Historias

Última gota de tiempo

A admin
18 de septiembre, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

La misma historia, una y otra vez.

Todavía discuten acerca de la teoría del límite. Qué ocurre cuando una persona permanece demasiado tiempo cerca de ese borde impreciso en el que las cosas dejan de comportarse como esperamos. Al principio parece un lugar favorable, una especie de punto de equilibrio en el que todo funciona mejor: más claridad, más capacidad, más tiempo, más posibilidades. Pero nadie sabe exactamente dónde termina ese estado de plenitud y comienza su contrario.

Tal vez ése sea lo esencial del límite: que no tiene un lado bueno y otro malo. O que los tiene a los dos y resulta imposible saber en cuál estamos. Nuestra existencia se debate en una elección. ¿De qué lado queremos estar? Lo terrible es que nadie ha vuelto del otro lado.

Hay quienes sostienen que, mientras más nos acercamos al límite, las cosas se vuelven borrosas porque la percepción del universo deja de estar al alcance de la conciencia. ¿Qué dije? ¿Es que la conciencia puede comprender algo?

Pero seguimos avanzando, hasta llegar al punto en que todo cambia en un instante. Ése es el motivo de nuestra existencia.

Conecto la manguera a la canilla que está goteando y que debería arreglar algún día. Pero ese día no llega nunca. Tengo muchas cosas que hacer. Pensar, en particular. Tomar cerveza y escuchar música también son ocupaciones que considero importantes y trascendentales en mi vida.

A veces me dedico a mirar los insectos del patio. Son hermosos esos colores iridiscentes que salieron del capricho de Dios cuando decidió llenar la Tierra de bichos y de cosas que pican en verano.

Qué porquería son algunas cosas de la creación.

No sé quién empezó con todo esto de la teoría del límite. Cuando apenas se sabía algo de esta tecnología, se decían muchas cosas. Las tonterías de siempre. Eso ha sido un denominador común en la historia de la humanidad: las opiniones infundadas de los usuarios que pretenden conocer algo que les está vedado para siempre.

Fui dos veces al otro lado. Recomiendan eso y no más. Más de tres viajes ya es peligrosísimo: se subvierte el sentido del tiempo real y se comienza a vivir en ninguna parte. No faltan quienes han pedido hacer la experiencia para evadirse de todo. Siempre hay alguien que tiene una creatividad desmedida.

Mi primera vez fue cerca. No me conocían bien, así que mis empleadores no se animaron a darme una tarea compleja. Las notas de la academia eran excelentes y les demostré de entrada aplicación y pasión por mi trabajo. Creo que les caí bien.

Me enviaron a un problema de canalización de información polvorienta. Le llaman así.

A medida que pasa el tiempo respecto del presente que hemos elegido, ciertos volúmenes de información comienzan a deformarse o corromperse. Es que las idas y vueltas empiezan a introducir pequeños cambios que se van acumulando.

En un salto de mil años no se ve nada. En diez mil años, tal vez algunas trazas. Cerca de los cien mil, la cosa se puede poner complicada.

La técnica de corrección la desarrollaron los inversores que depositan por encima de veinte mil años.

Los pobretones que trabajan por debajo de los cinco mil años no necesitan que les corrijamos esas cosas.

Las marimoñas son una bendición a los ojos, giran y se envuelven a sí mismas como ocultando un misterio. Lo mismo las margaritas, con ese aspecto de huevo frito sujeto a un tallo. Una flor que está compuesta de centenares de flores más pequeñas que cumplen una función cada una, atrayendo a los insectos y produciendo las semillas en su interior, que luego darán origen a otras centenas de margaritas.

Me gusta arrojar una llovizna de gotas que caen en los bordes blancos y aterciopelados, y ver el sol reflejarse en esa superficie iridiscente que parece la reproducción en miniatura del universo.

En el otro lado también hay margaritas y flores, como aquí. Me da vértigo pensar que las que alguna vez vi en el futuro aún no han surgido de semilla alguna. Es todo curioso en este universo unido por pliegues que ni los mismos físicos saben describir.

¿Para qué describir las cosas? Hay que vivirlas.

Te veo a la salida del cliopuerto, un momento después de superar el efecto límite, esa sensación que describió un colega como tratar de concentrarse una noche de verano después de la tercera cerveza caliente.

Parece mentira que hayas nacido cincuenta mil años después de mí.

Te ves bonita con la moda de este momento. Aunque no sé cuál es el momento exacto, a decir verdad: si el de ella o el mío.

Terminamos los trámites de rigor y se verifica si el contraenviado llegó bien. No hemos podido viajar solos por el tiempo. Esto es una cosa de a dos. Los taoístas tenían razón: si uno va, otro viene.

No se molestaron mucho con el eslogan del servicio escrito sobre el dintel de la enorme puerta blanca: Tempus fugit.

Hablamos de negocios.

He aprendido a entender el idioma del futuro, a pesar de la cantidad de vocablos y expresiones que desconozco.

El trabajo se desarrolla a la perfección. Todos los estudios previos y los acuerdos entre las partes ya estaban resueltos antes del viaje. Negociar entre tiempos diferentes trae muchos problemas y también algunas ventajas.

A veces trato de imaginar el funcionamiento de los mercados cuando no se podía saber absolutamente nada de lo que pasaría en el futuro. La gente caminaba con los ojos vendados sobre una cuerda sujeta entre dos extremos de una garganta.

Ahora los riesgos son otros. Nunca el ser humano aprenderá a vivir sin ellos.

Me dices que te llamas Keziah, como una de las hijas de Job. Me causa gracia que aún quede gente que se interese por el origen de su nombre y de las tradiciones. La ruptura de las fronteras temporales dio por tierra con esas viejas costumbres. Tienes una hermosa melena pelirroja, corta y con rulos. Me gustas.

