La decisión de Maca
De Florencio Nicolau

Especial para Eco Italiano
Cuando se hicieron cargo de la oficina decidieron, con muy buen criterio, ordenar un poco el funcionamiento y encontrar puntos de vista comunes entre las distintas áreas y departamentos para funcionar en forma más eficiente. La idea era brindar una imagen seria de la oficina y que el público en general y los comitentes se hallaran con un lugar ordenado y de imagen impecable. Soplaban nuevos aires.
Se trajeron muebles nuevos, se reparó un poco el edificio que estaba venido a menos en varios lugares (paredes con pintura descascarada, una pieza de un directivo importante con el empapelado podrido, plantas que nadie había regado en años). Se repararon algunas cañerías que perdían y se taparon las goteras del techo. Todo empezó bien.
La gente, los empleados de carrera, los nuevos ingresantes, los pasantes y personal de maestranza, vieron que llegaban jefes que querían hacer las cosas bien. El director general y el asesor legal, un oscuro abogado lúbrico, arreglaron y conservaron sus puestos. Obviamente, como suele pasar en estas situaciones, varios empleados viejos un poco resentidos por haber sido marginados por autoridades anteriores hablaron en voz baja de gatopardismo.
***
Maca, la encargada de personal que nombraron, no sabía nada del tema, como suele suceder. Una joven inconstante de buena familia que estudiaba ciencias económicas o algo así. Nunca le había interesado nada, solo salir a emborracharse los fines de semana y mirar series. No era una mala persona, simplemente era un cero a la izquierda, acomodada por amistad con los nuevos directivos en un puesto que le quedaba grande. Historia conocida.
Sin embargo trató de actuar con la mayor diligencia y responsabilidad posible y —sobre todo— parecer eficiente. Así que empezó a buscar a los que estaban en falta; revisó todo el padrón cotejándolo con la asistencia diaria. No es necesario ser un genio para hacer esto, pensó.
Revisando el sistema con las planillas de asistencia descubrió un nombre que, estaba segura, no había visto antes en el sistema. ¿Podría ser que se le escapara a alguien tamaño error? Sin embargo el nombre estaba ahí, bien claro: María Graciela Santórsola, personal técnico del área de informática. Hacía tres años que no venía a trabajar. Maca se engolosinó ante la idea de ser quien descubriera que habían dejado pasar por alto la irregularidad y se entusiasmó. Era la última hora del día laboral y se habían ido casi todos. Por una parte podía preguntarle a los empleados viejos si sabían algo de ella; pero por el otro era una buena oportunidad para tratar de arreglar el asunto sola y quedar como una implacable profesional. La planilla consignaba un teléfono fijo, llamó de inmediato. Una voz de hombre de mediana edad contestó.
—Buen día, podría darme con Santórsola, María Graciela, la llamo del departamento personal de su trabajo.
El silencio del otro lado de la línea se sintió como una puñalada.
—Idiota—contestó la voz y colgó violentamente. La chica llamó ofuscada un par de veces pero nadie contestó. Problemas en ciernes. Cerró la oficina y se fue a la casa.
***
Al otro día temprano entró en la oficina. Ordenó unos papeles con cosas para resolver durante la mañana y se sentó a mirar las noticias. Por el pasillo se dejaban escuchar los saludos de los empleados que comenzaban a ingresar a sus puestos de trabajo. Prendió la computadora y preparó un café que tomó reclinándose en el sillón giratorio mientras escuchaba música y miraba un video. La imagen mostraba una bailaora andaluza moviéndose como una fiera en un despampanante vestido rojo con grandes lunares negros y volados que parecían cobrar vida cada vez que zapateaba. Una artista de esas que llevan toda la tradición en la sangre y el alma. Maca la miraba pensativa, ensimismada.
De pronto una de las compañeras se asomó por la puerta abierta y dijo con un leve tartamudeo.
—Te buscan, quieren hablar con vos.
—¿Quién es?
—Una empleada a la que llamaste ayer a la casa, es muy rara, me da miedo. Impresiona.
—¿Santórsola?
La compañera asintió tragando saliva, le temblaban las manos.
