Historias

Celestino del tiempo

A admin
9 de octubre, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

No sé si era necesario hablar contigo.

Me parece que habíamos terminado. ¿No te acuerdas? Ya no sé cuándo fue, ni dónde.

Hoy en día es difícil asociar los recuerdos a tiempos y lugares. A veces me resulta extraño pensar en aquellas épocas en las que, para cualquier cosa, era necesario fijar un punto de encuentro y un momento determinado.

Supongo que las personas vivían esclavizadas por todos esos referentes que, cualquiera sabe, no sirven para nada. Fuimos muy inocentes como especie durante miles de años.

No sabíamos que se podía estar con alguien sin estar en ningún lugar. Que se podía terminar una relación sin que existiera un último día. Que una despedida podía ocurrir muchas veces, en distintos momentos, hasta que finalmente dejara de ocurrir.

Quizás por eso no sé si era necesario hablar contigo. Quizás ya habíamos terminado.

Quizás todavía no.

Hay cosas que me confunden un poco. En primer lugar, quiero decirte que te amé.

No fueron falsos mis sentimientos. No. Fui sincero. Busqué que lo nuestro perdurara en el tiempo…La mierda. Sonó raro esto.

A decir verdad, cuando nos separamos empezaron los problemas.

Te pido que me perdones. Que sigamos como amigos, al menos. No sé si podemos volver a lo de antes, pero quizá podamos encontrar otra forma de estar juntos.

Entonces me dices que todavía no me conocés. Al principio pienso que no entendí bien.

—¿Cómo que no me has conocido?

Pero no respondés.

Y empiezo a comprender que quizá el problema no es que te hayas olvidado de lo que pasó.

Nos conocimos en el allanador temporal: cada uno en su tiempo. Te veías muy graciosa con esa escafandra metálica, pesada y llena de tornillos, que habías traído de un viaje al pasado. Me contaste, entusiasmada, todo lo que habías aprendido sobre ella.

Era una protección que nuestra especie utilizaba para explorar las profundidades oceánicas. En aquel mundo, las personas necesitaban esos aparatos para permanecer mucho tiempo bajo el agua.

Te miré asombrado mientras hablabas con esa verborragia de enamorada. Me reí cuando te colocaste la escafandra.

Ahora pienso que lo nuestro fue precisamente eso: un buceo entre dos tiempos. Un sueño imposible, una relación que avanzaba por una cuerda floja tendida sobre un discontinuo irresoluble.

Cada uno con su tiempo. Cada uno respirando en un lugar distinto.

¿No?

Hablamos con el experto. El primer pliegue temporal se generó sin cargo, como una cortesía de la firma para que pudiéramos reunirnos.

Era una persona de sonrisa siniestra, satisfecha de tener el poder de asignar el tiempo. La cronoingeniería había producido una raza de personas pagadas de sí mismas, orgullosas de moverse por el tiempo como peces en el agua. Tenía una mirada extraña, con un ojo de un color diferente al otro, como si uno de ellos se hubiera desteñido.

Nos dijo que lo nuestro era posible. También nos confirmó algo que, al mismo tiempo, nos quitó la sensación de ser únicos: la mayoría de sus clientes llegaban por lo mismo. Parejas que se habían conocido por cuestiones laborales mientras se desplazaban a través del allanador temporal. Gente que pertenecía a tiempos diferentes y que, por alguna razón, había decidido continuar junta.

La situación era bien conocida y tenía solución.

—Se crea un pliegue entre los dos tiempos —nos explicó—. Cada uno puede seguir viviendo en el suyo y, durante determinados períodos, compartir un lugar común.

Lo dijo como si estuviera hablando de alquilar una habitación.

Podíamos encontrarnos allí. Comer juntos. Dormir. Conversar. Hacer el amor. Lo que quisiéramos.

No había secuelas. Todo estaba estudiado. Era perfectamente factible. La cronotecnología moderna permitía casi cualquier cosa.

Hizo una pausa.

—Casi.

