De Florencio Nicolau

La casa del tanguero
Especial para Eco Italiano
El hombre vivió casi noventa años en esa casa de barrio. Una hermosa propiedad con un fondo amplio, esas típicas casas chorizo donde se tejen historias de amor y de odio, de hijos que van y vienen, de vecinos que cuentan recuerdos. Una casa con mucha luna y misterio sobre el techo.
Pero la muerte, que es cosa común en todo el mundo, visitó un día la mansión.
Nietos que vinieron a hablar con los vecinos, una ambulancia estacionada en la puerta, gente en la vereda murmurando con respeto y luego todo el papeleo de rigor. El abuelo se murió y dejó la casa a los nietos, que lo querían mucho pero la vendieron.
El abuelo era un tanguero viejo, de esos que no tienen cura. La casa era un templo de discos de 78 rpm, partituras viejas de tangos famosos, un piano vertical donde ensayaba algunas tardes tangos de la vieja guardia, como Derecho viejo o Rodríguez Peña. Los vecinos lo querían mucho y se solía sentar, con un mate y una pava a escucharlo. Pero la vida se le acabó y ahora había que hacer otras cosas en este mundo moderno que ya no se interesaba por el tango.
La casa se vendió a un joven empresario que pretendía construir su mansión con una visión moderna. Se cerraron tratos, los escribanos sonrieron por lo que habían cobrado y la residencia del viejo tanguero pasó a ser la propiedad del joven profesional, emprendedor y triunfador y de su esposa, una mujer de unos treinta, abogada con título comprado en una universidad privada y ninguna habilidad en la vida. Era delgada, elegante, asistente obligada a los mejores gimnasios y consumidora compulsiva de ropa y cosmética cara.
Los nietos sacaron la mayoría de las cosas que habían quedado. El piano, los discos, muchas partituras. Pero algunas quedaron tiradas en los pasillos y habitaciones con piso de pinotea. En el fondo, un hermoso paraíso de cien años engalanaba las primaveras con sus flores violáceas y su concierto de pájaros sobre la copa. Era el árbol más viejo del barrio, testigo de historias de amor, de éxitos y decepciones.
El joven propietario y su mujer llegaron una tarde en una camioneta importada, Bajaron a ver el terreno y comenzaron a proyectar la nueva casa. La mujer no disimuló su asco al ver los pasillos sucios y, sobre todo, los restos de la anterior vida del dueño. Discos de pasta, pósteres de cantantes de tango, partituras.
—Esto, amor, hay que incinerarlo; quien pudo vivir así, no puedo creerlo.
Y así fue.
Días después llegó una comparsa de obreros que comenzaron a derribar las paredes y a limpiar todo. Maquinaria pesada se encargó de hacer el trabajo lo más rápido posible. Sacaron de cuajo el paraíso del fondo porque molestaba para construir el quincho y la pileta.
Después de meses surgió una nueva casa. Una mansión anodina e impersonal, con pantallas planas, garajes, piletas y todas las pretensiones que suelen tener los nuevos ricos. Sic transit gloria mundi.
***
Las cosas marcharon por un tiempo. Cuando hay dinero todo parece funcionar. Las empleadas domésticas se encargaban de las compras y de la cocina, la limpieza y toda la logística de la casa. El joven se dedicaba a trabajar sentado ante la computadora analizando los altibajos de los bonos, los bitcoins, el oro, los plazos fijos y el dólar. La mujer atendía algunos casos en un estudio jurídico que había organizado en la planta baja de la casa. Se dedicaba a muy pocas cosas y trámites en tribunales. No valía la pena trabajar cuando se hacía plata de otro lado. Además sus conocimientos de derecho dejaban bastante que desear y ella era la primera en ser consciente de esto. Lo suyo era la estética, el cuidado del cuerpo. Pasaba las tardes en su gimnasio privado de la planta alta haciendo todo tipo de actividades, desde bicicleta fija hasta algunas coreografías extrañas enfundada en sus ropas multicolores.
Al respecto, probablemente el único interés que tenía el joven por ella era verla bailar con ropa deportiva de vez en vez. Por lo demás el matrimonio era un invento pergeñado por las familias en base al mantenimiento de un estatus y de un prestigio social. Un inversor y una abogada hacían una buena pareja.
Pero no todo estaba bien y frecuentemente los negocios del joven no salían como quería. Una noche en un momento de furia por la caída del valor de unos bonos volvió malhumorado a la casa. Subió al gimnasio donde la chica estaba bailoteando delante del espejo. Rabioso y con la moral por el piso por el extraviado derrotero de sus negocios comenzó a manosear a su esposa. La chica horrorizada lo separó de un empujón. El muchacho al sentirse despreciado le asestó un golpe en la cara.
Había estado bebiendo su fracaso.
***
En el medio de la noche sienten ruidos en la habitación, Un movimiento como de gatos que se pasean por la casa tratando de no hacer ruido. El joven prende la luz para ver quien se ha metido en su propiedad. La mujer esta de lado abrazada a la almohada, con lagrimas en los ojos y con un moretón que le cubre medio rostro. Cuando la luz se enciende el hombre ve a tres mujeres paradas delante de la cama. Son preciosas, maquilladas, galantes, con una presencia que se impone. Una de ellas está vestida de hombre, con pañuelo, chambergo y un rebenque. El joven no dale de su asombro; la boca, literalmente, se le cae.
