Historias

La sombra de los mártires

A admin
2 de octubre, 2026


Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

Llegué ayer a la ciudad para ver la plaza.

Está lejos del hotel en que me alojé, por lo que debo tomar una combinación de transportes para llegar lo más cerca posible. Aun así, las últimas cuadras tengo que hacerlas a pie porque no justifico tomar un colectivo. Además, me gusta caminar y me sirve para ir creándome cierta expectativa respecto a lo que me voy a encontrar.

Conozco la plaza a la perfección: sus dimensiones, su forma, los árboles que tiene alrededor, los arriates con flores de estación. La vi mil y una veces en la red y memoricé cada uno de sus aspectos. Me gusta conocer con profundidad el sujeto que elijo para cada visita. Y digo sujeto porque considero que el universo no es inanimado.

Sí, créanme que pienso así desde hace ya muchos años, cuando descubrí que todo tiene alma. Una cafetera vista al despertar, en la hora somnolienta del desayuno, tiene una personalidad completamente distinta de cuando la volvemos a ver a la tarde, al regreso del trabajo.

Las baldosas de la vereda van cambiando de actitud con el paso de los años. ¿Sabían? Me ha pasado de barrer mi vereda durante años y observar cómo cada una de esas baldosas va mutando: primero de un gris sereno, para luego ir adquiriendo diferentes colores y texturas que indican que está viva.

Sé que es posible que alguno de ustedes no me entienda. Pero no me preocupo.

La plaza está en una zona limítrofe de la ciudad con la localidad contigua. Caminando unas pocas cuadras se encuentra la gran avenida que marca el cambio jurisdiccional. De un lado de la calle, una policía, una administración, una justicia. Del otro lado, todo cambia.

Una fe, un bautismo, una verdadera religión.

Religión. Eso es lo que se me ocurre cuando veo todo esto.

De muchacho me divierto estudiando las historias de las ciudades, sus lugares íntimos, sus misterios. He caminado por decenas de lugares buscando detalles que a veces escapan inclusive a los estudiosos más dedicados. En varias oportunidades he colaborado con investigadores profesionales, indicándoles detalles que habían pasado por alto.

No busco renombre ni fama. Tampoco títulos. Solamente siento placer por encontrar el detalle: la grieta en el piso de un edificio público que habla de su historia, el verdín de un bronce célebre. Creo que el universo está en estas menudencias.

Tengo tiempo para hacer estas visitas sin descuidar el trabajo que me lleva la comida a la boca. Estoy solo. Hace ya años que no dependo de las opiniones de los demás, ni de las críticas de una esposa o el regaño de los niños que piden juguetes y paseos dominicales. De hecho, nunca los tuve. No sirvo para eso. No podría acostumbrarme a cosas que cambian rápidamente. Los niños son así: nacen, crecen, lloran, se mueven, hacen ruido y reclaman diversiones. Creo que fue una decisión no tenerlos.

La verdadera maravilla de todo lo que existe es su carácter cíclico y mutable: la caída de las hojas de los árboles, que primero comienzan a tomar un color verde pálido para pasar lentamente a un amarillo y luego a un marrón coriáceo antes de caer haciendo volutas sobre el suelo. Las estrellas que van cambiando de posición en la bóveda a lo largo de los días. Necesitamos tiempo para darnos cuenta de que un astro que veíamos en el cenit ahora está ya cerca del horizonte, a punto de ocultarse para dar lugar a los nuevos que aparecen por el horizonte contrario.

La plaza tiene una estatua de mármol, obra de un artista que vino de otro lugar, buscando refugio en el país. Las guerras y las hambrunas de su lugar de origen no eran propicias para el desarrollo de su arte. Vaya contradicción: toda su obra está inspirada en los horrores de su país, en donde no pudo vivir y crecer como artista. Parece que el artista busca la belleza cuando está rodeado de sinsabores y desgracias.

El arte es la sublimación del dolor.

Cuando te dije eso, me contestaste que me podía ir a la mierda. Que era un energúmeno consentido por mis padres, encerrado en una biblioteca, preocupado por la arquitectura, el urbanismo y las obras de arte. Me tildaste de inútil, de asqueroso. Dijiste que nunca había aprendido a hacer el amor bien.

¿Amor? ¿Por qué usamos tan hermosa palabra para definir el simple acto de la fornicación?

La escultura representa el dolor de la guerra civil del país del artista. Un soldado cae herido en el campo de batalla. Un compañero lo sujeta, acompañándolo en su agonía, mientras el soldado caído, apenas con fuerzas, sostiene en alto la bandera de su nación.

El camarada que lo acompaña no sabe que la bala certera que ya ha sido disparada atravesará su cráneo y destrozará el tejido cerebral que, un instante después, manchará la camisa caqui.

El episodio ha sido contado por escritores y poetas. Los mártires forman parte de la nacionalidad de ese lejano país. La obra es de un dramatismo impactante: la boca entreabierta del moribundo y sus ojos elevados, mirando hacia la bandera y, tal vez, hacia Dios.

