Atenea expectante
de Florencio Nicolau

Atenea expectante
Especial para Eco Italiano
II
—A decir verdad, Payo, el trabajito es una pavada. Entrás, saludás te quedás un rato y salís con el libro. Nadie se va a dar cuenta. Una biblioteca de barrio no es un lugar que vaya mucha gente, sobre todo hoy en día que nadie lee.
Me mira con una cara desconcertante. Parece una persona seria a pesar de la propuesta que está exponiendo. Indudablemente hay gente para todo, pienso. No voy a negar que hago esto por necesidad, debo unos pesos. Me explica la historia para justificarse y darme seguridad de que el robo es cosa simple.
—Es un libro importante pero ya nadie lee estas cosas. El cliente es un coleccionista que le gusta rodearse de obras que ya no se consiguen o de ediciones raras. Está dispuesto a pagar porque es un tipo rico y se quiere dar todos los gustos antes de morir. Un hombre culto, viajado, conocedor de todo un poco, esos apasionados de las bibliotecas, los cuadros y la música clásica. Un bicho raro para el hombre de la calle.
Sigue moviendo las manos sobre el escritorio como si fuera un ministro en una reunión previa a una devaluación, queriendo justificar algo que va a traer el mal a mucha gente.
—La biblioteca abre solo por la tarde y la encargada es Norita, una solterona que trabajó de bibliotecaria siempre. Vivía con la mamá hasta que se murió. Es una mujer aún joven pero insípida. La gente la quiere porque sabe dónde está todo y recomienda libros. Los chicos la adoran porque organizó una salita con juguetes y sillitas de colores para que lean los cuentos en un rincón. Los asistentes a la biblioteca son lectores viejos, en el doble sentido de la palabra, estudiantes de letras y algún que otro lector ocasional que por una cuota ínfima puede llevarse un libro a la casa. Nadie roba porque Norita conoce a todo el mundo. Pero vos tenés una fortaleza, Payito: nunca entraste y no sabe quién sos. Entrás le preguntás algunas cosas, le pedís un libro que te vamos a decir, una historia de Egipto que es un zocotroco así (abrió las manos con las palmas enfrentadas) que está en un estante bajo, esperás que se agache a buscarlo, vas y sacás La Ilíada de José Gómez Hermosilla, edición de 1848 que está en el estante de enfrente. Ella va a quedar de espaldas unos segundos, te lo guardás en la campera y te vas, ¡chau Pinela! Nosotros no podemos ir, somos muy conocidos. Entrelaza los dedos y se pasa la lengua por los labios, serio.
V
…entonces me decidí. Me pagaban bien. Además, vamos a decir la verdad, sacarle un libro a una bibliotecaria solterona y de anteojos no era precisamente un trabajo riesgoso.
Al otro día fui a la biblioteca a eso de las cinco. Una hermosa tarde de principios de invierno, soleada, un clima ideal para que los ratones se metan en el salón de lectura a leer algún librito. La biblioteca era una casona vieja, de esas que tenían los médicos prestigiosos a principios del siglo pasado, con un gran hall y pisos de madera lustrosos. En general estaba bastante bien cuidada. El olor a cera y desodorante para pisos de lavanda me recibió en un abrazo de otro tiempo. Me fue imposible no ver a mi abuela muerta ordenando los muebles en su casa cuando era chico y me dejaban a su cuidado.
La sala de lectura era muy amplia. Habían demolido algunas paredes uniendo dos habitaciones. Los muebles eran de madera noble, muy bien cuidados. Dos largas mesas de lectura estaban en el centro paralelas a la entrada. No había nadie a esa hora y me llamó la atención; miré a mi alrededor. Al fondo había una mesita roja con sillitas para niños de distintos colores y un estante con libros ilustrados con tapas brillantes. A un costado, en un escritorio había una mujer trabajando en una computadora. No tenía anteojos ni tenía rodete. Era canosa pero elegante, con cara de gata. No era anciana. Era una mujer más bien parecida de vestimenta sencilla y de buen gusto. La imagen que me había prefigurado cayó estrepitosamente. Tal vez me había equivocado y era una lectora.
