Manteles viejos
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Me causa gracia que tu novio se llame Jonás.
Es absurdo. ¿No sabías que al profeta Jonás se lo tragó una ballena? Y bueno, son esas coincidencias que uno nunca sabe por qué pasan. Creo que los psicólogos las llaman sincronicidad o cosas así.
A uno no le gusta el olor a mostaza, no lo soporta, es lo único que jamás toleraría. Y un día se enamora de una mujer ideal, la soñada, que tiene una hamburguesería y que apesta a mostaza. Ese es el destino de la humanidad.
Espero que estés bien con ese Jonás. No, no soy celoso, de verdad. A veces la gente se enamora y con la misma frecuencia se desenamora. Es una especie de equilibrio dinámico que mantiene en movimiento al mundo.
Por un lado, la gente envía flores y se manda besos con las manos en las tardes de primavera, a la hora de despedirse; y por otro, se arrojan cosas… qué sé yo, tapas de ollas, tenedores, manteles viejos. Cosas así.
Me dices que Jonás es divertido. Mejor por ti y por él. La vida sin alegría no es nada. Absolutamente nada.
Cuando estabas conmigo nos llevábamos bien, ¿sabés? A veces pensaba que había conocido exactamente a la mujer ideal. La que había buscado desde mi infancia. Pero parece que esas ilusiones no suelen durar más de siete o diez años. Digo, por decir una cifra. Siempre me ha gustado reducir mis sentimientos a cifras y estadísticas. Es el único mundo en el que me siento verdaderamente cómodo. Dicen que los que amamos las ciencias exactas tenemos miedo de enfrentarnos a nuestros sentimientos. No estoy seguro. Siempre he sido, a mi manera, un sentimental.
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Me dijiste que te llamabas Umi. Me sorprendió. Creo que significa océano o mar. No es raro que ustedes, los japoneses, tengan tantos nombres y costumbres relacionados con el agua. Son una isla que navega solitaria en medio de un universo líquido. El arte de tu país también me parece acuoso, como si estuviera visto a través de una película humeda, algo que lo vuelve todavía más misterioso.
Me contaste que trabajabas en la industria pesquera como ingeniera, un trabajo que te gustaba sobremanera. Te sentías parte de una tradición, de un camino que habían comenzado tus ancestros miles de años atrás. Claro que en esa historia también sufrieron las ballenas. Eso sí. Al final, tuvieron que comprender que los animales también son seres sintientes. Y fueron ellas, precisamente, las que se encargaron de hacérselo entender.
Tal vez por eso ustedes fueron los primeros habitantes del planeta en relacionarse tan íntimamente con los Visitantes. No todos los días aparece una cultura procedente de otro mundo y se hace amiga de los habitantes de un planeta tan extraño para ella. Por lo que me contaste, los Visitantes habían establecido primero contacto con las ballenas. Se habían comunicado con ellas en su propio idioma. Imaginate. Quién sabe qué cosas se habrán dicho durante todos esos años, mientras nosotros seguíamos creyendo que el océano era apenas una extensión de agua y que las ballenas no hacían otra cosa que cantar.
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Es una extensión azul, enorme. Cuando a veces lo observamos en toda su desoladora inmensidad, parece casi una esfera de un profundo color cerúleo, onírico. ¿Qué hacen con tanta agua?
Nuestro mundo es casi seco en su superficie. Hemos tenido que acostumbrarnos a cavar profundos orificios para obtener lo indispensable para nuestra subsistencia: agua, el elemento necesario para sustentar la vida en todos los rincones del universo.
Hace milenios divagábamos imaginando que podían existir otras formas de vida basadas en una química diferente, que no necesitaran del carbono ni del agua. Estábamos equivocados. El agua es el dador universal de vida. Es así.
La habitabilidad planetaria depende, entre otras cosas, de que la distancia a su estrella y las condiciones de su atmósfera permitan que un planeta rocoso mantenga agua líquida en su superficie. El agua es el gran solvente de la naturaleza, la sustancia capaz de poner en circulación los elementos minerales y facilitar las complejas reacciones químicas que, algún día, pueden dar lugar a células pensantes.
Y esta isla, perdida en uno de los extremos del planeta, es la expresión misma de la cultura del agua. Japón. El primer país que aprendimos a nombrar. Sus habitantes fueron los primeros con quienes nos relacionamos. No es extraño que sean tan parecidos a nosotros.
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¿Cómo es Jonás? ¿Por qué eligió ese nombre? Porque seguramente ellos no se llaman de esa manera. Simplemente habrá elegido alguno que sonara normal para nosotros. ¿Es así? Pero igual me intriga.