Me cuentas que te dedicas a las finanzas por accidente. Alguien vio que tenías talento y te propuso para este trabajo.

—Soy transpuesta de segunda generación —me dices con una mezcla de orgullo y de diversión por darme tamaña sorpresa.

No es común encontrar casos de transposición. Siempre se ha tratado de evitarlo, pero en algunas situaciones se puede permitir, sobre todo en la gente que se dedica a la investigación.

Me dices que tu madre vino de lejos. En realidad, no vino: la fueron a buscar. Ya no vive. Era del siglo XXIII.

La transposición es una estrategia complicada. Se tardó mucho en lograr que el procedimiento de cambio permanente no tuviera secuelas, sobre todo en los miembros de generaciones posteriores a los pioneros.

El problema es la memoria. Los transpuestos de segunda y tercera generación mantienen recuerdos que corresponden a sus siglos originales, no a lo que están viviendo. Eso puede complicar las cosas o, a veces, ser útil: el transpuesto sabe cosas cruciales sin saber por qué las sabe.

Hay algo en sus ojos que me revuelve el estómago. Es una mirada de otra época. Sí, no es una ironía. Pero me doy cuenta de que a través de esa mirada fluye el tiempo de una forma desconocida para la mayoría de los mortales. Esta mujer es un puente entre generaciones. Un salto en la línea del tiempo que conlleva una personalidad única, sutil.

Atroz.

Soy una persona del siglo XL. Conocí un mundo nuevo después de la revolución tecnológica de fines del siglo anterior. Nací con la visión sesgada hacia una sociedad que surgía de los fracasos y las crisis que la humanidad había padecido en los trescientos años anteriores. Me es imposible imaginar la vida de una persona del XXXIII, como la madre de esta mujer.

Keziah hace silencio un momento y se rasca la nuca, como ordenando los rulos rojizos.

—¿Has estado alguna vez en el límite? —me pregunta, mirándose la punta de los dedos.

—Nunca. ¿Vos?

—Una vez.

Se queda reflexionando un instante.

—Fue en un viaje de trabajo, hacia atrás. Me había ilusionado con estar más cerca de mis orígenes. Si bien estaba lejísimo del mundo de mi madre, la sola sensación de acercarme apenas un poco me llenaba de ilusión. A veces los humanos necesitamos acercarnos a aquello que nos dio origen, conocer su mundo, imaginar su infancia. ¿No te ha pasado de intentar reconstruir la niñez de tus padres? Es una experiencia que a veces desilusiona. No puedes reconstruir una tarde de tu padre jugando con sus amigos. El presente modela la imagen del pasado. Tal vez por eso me atraía el pasado.

El viaje de ida fue sin sobresaltos. Pude llegar al punto de inflexión donde los tiempos se superponen y no padecí depresión ni angustia. Parecía como si mi cuerpo estuviera entrenado para moverme mucho tiempo hacia atrás. Dicen que es un privilegio de los transpuestos: siempre volvemos a nuestro lugar de una forma u otra.

Resolví mis asuntos y volví. Fue durante el regreso que surgió un problema.

Es una delicia caminar entre los arriates. El sol pinta los pétalos y les da un colorido glorioso, como si los colores naturales de los crisantemos no fueran suficientes y necesitaran de esta comunión para exaltarlos.

¿Qué colores son los reales? No lo sabemos. Nuestra percepción es parcial; el universo es mucho más complejo de lo que suponemos.

A veces pienso en el cambio del tiempo en el jardín, en la sucesión de las estaciones. El movimiento que lleva a que todo sea una forma de espiritualidad.

Una gota está suspendida en el borde de una margarita. Brilla. Es una gema que ilumina todo el jardín por un instante. El rayo de luz solar que la atraviesa está modificando la esencia de esa minúscula gota de agua, de esa molécula que alguna vez estuvo en el cuerpo de alguien, de un animal, una planta, tal vez de un ser humano.

El jardín es una síntesis del universo. Se puede recorrer entero sin salir de los límites establecidos por las medianeras.

Toda la sustancia de la creación está aquí, concentrada en cualquiera de las ínfimas partes que lo componen. En cada hoja, en cada flor.

Los ojos ahora miran hacia otra parte, aunque estén fijos en mí. Su mente parece estar a la deriva entre diversos tiempos. Retoma la palabra con voz tranquila, como iniciando una confidencia que puede resolverse en una revelación.

—Me costó volver en mí. Me dijeron que había surgido un problema al traerme de regreso. A veces los pliegues temporales no son los previstos y se puede terminar en cualquier momento indeterminado. Tenía un dolor de cabeza intenso, insoportable, que, sin embargo, se calmó rápidamente. Había tenido suerte, me explicaron, y no tenía ninguna secuela del accidente.

Al parecer, había permanecido en el límite más de lo permitido. No hay mente que pueda soportar semejante experiencia: en el momento de pasar de un tiempo a otro, de un siglo a otro, permanecemos en un instante en todos los tiempos del universo, una entidad difícil de definir por la física, en la que somos todas las posibilidades de existencia, a pesar de que nos tocó en suerte ser solo una.

A veces pienso que fui afortunada en poder vivir semejante experiencia, que pocos han podido conocer. Me preguntan cosas para concluir teorías sobre la naturaleza de la multiplicidad temporal simultánea. No tiene sentido porque no sé bien qué contestar. La mayoría de los expertos mueven la cabeza decepcionados cuando vuelvo a repetirles una y otra vez la misma historia: el mismo hombre, la misma margarita y la gota de agua brillando al sol como un diamante.

Tal vez esa imagen sea el secreto que no pueden explicar.

Solo sonríe.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 18 de septiembre de 2026

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.