Historias

La barbacana de Dios

A admin
25 de septiembre, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

Tal vez la descripción de la ciudad no sea del todo convincente o adolezca de detalles, pero el asunto es que muy poca gente cree que alguna vez visité aquel lugar y, cuando intento describirlo, muchos terminan relacionándolo con mi universo onírico o con algún problema de cansancio mental. Parece difícil darle entidad a un lugar de características singulares cuando nadie, además de uno mismo, puede confirmar que existe, y más difícil todavía cuando los recuerdos que uno conserva de él tienen una nitidez que no se corresponde con ninguna experiencia que los demás puedan reconocer.

No es imposible que exista. Recuerdo sus veredas bien arboladas, los edificios soberbios y cuidadosamente conservados, y aquella curiosa plaza triangular situada en pleno centro comercial. También vienen a mi memoria algunos negocios, determinadas esquinas y hasta la forma en que la luz de la tarde caía sobre las fachadas, aunque cuanto más intento reconstruir esos detalles, más consciente soy de que ninguno de ellos alcanza para demostrar que estuve allí. He frecuentado las casas de amigos que han dedicado años al placer de viajar y también las de quienes han recorrido buena parte del mundo por razones laborales; algunos conocen lugares que yo apenas podría ubicar en un mapa y son capaces de reconocer una calle después de décadas, pero ninguno estuvo allí.

La ciudad es mía. Qué suerte perra.

Me ha tocado adueñarme de un recuerdo que no puedo compartir con nadie, como si hubiese recibido en herencia un lugar que solo existe dentro de mi cabeza y del que no puedo mostrar escrituras, fotografías ni siquiera una dirección. Durante mucho tiempo pensé que ese era el destino de ciertos recuerdos: permanecer encerrados en quien los había vivido, sin posibilidad alguna de ser contrastados con la experiencia de los demás.

Hace unos días sucedió algo inesperado y, desde entonces, creo fervientemente en la existencia de la Ciudad.

Caminaba por mi ciudad, esta de existencia indudable, con sus calles pavimentadas, sus veredas desparejas y esa suciedad cotidiana que, por alguna razón, siempre me ha parecido una de las mejores pruebas de que un lugar es real, cuando descubrí una librería de usados. Entré sin buscar nada en particular, más por curiosidad que por otra razón, y terminé recorriendo unos estantes donde se acumulaban libros antiguos de historia, geografía y viajes. Fue allí donde encontré un viejo volumen de mapas, de tapas gastadas y páginas amarillentas, cuyo aspecto hacía pensar que llevaba muchos años sin que nadie lo consultara.

Lo abrí casi al azar. Y entonces vi la plaza triangular en el centro del cuadriculado…

Después de comprar el mapa tuve la certeza de que debía comenzar a buscarla. A partir de ese momento dejaron de importarme las reacciones de mis semejantes, a quienes nunca había conseguido convencer de que aquella ciudad formaba parte de mis recuerdos por haber estado realmente en ella. La pregunta era ahora mucho más concreta: ¿dónde había que buscar?

Algo me indujo a creer en una posibilidad que hasta entonces nunca había considerado. El problema era que la ciudad no parecía tener una existencia física que pudiera ser comprobada por los demás. Ninguno de mis amigos tenía siquiera un indicio de que el lugar existiera, y eso me desconcertaba, sobre todo porque yo había estado allí contemplando la belleza de los edificios antiguos, escuchando el sonido particular de sus calles y de su gente. Podía evocar el calor del sol cayendo a pleno sobre la gigantesca plaza triangular que presidía, de alguna manera, los destinos de sus habitantes.

El mapa mostraba la ciudad tal como debía haber sido muchos años atrás. No podía saber si había pertenecido a algún libro o si simplemente alguien lo había impreso con la intención de utilizarlo para visitar el lugar. En el reverso no había texto, sello ni marca alguna que indicara que hubiese estado sujeto a un volumen, y tampoco aparecía ninguna anotación, referencia geográfica o siquiera el nombre de la ciudad. Aquello resultaba extraño en una pieza cartográfica de semejante calidad, pero era precisamente esa ausencia de información la que me hacía conservarla con mayor cuidado. Parecía que alguien hubiese querido mostrar la ciudad sin dejar ninguna indicación acerca de dónde encontrarla.