¿Es dulce contigo? ¿De qué hablan? Creo que me gustaría conocerlo. Que nos reuniéramos los tres alguna vez. Puede ser aquí, en mi casa, o voy yo para allá y charlamos, nos contamos cosas de nuestras vidas. Seguramente Jonás se va a interesar por cómo es la infancia de los niños terrestres, por las aventuras irresponsables de la juventud, por nuestras frustraciones, nuestras ilusiones, por la maldita sincronicidad que nos hace enamorarnos de una mujer que huele a mostaza cuando odiamos ese olor…
La vida debe ser similar en su planeta. También tendrán historias de frustraciones y desencuentros. De desamores que se mueven acompasadamente por millares alrededor de las pocas parejas que en ese mundo han encontrado la felicidad. Por eso ahora tenemos la necesidad de aparearnos con seres de otros planetas, para probar si las cosas son diferentes.
Jonás. Ay, Jonás.
Desearía que te tragara una ballena. Y que se murieran los dos en las profundidades.
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No es fácil mantenerse incólume entre los míos. Somos una sociedad con exigencias morales que escapan a nuestras posibilidades de cumplimiento. El anhelo de poder y las manos demasiado rápidas para aceptar las dádivas de políticos y empresarios terminaron por manchar nuestra reputación. La indulgencia de los magistrados, que durante tanto tiempo intentaron orientarnos, no fue suficiente y terminamos padeciendo el camino del exilio. No partimos con ningún objetivo definido. Nos dieron la libertad de caer donde pudiéramos y de la manera que fuera.
Viajamos durante años luz, dormidos, en una lucha por mantener frenados los efectos del tiempo. Lo único que sabíamos era que la cápsula se dirigía hacia una estrella amarilla cercana, esa que tantas veces habíamos visto en las tardes, poco antes de la caída de nuestro sol. Desde hacía milenios sabíamos que estaba rodeada por un grupo de planetas, algunos de ellos con posibilidades de albergar vida. Era nuestra única esperanza de encontrar un nuevo hogar.
La vida en el universo es bastante similar en todas partes. Solo hay que atravesar un período de adaptación a una nueva atmósfera, pero, a la larga, podemos acostumbrarnos a cualquier lugar que tenga vida nativa. Parece que esa es una regla universal.
Descendimos en el océano y, tiempo después, logramos llegar a las costas de esta isla.
Me encontraste en una playa. Era una mañana calurosa y no había nadie por los alrededores, algo extraño en un país tan atiborrado de habitantes. Tardé un tiempo en comenzar a entender tu idioma y vos el mío. Pero otra regla universal es que todo termina aprendiéndose. Hasta a morir.
Te conté mi historia, nuestro viaje, el rigor de los jueces que nos habían condenado al exilio.
Te reíste de mí con cariño y me contaste la historia de un personaje legendario que huía por el mundo. Un día, mientras viajaba de incógnito a bordo de una embarcación, se desató una tempestad impiadosa. Los tripulantes descubrieron que llevaban consigo a un hombre maldito y lo arrojaron al agua, donde una enorme ballena se lo tragó. Allí vivió tres días y tres noches.
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Te extraño. Mucho.
Un ser de otro mundo no lava los pecados cometidos en este. Me di cuenta al poco tiempo, pero ya era tarde. Que no nos hayamos llevado bien no hacía necesaria nuestra separación. Pero las cosas suelen ser así entre nosotros, los humanos. Ellos son iguales. Jonás me cuenta todas las noches las historias de su mundo, de sus fracasos amorosos, de las ambiciones de los políticos corruptos de su planeta que lo exiliaron injustamente.
¿Por qué le damos tantas vueltas al amor? ¿Por qué necesitamos buscar personas diferentes, distinguidas, únicas? A veces creemos que necesitamos diferenciarnos del resto mostrándonos en pareja con seres inigualables que despertarán la envidia del prójimo.
Nada más falso. Casate con la panadera, si es ella la que te gusta. No hay solución que venga de otro planeta. Ni siquiera del Cielo, sí, con mayúsculas.
Y si algún día tenés algo de tiempo, podríamos vernos nuevamente. Estoy un poco hastiada de escuchar problemas de otro mundo.
Tal vez sea el momento de encontrarnos nuevamente en el nuestro, para juntar las tapas de las ollas, los tenedores y, qué sé yo, los manteles viejos.
Florencio Cruz Nicolau
