Historias

Bastante cerca de Estocolmo

A admin
28 de agosto, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

No puedo explicarme qué es lo que no puedo entender. Si lo entendiera, todo sería más claro y sabría cómo definirlo, cómo nombrar mi error. Pero estoy completamente perdido.

Esta es la historia de una defraudación. ¿Pero qué es una defraudación? Tampoco sé definirla. Y me resulta imposible seguir pensando si no puedo definir las palabras con las que pienso. Todo es complicado en este mundo. Mucho más complicado aquí, tan lejos, dentro de un contexto que no conozco.

¿Qué mierda es un contexto?

Me estafan. Me dicen que el entrenamiento al que me someten durante seis meses es suficiente para poder comunicarme con esta gente que ni siquiera sé si es gente. En realidad, no sé definir gente.

Mi problema es de definiciones. Nunca había pensado que las cosas tienen nombre y que, para entenderlas, primero hay que poder nombrarlas. ¿O es al revés?

Me mandan acá por las cuestiones de las minas.

No, no hablo de mujeres. Hablo de las minas de cadmio de este pedazo de cascote que gira alrededor de esta estrella naranja.

Los yacimientos se van agotando en los planetas donde trabajamos. Desde hace siglos venimos dejando detrás de nosotros un camino de mundos sin recursos mineros. Cada vez tenemos que ir más lejos.

No es culpa mía. Yo solo soy ingeniero en geología exoplanetaria y necesito cobrar mi sueldo.

La cuestión es que no solo hay que dominar la tecnología de extracción de metales. También hay que interactuar con los habitantes de estos lugares atrasados.

Obviamente, no nos podemos meter en sociedades con culturas desarrolladas y con armamento. Lo nuestro es venir a estas rocas alejadas de la mano de los dioses, donde los habitantes son equivalentes a las personas de la edad neolítica terrestre.

Abusar de los débiles es la definición más perfecta de ser humano.

Confieso que me cuesta bastante acostumbrarme a trabajar aquí. No por la logística ni por la ingeniería: ya he destruido suficientes ecosistemas como para desenvolverme bien. Pero las costumbres de los habitantes son muy lejanas a las nuestras.

Son como cangrejos. Racionales, inteligentes, pero con esa coraza quitinosa y los dos miembros superiores terminados en poderosas quelas. Los bautizamos «los cangrejos» el primer día. Nunca fuimos demasiado cariñosos con otras especies. Y, vamos, si se parecen a un cangrejo, «cangrejo» parece un nombre bastante adecuado.

Tienen una religión propia que los obliga a realizar abluciones y rezos durante varios momentos del día. Algunos han contado siete; otros, tres o cuatro. Tal vez haya diferencias entre las tribus. Nunca nos hemos preocupado demasiado por ese tipo de cosas. El manual de colonización y los cursos resaltan especialmente la necesidad de no meterse con la religión de las especies que habitan estos mundos. Bastantes problemas hemos tenido con las nuestras.

Hoy nos toca reunirnos con una de las tribus que habitan cerca de uno de los puntos más promisorios. El trabajo de los satélites y los informes de los prospectores indican que es una de las vetas más ricas del planeta. Por algún error o por desconocimiento, la habíamos pasado por alto. Pero se confirma que lo que podemos sacar de aquí es superior a todo lo que venimos haciendo.

Es mi último trabajo. Luego me jubilo.

Tenemos que cumplir con el protocolo: entrevistarnos con los jefes de los grupos, hacerles algunas promesas y luego comenzar a perforar. Les dejaremos solo un cráter más de regalo.

La idea es encontrarles algún sitio alternativo donde puedan llevar su ganado. Una especie de caprino con el que se alimentan y subsisten desde hace milenios.

Llegamos con la nave hasta pocos kilómetros del lugar y luego seguimos por tierra con el Bicho Palo, un vehículo que se parece mucho a una mantis y que se adapta a estos terrenos escabrosos. Estos planetas parecen rocas desprendidas de algún lugar del infierno de Dante.

Nunca, lo juro, nunca me he enamorado de ningún paisaje que no sea la Tierra.

Cuando termine toda esta aventura y me llene los bolsillos de dinero, me vuelvo.

A tomar cerveza, sí señor.

El grupo de cangrejos nos está esperando. Pensé que debíamos llamarlos cuando llegáramos, pero ya están aquí.

El decodificador de lenguaje es un aparato diabólico. Simplemente nos ayuda a armar un discurso más probable a través de los filtros construidos en base a lo que nosotros conocemos de ellos. Pero no tenemos idea de si eso es todo.

Posee varios filtros que pueden interactuar entre sí para ajustar todo lo que expresan con sonidos, palabras y gestos a frases y discursos lo más coherentes posible.

El filtro Saussure encuentra campos semánticos y asociaciones que ayudan a entender el contexto de lo que quieren transmitir.

El filtro Chomsky, de una complejidad inimaginable para un no lingüista, intenta encontrar patrones de comportamiento en el emisor del mensaje.

La combinación de ambos permite vislumbrar lo que están diciendo en un noventa y nueve por ciento de los casos, tomando registros estadísticos de miles de casos reales.

El problema es cuando el discurso cae en el uno por ciento restante.

Los cuerpos humanoides, gráciles, se mueven con fluidez, como los bailarines clásicos cuando terminan un ensayo y dialogan entre ellos. Parece mentira que el solo hecho de moverse con garbo disimule lo extraño de su anatomía.

