Parece abril
De Florencio Nicolau

Parece abril
Especial para Eco Italiano
A Olga Springli, que sabe el porqué
Es cierto, está ahí atrás. Es igual. Se mueve en el fondo de la casa vieja transformada en vivero, con una escalera impresionante que lleva al piso superior. Es un verano todavía benigno por las lluvias y algo de viento que ayuda a retrasar la canícula. El fuego del estío es un padecimiento aquí en esta ciudad que se deja pintar de una forma particular, con esmero, por los soles del mediodía cayendo a pique y dibujando un escenario que no he visto en otra ciudad del mundo. El verano es insoportable pero a la vez hermoso en su despiadado calor, pero hoy es un día atípico; llovió anoche y está fresco, otoñal. Entro en la casa que me traspasa de paz y silencio, el sonido de los autos en la calle se va apagando gradualmente a medida que me acerco al patio central, con plantas de todo tipo en macetitas dispuestas con cuidadoso arreglo y prolijos cartelitos indicando el precio y nombre. Agacha la cabeza y se dedica con ahínco a trasplantar unas mentas. La casa parece estar viva de tanto verde y color. Hacía mucho que no entraba en un lugar así.
Tiene la piel oscura. Mi recuerdo se ahonda sin dolor ni resentimiento en una maraña de imágenes que no puedo sacar hace tiempo de mi cabeza. La madre, Chivanco, la casita en el barrio humilde. Es la continuación de una historia interrumpida que me tocó en suerte vivir, la parte que no ví pero sentí, lacerante. Me dijeron que estabas aquí y aquí te encuentro. Mi vida es un cuento escrito con mala letra, un argumento manido y común. No hubo luces en mi destino ni propósito en esta tierra. Pero tu vida sí, fue una vida de luz, una existencia luciferina que proyectó sombras dramáticas a cada vuelta de página.
Es Abril en un recuerdo que se asoma a los límites de la mente. Una mujer morena que camina en un barrio y sonríe cada vez que le cuento un chiste rebuscado. Ríes con el compromiso real de decirme que me amas de todas formas, que no es necesario que invente cuentos para seducirte o mostrarte mi ingenio. Proclamas, soñadora, que me quieres más allá de todo eso y que no le interesan las convenciones del amor que son inventos de la sociedad y de la hipocresía. Me dices que siempre valoraste el amor como algo por si mismo más allá de la materia que lo envuelve. Tienes pegado en tu cuarto humilde un cartelito que dice: Detrás de una mamá que gasta todo su dinero en sus hijos hay una niña que vio a todos los niños tener cosas que ella también quería pero que no se lo podían dar, así nomás sin comas ni respiros, una declaración sin ambages a los cuatro vientos como la mujercita del diccionario que sopla el panadero. Y ríes.Me llamo Abril.
La joven continúa concentrada en su trabajo. Saca una menta de una bandeja y la trasplanta a una macetita. La planta queda caída, deshidratada luego de que la ubica, pero la muchacha sabe que durante la noche se recuperará y mañana aparecerán todas enhiestas y triunfantes salvo alguna rezagada o que no tendrá un buen fin. La pasión que pone está oculta en la serenidad de sus gestos. Las manos morenas de dedos largos, algo escuálidos, se mueven con los gestos de una bailarina antigua, de una sacerdotisa. Observándola me sugiere la idea de un mistagogo que prepara a cada planta buscando un potencial discípulo digno de ser iniciado en los misterios que regentea. Una lagartija minúscula está adherida al ladrillo de una de las paredes del viejo patio. Tiene un brillo pegajoso, con patitas minúsculas que se pegan y le permiten trepar en cualquier posición. Es una visión hipnótica, casi una revelación que me permite escapar por un momento de la grave fuerza que me lleva a la mujer. Pienso en todos los amigos que teníamos y en las ocurrencias que nos pasaban por la cabeza y que la consumábamos en aventuras de una rebeldía estúpida pero sana. Recuerdo a Chivanco caminando en una de las grandes plazas internas del parque simulando ser un mono que se movía en cuatro patas, como un ancestral pitecántropo en celo que nos rodeaba y tu reías, reías, con la insuficiente luz de la tarde que te iluminaba la cara de un suave arrebol. Abril, mi amada Abril y todos nosotros que gritábamos casi deseando que Chivanco se quedara por siempre en ese estado de protoanimal o protohombre, en una actitud simiesca eterna y el grito desaforado de alguno de nosotros que decía en voz alta haciendo bocina con ambas manos ¡Chivanco no te puedo felicitar si vos ya sos un mono! y tu sonrisa que se resuelve en un gesto de la cabeza mirándome desde abajo y que busca cobijo en mi hombro, paloma de Dios, amada Abril, que disfrutas de las ocurrencias y la oficiosidad de Chivanco para hacer el ridículo y provocarnos la risa descompuesta y tu aroma a Polyana cinco cinco cinco que surge para envolverme, Abril.
