lo peor del comercio: saber qué se esconde detrás del oro y, aun así, mirar hacia otro lado cuando llega a nuestras manos.
Los contrabandistas somos, de alguna manera, los motores que ponen en movimiento cosas que nadie quiere ver. Mercancías que cambian de manos, hombres que desaparecen de un puerto y aparecen en otro, riquezas que encuentran caminos que no figuran en ningún mapa.
No somos nosotros quienes inventamos esas cosas. Solo sabemos cómo moverlas.
Es lo único que sé hacer bien. Soy lo que soy. No pretendo ser nada más.
No sé muchas cosas. Nunca me preocupé demasiado por saberlas. Hay hombres que necesitan respuestas para seguir viviendo. Yo siempre tuve bastante con seguir vivo. Pero a veces pienso que me gustaría tener, al menos una vez, una certeza.
A pesar de la canícula estival logro conciliar el sueño. Figuras extrañas aparecen entre los pliegues de la duermevela; seres deformados que corretean por el campo, animales fabulosos, paisajes nunca vistos. Pareciera que el mundo del sueño se fuera transformando en una realidad cada vez más tangible, una tierra de nadie entre lo imaginado y lo real.
Debe ser cosa de los calores de estos mares del sur.
Una música delicada me despierta.
Mis compañeros permanecen tumbados sobre la cubierta, profundamente dormidos. El sonido proviene del entrepuente.
Bajo. Al principio no veo más que una sombra. Poco a poco, mis ojos consiguen darle forma.
Es una niña de una palidez extraña que, sin embargo, no trasluce enfermedad. Al contrario, posee una expresión incólume de felicidad, con las mejillas rebosantes de un rubor que le da algo de vida. Sus manos se mueven con una belleza extraña y delicada sobre las teclas negras y blancas del instrumento.
La melodía es pegadiza, una canción sencilla, infantil.
He visto uno de esos teclados en algunas casas de mi ciudad, entretenimiento vanidoso de hijas de comerciantes apoltronadas en sus sillones, jugueteando con sus gatos y haciendo encajería. Pero esta niña es otra cosa. Es perfecta.
Entre los pliegues del vestido adornado con flores asoma una placa surcada por extraños caminos metálicos. Parece el plano de una de nuestras ciudades, con sus canales de navegación y riego, como las que he visto en Recife o las que me han contado que han hecho los cuáqueros en Filadelfia.
Hay algo de aquellas ciudades en aquella pequeña superficie: caminos que se cruzan, se separan y vuelven a encontrarse, formando barrios diminutos alrededor de pequeñas piezas oscuras, unas cuadradas y otras alargadas, semejantes a casas levantadas en medio de una ciudad imposible.
Hay también pequeños puntos brillantes, unidos por hilos de metal que parecen demasiado delgados para existir. Sobre algunas de aquellas pequeñas mansiones hay curiosas letras. No sé leerlas. Tampoco he visto jamás esos símbolos. Sin embargo, algunos me recuerdan a la extraña escritura de Catay o Cipango.
Lo que más me desconcierta es que todo parece dispuesto con un orden perfecto. No hay un espacio desperdiciado, ni una pieza fuera de lugar. Es como si alguien hubiera construido una ciudad para habitantes demasiado pequeños para que un hombre pudiera conocerlos.
Repentinamente deja de tocar.
El sonido de la cuerda persiste un instante, apenas una fracción de segundo, una vibración sutil que le da otro aspecto a la penumbra del entrepuente.
Sin que nada lo anuncie, mueve la cabeza con poca naturalidad, como si el cuello estuviera colocado sobre un eje vertical que se introduce en el cuerpo de la niña.
Me mira inexpresiva. Sin embargo, hay una dulzura en su rostro que no puedo explicar.
Poco se parece a las mujeres que he conocido en Olinda o Salvador. Mujeres de ébano que lucen antiguas marcas de grilletes en los tobillos.
Esperamos un instante mientras entre nuestros ojos se forma algo indefinido.
—Te amo, neerlandés.
Es lo único que dice. Luego queda estática.
Muerta.
No sé qué hacer.
Jamás pensé que alguien como ella pudiera decirme que me amaba. Si pudiera revivirla, lo haría a cualquier precio. Sé que no puedo, sin embargo.
Toco las placas que afloran por su espalda y su brazo. Son objetos minúsculos, brillosos, sólidos. No sé cómo funcionan ni quién pudo crear semejante maravilla.
Tal vez en el interior de esas pequeñas mansiones existan seres que operen los movimientos de la música. Pero ignoro siquiera cómo podría empezar a reparar aquel ingenio.
Eso es la vida: encontrar lo deseado durante años y no entenderlo.
Nunca me había sucedido. Quién o qué hizo aquello, no puedo saberlo. En un sinnúmero de travesías jamás vi una creación de este tipo.
Tal vez su aparición en este barco sea solo el producto de la imaginación de una mente enferma.
O de algún ser que ya no está.
O que todavía no ha nacido.
O quizá sea el producto colectivo de todos los hombres y mujeres que sueñan en Buenos Aires en la sofocante noche de Candelaria.
Vuelvo a despertar y no hay nada. Ni música. Ni muñeca. Solo calor.
Pienso en las palabras de la niña y sonrío.
Sé que fui feliz un día.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 14 de agosto de 2026
