De Florencio Nicolau


El camino de Iossa
Especial para Eco Italiano
Es el mismo atardecer de siempre. Lo que cambia son las sombras, el frio, el calor. La efímera transición de claridad a oscuridad es la que desde los tiempos en que surgió el mundo se viene repitiendo. La vida es una sucesión de cosas, un viaje de ida que parece no tener fin hasta que da un giro y vuelve al inicio.
Las montañas que se tiñen de rosa están recitando un poema que es a la vez una profecía de un mundo nuevo por venir. ¿Qué mundo? ¿Uno de paz, de amor y encuentro? Eso no es posible. Los humanos no estamos para eso, somos ovejas y lobos que escapamos los unos de los otros para no hacernos daño. Somos el lobo y la oveja. El principio y el fin.
—¿De dónde vienes?
—De muy lejos, del sur.
—¿Cómo te llamas hombre que-viene-de-muy-lejos-del-sur?
—No tengo un nombre, llámame como quieras.
El monje lo mira con profunda desconfianza. Nunca había visto a nadie de esa raza. Un hombre de rostro enjuto pero con apariencia fuerte, la piel atezada, la nariz aguileña y cabellos inusualmente largos y oscuros. Se lo ve seguro sin ser arrogante. Lo que más le sorprende al viejo monje son los ojos que transmiten una paz extraña. La mayoría de los muchachos que piden acceder al monasterio para iniciarse en los secretos de la mística y la lucha son en un principio de miradas agresivas, resentidas, Luego aprenden a moderar su ímpetu y encontrar el verdadero camino.
—Hablas muy bien nuestra lengua, que es harto dificultosa y entraña misterios insondables, ¿cuándo y dónde la aprendiste?
—En el camino.
El maestro no dice una palabra por varios segundos mientras lo mira a los ojos. No puede sostener esa mirada, sin embargo.
—El trabajo es duro, hombre que viene de lejos.
El joven agacha la cabeza sonriendo y muestra tener sentido del humor:
—Está bien, soy Iossa.
El maestro lo mira conteniendo la sonrisa para adentro. No debe mostrar sentimientos ni condescendencia con los aspirantes al monacato. La tarea de formar gente aquí entre estas montañas perdidas es un desafío arduo que requiere de un temple poco común en los mortales.
—Puedes entrar, Iossa, probaremos tu valía.
Iossa agradece agachando nuevamente la cabeza.
—Harás una mesa, cuando la termines, hablaremos. Pregunta al hermano carpintero donde están las herramientas y la madera.
El maestro se va dándole las espaldas sin agregar ninguna palabra más. No le pregunta si sabe trabajar en algo o a qué se dedica. Solo imparte la orden con una naturalidad asombrosa.
***
Han pasado dos días desde que el maestro vio al joven del sur. Intentó olvidarse de él, anonimizarlo, transformarlo en uno más de los aspirantes a entrar al templo a buscar la verdadera e inefable sabiduría. Piensa en toda la gente joven que se acerca año a año en busca de refugio en el monasterio con la falacia entre sus labios, diciendo que buscan el verdadero conocimiento cuando en realidad pretenden el mendrugo diario que no pueden conseguir en sus empobrecidas granjas. No alcanza el ojo para distinguirlos, hay que ver con el alma para discernir entre los auténticos y los endemoniados mendigos.
Están los otros: los jugadores de dados y tabas perseguidos por la justicia, los taimados ladrones de granjas, los violadores, seres de abyección recalcitrada en sus almas que escapan de la soga o de la sierra de ejecución. Curiosamente esos no son los peores, simplemente son los desesperados.
Se acerca a la carpintería—un cobertizo con algunas herramientas y maderas—para ver cómo va el trabajo del novato. Entra en la humilde estancia y contempla al joven parado junto a una mesa completamente terminada. Es, sencillamente, una obra de arte. Las espigas calzan perfectamente en las mortajas, las patas son funcional y estéticamente perfectas, el tablero está liso y no hay ningún rastro de astillas o de marcas de herramientas. Es la obra de un artesano con años de experiencia.
El maestro se acerca lentamente y pasa la mano por la madera pulida.
—Eres bueno, Iossa. ¿Donde aprendiste?
—Mi padre fue carpintero; seguí sus pasos unos pocos años.
—¿Y luego?
—Salí a ver mundo, a buscar conocimiento, por eso estoy aquí.
El maestro asiente en silencio y busca algo en su interior. Rebusca en sus recuerdos para ver si alguna vez tuvo un discípulo así en los últimos años. No aparece nadie que se le parezca. Este hombre es extraño, es seguro, pero transmite serenidad en sus palabras y gestos.