A partir de entonces la busqué con una insistencia que probablemente habría parecido absurda. Pasé meses comparando mapas antiguos, procurando encontrar patrones que se repitieran entre las ciudades conocidas y la mía, examinando la disposición de las calles, la ubicación de las plazas, los cursos de agua y hasta la forma en que se distribuían los edificios alrededor del centro urbano. No encontré absolutamente nada.

Ninguna se parecía a la mía.

Al principio aquello me produjo una cierta decepción. Después, lentamente, empezó a producirme algo mucho peor: la sospecha de que quizá estaba buscando en el lugar equivocado.

Vuelvo de la biblioteca pública, donde estuve buscando mapas hasta la hora del cierre. El invierno, que recién comienza, le da una oscuridad casi mística y hace que las pocas personas que todavía circulan parezcan apresuradas por llegar a sus casas. Camino sin demasiado apuro, pensando en los mapas que he revisado durante las últimas semanas y en la absoluta inutilidad de mi búsqueda, cuando, a pocas cuadras de casa, me enfrento a la enorme barbacana.

Se levanta ante mí como si todavía cumpliera la función para la que fue construida: ser el último obstáculo antes de la ciudad.

Nadie me impide atravesar el gran arco. Cruzo y entro en la calle principal, que asciende suavemente hacia la plaza triangular.

Finalmente he llegado a la ciudad.

Después de tantos meses de buscarla en mapas, archivos y libros antiguos, estoy frente a aquello que creía imposible encontrar.

La ciudad es exactamente como la recuerdo. Los mismos edificios, las mismas fachadas antiguas y el mismo color de los tejados, que lucen dignos en su vetustez. La enorme barbacana se levanta delante de mí como si hubiese estado esperándome durante todos estos años y, por un instante, tengo la sensación absurda de que no soy yo quien ha encontrado la ciudad, sino la ciudad la que finalmente ha decidido dejarse encontrar.

No hay gente.

La ausencia de habitantes no resulta inmediatamente inquietante porque la ciudad conserva todos los signos de haber sido habitada: puertas, ventanas, comercios, bancos de piedra, faroles y edificios que parecen conservar todavía el calor de quienes los ocuparon. Sin embargo, no hay voces, pasos ni carruajes, ni siquiera ese rumor indefinible que produce una ciudad cuando muchas personas viven dentro de ella. Solo escucho el silbido del viento entre los frutos de fresno que penden de las ramas.

Parecen pequeños seres de un sueño. Camino despacio bajo los árboles y reconozco aquel sonido que creía haber olvidado.

Al llegar a la plaza descubro que la ciudad no está completamente vacía. En una de las casas que se encuentran sobre las recovas laterales, una luz amarilla le da vida al lugar. Salvo los frutos de los fresnos, que cuelgan de las ramas y se mueven con el viento, todo parece inmóvil. La casa iluminada, en cambio, parece respirar.

Me acerco a la ventana para observar desde abajo, como un intruso en una historia casi teatral, de cuento antiguo. Estoy haciendo algo que no se debe: birlarle la intimidad a una pareja de enamorados. Se miran y se acarician el uno al otro, embelesados. La idea me incomoda y, al mismo tiempo, me produce cierto temor.

Entonces la situación cambia.

El amante se incorpora y, con una voz severa, cargada de resentimiento, contradice a su amada. Ella intenta justificarse con una voz infantil, con algo de la picardía de quien está mintiendo para salvar una situación incómoda. No alcanzo a comprender lo que dicen, pero advierto que la discusión viene de antes y que ambos conocen perfectamente aquello que los ha llevado hasta ese momento. El hombre se viste mientras continúa discutiendo en forma áspera y finalmente abandona la habitación a paso rápido. Me oculto bajo la escalera y lo veo partir por las calles desiertas, hasta que su figura desaparece entre las sombras de los edificios.

