Las manos de siempre
Florencio Cruz Nicolau Eymann

Las manos de siempre
Especial para Eco Italiano
Arreglan todo la tarde anterior, se conocen desde hace años. Nos vamos de vacaciones a la costa el fin de semana largo y dejamos la alarma de la casa y la cámara de seguridad. Vos, por las dudas, asomate de vez en cuando para comprobar que no pasa nada. Renzo se queda tranquilo en su casa pasando el fin de semana regando las plantas y mirando la televisión. Es un soltero feliz, de esos que nunca buscan ningún desafío en la vida y terminan encontrando el paraíso. Los secretos de la existencia son inescrutables y, sobre todo, inexpugnables ya que es raro que alguien pueda cambiarnos. Por eso la gente en el siglo actual se entretiene con el divorcio.
Lucas regresa después del paseo de vacaciones y estaciona el auto a la nochecita, un poco antes de la hora de comer habitual. Se escucha claramente el sonido de la llave que abre la puerta y los pasos de la pareja seguido por el arrastrar de equipaje y el vocerío de los niños que quieren comer y dormir. Sobreviene un silencio ominoso.
Segundos después suena el timbre en la casa de Renzo. Se levanta del sillón donde se ha apoltronado mirando una serie de televisión y abre la puerta sabiendo que es Lucas. Se encuentra con su vecino serio y con la mirada vidriosa y perdida, no se sabe si está enojado o loco. No emite saludo alguno y se dirige directo a su vecino.
—¿Qué pasó?
—Nada, Lucas, todo bien.
—La casa está desvalijada. No hay ni muebles.
—¿Qué?
Renzo está asombrado y no sabe que contestar. Estuvo todo el fin de semana y no escuchó nada. Los vecinos tampoco, pero están en casas más alejadas. Los de enfrente estaban durmiendo y no pueden decir nada en concreto.
Lucas va recuperando la compostura gradualmente sin salir de su asombro. Es amigo de años de Renzo y sabe que no le está mintiendo. Si le dio la palabra de observar cualquier movimiento extraño es porque iba a cumplir. No duda de él y pasado el enojo no le guarda resentimiento. Tampoco tiene obligación de vigilar una casa ajena.
Llaman a la policía y hacen los trámites de rigor, Renzo se pone, sinceramente, a disposición de la policía y promete colaborar con lo que sea.
Controlan la cámara de seguridad que está enfocada hacia la puerta. Si entraron por adelante en algún momento tiene que verse algo. Después de un rato de hacer un peritaje, uno de los policías queda boquiabierto con lo que está viendo. A las tres de la mañana del sábado una mujer avejentada y con aspecto de vagabunda para en un camioncito y baja. Mira la puerta y luego desaparece. Unos segundos después reaparece junto a una persona encorvada que lleva unas herramientas en sus manos. El individuo trabaja unos instantes en la cerradura y luego entran. Es lo único que quedó registrado: salieron por atrás, junto a un baldío.
A la policía le llama la atención el aspecto de los delincuentes. No son personas fornidas ni tienen aspecto imponente. Al contrario, son personajes mediocres. El individuo de las herramientas está agachado y no se le ve la cara, Tiene el pelo renegrido y abundante: parece un mono.
—¿Eso es un mono?—pregunta el oficial a cargo del procedimiento, en forma retórica.
—Parece jefe, pero no vayamos a creer que es un mono. Hay cada uno con una pinta.—Les parece imprudente reírse y permanecen serios por respeto a la víctima.
***
Renzo queda abatido. Ha fallado a su vecino de años. Al pobre le han sacado todo y aunque la culpa no es suya se siente angustiado por la afinidad y la amistad. No entiende nada. No escuchó ningún ruido y sin embargo para sacar muebles —inclusive un piano— es necesario horas de trabajo y personas de una gran fortaleza física. Los dos personajes que alcanzó a grabar la cámara no cumplen con ese requisito.
Pasan los días y no hay novedades. No hay denuncias en otras casas. No hay rastros de las dos personas. Renzo acompaña a Lucas a hacer trámites del seguro y colabora prestándole algunas cosas para que pueda vivir hasta que arregle algo su situación doméstica. La amistad se ha fortalecido a pesar de la desgracia.
