Último viernes de penumbra
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
¿Cómo ha sido tu día hoy? Te extrañé. Hace varios días que no teníamos noticias el uno del otro. A veces se me vuelve insoportable esto de vivir así, cerca pero lejos. Las comunicaciones son fluidas entre nosotros, pero no es lo mismo verte que hablar solamente con tu holograma. A veces pienso que la naturaleza ha sido muy injusta con nosotros.
¿Qué has hecho? ¿Continuás con tu trabajo en el observatorio? Aquí estoy permanentemente ocupado en la central de energía. Siempre hay ajustes que hacer, trabajo extra, problemas que surgen de la nada y, cuando te das cuenta, es necesario tomar decisiones drásticas. Este es un mundo pleno de contrastes, como vos y yo.
La rotación sincrónica de este mundo ha signado nuestra forma de vivir, de sentir, de amar. Sí, de amar. Dios, de amar.
Y quiso ese mismo Dios que este planeta quedara condenado a mostrar siempre la misma cara a su estrella. La rotación sincrónica es un fenómeno relativamente común en distintos sistemas planetarios, pero la rareza de nuestro mundo es que haya podido albergar vida y que esa vida haya evolucionado hasta desarrollar inteligencia.
A veces pienso que nuestro planeta es un símbolo de la condición de sus habitantes. Un hemisferio siempre oscuro cobija las formas de vida más extrañas que podamos imaginar, nosotros, acostumbrados como estamos a permanecer iluminados por nuestra pequeña estrella roja.
Ustedes, los umbríos, tienen la piel pálida, casi transparente, y grandes ojos capaces de ver en longitudes de onda extremas. Nosotros, los heliotas, estamos acostumbrados a filtrar la radiación con nuestra piel y adaptados a la iluminación roja permanente.
En el Planeta Originario hablaban de dos principios duales y opuestos que movían al mundo. Tal vez este sea nuestro caso.
¿Por qué elegiste ser astrónoma? Tal vez la oscuridad induce a observar el mundo desde otra perspectiva, ¿no? Imagino lo que debe ser el cielo de tu hemisferio, con estrellas brillando por millares en una noche eterna. Me has contado que todas las leyendas, las historias y la literatura de tu mundo giran en torno al cielo estrellado. No podría ser de otra manera.
A veces, cuando me tomo un descanso en la central, pienso en cómo debe verse ese cielo. Te imagino en el observatorio, estudiando la precisión matemática con que se mueven los astros, tratando de conocer hasta el más mínimo detalle de cada uno de ellos.
Te confieso una cosa. En un día libre busqué en la Biblioteca Central algunas grabaciones de melodías antiguas, algunas muy viejas, procedentes del Planeta Originario. Me impactó una por su título. La base de datos informaba que, en su momento, había sido una de las canciones más escuchadas de aquel planeta. Se titula Lucy en el cielo con diamantes.
La escuché con los ojos cerrados y pensé en ti, mi amor.
Imagino que a vos debe pasarte lo mismo. ¿Tratás de imaginar un mundo siempre iluminado de rojo? Seguramente, el esfuerzo mental que debés hacer es similar al mío para imaginar tu cielo de diamantes, mi Lucy.
¿Has pensado alguna vez lo cerca que estamos? Las coordenadas de tu ciudad están muy cerca de la central. Alguna vez imaginé la posibilidad de encontrarnos en el terminador, esa delgada línea que separa al mundo rojo de la noche eterna. Pero no podríamos soportar el ambiente del otro. Estamos signados por la naturaleza, amada Lucy.
Por más que filosofemos, concibamos ideas abstractas y divaguemos sobre la existencia del alma, nuestros cuerpos siguen imponiendo sus condiciones. La biología ha trazado los límites dentro de los cuales evolucionaron las especies de este y de tantos otros mundos. Nuestros organismos son las prisiones que los dioses han construido para nosotros. Debemos ser fieles a los mandamientos sagrados de procurarnos comida, protección y descanso. No hay escapatoria en ningún sistema solar.