—¿Nora?
—Soy yo, buenas tardes. ¿En qué te ayudo?—la voz de contralto me envolvió inesperadamente, No era la voz que mi imaginación le había asignado. El tuteo me desarmó. Nada de la formalidad que había esperado, no era la persona avinagrada que uno asocia normalmente con la profesión de bibliotecario. Era una mujer con cierta energía que la circundaba y que transmitía algo de paz.
—Hola, me dijo un amigo que tienen aquí una historia de Egipto ilustrada. Me gusta el tema y quiero hojearla, después vengo con más tiempo y la empiezo a leer. ¿Podría verla?—Le di el nombre del autor y esperé que se dirigiera al estante bajo de un gran armario. Caminó con un paso seguro y de una cadencia extraña, mezcla entre felino y monje. Se agachó con elegancia manteniendo la espalda recta mientras buscaba el código del libro. Tal como había planificado fui al mueble donde estaba mi botín y me apresuré a sacarlo y esconderlo en la campera pero para mi sorpresa el lugar estaba vacío: una ranura perfecta entre medio de dos libros. Norita sacó la historia de Egipto y la abrazó sobre el pecho, como las colegialas cuando toman la carpeta y salen de la escuela.
—Bien, acá están sus pirámides, caballero—dijo en tono humorístico con su voz simpática de contralto. La miré sorprendido al darme cuenta que no iba a poder consumar el robo del libro. Todo el proyecto se me había venido abajo. No sabía que decir.
—¿Vas a viajar a Egipto? Me preguntó volviendo al tuteo.
—No, no, solo— me trabuqué por la sorpresa—…en realidad…—que iba a mentir, yo el Payo un tipo de barrio viajando por Egipto, por favor. Me sentí derrotado.
—En realidad venías a robar la Ilíada, versión de José Gómez Hermosilla, edición de 1848. ¿Me equivoco?—dijo sacando de un cajón un viejo libro encuadernado en tafilete. Me quedé estupefacto. No entendía nada. ¿Esta mujer había adivinado que iba a venir alguien a llevarse el libro? ¿Vivía una escena de delirio o parte de un sueño en el que estaba sumido?
—Bonita versión— continuó—la leí varias veces. Cerró los ojos y recitó de memoria:
Y a la espalda poniéndose de Aquiles,
asiole por la rubia cabellera,
sólo visible al héroe; que ninguno
de los otros la vio. Turbose Aquiles,
volvió la cara, y conoció a la Diosa
al resplandor de sus terribles ojos…
—Solo Aquiles tenía, en ese momento de desencuentro, la facultad de discernir entre dioses y mortales. Solo él se dio cuenta de que se trataba de la diosa. ¿Qué te parece?
No sabía que decir, estaba completamente fuera de mí. Una broma de mal gusto, indudablemente.
—Yo soy Atenea—Aclaró.
—¿Qué?
—Atenea, Atenea Nora Lourdes.
Me quedé pensativo un segundo, derrotado. Ya no habría trabajo ni cobro; pero tampoco Norita iba a denunciarme o echarme de la biblioteca. Parecía una mujer agradable y comprensiva. Pero seguía sin entender con qué capacidad extraordinaria había previsto que venía a robar un libro y, sobre todo, de que obra se trataba. La mujer tomó el libro en tafilete negro y me lo dio, como si no le importara que me lo llevara. Lo tomé más por deferencia al gesto que por interés.
—Detrás de todo libro hay una historia. Esa Ilíada era de mi abuela. La donó antes que yo naciera. ¿Sabías que Hermosilla fue profesor de griego de Gustavo Adolfo Bécquer, el de las oscuras golondrinas?
Acaricié la tapa oscura, un objeto seductor, atractivo. Pasando las palmas por el lomo se asomó en mi mente la imagen de todas las personas que podrían haber tocado el volumen además de la abuela de Norita. Debajo de una tapa hay una historia de gente cuyas caras ya no son ni siquiera un recuerdo.