—¿Por qué llegaste aquí, Iossa?
—Una persona de mi pueblo, un hombre viajero que se dedica al comercio, me contó historias de estas tierras y de la sabiduría que poseen los iniciados en las artes de la meditación. Habló de estas montañas y la confluencia de mujeres y hombres que se dan cita aquí. Comarcas ricas en sustancias vegetales que curan enfermedades, personas que pasan años enteros en una misma posición meditando, templos en donde ya no hay lugar para poner una estatuilla más de un dios, monjes que practican diversos tipos de lucha y que son invencibles. Me di cuenta que había un mundo fuera de mi pueblo y supe que tenía que conocerlo para cumplir mi misión.
Iossa le cuenta cosas de su mundo.
—En las cercanías de mi nación ha surgido un grupo de personas poderosas que han tomado la inconsciente decisión de apoderarse del mundo conocido. Alrededor de un gran mar encerrado entre tierras se han instalado en sus costas a través de la conquista y la corrupción. Negocian con los líderes de las naciones que invaden y les prometen dinero y privilegios. Son un pueblo de conquistadores cultos y han hecho de la construcción de palacios y puentes una religión. Cruzan el mar en barcas conducidas por esclavos arrancados a la fuerza de los pueblos que no hozan el suelo en pleitesía. Han llenado sus arcas de oro teñido de la sangre derramada por sus infinitos ejércitos de hombres vestidos de bronce y hierro, que hunden las moharras en los vientres de los inocentes y los rebeldes. Han quemado ciudades. Torturan prisioneros y delincuentes y los clavan con los brazos abiertos en maderos que los propios condenados deben llevar sobre sus espaldas a modo de humillación. Ese pueblo de asesinos ha entrado en el mío y ha profanado nuestro templo en donde reside Dios que es único y todopoderoso. Sé que debo liberar a mi gente de los opresores. Nuestros gobernantes se han vendido y ahora son vasallos de los invasores. Mi padre me lo ha ordenado.
—Tu padre es un hombre de gran conciencia para ser solo un carpintero.
—El carpintero no es mi verdadero padre.
El maestro mira a Iossa y duda si formular la pregunta o no. Finalmente la hace.
—¿Cómo te describirías a ti mismo si fueras perfecto?
—Diría «Soy el Camino, la Verdad y la Vida».
Un silencio se establece entre los dos. El maestro se retira del cobertizo con una gran duda en su corazón.
***
Está caminando en la soledad del campo con las montañas envolviéndolo. El frío es tanto que se torna odioso. Contempla de lejos los lanares que se cobijan bajo el modesto pesebre hecho a fuerza de trabajo arduo, buscando ramas y materiales de todo tipo. La noche entra lentamente en la tarde, sabe que en un instante el cielo se vestirá con una congregación de luminarias que a sus nueve años ya ha aprendido a reunir en constelaciones. De lejos ve a su padre que llega del poblado con dos hombres; el paso de los individuos es tambaleante. Se da cuenta que han bebido mucha tongba y que se dirigen a la choza a continuar con su festín. Sabe que estos encuentros terminan con su madre moreteada, llorosa, alguna vez con un diente menos.
El reflejo del fuego emerge desde la pequeña ventana de la casucha y se queda en el medio de la nieve mirando con los ojos fijos en un punto más allá de la casa. Sabe que en algún momento empezarán a gritar y arrojar cosas. En una oportunidad—no puede borrar la imagen de su cabeza— una de esas trifulcas se tornó tan violenta que los tres hombres comenzaron a perseguir a su madre. Oculto desde el establo vio su desnudez, los pechos sueltos moviéndose y los rufianes que se turnaban para hacerle algo entre las piernas mientras su madre gritaba desesperadamente. A menudo sueña con eso y no puede dormir. Sabe que esta mismísima noche, si es necesario, todo acabará para siempre. El monasterio lo espera y ya lo ha decidido. Mientras vuelve en sí de sus pensamientos pasa su pequeño pulgar por el filo del cuchillo oculto bajo su ropa.
La tongba, —la cerveza de mijo del Tíbet— está haciendo efecto. Su madre comienza a gritar.
***
Esa noche el maestro se apoltrona en su celda para protegerse del frío cruel de la alta montaña. Tiene la prerrogativa de una manta más abrigada que la del resto de sus discípulos. Nada más. Los sucesos del día lo han inducido a un estado de ensoñación en donde la duda se ha anidado en su espíritu. Nunca su entereza ha flaqueado tanto. Luego de una batalla en el camastro logra entrar en el mundo confuso de los sueños.
