Un profundo olor a oscuridad
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Estoy en los alrededores. Percibo la humedad del ambiente, esa sensación característica que me insufla una nueva forma de sentir la vida. ¿De olerla, más bien? En nuestra lengua, sentir es lo mismo que oler. Así hemos aprendido a reconocer el mundo.
Al fin, tras años de desencuentros, de sufrir la guerra y de comprobar que la fragilidad de los tratados solo ponía de manifiesto nuestras mutuas ambiciones, hemos decidido hacer la paz. Mi ascendencia sobre el resto de mi gente y mi curiosidad por conocer otras formas de vida han hecho que me eligieran como delegada. Estoy algo preocupada: nunca he estado con una de ellas.
Somos muy pocas las que hemos podido compartir alguna experiencia con la otra especie. La única forma de coexistir en el mundo siempre ha sido mantenernos lo más separadas posible. Las crisis de los últimos tiempos y la escasez de alimentos nos han obligado a buscar el sustento en territorios cada vez más alejados de nuestras aldeas. Hemos tenido que volver a las largas caminatas que hacía siglos habíamos abandonado. Siempre fuimos sedentarias, reticentes a cualquier desplazamiento innecesario.
No tardaron en aparecer los problemas de convivencia. Empezamos a advertir que en territorios que considerábamos nuestros escaseaban los frutos y los animales que buscábamos. Descubrimos que ellas cazaban y recolectaban en nuestro espacio. ¿Nuestro? ¿Qué es la superficie del planeta? ¿Un bien común? Creo que estamos empezando a despertar a nuevas cosas que nunca habíamos olido.
Sin embargo, no puedo negar que percibo, por primera vez en mucho tiempo, una intención real de detener todo esto. Aunque siempre existe la posibilidad de que algo huela mal.
He llegado al bosque sagrado. Distingo el olor del polen de los árboles que los dioses pusieron sobre el mundo cuando lo crearon. Los dioses no tienen sexo. Son entidades que no podemos comprender, porque están más allá del sentido del olfato. Incluso concebir su existencia escapa a nuestro entendimiento. No tienen olor.
Este lugar es sagrado para ambas especies. Ellas dicen que su pueblo surgió en el centro mismo del bosque. Para nosotras, fue el aroma de la mítara primordial que crecía allí, emanado de la primera flor de la primavera primigenia, el que se sublimó hasta dar forma a nuestros cuerpos.
A veces pienso que ambas tenemos razón. O que ninguna la tiene y que los dioses no existen más que en los oscuros rincones de nuestra mente. Pero no tengo vocación de hereje, así que he callado estas dudas ante mi gente.
El lugar está en calma. Solo percibo los aromas suaves de las patas de las abejas y el húmedo y silencioso aroma de las cortezas. Me gusta: parece propicio para iniciar un diálogo de paz y convenir algunas reglas de convivencia.
En la matriz de aromas percibo una anomalía. Es un olor acre y denso, propio de alguien expectante que no consigue dominar sus nervios. Es ella, no hay dudas.
Hace un tiempo las de su pueblo subieron a un promontorio y soplaron durante toda una noche sus instrumentos rituales: largas cañas ahuecadas que resonaron hasta el amanecer para llamar nuestra atención. Interpretamos correctamente su intención. Querían reunirse con nosotras.
Ahora percibo con claridad los contornos de un aroma complejo que se despliega delante de mí. Estamos cara a cara. Intercambiamos los saludos de rigor.
—Que tu día y tu familia tengan el olor de una mítara sagrada.
—Que la luz bañe tu alma como baña la mía.
Ellas conciben el mundo a través de la luz. Poseen algo llamado ojos, que les permite interpretar la realidad como una variación de cosas que insisten en llamar colores. Se burlan de nosotras porque somos incapaces de comprender ese concepto. Por su parte, ellas tampoco pueden entender el olor de las cosas.
