Historias

La carta de Amunir

A admin
6 de noviembre, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

Creo que hay una imagen inicial, sí, algo que podría considerarse un punto de partida. Sin embargo he aprendido que la mayoría de las cosas no tienen principio ni fin, sino que somos nosotros quienes no sabemos vivir en este continuo llamado existencia.

La superficie irregular y terrosa de la tablilla conserva todavía las huellas de una antigua manipulación. La luz del laboratorio resalta el bajorrelieve, las fisuras y las marcas que el paso de los milenios ha dejado sobre la arcilla. La pieza luce extraña en este ambiente aséptico, rodeada de computadoras y cámaras digitales que recorren cada milímetro cuadrado en busca de información sobre los materiales y las técnicas utilizadas para imprimir aquellos signos.

No creo que durante su existencia haya recibido tanta atención como ahora. Esas son las ironías de quienes ejercemos la curaduría: somos más exigentes que los mismos creadores de las obras.

No sé si es mi propio delirio de experto lo que me lleva a ver, a sentir cosas más allá de la simple materia que los contiene. Alrededor de cada obra de arte hay una historia ya vivida, de la que quedan vestigios en formas que no podemos imaginar. Eso es así.

¿Han pensado alguna vez que todas las acciones y los sentimientos que surgen alrededor de una pieza quedan allí? Es difícil de imaginar, pero las palabras pronunciadas en los momentos en que alzamos un vaso durante una comida, o los reflejos que alguna vez devolvió un espejo, forman parte de una matriz energética eterna.

Tal vez eso es lo que llamamos fantasmas.

***

Hoy he comenzado un trabajo complejo. Los ayudantes trajeron del depósito la pieza que será objeto de mi nueva tarea. Se trata de la limpieza y el análisis de una tablilla de barro con una escritura que todavía no ha sido descifrada por completo. Las lenguas antiguas han sido una de mis pasiones. He dedicado gran parte de mi vida como curador a descifrar los textos que han quedado grabados desde hace miles de años. Los sumerios me han atraído desde entonces.

Mi colega entra al laboratorio con la reliquia envuelta en un plástico que mantiene constantes sus niveles de humedad. Muchas colecciones son más mimadas que algunos niños.

La escritura cuneiforme tiene más de cinco mil años. Fue una de las primeras manifestaciones del ser humano para dejar registro de las cosas que le sucedían. El cerebro perdía la primacía como centro de almacenamiento de información para ceder parte de sus funciones a la arcilla húmeda.

Los antiguos mesopotámicos tenían la particularidad de utilizar un tono directo y sin ambages cuando se dirigían a otras personas. Habían eliminado buena parte de los formalismos y entraban en el asunto desde la primera línea. Es un aspecto que siempre ha llamado la atención de los estudiosos. En un mundo donde a veces recibimos grabaciones de colegas o amigos que hablan cinco minutos sin concretar nada, resulta curioso encontrarse con documentos que van al grano sin rodeos.

En la universidad estudiamos una famosa carta de protesta comercial, la que Nanni le envió a Ea-nāṣir, un comerciante de cobre. Es una de las muestras más conocidas de lo que podía ser el enojo entre dos poderosos de la época:

«Cuando viniste, me dijiste: “Le daré a Gimil-Sin lingotes de cobre de buena calidad”. Te fuiste, pero no cumpliste tu palabra. Pusiste lingotes que no eran buenos ante mi mensajero y dijiste: “Si los quieres, tómalos; si no los quieres, lárgate”».

Eran gente de carácter.

***

La tablilla que tengo sobre la mesa del laboratorio contiene una carta. Tanto mi colega como yo podemos leerla sin dificultad. Hace años que estamos en esto.

Enluma, a ti, mi fiel amigo:

No tiene ningún sentido ocultártelo. Anak, quien dice ser tu amigo, va todas las noches a tu casa para tener comercio carnal con tu mujer.

Has confiado en él. Lo has dejado comer en tu mesa y jugar con tus hijos.

Sé que te dice: «Vengo a tu casa porque me siento honrado por tu amistad», pero su verdadero interés es otro.