Los miembros superiores están desarrollados y terminan en quelas. La cabeza posee un caparazón quitinoso que protege el cerebro y de donde emergen algunos ojos que parecen no mirar hacia ningún lado.

Cuando los miro no puedo evitar cantar mentalmente:

Ya llega aquel examen del bien y el mal
Ya llegan las noticias cruzando el mar
¿No ves que el mundo gira al revés
Mientras miras esos ojos de videotape?

El cangrejo que está delante se agita ligeramente. Los apéndices pilosos de su cabeza se mueven por un impulso nervioso. Es el cacique.

Mi compañero lo observa de costado porque no puede sostenerle la mirada, lo sé.

Como queriendo romper un hielo que no está definido, le dice, a través del decodificador:

—Uno de tus aportes al ahorro energético es haber nacido con pocas luces.

Y ríe.

Un silencio se instala durante unos segundos y luego se escucha el característico sonido de una sierra de acero cortando un trozo de hierro dulce: la risa de los cangrejos cuando se sienten extremadamente felices.

Un segundo después llega la respuesta:

Tierra tiene los mismos chistes que aquí. Por eso felices contigo.

El apéndice piloso se mueve violentamente.

Los políticos ya se han comunicado con ellos y han llegado a un acuerdo. Nuestro trabajo es ratificarlo y tratar de mostrarnos lo más humanos posible, valga la contradicción. Para sellar estos pactos suele haber intercambio de presentes o cosas así. Parece que la única forma que conoce la vida en el universo para convivir es dar y recibir.

Algún día me gustaría conocer una especie que no pida nada.

El cacique recupera la compostura después de la distensión provocada por el chiste desubicado de mi compañero. Creo que salimos bien parados. Después tendré que hablar con él.

El cacique habla.

—Futuro es azul y promisorio para los que están y no. Mejor será si llevas producto de mis huevos contigo.

Hace una seña con una de sus quelas. Es un movimiento suave, a pesar del aparente peso del apéndice.

Detrás, sale del grupo una cangrejita grácil de movimientos serenos y acuosos. Indudablemente son una especie que surgió en el agua cuando todavía la había en abundancia en este planeta.

No hay señales sonoras ni voces que se dejen escuchar. Es como si todo hubiera sido ordenado por algo que escapa al decodificador.

Telepatía, pienso.

La niña cangrejo da un paso hacia adelante y se planta exactamente enfrente de mí, como si quisiera desafiarme a jugar al espejo, a seguir mutuamente nuestros movimientos.

No puedo negar la simpatía que siento por el pequeño ser. Abre y cierra las quelas, mostrando algo que interpreto como nervios, emoción o incomodidad.

Entiendo que los cangrejos han decidido que me case con la hija del cacique.

El grupo se mueve detrás del jefe y de la chica. Están expectantes. No media sonido entre ellos pero, de alguna manera, sé que se están comunicando entre sí, de forma ansiosa. El jefe da vueltas la cabeza y otea al grupo, como conminándolo al silencio.

¿Cómo será un silencio telepático? Nunca había concebido esa posibilidad. Si el silencio es la negación de la palabra, esto debe ser un estado de athelemia, como le llaman los expertos.

Ahora no estoy seguro de qué palabras utiliza. Ni siquiera puedo entender aproximadamente la traducción que hace el interfaz de decodificación de la lengua.

No sé si debería hablar de lengua.

Sé que hablan con partes de su anatomía que se mueven, pero también incorporan ondas mentales en la formación de los vocablos y del mensaje.

No puedo ni imaginar cómo es su comunicación fuera del decodificador. Un mundo vedado para siempre a una mente como la nuestra.

Me pregunto si ellos sabrán esto de nosotros.

El solo pensarlo es algo… ¿Cómo se podría decir?

Tenebroso.

Los cangrejos esperan mi respuesta.

El asunto es mucho más simple de lo que parece. Los antropólogos me lo explicaron antes de venir. Es solo una formalidad. Solo debo decir que no soy digno de ella y que me siento emocionado con la sola posibilidad de pensar que podría ser mi esposa. Con eso está todo cerrado.

Cumplo con el protocolo. El grupo parece asentir satisfecho. La niña levanta las quelas y las abre y cierra, cumpliendo con el ceremonial. Luego se va detrás del grupo, fuera de mi vista.

El cacique se adelanta y se acerca a mí, cara a cara. Me parece olerlo, sentir la vibración de los apéndices que se mueven en su extraña cara. Abre y cierra las quelas en un movimiento acompasado, como siguiendo algún tipo de ritmo musical.

El decodificador me devuelve lo que está diciendo.

—Charly García.

No es necesario suponer nada más. Entramos en el misterioso territorio del uno por ciento. O eso creo.

Pienso por un instante en un paisaje terrestre, idílico, en una mañana de verano. Sé que es el lugar donde terminaré mis días.

El cacique me dice a manera de despedida:

—Bastante cerca de Estocolmo.

No sé por qué.

***

No soy más picapedrero planetario. Ahora ando en otras cosas.

Te estoy agradecido, cangrejo.

Vaxholm es un hermoso lugar. Ahora me dedico a tomar cerveza y a escuchar todos mis discos de Bach.

Cuando me aburro, voy de paseo a Estocolmo, que está a unos treinta y dos kilómetros.

No me voy a dedicar nunca más a los idiomas. Me dan dolor de cabeza.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 28 de agosto de 2026

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.