—¿Quiénes son ustedes?, exclama desesperado.
Las mujeres se miran, coquetas, con una dignidad femenil que mete miedo. Una de ellas, la travestida de hombre, habla primero:
—Yo soy Azucena Maizani.
Luego continúan las otras.
—Mercedes Simone.
La tercera lo mira soberbia y sencilla a la vez, una combinación de atributos difícil de congeniar si no se es una persona singular.
—Y yo, pibito, Soy Tita, Tita Merello.
—¿Quién? Alcanza a decir el hombre que apenas puede con la resaca.
—La vida te da oportunidades de aprender. Hay que aprovecharlas, mijo. A mí, por ejemplificarte, un Anchorena me enseñó a leer ya grande. ¿A vos quién te enseñó algo?, ¡Que vas aprender, pibito, si sos un rana inútil! No tenés pasión por nada, sos un vacío. Tenés que hacer tu vida sin concesiones, sin anestesia, prototipo de atorrante, robusto gran bacán. Yo lo perdí a Luis porque hacia lo que quería. Pero lo hice y no le guardé rencor a Malvina.
El joven se desploma en la cama, inconsciente.
La joven se despierta, no entiende que hacen esas mujeres alrededor de la cama. Busca protegerse, tiene miedo que la toquen, que arruinen su condición de mujer pretendidamente única y exquisita. El fantasma, —o lo que sea—, de Azucena Maizani la mira y canturrea en voz baja:
Sola, fané, descangayada, la vi esta madrugada
Salir de un cabaret, flaca, dos cuartos de cogote
Y una percha en el escote bajo la nuez
Chueca, vestida de pebeta, teñida y coqueteando
Su desnudez, parecía un gallo despluma’o
Mostrando al compadrear el cuero picotea’o.
—No podes seguir así, de chirusita, continúa.— ¿Cómo podés andar por el mundo haciéndote la abogada? Tenés que jugártela con toda. La vida es una, pibita, aprendé de mí que me vestí de hombre para cantar tango y vivir intensamente. Dejá de hacer mamarrachos delante del espejo y salí a vivir la vida. Largá a este pelafustán que de negocios sabe lo que yo de astronomía.
Las otras dos se largan una carcajada inverosímil por lo sonora, auténtica y bella.
Tita Merello la toma de la mano y le dice: —Vení querida, vení te digo, sentate acá cerquita con nosotras que te vamos a contar algo.
La chica se acerca temblando de pies a cabeza y deseando que la pesadilla termine de una vez por todas. Tita continúa.
—Nena, ¿vos sabés que el pelandrún de tu marido anda con otra?
Nelly Omar la mira con seriedad hierática. Los ojos penetran a la chica que está paralizada de horror al sentirse rodeada por esas tres mujeres imponentes.
—Además la fortuna que tiene es la que hizo el padre levantándose a las cuatro de la mañana.
Mercedes extrae de una carterita una polvera metálica con la tapa labrada ricamente, la abre y comienza a empolvarse con delicadeza mientras le canta a la chica que ya no puede más del pánico:
La soledad
que me envuelve el corazón,
va encendiendo en mi alma
el fuego de tu amor lejano.
En las brumas de tu olvido
viaja mi ilusión,
gritando tu nombre en vano.
Los fantasmas de estas tres mujeres han tomado la casa por sorpresa y es difícil saber cómo va a continuar la historia. Cuando las cosas del más allá se hacen presente en nuestra dimensión las leyes del universo mutan. La chica no sabe si lo que cree ver es exterior o si es su cabeza que le está hablando. Mira a su marido desmayado sobre la cama. Jamás imaginó tamaño cobarde.
Tita Merello mirá al muchacho, lo toma por el mentón con la mano derecha y acerca su cara. Las pestañas con máscara negra son un escándalo de hermosas. No existe más pintura de labios carmesí en el universo que la que lleva en esa boca perfecta, sinuosa, ávida de besos. Le dice al joven:
Del barrio La Mondiola sos el más rana
Y te llaman Garufa por lo bacán,
Tenés más pretensiones que bataclana
Que hubiera hecho suceso con un gotán.
—A qué te metiste en semejante contubernio, pibita— dice Tita.
Mercedes Simone mira a la chica. Sus ojos trasuntan comprensión por esta muchacha golpeada y despreciada. Es la mirada de una madre que ve a una hija a punto de cometer un error. Recita nuevamente, esta vez como una letanía:
La soledad que me envuelve el corazón,
va encendiendo en mi alma el fuego de tu amor lejano.
En las brumas de tu olvido viaja mi ilusión,
gritando tu nombre en vano.
Los versos se van extinguiendo con las imágenes de las tres divas.
***
Después del divorcio la chica puso el gimnasio que siempre había soñado en una vieja casa céntrica con un paraíso en el fondo. Se llama Milonga Body Gym y las jovencitas, asombradas, preguntan quienes son las tres mujeres del retrato antiguo que cuelga en la secretaría.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 2 de febrero de 2025