Historias

Una señora simple

A admin
16 de febrero, 2025

Di Florencio Nicolau

Especial para Eco Italiano

La señora simple viaja a Europa por motivos que no importan. Si importaran, escribiría la historia de cómo se suscitaron los hechos—aparentemente inconexos—que llevaron a esta mujer a emprender su periplo por diferentes ciudades europeas para conocer monumentos, bares famosos y otras cosas que ofrecen esos antiguos lugares.

La señora simple reconoce que no es muy versada en cuestiones artísticas o de la historia. Sabe que en el mundo hay personas que han dedicado sus vidas a leer y estudiar los diferentes aspectos de las ciencias y de las creaciones pictóricas, arquitectónicas y musicales pero ella no conoce de esas cosas. Nunca ha tenido sentimientos de pérdida por esto: hay gente que se interesa y ella no. Así de sencillo.

La señora simple toma un vuelo en la capital de su país, para lo cual tiene que salir de su pueblo en el interior muy temprano y trasbordar en dos vehículos hasta que finalmente llega al gran aeropuerto internacional. Hace todos los trámites de rigor y espera sentada en la sala de embarque hasta que una viajera un poco más avispada le avisa que tiene que entrar por un largo túnel que la lleva directamente al interior de un avión. Las personas que la reciben en la puerta son atractivas y sonrientes. La señora simple disfruta de este momento y piensa que son muy parecidos a los modelos que se ven en las propagandas de televisión.

Luego de un largo viaje aterrizan en un aeropuerto tan grande como el que hace unas horas conoció. Solamente que el de salida está rodeado por una ciudad agobiante y estival y este es un edificio con grandes ventanales que dejan ver un paisaje invernal y muchos, muchos aviones. La señora simple sabe que llegó a Europa porque hace frío, como en las películas que veía en el cine del barrio. Suben a una furgoneta que los lleva a un hotel pequeño, económico y cómodo en la Rue d’Amsterdam, en París.

Al otro día se sienta en una pequeña salita en donde hay una mesada con diferentes tipos de desayunos que uno mismo se puede servir. Yogur, cereales, jugos diversos, y hasta salchichas, panceta y huevos. Un lujo y un placer a la vista. La señora simple es sana, así que se da el gusto de comer huevos duros junto a la taza de té con galletitas y mermelada. Desayunar es siempre un placer. No sé cómo hay gente que se preocupa tanto en la vida comprando celulares y pantallas gigantes si nunca aprendió a disfrutar de un buen desayuno. ¿Quién cambiaría un dulce de leche con café capuchino por una computadora nueva? El mundo está loco.

Después de la vivificante ingesta se sienta en la conserjería a la espera de la furgoneta la pasa a buscar para hacer la primera visita del tour. El museo la espera; sabe que es el más grande del mundo y el más visitado. En sus innumerables salas hay tesoros de todos los lugares y tiempos. Una maravilla que marca un antes y un después en quienes lo visitan.

Pensar que de chica jamás imaginé salir de mi pueblo y ahora estoy en París. Que vueltas que da la vida. Mi mamá era maestra y seguí sus pasos. Teníamos una casa sencilla pero hermosa frente a la plaza principal. Que delicia esas tardes de primavera asomada al ventanal de la calle mirando de los canteros y a los vecinos que iban a hacer las compras. Era una vida hermosa. París era solo una foto en un libro de la biblioteca de la escuela y hoy con más de setenta años estoy sentada aquí en esa misma ciudad de ensueños.

La señora simple cierra los ojos y ensaya una oración pagana agradeciendo esta posibilidad. Los recuerdos de la infancia afloran mientras murmura y recuerda repentinamente el comedor de su casa. Una sala de techo alto y una robusta mesa al centro donde se sentaban a diario a almorzar y cenar. A un costado estaba el cuadro de una niña trabajando concentrada en un bordado. Una chica con una trenza y el peinado con raya al medio mirando su trabajo y con los dedos sosteniendo una aguja casi invisible. Por más que se esforzaba en buscarla, nunca pudo ver que tuviera una aguja en sus manos. ¿Qué cosa más rara?; era como si la aguja estuviera pero no se veía y uno, el que miraba, tenía que imaginarla, construirla, materializarla a través de su propia imaginación. El artista se había olvidado de poner esa parte esencial del cuadro y una tenía que imaginarlo.

Llega la furgoneta que ya recogió algunos paseantes y la señora simple sube abrigada en su sobretodo rojo. A los pocos minutos entran en el gran edificio por debajo de una pirámide de vidrio. El lugar es hermoso. Pasean por diferentes salas y conocen La Gioconda y la Venus de Milo. La señora simple no puede creerlo. El guía que habla español, les explica los pormenores de cada obra, los detalles que deben ver.

De pronto la señora simple queda muda. Ahí, en una sala se encuentra la chica haciendo encaje. El guía las acerca hacia el cuadro. Comienza a explicarles quien es Vermeer y les habla de La encajera. La señora simple está agitada, emocionada y grita: — ¡No tiene aguja, Vermeer no la pintó adrede para que nosotros la imaginemos!—.

El resto del grupo y la gente de la sala quedan en silencio. El guía la mira serio y luego sonríe contestando:

—Si, señora, muy bien, Vermeer no puso la aguja, simplemente la sugirió para que nosotros la imaginemos. Veo que la señora es una apasionada experta en arte.

El resto del grupo sonríe y la aplaude, luego se les une el resto de los visitantes. La señora simple sabe que ha cumplido una misión y puede morir tranquila.

No hay aguja.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina 16 de febrero de 2025

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.