Santórsola entró con paso cansino, con una lentitud pasmosa y una sonrisa que parecía una amenaza. Completamente despeinada, lucía una cabellera canosa con el pelo apelmazado en algunas partes, como si hiciera meses que no se lo lavara. La piel era amarillenta y algo oscura en algunas partes de la cara. Llevaba una camisa oscura bastante sucia que dejaba traslucir un cuerpo esmirriado. Era una mujer arruinada; probablemente no existiera tratamiento para volverla saludable. Además la acompañaba un olor fuerte e insoportable, como a tierra húmeda. Con voz entrecortada y cascada dijo:
—Aquí estoy.
Maca no salía de su asombro. Acostumbrada al buen vestir y estar siempre presentable le era inconcebible enfrentar a una mujer desharrapada y hedionda. Sin embargo, primó el profesionalismo (que no tenía) por sobre el rechazo. No podía hablar, le temblaba la voz y no le salían las palabras.
—M-ama-ma María faltaste mucho, te tenemos que infomar que que que…
—que me van a echar porque falto hace tres años. También hace tres que no voy a casa y mi marido y mis hijos no han dicho nada, ¿Te parece justo? Y no me tutees.
A esta altura el olor de la mujer era insoportable. Nadie podía aguantar esa emanación del cuerpo. Movía la boca cerrada y se le vaciaban las mejillas dándole un aspecto terrible. En la mano izquierda, en el anular, le bailaba un hermoso anillo con tres piedritas de diferentes colores. Volvió a tomar la palabra.
—La vida es una sola, si no la vives se te va de las manos. Si asumes una responsabilidad para una tarea que no te concierne, arruinarás la vida de los demás y sobre todo— se agitó con la introducción—la tuya. Cumple con tu obligación actual y despedime. Pero después, dedicate a otra cosa, muchachita, no servís para esto. Hacé algo que te haga sentir bien. En la vida hay que ser auténtica, aprovechala y se vos misma.
Se quedó quieta como una estatua mirando a Maca por varios segundos, luego tomando el anillo entre el índice y el pulgar de la derecha, continuó:
—¿Sigue estando el abogadito de siempre?—no esperó respuesta— decile que no me olvidé de él— Se sacó el anillo y lo mostró en alto. Luego se lo volvió a colocar en el dedo esquelético.
La esmirriada mujer se fue lentamente por el pasillo sin saludar y desapareció dejando su hálito extraño y desagradable por varios minutos.
La entrada de la oficina estaba completamente vacía en ese momento.
—–
Maca se sobrepuso al momento ominoso que le había tocado en suerte vivir. Tomó un vaso de agua en la cocina con las manos temblorosas y se arregló la pintura de labios que se le había corrido de tanto morderse por los nervios. Una vez compuesta, recuperó la respiración y con pasos aun temblorosos golpeó la puerta del director general. Unas voces alegres y distendidas llegaban tras la puerta.
—Pase por favor—se escuchó decir al Jefe.
La chica entró tratando de sonreír, junto al director general se encontraba el subdirector un individuo extraño que solía aparecer cada quince días un par de horas. Además estaba el abogado, como siempre, haciendo nada.
—¿Qué anda pasando mi querida amiga.
—Hay un problemita señor director. Tenemos una empleada que ha estado ausente más de tres años sin que nadie jamás la citara. Es una irregularidad grande. No puedo proceder simplemente a realizar una denuncia a las autoridades dado lo inusual del caso. Necesito que me asesore.
El director general se preocupó realmente y se inclinó sobre el escritorio.
—¿De quién se trata?
La chica se puso las gafas de marco violeta y leyó lentamente el nombre:
—María Graciela Santórsola, es una ingeniera en sistemas del área informática.
El silencio se apoderó de la oficina. Sobre las cuatro personas que estaban dentro cayó un manto sepulcral, una detención del tiempo que podía percibirse. Ni los directivos ni el abogado se movían, estaban estáticos. No es una metáfora. Se habían transformado en estatuas como en el juego de niños donde alguien da una orden y todo el mundo debe quedarse quieto en el lugar que está. La chica se dio cuenta que algo verdaderamente grave estaba pasando. El subdirector fue el primero en recobrar el color y la capacidad de movimiento, con voz balbuceante le preguntó a la encargada de personal:
—Y…¿no la habrás llamado aún, supongo?