No digas que no te avisé.

Amunir, tu verdadero amigo.

El contenido de la carta es asombroso. A lo largo de mi vida he leído un sinnúmero de historias de comerciantes estafados, listados de mercaderías enviadas a otros países y pagos a proveedores, pero jamás había imaginado que encontraría una carta de este tenor. Comprendo que posiblemente me encuentre ante un documento único, capaz de cambiar la forma de ver y abordar el estudio de la antigua Mesopotamia.

Mi colega sonríe. Nos miramos y no podemos dejar de reírnos. Estamos emocionados por el hallazgo.

La tablilla vuelve a su película protectora y es depositada en condiciones controladas de humedad. Indudablemente, es una de las mejores piezas que han llegado al laboratorio. Decidimos no dar a conocer el descubrimiento hasta contar con una traducción minuciosa y realizar la limpieza correspondiente.

***

Llueve y el agua forma una pared delante del auto. Es como moverse en un lugar donde las dimensiones están distorsionadas y todo lo que cambia es aquello que apenas puedo ver a un par de metros de distancia. Hay que conducir con extrema precaución, aunque a esta hora de la noche hay poco tránsito. Es, además, un día de semana y la gente está cenando y disfrutando de algún horror en la televisión. Hace treinta años que no miro ningún programa. Mi vida se ha ido transformando en un mundo de restos arqueológicos y bibliotecas sobre lenguas que ya nadie habla.

Hoy tuve que trabajar solo en el laboratorio. Mi colega pidió sorpresivamente el día por un malestar en la garganta. A veces, las condiciones de humedad excesivamente controladas del laboratorio pueden afectar a algunas personas. Me confirmó que en un par de días estará bien y podremos seguir trabajando en la carta.

El trabajo de restauración de la reliquia nos ha permitido desarrollar una amistad que antes no habíamos cultivado. En este tipo de actividad existen barreras profesionales que se levantan entre los miembros, alimentadas por los celos y el temor a perder protagonismo. Es como si nos vigiláramos unos a otros. Pero noto que en este caso algo ha cambiado. He empezado a sentir empatía por mi colega, como si una historia ocurrida hace miles de años y plasmada en un fragmento de arcilla nos perteneciera de alguna manera.

A veces tengo la extraña sensación de conocerlo desde mucho antes de su llegada al laboratorio.

Me acerco a la esquina de casa. La lluvia ha disminuido un poco su intensidad, pero la visibilidad sigue siendo mala. Los vehículos de los vecinos están todos guardados en los garajes, indudablemente por precaución ante el granizo. En la puerta de casa veo las luces rojas de un taxi estacionado. Alguien está subiendo, aunque no alcanzo a distinguir si acaba de salir de casa o está por marcharse.

Es mi colega.

No puedo verlo, pero sé que es él.

Estaciono en el garaje y entro en casa. Todo está tranquilo. La voz de mi esposa llega desde la cocina, entre sonidos de cubiertos y otros ruidos domésticos. Nada parece fuera de lo habitual.

Entra al comedor y me recibe afectuosamente. Siempre ha sido cariñosa conmigo. Creo que soy afortunado; después de tantos años, seguimos queriéndonos.

Comemos y luego vamos a dormir. No me cuenta nada fuera de lo habitual.

***

Al día siguiente, el sol brilla como nunca y las plantas del jardín delantero reflejan la bendición de la lluvia con un verde intenso y esperanzador. Como todos los días, salgo hacia el laboratorio para continuar con mi trabajo.

En la vereda del jardín hay algunas hojas caídas y restos de barro que han salpicado desde los canteros. En el césped, en una parte donde está un poco ralo, observo algo que me llama la atención. Es una depresión oscura en la tierra húmeda, cuya forma no consigo identificar a primera vista. Me acerco. El barro ha conservado con una nitidez casi inquietante el contorno de una pisada. Es profunda, como si un animal de gran peso hubiera apoyado allí todo su cuerpo. Tiene dos lóbulos redondeados, separados por una hendidura estrecha, y una abertura en la parte posterior. Me quedo observándola unos segundos más. No es la marca de un perro ni la de un caballo. Tampoco parece una huella reciente de algún otro animal que pudiera andar por el jardín. Es la huella de una pezuña grande y pesada.