Chivanco, pitecántropo en celo, eso. Un mono loco y divertido, con esos cabellos renegridos y enrulados y esa sonrisa de bufón que tanto cautiva, con esa oreja más abierta que la otra que le da un aspecto tan gracioso. Un monito libidinoso, el Chivanco.
La dueña del vivero me pregunta en que me puede ayudar y le digo que estoy mirando nomás, que salí recién del médico y que vi abierto y entré. Me dice que pase, bienvenido cualquier cosa le pregunta a la chica. Es una rusa, sexagenaria larga, es lógico que le diga chica a una mujer de cuarenta años, aunque parezca mucho más joven. La muchacha me vuelve a mirar con ojos profundos como conociendo algo de mí. No sabe que sabe algo y por eso mira, pienso. Está perdida. Yo estoy perdido. Recorro las mesadas con los platines de conejitos y petunias, todo de una prolijidad encomiable, un vivero artesanal, hecho a esfuerzo.
Me dice que quiere ir a vivir conmigo.
Vamos a buscar una casa en un barrio de construcciones bajas, con hermosos árboles en las calles, sembrados por el amor de los vecinos y no por un plan municipal. Grandes sauces llorones, aguaribayes, una cuadra entera con unos viejos plátanos. Es un lugar hermoso. Nos instalamos ahí para comenzar una vida juntos. Los compañeros del grupo se acercan a la casa en donde hacemos reuniones aún juveniles, como no aceptando que somos una pareja con responsabilidades. Se prolongan las pizzas de los sábados y algún que otro asado en una churrasquera que hay en el fondo. Cuando uno es joven encontrar una casita con parilla es como entrar en un palacio gratis. Chivanco es el asador obligado, con sus secretos inescrutables y sus fórmulas inefables para que la carne se ablande durante la cocción si es dura. Cosas que aprendió cuando estudiaba agronomía (lo único que me sirvió de siete años de cursada, dice Chivanco). Hablamos de todo en esas reuniones. De los estudios, de los problemas en nuestros modestos trabajos que nos brindan unos flacos emolumentos para afrontar la vida con poca ropa, mucho arroz y demasiadas sonrisas. Y el asador que se llama a silencio repentinamente, mientras nosotros seguimos hablando en voz alta con gestos ampulosos sobre fútbol y los Beatles. Somos todos unos boludos. Creo que soy el único que me doy cuenta que Chivanco y vos se están mirando mientras sonríen.
La joven mujer traslada en una bandeja las mentas que terminó de trasplantar debajo de una media sombra. Tiene la misma cadencia en el movimiento de traslación. Se detiene igual, disminuye los pasos lentamente y comienza a ubicar una por una las macetitas en la mesada de madera con una prolijidad digna de un monje oriental. No puedo dejar de mirarla. Es un viaje a más de cuarenta años atrás. Alguien me dice que vio a Chivanco con Abril. En la tarde de ayer o del domingo, qué más da. No me parece posible, me niego a creerlo. Y después todo lo demás, las recriminaciones, la poca plata, los disgustos, mis amigos. El llanto, los platos rotos, la puerta de la habitación que se cierra de un golpe y el sonido de la llave dando doble vuelta. Y cinco años después voy caminando por la luminosa calle de verano pintada de sol, nada más.