La imagen que se presenta es una escena de su niñez con sus padres campesinos pobres. Los animales de la granja y la humilde vivienda en donde mora y padece días de privaciones y fríos extremos. Desde su casa ve en lo alto de la montaña el monasterio donde ha decidido pasar el resto de sus días. Una mujer vestida de luz se aparece a su lado. Es una presencia fantasmagórica que, sin embargo, entraña una dulzura infinita. Un estado de paz se asienta sobre el alma del atribulado niño que es en el sueño. La mujer de luz le habla.
Escucha a mi hijo, pequeño ser de barro. Tu destino está ligado indisolublemente al de él. Algún día vendrá a buscarte y a darte un mensaje que deberás comprender y dar a conocer en el momento oportuno. Todo lo que ves es producto del amor del padre de mi hijo, a quien él aún no conoce. No sabe que él es su mismo Padre y el Espíritu que imbuye el poder de ambos. Tendrás el privilegio de darle a conocer su destino. Vendrá algún día a las puertas de tu monasterio y te pedirá conocimiento. Tú has de humillarlo—por franca ignorancia y por un arcano designio— ordenándole que haga una mesa que él construirá como nadie sabe hacerlo. Has sido elegido no para encaminarlo sino simplemente para recordarle que tiene un camino que seguir. Harás tu misión quieras o no. Has sido salvado por esto. La vida de mi hijo será así:—la mujer abre los brazos y surgen de sus pechos imágenes de la vida futura de Iossa—. Multitudes lo siguen, luego habla desde una montaña a la gente de su pueblo, un grupo de hombres lo acompaña a todos lados; luego una comida con sus seguidores en donde beben vino y comen un pan que se reparten mano a mano, hombres inanimados que recobran la vida, monedas de plata resonando en la oscuridad de un pasillo…
La mujer se convierte repentinamente en una estrella que se eleva al cielo entre las nevadas montañas.
***
Se levanta del camastro de un salto. Los retazos de conciencia se entremezclan con los últimos vestigios del sueño que recuerda parcialmente en estado de media vigilia. El desierto, la imagen indefinida de la bella mujer hablándole en una lengua que no conoce pero que puede interpretar. Con paso cansino se dirige a la escudilla con agua para lavarse la cara. Amanece. Todo parece perfilar un día como todos los otros, una plétora de rutina y trabajo. Siente algo que hace años que no se anida en su pensamiento: miedo. Tiene miedo de encontrase con Iossa y mirarlo a la cara pero, sin embargo, el deseo de estar con él es más fuerte. Está confundido porque algo va aflorando a medida que se despierta y deja detrás el mundo de los sueños: se siente feliz.
………………..
El monje hesita antes de comenzar a hablar; Iossa no lo deja empezar.
—Ya se lo que te dijo mi madre, no te preocupes.
El maestro busca decirle algo al joven Iossa pero no logra reunir la fuerza para dirigirle la palabra. Durante años ha sido un guía espiritual de sus discípulos y ha ejercido una autoridad moral que sabe que no tiene. Quiere, necesita confesarlo a este hombre que viene del sur y que es invencible en el uso de la palabra, del verbo.
Iossa se dirige a él mirándolo fijamente a los ojos.
—Estás perdonado. El Camino te llevó hacia la Verdad. La verdad era la Vida de tu madre.
El maestro recompone en su mente el recuerdo de su pequeño pero curtido cuerpo de nueve años entrando en la choza y hundiendo con todas sus fuerzas el cuchillo en el pecho de su padre borracho y semidesnudo. Ve a los otros hombres salir corriendo desesperado gritando que el niño tiene el diablo en el cuerpo. Su madre desnuda y sangrando lo abraza.
Mira a Iossa y habla temblando.
—Se que ahora estoy limpio, necesitaba hablar contigo hombre invencible. Tal como lo dijiste eres el Camino, la Verdad y la Vida. Vuelve a tus tierras, te están esperando. Soñé con tu destino que es grandioso, tal vez el más grande que hombre alguno habrá de vivir en este mundo de horrores e injusticias. Viniste a buscar conocimiento y terminaste brindando sabiduría y redención. Gracias mi Señor.
Iossa sonríe y ante el estupor del maestro le acaricia la barbada mejilla con una ternura indescriptible. El monje agacha la cabeza buscando las palabras. No sabe quien las inspira en su alma ni porque salen de su boca repentinamente:
—Señor, acuérdate de mí cuando regreses a tu reino.
Iossa sonríe. Asiente. Luego recoge el zurrón y emprende el camino de regreso cuesta abajo. El maestro vuelve a evocar el sueño.
No le dijo a Iossa la parte de los clavos y el madero.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 12 de octubre de 2024