No alcanzo a imaginar cómo una especie puede orientarse en un mundo donde los árboles, el agua y las flores solo pueden reconocerse por las señales que perciben sus ojos. Para nosotras, en cambio, son los indicios que recoge la nariz los que nos permiten encontrar el camino. Por algún designio de las deidades, compartimos la capacidad de emitir sonidos, que se transmiten con facilidad en la atmósfera húmeda del planeta. De no existir ese lugar común, jamás habríamos llegado siquiera a propiciar este encuentro. Pero entendernos mediante sonidos exige un esfuerzo constante y nunca alcanza para expresar todo lo que queremos decir.
Muy cerca de nosotras, una petunia dialoga con una mítara en un lenguaje que parece advertirles de nuestra presencia. Ambas son flores ladinas, cada una a su manera.
Escucho la voz de mi interlocutora, un sonido sibilino, cauto en sus inflexiones. Comienza con una serie de gruñidos que interpreto como una expresión de su deseo de alcanzar un entendimiento entre nuestros pueblos. Pero ¿qué significa, en realidad, entendernos? Que compartamos uno de nuestros sentidos no significa necesariamente que comprendamos cabalmente lo que queremos decir. Hemos evolucionado en territorios diferentes y apenas hemos conseguido reconocer algunas palabras de nuestras respectivas lenguas.
En las zonas fronterizas, donde el contacto se volvió inevitable, desarrollamos una serie de gruñidos y gritos a los que ambas especies atribuimos un significado semejante. Nos basta para advertir una amenaza, reclamar un territorio o expresar el deseo de poner fin a las hostilidades. Pero ¿realmente sabemos algo las unas de las otras?
El lenguaje común es una ilusión de entendimiento. ¿Cómo podría yo manifestar mediante gruñidos el penetrante olor de las heces de los animales que cazamos, o el aroma suave de las mítaras en la primavera temprana, después de un invierno inclemente? ¿Qué podría decirme ella para hacerme comprender la luz que baña su mundo, o esos colores que tanto parecen importarle y que para mí no significan absolutamente nada?
La condena de los seres de la creación es permanecer parcialmente incomunicados.
Al cabo de un momento, logramos entendernos mediante algunas palabras comunes. Hay una clara intención de llegar a un acuerdo. Me parece bien; es lo que ambas queremos.
Me dice que no es necesario estar en guerra, que la guerra nos llena de oscuridad.
—¿Oscuridad? ¿Qué es eso? —le pregunto.
—La ausencia de luz. La ausencia de la vida misma.
Pienso que he vivido en la oscuridad toda mi vida, como vivieron mi madre y mi abuela antes que yo. Me tiemblan las piernas. Me pregunto qué concepto tendrán ellas de la ausencia de olfato. ¿Existe una oscuridad de los aromas?
Desde la lejanía se dejan oír los primeros soplidos de las cañas. Desde otro monte llega una respuesta. Están comunicando que el encuentro se ha producido.
Me llama la atención el sonido que surge de una caña, tan abundantes como son en los paisajes ribereños del planeta. Me sorprende que un vegetal que endulza el aire con su olor característico también pueda producir un sonido, si bien no bello, al menos intrigante. A veces nos reducimos a oler las cosas desde una sola nariz.
Cuando se aquietan los sonidos rituales, me dices, en nombre de tu gente, que nunca fue su intención cazar ni recolectar en nuestras tierras. La necesidad a veces pinta de negro las cosas, explicas, y sobrevivir obliga a encontrar alguna manera de hacerlo. Se comprometen a retribuirnos el valor de lo que extrajeron.
Te digo que no entiendo eso de que las cosas se pinten de negro, pero sí percibo que muestran buenas intenciones para encontrar la paz. Siento en ella el aroma de la sinceridad, con esas aristas dulzonas que tienen los escarabajos cuando abren los élitros antes de echar a volar.
Resulta difícil entendernos a la primera. Tenemos que repetir varias veces los sonidos y detenernos a pensar cómo traducirlos a un lenguaje acorde con nuestros sentidos. Expresiones como hallar la paz en común o sellar un pacto de hermandad exigen establecer equivalencias entre conceptos y complejas asociaciones aromáticas, aproximar una experiencia a la otra sin llegar nunca a traducirla por completo.
