Historias

La otra orilla del invierno

A admin
4 de septiembre, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

¿Tiene algún sentido comprar alimento barato a tantas cuadras de casa? En el súper del barrio cuesta más pero no es para tanto. No vale caminar más y volver con una bolsa de balanceado que, en definitiva, a veces ni come.

No importa demasiado.

En realidad, busco una forma de evadirme de mi casa. Hay algo que me impulsa a retirarme de este lugar, que tiene un no sé qué… No sé. No lo sé. El tiempo pasa diferente acá.

Ellos están siempre dando vueltas por la cocina, moviéndose de esa forma que me pone nervioso. Es como si se fueran quedándose con todo y no me dejaran nada para mí: ni el sillón, ni la televisión que tanto me costó comprar. Se apropian de tu vida. Primero del lugar y después del tiempo.

Lo raro es que me gusta sufrir de esta manera.

Aunque no sé si es sufrimiento. Es más bien padecer la presencia de otros que no son siquiera mis parientes ni mis deudos. No encuentro una palabra para explicarlo.

Los otros días te vi por primera vez.

Estabas en el pasillo del súper, con esa camisa leñadora roja, de cuadrados negros y amarillos. Es un poco aparatosa pero te queda bien.

No me miraste. Pero cuando viste de reojo que sacaba de la góndola la bolsa de alimento me dijiste que también te gustaba comprarles ese. Que era el que preferían. Y que vos tenías cierta forma de comunicarte con ellos.

—Cosas de gente que estamos solos —te dije.

Y te reíste.

Fue una risa diferente, como un maullido.

Otro día coincidimos en la cola de la caja. Ahí ya empezamos a hablar un poco más distendidos.

A mí no me gusta hablar mucho con la gente y, sobre todo, con los desconocidos. No me gusta hablar, seamos sinceros.

Sería mucho más interesante tratar de comunicarse de otra manera. Los idiomas y las construcciones gramaticales a veces me resultan insuficientes e innecesarios. Como las personas.

Por eso es que los acepto a ellos.

Uno no elige con quién vivir. Al inicio de todo esto, uno vive con los padres, a veces también con la abuela y los hermanos. Pero después la vida te va dando elecciones sobre con quién convivir. El tiempo hace milagros.

Hablar contigo me gusta. Paso el tiempo de otra manera.

Me dices que el tuyo es atigrado, con medias blancas, que es muy inquieto y que le gusta meterse en la bajo mesada de la cocina a tirar las ollas.

Es muy molesto, pero me gusta que sea así. Me hace sentir despierta. Son tan raros, me decís.

Le cuento que el mío también es atigrado y tiene las patas con medias blancas. Es muy inquieto y también se mete en la bajo mesada a jugar con los enseres de cocina.

—¿Será el mismo?

Antes de saber si eso es una posibilidad válida, nos reímos. Hacía mucho que no me reía.

Declarás que te gusta el frío.

El invierno se mete temprano en las casas y, en un abrir y cerrar de ojos, te encontrás con que es de noche y ya estás metida dentro de la cama bien temprano.

Ahora llevás una campera encima de la camisa roja escocesa de lana gruesa que tenías la primera vez que te vi, en otoño.

— ¿Qué hago? —preguntás—. Leo.

Leo cosas de todas clases. Nunca he tenido predilección por nada en especial. Después de unos ensayos de estudiar algo me aburrí, decís, y me dediqué a trabajar en diferentes cosas, ninguna de importancia.

Me gusta la astronomía y la historia. Tengo una buena biblioteca. Acá cerca, en la otra cuadra, hay una librería de usados que atiende un tipo peladito, medio introvertido. Me ha conseguido varias cosas raras.

Tengo uno que trata de ellos, con fotos de diferentes razas, que me encanta porque el dueño anterior lo marcó con birome negra. No entiendo las palabras, creo que están en otro idioma. Trato de imaginar qué es lo que pensaba mientras garabateaba las palabras en una lengua vedada. Me siento en comunión con él.

Decís así, vedada y comunión. Suena sofisticado, culto. No sos tan simple como parecés. Llevará tiempo conocerte.