He estudiado la obra en todos sus detalles. He fotocopiado libros, buscado fotos en la red. Leí ensayos, análisis de la obra en revistas especializadas. He indagado en la historia del país y en la biografía del autor.

Me he apropiado de la obra.

Me dices que no sé vivir por mí mismo. Que todo lo que hago es función de la vida de otros. No tengo vida para ti. Soy apenas un buscador de anécdotas que suplantan mi falta de historia, de experiencia. Me gritas, me insultas, arrojas los platos en el fregadero y sentencias que soy apenas la sombra de cosas.

No logro entender de dónde has sacado tanta creatividad en tu discurso, tú, que solo has sido una persona silenciosa durante todos estos años, sin ningún interés por la lectura o por cultivarte.

Tal vez la furia es fuente de creatividad.

Estoy a pocas cuadras de la plaza. La ciudad se mueve en un bullicio que no llega a ser molesto, pero que me produce cierta inquietud. El verdor de los árboles que comienza a dibujarse como una acuarela indica que estoy llegando.

Es una de mis metas poder observar al detalle la escultura que ha ocupado parte de mis días y de mis noches durante los últimos dos años. Por fin podré tocar la textura del mármol, devorar con los ojos las formas concebidas por el escultor que dejó un momento de muerte y patriotismo en un bloque de piedra. El último instante de vida de dos patriotas aprisionados en el alma de la tierra, en la piedra que, aunque no lo veamos, va cambiando su estructura con el paso de los años, de los siglos.

Cruzo la calle y llego a la plaza. Con paso lento, saboreando previamente el encuentro, me dirijo al centro de la manzana arbolada.

En el centro de la plaza no hay escultura.

Hay solamente un plinto, destinado a sostener dos soldados que no existen. No entiendo qué ha pasado.

Unos niños juegan a la pelota. Una mujer de mediana edad camina enfundada en un jogging de estrepitoso color magenta. Una chica repasa unos apuntes de la facultad.

De los mártires no hay ni señales.

Me quedo embobado mirando el plinto, como contemplando algo que veo en mi imaginación pero que no está en la realidad. ¿Qué es la realidad?

Aparece un octogenario con un bigote anacrónico, un hombre tranquilo que se pasea bajo los árboles, tomando el fresco de la mañana de primavera. Se acerca y mira hacia la nada junto a mí.

Sin saludar, pero respetuosamente, lamenta la historia de la estatua: el escultor falleció de un aneurisma poco después de aceptar el encargo, que nunca se concretó. La comunidad artística recibió con pesar la muerte del artista, que era un buen hombre, que había sufrido los avatares del conflicto bélico que lo proyectó hasta esta ciudad en un exilio involuntario.

La obra, me comenta, era sobre un episodio de la guerra civil y representaba a dos soldados abrazados en el momento de la muerte en batalla, mientras uno de ellos sostenía con escasas fuerzas la bandera ondeante de la nación.

—Una lástima, ¿sabe? Yo era chico cuando vi a los albañiles hacer los cimientos y construir la base que quedó vacía.

Al principio no sé qué decir. Siento que el vacío no es el del plinto, sino el mío, que se apodera de mi alma y me quita la razón de ser.

El hombre se va. Los niños continúan gritando.

No sé en qué momento siento que el silencio se apodera de la plaza. Ahora no hay ruidos, ni cantos de pájaros ni gritos de infantes desaforados.

Me doy cuenta de que algo no está funcionando bien en ese lugar.

Sobre la vereda de baldosas que rodea el frustrado homenaje a los caídos en combate veo una sombra. No es la sombra proyectada por el plinto solamente, sino que puedo ver, sin ninguna duda, la sombra de una escultura que debería estar emplazada en ese lugar.

Me acerco, agachado sobre el piso, y compruebo que una hormiga solitaria pasa de una baldosa soleada a otra en donde está la sombra de los soldados. Observando detenidamente y con un poco de imaginación, puedo reconstruir la forma de la escultura que proyecta esa sombra oscura, fresca y real.

Levanto la vista y sigo viendo el vacío donde debería estar la estatua.

Creo que voy a enloquecer.

En un instante entiendo todo. La escultura y yo somos la misma entidad, el mismo objeto en el universo. No sujeto. Objeto.

Soy la sombra de algo que no existe.

Me quedo inmóvil. La sombra de los dos soldados permanece sobre las baldosas, nítida, perfectamente delineada. Puedo distinguir el brazo del hombre que sostiene a su compañero, la cabeza inclinada del moribundo y, más arriba, la bandera que parece todavía ondear aunque no haya viento.

Miro mis manos. También son una sombra.

Intento moverlas, pero ya no sé dónde terminan mis dedos ni dónde comienza el suelo. El sol avanza lentamente sobre la plaza y la sombra se desplaza con él. Por primera vez en mi vida no puedo hacer nada para detener un cambio.

Los niños siguen jugando. La mujer del jogging magenta cruza la plaza. La chica de los apuntes levanta la cabeza y mira hacia el plinto durante unos segundos.

Después continúa caminando.

Yo permanezco allí, no sé cuánto tiempo.

Tal vez años.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 2 de octubre de 2026

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.