—Podemos hacer coincidir dos tiempos —continuó—. Crear un presente común para dos personas que provienen de momentos diferentes.

Nos miró con aquellos ojos extraños, como si pudiera contemplar el pasado y el futuro al mismo tiempo. Siempre pensé que esa era una característica de los cronoingenieros: la mirada de quien ya sabe lo que uno todavía no ha vivido.

—Lo que todavía no podemos hacer es eliminar ciertos inconvenientes.

Hizo otra pausa.

—Por ejemplo, el hecho de que para uno algo haya ocurrido y para el otro todavía no. A veces puede resultar muy traumático. Se denomina asimetría de la experiencia.

No supe qué decir. Creo que fue entonces cuando empezó a gestarse mi trauma.

—Supongamos que ustedes pasan una semana juntos en el pliegue. Para usted, esa semana ya forma parte de su pasado. Para ella, que vive en el futuro, la situación es… ¿cómo decirlo? Diferente. Pueden compartir el presente común del pliegue, pero, si se separan, no necesariamente compartirán el recuerdo de haberlo vivido.

—¿Y entonces?

—Para ella, esa experiencia forma parte de un metapasado: algo que ha vivido, pero que todavía no pertenece a su pasado en la cronología de origen.

Se acomodó en su silla y sonrió con malicia, como si ya se hubiera adueñado de nuestra historia de amor. Lo odié por eso.

—Hay formas de solucionar parcialmente ese problema. Podemos implantar una sensación de pasado común. Una especie de memoria de acontecimientos que todavía no han ocurrido para uno de los dos.

—¿Un recuerdo falso?

Sonrió.

—No exactamente. Un recuerdo de algo que ocurrió en un tiempo que no corresponde a uno de ustedes. Me miró fijamente.

No entendí la diferencia.

Él pareció advertirlo.

—En cualquier caso, tiene un costo.

—¿Qué costo?

Volvió a sonreír.

—Podrán pagarlo.

***

Pagamos.

Una fortuna. Cosas de enamorados.

Los cálculos del cronoingeniero fueron perfectos. La llave cuántica de acceso al pliegue funcionó a la perfección. No tuvimos ningún problema para construir una vida común.

Éramos felices.

¿O seré feliz algún día?

La primera noche que estuvimos juntos en el mismo tiempo me hablaste de tu infancia.

Me contaste la historia de la tormenta que había destruido la casa de campo. Tu abuela, desesperada, te había arropado junto a tus hermanas mientras afuera el viento hacía temblar las ventanas. El perro había desaparecido aquella noche y nunca habían vuelto a encontrarlo.

Hablabas con dolor, con lágrimas. Era uno de los recuerdos más duros de tu vida.

Te abracé, te besé. Quise compartir tu tristeza, aunque sabía que aquello que te había marcado tanto todavía no había sucedido para mí.

Te escuchaba fascinado. La mujer que sería tu abuela aún no había nacido. La casa de campo seguía en pie. En algún lugar, el perro todavía ladraba, ajeno a la tormenta que habría de llevárselo.

Para vos, todo aquello había ocurrido hacía muchísimo tiempo. Eran recuerdos. Para mí, todavía era el futuro.

***

Sueño con una noche tormentosa. Las nubes se han ido juntando durante toda la tarde sobre un paisaje rural, deshabitado, hasta cubrir por completo el cielo. Solo una casa rodeada de árboles aparece en algún lugar de la imagen, aunque el sueño vuelve imprecisa su ubicación y desvirtúa sus bordes, como si no pudiera decidir todavía dónde termina el campo y dónde comienza la construcción.

La lluvia cae sobre el suelo reseco y oscurece la tierra, que pronto se convierte en barro. Los surcos se llenan de agua mientras la tormenta arrecia. Tengo la extraña sensación de que no va a detenerse nunca, como si hubiera comenzado mucho antes de que yo llegara y fuera a continuar después de que me haya ido.