Es la huella de un buey.

Me doy vuelta y miro hacia la casa. Mi mujer sonríe desde la ventana y me saluda con la mano, en un gesto infantil, casi cómplice. No sé qué hacer ni qué pensar.

Me voy al trabajo con una extraña sensación de incertidumbre. Creo que estoy dudando del universo.

***

Estamos preparando el informe con el que anunciaremos nuestro descubrimiento. Hace días que mi computadora es un lío de pestañas abiertas, entre bibliografía y trabajos sobre arqueología e historia. Leo: «Los sumerios hicieron de la agricultura algo completamente nuevo y revolucionario. Perfeccionaron el arado, haciéndolo más apto para los suelos duros del actual Irak, y domesticaron una fuerza bruta sustancial para poder traccionarlo: el buey».

La última palabra abre un mundo de sentimientos encontrados en mi cabeza. No puedo olvidar aquella huella en el jardín. Empiezo a dudar de mis propios recuerdos. Tal vez la imaginación, exacerbada por los estudios y las investigaciones, ha distorsionado mi percepción de la realidad.

Sin embargo, una sombra me persigue. Mi colega levanta la vista de la lupa y sostiene mi mirada. Luego sonríe. Hay algo perverso en su expresión, en esos ojos que parecen venir de otro tiempo.

***

Regreso a casa agotado de tanto escribir y corregir el informe. Estamos llegando a buen término. El día ha sido soleado y fresco, y la noche promete ser apacible. Creo que voy a dormir profundamente.

Entro a casa y escucho la ducha. Todo está ordenado, como siempre. Cada cosa en su lugar, ni una mota de polvo, los pisos brillantes. Mi mujer, a pesar de sus ocupaciones, hace un buen trabajo junto a la empleada.

Voy al dormitorio. El espejo de la cómoda de mi esposa me devuelve la imagen de un hombre exhausto. Me tiro en la cama y dejo vagar la mirada. De pronto, el cielo raso se transforma en un azul profundo, salpicado de algunas nubes. Siento el polvo golpearme el rostro, ahora cubierto por una densa barba hirsuta y renegrida. El viento se deja oír como una lamentación.

Vuelvo de la ensoñación. Apenas han transcurrido unos segundos y todavía escucho correr el agua.

Me levanto y abro el cajón de la cómoda. Toda la bijouterie está ordenada por colores y tamaños. A un costado hay un collar que jamás había visto en la casa. Tiene largos adornos de lapislázuli y una cabeza de buey en el centro. Resulta imposible que mi esposa lo haya tenido alguna vez sin que yo lo notara.

Siento un escalofrío cuando finalmente comprendo de qué se trata: es un collar sumerio.

Auténtico.

***

La noche es silenciosa. No llega ningún ruido desde la calle, como si todo hubiera entrado en un compás de espera.

Me despierto repentinamente, agitado, como si hubiera realizado un ejercicio físico intenso. Sé que es el estrés del trabajo y de la época, tan cercana a las fiestas. Mi mujer duerme profundamente, de costado y con el rostro vuelto hacia la pared. Tiene una expresión apacible, como la de una niña inocente rendida por el cansancio de los juegos del día. Los labios entreabiertos dejan ver sus hermosos dientes blancos. Todo en ella es pulcritud y cuidado.

Estoy por salir de la cama para buscar agua cuando se mueve. Acomoda las sábanas sobre sus hombros desnudos y suspira. Luego deja escapar una palabra. Está soñando.

Me acerco y escucho que repite lo que acaba de decir:

—Anak, Anak.

***

Me doy vuelta y estás ahí, sonriendo como siempre, radiante como la mañana.

Mueves la mano mientras sostienes las cortinas. Esta vez no sonrío. Subo al auto y pongo el motor en marcha.

Llevo apenas un bolso con algo de ropa en el baúl.

El destino decidirá lo que suceda.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 6 de noviembre de 2026

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