Repentinamente, el silencio se establece entre nosotras. Las voces dejan de oírse y quedamos solas en el universo, cada una encerrada en su mundo de sentidos diferentes. Percibo los contornos de su transpiración. ¿Qué será lo que tú percibes de mí? ¿De qué color seré para tus órganos, esos que captan eso que llaman luz?
—Eres bella, nariz.
La sentencia me toma por sorpresa.
¿Bella? ¿Cuál es el significado de esta palabra en el mundo de la luz que me está vedado? Puedo asociarla a la mañana temprana, a la suavidad de los girasoles que impregnan el aire en una orgía indescriptible. Puedo pensar, tal vez, en el roce de una gota de rocío que resbala por una hoja de los pastizales y desprende ese olor tan característico que asociamos con la maternidad. Pero la concepción que ellas tienen de la belleza me resulta demasiado compleja para saber si debo guardar silencio o agradecer.
Retoma su discurso con un sonido más suave que el anterior.
—Tal vez no lo sepas, pero tu ausencia de ojos no te afea en nada. Al contrario, vuelve tu rostro delicado, como ausente. Nunca había pensado antes en ustedes de esta manera.
Hay algo que se despierta en mí y que no logro refrenar. Creo que siento algo extraño por mi interlocutora, como si todas las mandarinas del planeta hubieran madurado en un solo instante, en una explosión.
El olor de su cuerpo comienza a rodearme. Sí, es casi un efecto mágico, como si todas sus moléculas aromáticas se desplegaran a mi alrededor para abrazarme.
Abrazarme.
Es esa la sensación que percibo: su cuerpo rodea el mío, sus brazos me tocan la cintura y sus dedos se deslizan lentamente por la piel que separa mis dos pechos.
La sensación no es imaginaria. Ella me está abrazando.
Repentinamente brota en mí un sentimiento de reciprocidad y comienzo a devolverle las mismas caricias. Mis manos ascienden lentamente por su cuello hasta alcanzar lo que debe ser su cara. Allí percibo dos apéndices globulares, cubiertos por una membrana que se levanta y baja mientras los acaricio. Deben ser lo que ellas llaman ojos.
Las caricias se vuelven cada vez más necesarias; por momentos, una cierta brusquedad se abre paso entre nuestros movimientos acompasados.
No sé en qué momento dejo de estar en mí. No estoy en ninguna parte; no puedo definir en qué rincón del universo se ha transportado mi cuerpo. Ella comienza a besarme, a mover su lengua dentro de mi boca, y percibo los olores que surgen de la suya, en una intrincada red que me resulta imposible dividir en sus componentes. Somos un todo; cada una es la otra por un instante.
Entonces sucede.
Veo.
Veo lo que ellas llaman rojo, verde, azul. Durante una milésima de segundo, un infinitésimo de mi existencia, comprendo que es real todo lo que me han contado acerca de su percepción del mundo. Los colores sobrevuelan mi cuerpo y percibo mis brazos, mis piernas, mis pechos. Veo que mi cuerpo es amarillento, que mis uñas son claras y que la piel se transparenta por debajo de ellas.
Un mundo nuevo ha abierto sus puertas ante mí y me entrego a él, libre al fin, con el deseo desesperado de retener cada detalle, por temor a perder para siempre esta experiencia que quién sabe qué dios me ha concedido.
Luego acaba todo.
***
El tratado de paz ha sido sellado. Ellas nos compensarán por los recursos que extrajeron de nuestras tierras y, a partir de ahora, mantendremos relaciones de amistad y cooperación. Las cañas vuelven a sonar, esta vez con un canto de alegría y bienaventuranza.
—Hueles a mandarinas —me dice.
—Tienes el alma azul —le contesto.
Y nos vamos, dándonos la espalda, cada una hacia su mundo.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 23 de octubre de 2026
