Historias

Retorno al cuadrilátero

A admin
21 de agosto, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

La avenida es un cuadro que se mueve. Las luces rojas de un lado y las blancas del otro le dan una vida singular, como fluidos vivificantes que la mantienen viva. Hacia un lado, la savia elaborada, el fluido vivificante y nutricio de quienes vienen; por el otro, el rojo desgastado, lleno de las toxinas del día, de quienes vuelven a sus hogares agotados.

Lo más gracioso, pienso, es que eso depende del lugar desde el que estoy mirando. Un observador desde la vereda de enfrente, dirigiéndose hacia mí, piensa, o puede pensar, lo contrario.

Eso es lo que fascina de estar vivo. La perspectiva da lecturas diferentes de cada una de las historias, dependiendo del lugar desde el que se las mire o del color del cristal a través del cual estamos mirando.

Muy complicado, ¿no? Soy complicado.

Y es que en el mundo traidor,
nada hay verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira.

Se me ocurre pensar que ese verso generó el nombre de una doctrina. Cosa rara el hombre. Ha inventado las mil y una cosas: religiones, ciencias, filosofías. ¿Cómo no voy a estar algo excéntrico?

La peluquería está a varias cuadras de la avenida, cerca de una plaza muy bonita. Es una calle que ya conozco de memoria, después de tantos años que han pasado y de tantas veces que he venido. Identifico vecinos y personas de quienes nunca supe sus historias ni sus nombres. Ellos no saben que vivo a quinientos kilómetros, en otra ciudad.

Paso por la vereda donde está la Federación de Boxeo. Los muchachos, de baja estatura y robustos, con bolsos y ropa sintética de colores brillantes, hablan sobre las futuras peleas y de cómo están entrenando. Esperan que se abran las puertas, lo que suele ocurrir cerca de las seis y cuarto de la tarde.

Hasta eso aprendí del barrio.

Los boxeadores son respetuosos. Se sienten orgullosos de ser observados, pero tienen algo de visceral en la forma de responder a los saludos de un desconocido.

Es el sueño de la fama.

La avenida se viste de luz artificial y les da a las cortezas una textura curiosa. Es como si los árboles adquirieran una nueva forma de vida, como si la luz led les abriera una puerta a otra dimensión.

Durante siglos creímos, vanidosos, que el mundo era lo que veíamos, oíamos o tocábamos. Una falsa esperanza de creer que podíamos conocer el universo.

Todo es diferente según cómo percibamos las cosas. Nada sabemos de cómo percibe un perro el mundo, ni de cómo nos observan las aves desde las alturas. Hay un universo pájaro, un universo gato y otro, mucho más extraño, que los hombres han construido alrededor de algo que apenas conocemos y llamamos recuerdos.

¿Cuántas cosas que habitamos o sentimos están condicionadas por la idea de realidad que hemos construido? Da mucho escozor pensar en todo esto.

La peluquería está abierta. El atardecer temprano de invierno me trastoca el sentido del tiempo. Pienso que es la noche profunda, con sus duendes y demonios, cuando apenas son las seis de la tarde. La peluquería estará abierta por un par de horas más.

Entro. No hay personas esperando. Los dos sillones metálicos, de factura antigua, con el nombre del fabricante en la placa del apoyapié. Saludo.

El peluquero es joven aún, no como yo, que me he vuelto cada vez más viejo, no solo por los años sino por los pensamientos. Pensar es una forma poco práctica de envejecer. Cuando uno piensa, el tiempo se distorsiona, los segundos se multiplican. De joven uno cree que eso es bueno, porque vive más intensamente; pero, a medida que pasa el tiempo, uno termina descubriendo que no. Pensar es la forma más eficiente de envejecer.

Me siento en la silla y le pido un buen corte.

—Veremos qué cosa hermosa podemos hacer —me contesta con un sentido del humor preciso, que no necesita el más mínimo esbozo de sonrisa.

Es un hombre auténtico. Tal vez toda su existencia se haya reducido a las tijeras y la navaja, pero presiento que, a través de ellas, ha urdido una forma de vida rica. Es lo que me ha faltado.

Coloca la capa de corte y ajusta el cuello.

—¿Está apretado? —pregunta con una voz casi mántrica.

¿Cuántas veces en su vida habrá repetido esa frase? Miles, cientos de miles. Ya forma parte de su constitución. La energía que mueve a esta persona se nutre de esas palabras.

¿Está apretado?

El ritual se apodera de mí como un sortilegio.

Soy joven nuevamente.

Mi papá está sentado en una de las sillas de la peluquería, esperando su turno. Me ha cedido el privilegio de ser el primero en someterme al corte. Hace calor y la tarde se deja sentir a través de la vidriera. De vez en cuando, algún transeúnte levanta la cabeza para ver cómo va el procedimiento en la cabeza de esa persona anónima que nunca más ha de volver a ver.