Ahora ya somos viejos conocidos, es una forma de decir. Hace tres meses que nos vemos. Quedamos en encontrarnos en casa una de estas noches. Estamos en plena temporada de invierno, así que nos invitamos con una comida caliente. Eso sí, a los dos nos gusta la cerveza, así que tomaremos alguna. Negra.

Venís a casa. Vivís a unas cinco cuadras, más cerca de lo que pensaba. Así que la fantasía de que él sea el mismo no es tan descabellada. Si llega a pasar, bueno, lo tomaremos a risa y, a lo mejor, compartiremos los gastos de alimentación.

Mi papá me contaba que de chico conoció a uno que tenía tres casas y tres nombres. Me dijiste una vez que, por respeto, no lo habías bautizado. Me sorprendió. Yo tampoco le puse nunca nombre. Es como demasiado casual.

Tocás el timbre en esa hora en que el frío parece que se pone silencioso. La temperatura es una entidad tan gravitante en nuestras vidas que a veces asume sonidos y colores. Hay inviernos más ruidosos que otros.

Pasás y me elogiás los cuadritos de la cocina. Te digo que son fotos de revistas que me gustaron y que mandé a enmarcar. Unas fotos de Cartier-Bresson y una reproducción de El beso, de Klimt.

Cosas de soltero, casas de solteros, digo.

Te sentás y hablamos de cosas insípidas, temas que no interesan a nadie pero que son necesarios para matar ese vacío que suele haber cuando una persona entra por primera vez a una casa.

Puede suceder que en la calle dos individuos lleguen a una intimidad asombrosa, contándose vivencias y compartiendo cosas; pero en el instante en que uno de ellos traspone la puerta del otro, sucede algo mágico.

Aparecen miles de detalles que nunca se imaginaron antes. Un rasguño en un sofá, un plato sin lavar en la cocina pueden revelar cosas inimaginables.

Es ahí cuando empezamos a conocerlo, como si una parte de su personalidad subyaciera en los objetos que lo rodean.

El sonido de la tapita de la cerveza invita a relajarse.

—Te sirvo.

Bebés un trago y elogiás la temperatura y la calidad de la bebida.

—Te la jugaste con la marca. Irlandesa auténtica.

No está bien decirte que estaba en oferta.

Te quedás en el sillón mirando El beso de Klimt.

—Conozco el cuadro de algún lado.

—Es difícil no haberlo visto alguna vez.

Me decís que te gusta el cuadriculado y todos los efectos visuales que el pintor agregó a la simple idea del beso. Te digo que estoy de acuerdo.

Y todo sigue en un ping-pong de me decís, te digo. La cerveza va aflojando todo de una forma agradable. Vamos entrando en un nirvana construido entre una incipiente confianza y la suavidad del alcohol, que todavía no se nos ha ido de las manos para llegar a la cabeza.

Me preguntás cuántos años tengo. Te digo. Decís que me mantengo bien.

No te pregunto tu edad, por respeto, y me lo hacés notar.

—No te interesa mi edad.

Le digo que no me interesa.

Te reís.

Me río.

Entra.

El pelaje atigrado y las patitas con sus medias blancas. Sin hacer ruido, a paso cansino. Se para entre nosotros dos y nos mira al uno y al otro, como sin saber qué hacer, como si nos debiera una explicación por habernos engañado.

Ninguno de nosotros dice algo. Solo lo miramos, extrañados, como si fuera una entidad de otra parte que oficia de catalizador entre nuestras vidas.

Catalizador, pienso, con la cerveza ya en la cabeza.

Gatalizador.

Me decís que son cosas que pasan, que cuando venías para casa suponías que alguna sorpresa nos íbamos a llevar. Los dos. Es una sorpresa compartida, algo que ya es nuestro.

No pasa nada. Nadie es dueño de él, pobrecito. Seguro que no sabe qué hacer ahora que nos ve a los dos juntos, borrachos y mirándolo mientras mueve la cola.

—Es hermoso, ¿no? ¿A vos no te amasa la panza cuando estás en la cama?

Le digo que sí, que en realidad no es ni a mí ni a vos: siempre hace lo mismo con quien sea. Es así.