—A veces pienso que soy una Atenea disfrazada de bibliotecaria. Esta ocupación es poco entendida para quien no ama a los libros desde lo profundo. He pasado gran parte de mi vida entre libros; mi familia era muy unida y muy lectora; en los almuerzos y sobre todo en las cenas, mis padres comentaban cosas relacionadas con libros y autores. Crecí escuchando historias y títulos que pude leer muchos años después. Supe cosas de personajes antes de conocer la vida real de las personas. ¿Recuerdas a Sansón Carrasco? Es el personaje de Don Quijote que cumple una función crucial en la trama. Se disfraza de caballero para retar a Don Quijote, vencerlo y obligarlo a que deje la vida caballeresca que lo llevó al delirio. Pero sucede algo inesperado. Don Quijote vence a Sansón Carrasco que se hace llamar para la ocasión Caballero de los Espejos. Humillado cambia la actitud y decide vencer a Don Quijote como una venganza personal y logra derrotarlo bajo el nombre de El Caballero de la Blanca Luna. Sansón Carrasco se transforma así en un ente extraño: un ser imaginario que busca derrotar a otro ser delirante, es algo así como una especie de metadelirio. A veces pienso que tratando con libros y personajes me he transformado en un Sansón Carrasco.—¿Sabés que las personas que viven juntas terminan adivinándose el pensamiento? Toda una vida compartiendo, la cama, la casa, los horarios, comiendo, hace que terminen interpretando hasta el más mínimo gesto y saben todo el uno del otro. Con los libros pasa lo mismo. Tanto tiempo en esta biblioteca me llevó a relacionar la gente con los autores. Veo venir a una viejita jubilada y ya sé que busca a Morris West; un joven silencioso y de pelo largo y tatuajes: sé que busca T.S. Eliot. Hay obras que solicitan lectores. Una tarde vi un libro de Amado Nervo, solitario que me anunciaba que una persona estaba por reunirse con él; a la media hora una chica joven, estudiante de letras, pidió algo del poeta mexicano. Debes creerlo.
Supuse que de esta manera había vaticinado que yo vendría a robar la traducción de la Ilíada, pero no me animé a preguntarle. Continuó.
—Sé lo que estás pensando: te vi cara de no buscar nada y supe que venías a buscar el libro que escondí en mi escritorio cuando llegué. Te veía venir. Podría haber errado en mi premonición…¿O erré?
Negué con la cabeza y me di cuenta que había caído en la trampa. Chasqueó la lengua.
—Podrías haber dicho que sí y yo hubiera quedado como una desubicada. Pero veo que no me equivoqué. Se erra mil veces hasta pegarle a uno. Si lo que quieres es la obra, la puedes bajar por internet. Si lo que quieres es el libro, el tafilete, el olor, no. Se queda aquí.—Sonrió como un diablo de pintura barroca, con esa cara gatuna y perspicaz— Si me quieres a mí, estoy dispuesta a tomar algo a la salida.
Quedé pasmado. Me di cuenta que Atenea-Norita era una persona especial, alguien que buscaba desde hacía muchos años. Le dije que la invitaba a ir al centro.
—¿Por qué este libro?
—¿La Ilíada?
—Si, porque no escondiste otro.
—Si pasa algo esta noche, en algunos años te lo explico. ¿Cómo te llamás?
—El Payo.
—El Payo— se rió y me acarició el pelo recitando:
Y a la espalda poniéndose de Aquiles,
asiole por la rubia cabellera…
VIII
Amo a Atenea, mi lechucita bibliotecaria. Es como sí los capítulos y los tiempos de un cuento estuvieran desordenados.
IV
¿Qué hiciste Payo, sos pelotudo? No me vas a decir que te enamoraste… ¿No tenés el libro entonces?
I
Payo, ¿Vos andás necesitado de guita, no?, Queremos que robés un libro…
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 23 de febrero de 2025