Contenta de mostrar su eficiencia y apego a la responsabilidad, recobró la compostura y con su rostro cínico de autoridad exclamó sonoramente
—Por supuesto. La cité ayer a última hora para que venga sin falta hoy temprano— mintió.
Los tres hombres se miraron. El abogado tomó la palabra para completar la idea que los otros dos compañeros estaban pensando.
—Obviamente, no vino ¿no?; y ese es el problema. ¿O me equivoco?
—No, no. La mujer cumplió; vino a primera hora, recién habíamos abierto la oficina.
Director y subdirector miraron al mismo momento al abogado que tragó saliva con la cara descompuesta. Maca continuó.
—No quiero, ni puedo, hacer juicio de valores ni de estética; pero es una mujer muy venida a menos, parece que no se baña y está flaquísima y despeinada, tiene la piel opaca y descuidada. Una vagabunda…
El abogado preguntó visiblemente descompuesto:
—¿Llevaba un anillo con tres piedritas en la mano?
—Sí, veo que la conocen bien.
El estruendo del abogado cayendo de la silla sobresaltó a los compañeros que se levantaron raudos a ayudarlo. El pobre hombre había perdido el conocimiento y empezaron a llamar a gritos a una secretaria para que busque un médico de emergencias y traiga agua. Maca no entendía nada. ¿Qué era lo que pasaba con esta mujer que despertaba sentimientos tan dramáticos en sus jefes? A los pocos minutos toda la oficina era una vorágine de empleados que se acercaban a ver si podía ayudar o colaborar con el rescate del pobre leguleyo que aún no volvía en sí.
El director dijo a Maca con una voz firme y un tanto agresiva
—¿¡Que es lo que querés, nena, matarnos a todos con tus ocurrencias!? ¿Estuviste bebiendo, irresponsable?
Maca tartamudeaba y no lograba encontrar el momento para decir algo. Empezó a asomarse en su mente el fantasma del despido.
—¡Señor, solo cumplo con el deber que se me exige! Gritó desesperada con los ojos humedecidos y temblando de miedo.
El director general la miró con todo el odio del mundo un instante y le gritó:
—¡¡¡María Graciela Santórsola falleció de un ataque cardíaco hace tres años en la oficina que vos ocupás ahora!!!
—¡¡¿Qué?!!
Ahora fue la jefa de personal la que cayó estrepitosamente en el piso de la oficina del director. Todo se había transformado en caos.
***
Un par de años después el director general paseaba con su esposa por una feria de vacaciones organizada por la municipalidad con motivo de un fin de semana largo. En un tablado, junto a las carpas con artesanías y objetos varios que se ofrecían a los turistas, bailaba con mucho gracejo y perfección una bailaora de flamenco. Era una delicia verla manejar las castañuelas.
Cuando terminó de bailar bajó del escenario y sus ojos se encontraron con los del director general. El hombre logró reconocerla detrás del maquillaje que la tornaba irreconocible a primera vista
— ¡Agradable sorpresa, amiga mía! ¡No sabía que tenías tanto talento para esto!
La chica hizo un gesto mohíno y le agradeció con un saludo histriónico de bailarina profesional.
—Cómo anda usted jefecito, Tanto tiempo.
—Te extrañamos, de verdad, te extrañamos.
—Gracias, el poco tiempo que pasé con usted fue bueno, lo reconozco, pero lo mío es esto. Ahora tengo una academia con muchos alumnos y hago presentaciones en cumpleaños y fiestas privadas. Tal vez viaje a España a perfeccionarme el año que viene.
El hombre apretó los labios en un gesto de admiración sincera.
—En breve serás famosa. ¿Pensaste ponerte un nombre artístico?
—La vida nos da todo y no nos damos cuenta —sonrió Maca— ya lo tengo, el mío, Macarena. ¿Qué más sevillano se puede pedir?
—¿Y cuando se te dio por esto, amiga?
La muchacha agachó la cabeza y con los ojos brillando detrás de las exageradamente largas pestañas postizas miró a su ex jefe con timidez.
—Fue ella la de la idea. Le estoy agradecida de por vida—y agregó— Que en paz descanse.
El jefe tragó saliva y dijo en voz muy baja:
—Que en paz descanse.
Se despidieron y no se volvieron a ver.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 5 de enero de 2024