La mujer ahora llora. El arrepentimiento parece haberla apresado y da la impresión de sentir que ha mentido injustamente. Cruza los brazos sobre el pecho y se arregla un poco la ropa de noche. Desde donde estoy no puede verme, y eso me produce cierta excitación al saberme omnipresente y omnisciente por decisión de la fortuna, dueño durante unos instantes de una escena que nadie más contempla.

Después se inclina hacia un costado y levanta la almohada parsimoniosamente, como si debajo estuviera escondida la razón misma de su vida.

Me acerco peligrosamente a la ventana.

Lo que descubre es un mapa.

Durante unos segundos no puedo moverme.

Es el mapa.

El mismo que compré en la librería.

La mujer levanta la vista del papel, que acaricia con fruición, como si fuera un tesoro. Me ve y no se asusta.

Me estaba esperando.

Entro en pánico al comprender que un habitante de la ciudad puede retenerme en sus pensamientos. Ya no soy un simple viajero casual que logró introducirse en este lugar por arbitrio de un demiurgo o de algún ser sobrenatural. Ahora existo entre estos muros. Ahora soy parte de ella.

Corro.

Estoy asustado a más no poder; la desesperación me atrapa y no me deja pensar. Mis pasos se escuchan claramente sobre el pavimento. Corro sin saber hacia dónde, como si la velocidad pudiera devolverme al lugar del que vine, hasta que, al doblar una esquina, recibo un golpe seco y caigo sobre el pavimento.

Después, nada.

El hospital está frente a la plaza triangular.

Ahora estoy en una sala, a la espera de que alguien me atienda y evalúe mis heridas. He sangrado; parte de mi cuerpo ha quedado sobre las calles de este lugar. Sé que no podré escapar fácilmente.

Una puerta se abre y sale una persona. Desde mi posición supina lo observo.

Es el hombre que discutió horas antes con la mujer.

Tiene el rostro adusto y conserva en su expresión algo del resentimiento. Me mira durante unos segundos, aunque no alcanzo a saber si me reconoce. Luego, alguien a quien no puedo ver me introduce en la habitación de la que acaba de salir.

Nadie habla.

Hay una ventana desde donde se ve la calle. Sobre una de las paredes cuelga un mapa.

Lo miro desde la camilla y, durante unos segundos, no comprendo lo que estoy viendo.

Es el mapa de mi ciudad natal.

La ciudad desde la que partí para llegar hasta aquí, la que dejé atrás al atravesar la barbacana. De un cajón, el hombre extrae una jeringa de aspecto antiguo. No puedo precisar en qué época estoy. Tampoco identifico las ropas por alguna moda en particular ni por pertenecer a una nación concreta. No puedo moverme, a pesar de no estar sujeto; la inmovilidad se ha apoderado de mí y solo puedo mirar y escuchar algunos sonidos.

La jeringa contiene un líquido incoloro. Entiendo que esa droga, o lo que sea que contenga, está destinada a mí.

Por primera vez comprendo que voy a morir aquí.

Escucho pasos que provienen de detrás de mí, desde la puerta de la habitación.

Es la mujer.

Entra arreglada, bella, y busca al hombre con quien había peleado momentos antes. Lo mira fijamente y después dirige la mirada hacia mí. Durante unos segundos observa mi rostro con una expresión que no alcanzo a comprender.

Luego abre el mapa y me lo muestra.

La plaza triangular, el trazado rectilíneo en damero. La severa barbacana.

Lo mantiene abierto frente a mí durante unos instantes, como si quisiera asegurarse de que lo reconozco. Después pliega cuidadosamente el mapa y lo guarda en su abrigo.

Se acerca al hombre y lo besa en la boca.

Luego toma la jeringa, se aproxima a mi cuerpo y busca una vena en mi brazo izquierdo. A través de la ventana veo los frutos de los fresnos moverse lentamente con el viento.

Ahora sé que ya soy un Ciudadano.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 25 de septiembre de 2026

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