Tal vez alguno piense que ya es hora de cortarse el pelo. Otro quizá recuerde las críticas de su mujer porque parece un abandonado.

Puedo inventarles una historia a todos.

Los autos pasan rápidos y luego desaceleran cada tantos segundos al llegar al semáforo, que se ha puesto en rojo. Es un movimiento que marca unos pasos de danza extraños, como si ese invento humano, un poste con luces de colores, actuara como un coreógrafo insensible e inconsciente que organiza un baile cuyo sentido nadie conoce.

Pasa, como una sombra, hacia la esquina.

Es una forma rápida que desaparece en un instante. Una forma vaporosa que solo indica su presencia por el movimiento de la ropa que lleva. Son los ojos lo único que veo claro y definido. Ojos verde sucios que flotan en la nada, como si fuera solamente un ser dotado del órgano de la visión, porque es lo único que necesita para marcar presencia en el universo.

Ojos que pueden ver todas las formas de observar el mundo. Un ser que tiene el don de verlo todo.

Es menor que yo. Lo sé.

El peluquero se concentra en mi cabeza mientras habla con papá de política. La democracia retorna en un escenario aún turbio por los últimos años de dictadura. Los partidos políticos se multiplican como nunca se ha visto en la historia del país. Es prácticamente imposible no encontrar a alguien que no tenga a flor de labios una opinión política, sea del color que sea.

—¡Movidito este barrio!

—Sí, hay mucha gente a esta hora que sale del trabajo. La gente se desespera por volver a la casa después de tanto viaje. Espero que no se corte la luz esta noche, con el calor que hace. Siempre es lo mismo: verano no hay luz, invierno no hay gas…

El sonido de la tijera cortando el pelo es un siseo acompasado. Me pregunto, en mi mente inquieta, qué cosa acontecerá en esa interfaz mínima, en el instante en que un grupo de moléculas de cabello son sesgadas por la tijera de metal brillante y cromado que maneja con tanta habilidad el peluquero.

Son dos universos que se reproducen en un instante. Uno, el que alberga todavía la vida, unido al cuero cabelludo que lo nutre y justifica su razón de ser; el otro, un fragmento de proteínas que termina su existencia en el piso de baldosas de granito de la peluquería y que será barrido y arrojado a una bolsa que luego quedará perdida entre los millares del volcadero de la megalópolis, para descomponerse y volver luego al universo en forma de moléculas más simples, primigenias, que formarán parte de una estrella o del pelo de una rata.

Todo es así.

Todo.

Vuelve a pasar.

Esta vez, más lentamente. Mira hacia adentro.

Los ojos penetran a través del vidrio de la peluquería. Es pequeña. Más pequeña que yo. Tiene el pelo con rulos, hasta los hombros. El uniforme de tela escocesa de la escuela contrasta con el color algo pálido de la piel y resalta el verde de sus ojos. La carpeta está apretada contra su pecho como si fuera un sacramento.

Se detiene y me mira.

Sonríe y luego se va. Desaparece del campo de visión.

Desaparece del universo.

—¡Qué le pasa a esta! ¿Está perdida?

—¿Quién, esa? No, esa chiquilina anda medio enamorada de uno de los pibes de la Federación de Boxeo de la otra cuadra. Le hace la pasada, parece. Cosas de chicos.

No soporto el comentario.

Algo se ha interpuesto entre esos ojos y mi mente.

Y no puedo hacer nada.

Sin embargo, la sigo viendo ahora. Siempre la veo, en todas partes, con el uniforme a cuadros, caminando por la vereda de esta avenida que hace cuarenta años que transito, buscando en algún lugar dos ojos verdes y una mata de pelo rojo.

Puedo reconstruir esa imagen a la perfección, a pesar de haberla visto solo dos veces. Una de ida y la otra de vuelta.

No puedo definir qué ha sido de cada uno. ¿Dónde está ahora el boxeador? Tal vez sea alguien conocido por todo el mundo, que haya vencido, que salga en la televisión. No puedo saberlo. ¿Dónde está el peluquero? ¿Dónde están esas personas de un pasado que ya no sé si es pasado? ¿Qué ha pasado con nosotros cuatro?

Es probable que, en cuarenta años, hayan cambiado todas las moléculas de sus cuerpos y que mis cabellos, cayendo ahora sobre las baldosas de la peluquería, formen parte de otro cuerpo. Que formen parte de esos cabellos rojizos o de esos ojos verdes. O de los puños de un robusto púgil.

El peluquero corta. La peluquería ha pasado de mano en mano, de dueño en dueño, atravesando estos años de inflación y crisis. Poco se parece a la que conocí cuando la vi.

Miro por la ventana y veo a una chica caminando hacia la esquina. Los hombros anchos y los brazos robustos, fuertes y musculados. Lleva los guantes a la espalda como una declaración de principios.

Los tiempos han cambiado.

Es hora de que yo cambie.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 21 de agosto de 2026

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