Queda como una anécdota, esto.

Seguimos bebiendo y riendo hasta que nos vamos a la cama.

Hacía mucho que no me iba a la cama con alguien.

Bueno, con él casi siempre.

***

Ya cuando no te vi en el supermercado dos días seguidos, me di cuenta de que no te volvería a ver. No tendré nostalgias de algo que ha durado tan poco, me dije a mí mismo.

Pero ahora no sé qué es lo que pasa, porque vuelve el recuerdo.

No de ti. No.

Sino de él.

No entiendo qué necesidad tenías de llevártelo. Era de ninguno de los dos. Estaba a cuatro patas en una zona neutra, un gris indefinible en donde ninguno podía arrogarse ser el dueño.

Además, ellos no obedecen a ninguna jerarquía humana.

Pasé por tu casa y está toda cerrada. Las persianas bajas y algunas hojas en la vereda que nadie ha barrido en varios días. Parece la simple casa de alguien que se tomó unos días de vacaciones.

¿Adónde?

No lo sé.

Creo que debe ser algún sueño, pero a veces me parece verla en algún lado. Y a él también.

Qué sé yo qué es la realidad y qué es la imaginación a esta altura de mi vida.

A lo mejor lo más lindo de todo sea vivir en la fantasía.

Creo.

Por eso no me sorprendo cuando te reencuentro meses después en el colectivo.

Estás sentada en el asiento de la ventanilla abrazando una cartera de cuero barata. Al lado no hay nadie. No es una hora en que el transporte público se sature.

Mirás hacia la calle con ese típico movimiento de los ojos de la gente que piensa en algo importante mientras sigue con la mirada a los transeúntes.

Me sorprende lo envejecida que estás.

No es que te haya pasado algo o estés degradada físicamente por un dolor o una enfermedad.

Estás, literalmente, más vieja.

Tenés cuarenta años más, por lo menos.

El pelo cano. La piel del rostro con arrugas. Las palmas de las manos, que descansan sobre el regazo, muestran las características manchas de la vejez.

No me sorprende nada de lo que veo.

Me acerco. No tengo miedo a oír lo que tenga que oír, tampoco a que no me conozcas. El solo hecho de verte nuevamente es un premio, como si la vida me hubiera otorgado el privilegio de ser el único testigo de un prodigio. Me hace sentir triste y feliz.

Levantas la vista y sonreís con naturalidad. Me decís que estoy igual que siempre. No entiendo si hay ironía o si es simplemente un lugar común. No vale la pena descubrir cuál de las dos es la intención.

Me decís que estás de paseo, que hace mucho que no venías por acá.

—Siempre me gustó esta ciudad —acotás—. Es una parada obligatoria. A nosotros nos gusta mucho esto. Ustedes son divertidos.

Asiento sin ningún tipo de interés en saber quiénes son “ellos” o a qué se refiere con “ustedes”. Acepto todo con entereza; solo le pregunto lo único que me intriga:

—¿Qué pasó con el gato?

Sonreís mostrando los dientes ligeramente. Están opacos.

—Quedó allá. Está feliz. Las cosas discurren de forma diferente para ellos. Lo vive a su manera. Nunca me he preocupado mucho por él ni por lo que le pase. Solo los que navegan en el río cambiante del tiempo perciben los cambios lentamente. Para ellos, los que se quedan en las orillas, las cosas discurren de otra manera. Navegar el río puede ser riesgoso, pero tiene sus reglas conocidas. Sabemos de las tormentas, de los peligros de algunos lugares del cauce.

Lo difícil es cuando tenemos que pasar de una orilla a otra… He padecido por eso y lo podés ver, creo.

Sacas de la cartera un libro desgastado, con los bordes de las hojas amarronadas por el continuo manoseo. Es un libro de gatos, profusamente ilustrado. Me ignorás completamente y empezás a leer. Con una birome negra te ponés a hacer anotaciones en caracteres desconocidos en los bordes de la página.

Comprendo que no puedo hacer nada ni debo. Me siento delante de ti y no veo cuando bajas del colectivo.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 4 de septiembre de 2026

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