¿Qué es el universo de a dos?; nadie puede adueñarse de otra persona. Es solo un delirio de la sociedad occidental y cristiana que ha inventado esa prisión entre un hombre y una mujer para siempre. Nada es para siempre. Y lo que vivo es solo eso, la demostración de esa verdad indiscutible. Decir que dos que se aman lo hacen para la eternidad es una proposición no falsable. ¿Qué tienes mío, vástago de otro? ¿Qué parte de mi está en ti? El deseo de que seas mía está oculto detrás de las membranas de tus células, mis noches con tu madre han quedado grabadas en algún lugar de tu a de ene, la energía del deseo ocupa ahora una dimensión que la ciencia no puede explicar ni podrá nunca. ¿Qué hice yo de ti, que no puedo verlo pero sentirlo? ¿Qué es lo que absorbió de mí tu madre ya que mi semen no le sirvió para nada? Tienes todos los soles de las plazas que recorrimos, las noches que nos quedamos hablando de tonterías, el sonido de las hojas cayendo en el otoño en nuestra casita humilde de alquiler, el canto de los zorzales a las cuatro de la madrugada que escuchábamos juntos asidos de la mano. Tienes la marca de la infidelidad, ¿la tienes?
La muchacha se pasa la mano por el pelo y se lo acomoda detrás de las orejas mostrando una pegada a la cabeza y la otra un poco abierta como para escuchar mejor mientras empuña la regadera y vierte agua sobre las mentitas. Veo el sol que atraviesa la miríada de gotas y reflejan notas musicales que inciden en mis ojos. Una música de luz y de recuerdos gratos e ingratos que iluminan los oídos y seducen con sonidos los ojos en un trastorno de sentidos que una vez más me engañan. Le pregunto a la dueña por el precio de unos plantines y mira a la muchacha para consultarle. Sé que va a llamarla por su nombre y me tapo los oídos con los dedos. No quiero, no debo, no merezco saberlo.
Y cinco años después en la luminosa calle de verano pintada de sol, nada más, el amigo de siempre, que hace una eternidad que no veo, me dice que tienes un cáncer terminal y una hija que apenas camina y Chivanco que se volvió a su provincia después de fracasar en todo. No sé si sorprenderme por tu hija o por la enfermedad que ha proclamado sin ningún tipo de eufemismos.
Encuentro parte de mí en esta sala de espera del psiquiatra. Voy saliendo lentamente del problema después de meses de tratamientos. Me dice el médico que debo agradecer que físicamente me encuentro perfecto, que siga con mi vida sana y que no exagere, que me tome una cerveza, nadie muere por eso y ríe. Busco las recetas en la mesa de la recepción y amablemente me dan todo con la misma presteza y eficiencia de siempre, espero y miro alrededor de la sala y surge de pronto el amigo de siempre, que hace una eternidad que no veo, estás igual, me dice y yo le contesto lo mismo y nos alegramos sinceramente de rencontrarnos después de años. Hablamos en un relámpago de nuestras vidas y de todo un poco mientras la secretaria mucho mas joven que nosotros, podría ser nuestra hija, nos mira divertidos, admirada de ver la bonhomía de dos hombres que ya han pasado la madurez y se dirigen a un otoño indeterminado. Y así, me dices sin que te lo pregunte: ¿viste que la hija de Abril y Chivanco trabaja en el vivero de la otra cuadra? Se da cuenta que lo traicionó el subconsciente y se queda mudo; disculpá; no, no, no, está bien, en serio está bien, le digo; ha pasado tanto tiempo me dice; es cierto, le digo. Y es así que me acuerdo que tengo que comprar plantines. Me acuerdo.
Le pago a la dueña del vivero que está sentada en una mesa con paquetitos de fertilizante y sobrecitos de semillas de hortalizas. Me da el vuelto y me pone en una bolsita de plástico los plantines. Sonríe la rusa, a pesar del verano que se viene, hoy es un lindo día, fresco después de esta lluvia. Un día otoñal parece. Mira a la muchacha que sigue trabajando con fruición entre las plantas. Un día de otoño, sí señor, repite, parece abril, dice mientras no quita la vista de la joven mujer, parece abril.
Parece Abril digo.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 23 de noviembre de 2024