Escucho concentrado la canción una vez más. Vuelve a repetirse en un ciclo que me habla de ese cielo tuyo, cubierto de flores de celofán amarillas y verdes, y me recuerda, una y otra vez, a la chica que busqué con el sol en los ojos.
Esa sos vos, Lucy. La chica con el sol en los ojos.
Lo que me has dicho me ha dejado pasmado. Jamás pensé que, cuando te conectaras, fueras a hablarme de eso. Imaginé que me contarías algo de tu noche de trabajo en el observatorio, alguna anécdota o las rutinas de siempre. Pero la sorpresa todavía no termina de asentarse dentro de mí.
Sé que sos brillante como astrónoma. He leído críticas elogiosas sobre tus investigaciones y he visto las innumerables citas de tus trabajos en las revistas especializadas de nuestro planeta y de otros mundos.
Estoy emocionado con la noticia, aunque todavía me cuesta comprender lo que me estás contando. Desde nuestro hemisferio siempre pensamos que un mundo con rotación sincrónica estaba condenado a vivir bajo una iluminación invariable: el sol permanecía inmóvil sobre nuestras cabezas y nada podía interponerse entre él y nosotros. Nunca imaginamos que un cuerpo celeste pudiera cruzarse en nuestro cielo y apagar por completo nuestra estrella, aunque solo fuera durante un breve lapso. Pero vos lo has descubierto. Cada varias decenas de miles de años, ese cuerpo recorre una órbita extraordinariamente excéntrica que lo lleva a pasar entre nuestro planeta y el sol, ocultándolo por completo. Y vos, mi amada Lucy, has calculado cuándo volverá a ocurrir.
¿Sabés lo que eso significa, Lucy? Que gracias a ese cuerpo celeste los nuestros podrían encontrarse bajo la oscuridad que cubrirá nuestro hemisferio, aunque solo sea por un puñado de horas. ¿Te imaginás? Una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse en decenas de miles de años para poder amarnos en la realidad, tocar nuestras pieles, contemplarnos de cerca, reconocernos en nuestras diferencias. Y sos vos quien puede precisar el momento exacto en que, por fin, podamos cumplir nuestro deseo.
Pero hay algo que nunca te conté sobre la radiación de nuestro sol. Puede ocasionarnos problemas, ¿sabés? Algunos heliotas somos susceptibles a sufrir complicaciones. La radiación roja puede producir nodulaciones en quienes tenemos carencias de ciertos genes. Somos una minoría; la mayoría se ha adaptado a lo largo de los milenios y la selección natural ha hecho bien su trabajo. Pero yo pertenezco a ese pequeño grupo de inadaptados. Vaya ironía.
Los médicos me han confirmado que, a diferencia de lo que ocurre habitualmente, la nodulación no se ha estabilizado ni ha comenzado a adaptarse a nuestro organismo. En mi caso, sigue creciendo y ha empezado a convertirse en un tumor.
Es posible que esté muerto para la fecha del eclipse.
¿Sabés que ese día será viernes?
He pensado mucho en ese viernes, Lucy, en ese fragmento de tiempo que bautizamos con los antiguos nombres de los días del Planeta Originario. ¡Cuántas esperanzas he depositado en esas horas de oscuridad que podrían favorecer nuestro encuentro, tantas veces postergado!
Será un viernes en el que podrás contarme con tu propia voz las historias de las estrellas que has estudiado, hablarme de tu conocimiento del universo y de la poesía de vivir en una noche eterna, en el hemisferio oscuro de Umbría. Quiero que me cuentes cómo es el cielo cuando lo tenés encima y que me digas con dulzura los nombres de las estrellas que cubren tu cabeza como un velo de novia. Quiero escucharte sin que una pantalla se interponga entre nosotros.
Si todavía estoy aquí, Lucy, vení a buscarme. No sé cuánto tiempo tendremos, pero por una vez me gustaría que el tiempo no fuera una medida de lo que nos falta. Y si ya no estoy en este cuerpo, te seguiré con más libertad hasta un puente junto a un río, donde todo el mundo sonríe mientras vos, Lucy, paseás entre las flores que crecen increíblemente altas.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 16 de octubre de 2026