Con la llegada de la noche, el viento comienza a sacudir la casa. Las ráfagas golpean las ventanas y las ramas de los árboles se doblan hasta casi tocar el suelo. De pronto, las luces se apagan y la construcción desaparece tras la cortina de agua, convertida en una masa oscura apenas distinguible.

Entonces alcanzo a distinguir un pequeño animal junto a una de las ventanas. No puedo verlo con claridad, pero sé que es un perro porque escucho sus ladridos, desesperados y persistentes, dirigidos hacia el interior de la casa. Ladra una y otra vez, como si quisiera advertir a alguien de un peligro inminente.

Quiero acercarme, pero no puedo moverme. El viento arrecia y arrastra cuanto encuentra a su paso. El perro intenta afirmarse sobre la tierra mojada, sin dejar de ladrar hacia la ventana, hasta que una ráfaga particularmente violenta lo levanta del suelo y lo arrastra hacia la oscuridad.

Lo veo desaparecer entre la lluvia.

La tormenta ha terminado. La casa ha sobrevivido de milagro, aunque los destrozos son evidentes: hay tejas esparcidas por el suelo, vidrios rotos y marcos de ventanas desvencijados que se abren y se cierran con un siniestro vaivén, impulsados por las últimas ráfagas de viento.

No sé si estoy soñando o si he entrado accidentalmente en un mundo real. Me acerco a la casa con temor. El sol de la mañana, radiante después de la tormenta, se refleja en los charcos que rodean la finca. Dudo antes de seguir adelante, pero finalmente me asomo por una de las ventanas abiertas.

La estancia está desordenada, aunque no parece haber sufrido daños estructurales. El viento ha derribado cuadros y roto algunos objetos, cuyos restos se mezclan con los fragmentos de vidrio entre los muebles desplazados. Sobre un viejo piano vertical descubro un portarretratos con una fotografía antigua, una de esas imágenes sepia en las que el tiempo parece haberse detenido mucho antes de que uno llegara al mundo.

La fotografía muestra un muelle de madera. Dos figuras están de pie sobre las tablas, mirando hacia la cámara. Una es la de un hombre de unos cuarenta años, vestido con un antiguo traje de buceo, uno de esos pesados equipos metálicos que parecen más apropiados para una máquina que para un cuerpo humano. Sonríe con expresión satisfecha, como si acabara de regresar de una hazaña extraordinaria. A su lado, una niña de unos doce años sonríe también, con esa plenitud despreocupada que solo parece posible a esa edad, mientras sostiene entre las manos la escafandra del buzo.

Me quedo mirando la fotografía. Hay algo en ella que me resulta familiar, aunque no consigo determinar qué es. Quizás sea la escafandra, con su estructura metálica y sus tornillos, o la forma en que la niña la sostiene, como si aquel objeto desmesurado fuera un juguete que alguien le hubiera confiado por un momento. O quizá sean los ojos del buzo: uno de un color diferente al otro.

Entonces escucho los ladridos.

Al principio creo que vienen del exterior, de algún lugar detrás de la casa. Pero, cuando guardo silencio, solo oigo el agua que cae de los aleros y el crujido ocasional de los marcos al golpear contra las paredes.

Los ladridos vuelven a escucharse. Esta vez parecen venir del interior de la casa, y un eco los prolonga por las habitaciones vacías.

Me aparto de la ventana y miro hacia el campo.

No veo al perro. Sin embargo, tengo la certeza de que está cerca.

Comprendo que tu tiempo no es el mío y que el pliegue solo sirvió para profundizar nuestra asimetría. Tu amor pertenece a otra persona, a otro mundo. La renuncia a nuestro tiempo común fue, quizá, lo más saludable que podíamos haber hecho.

Sin embargo, te extrañaré para siempre. Te imaginaré todavía por nacer, ajena a tu propia infancia, sin haber conocido aún a tu perro ni recibido la visita de ese perverso hombre de mirada extraña que, bajo la apariencia de un celestino, supo encontrar su propio lugar en tu futuro.

Perdona por haberte buscado una vez más. Me voy.

No quiero quitarles más tiempo.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 9 de octubre de 2026

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.