Renzo padece de insomnio y siente que vive hace tiempo una existencia irreal. La llegada de los años de la madurez en soledad llevan a las personas a experimentar cambios en su conducta. Hay pensamientos que afloran, alegrías, sueños incumplidos, recuerdos gratos, familiares muertos. De todo.
¿Por qué eres ingrato conmigo?, te he cuidado durante cuarenta años, mi pequeño. Sabía que estabas predestinado a ser una persona solitaria y conformista y te salvé de esa existencia pueril y monótona. Hoy tienes una vida plena. Desde que estamos juntos has aprendido tantas cosas y visto tantos lugares. ¿Por qué eres ingrato y me dejas en un rincón de la inconsciencia? Tienes vergüenza de decir que me conoces, mi amor, mi pequeña cosita. Te vi y me di cuenta que eras uno de los míos a pesar del miedo de tu mamá que me alejó en un primer momento de ti. ¿Por qué me haces esto? Nunca estarás solo conmigo, nunca.
Renzo lleva una vida solitaria pero tranquila, solo los sueños lo persiguen con historias extrañas, muchas de ellas episodios de su niñez, sobreprotegido por su mamá y su abuela que querían para él lo mejor. ¿Qué lograron? Frustrarlo y transformarlo en una persona con miedo a todo, que necesitó de años para poder afrontar la vida con madurez, solo. Con los años aprendió a ser feliz. Hoy agradece la compañía y la amistad con Lucas, a quien defraudó.
Nunca estarás solo conmigo, nunca.
Sale a caminar por el barrio para despejar la cabeza, necesita estar desconectado de todo. ¿Qué me está pasando últimamente que se me entreveran los recuerdos? La vida es una continuidad que no tiene puntos de referencia; hay eventos de la niñez que parecen acontecer hace algunos días. Mi vida es un conjunto de sensaciones siempre contemporáneas. Me es difícil poner las experiencias en un eje temporal, se confunden. ¿Por qué me persigues?
¿Por qué?
Nunca estarás solo conmigo, nunca. Y lo que te pido a cambio es muy poco. Tu existir será pleno y podrás afrontar tu aparente soledad con sabiduría, Solo tienes que permitirme que te conduzca en tu formación y tu educación. Es muy poco lo que te pido. Yo también estoy sola. Podemos complementarnos, sentirnos el uno al otro. Te va a gustar, ya verás.
Llega a una plaza en donde hay una gran jaula que alguna vez estuvo llena de pájaros. Los cambios en el mundo en los últimos tiempos modificó la percepción de la naturaleza por parte de la gente y ya no está bien visto encerrar animales. A Renzo eso le parece bien. Piensa en el encierro y se apena, se siente abatido, como si alguna vez el también estuviera encerrado, en un pasado irreal.
***
Voy caminando por los senderos de ladrillo triturado del zoológico. Son mis primeras vacaciones en la capital y me llevan al lugar que pedí desde que supe que existía. No puedo estar más feliz. Los animales miran con ojos inciertos desde las ornamentadas jaulas, resabios de una época en donde todo era suntuoso y las decoraciones afrancesadas y versallescas eran la tónica en la arquitectura pública de la nación. Caimanes en un lago artificial, leones en jaulas barrocas, llamas, patos nadando, vendedores de pochoclos y de praliné que le ponen la música a la escena. Una nena que llora porque quiere llevarse un elefantito a la casa; un nene es capturado y sufre un tirón de orejas por arrojar piedras a la cebra. Después de la visita al león, encuentro único, iniciático, en donde se comprueba que la especie no es un invento de los ilustradores de cuentos sino un animal real, llegamos a la jaula de los monos. Unos chimpancés con caras de aburrimiento se mueven en la ostentosa jaula de barrotes que revelan varias capas de pintura. En un principio no me atraen pero después me siento mesmerizado por la imagen de los simios saltando. Son como hombrecitos peludos, humanos que han decidido vivir una vida paralela haciendo zonceras para ganarse la comida. Es una vida triste y alegre a la vez, un absurdo. Me gustan los monos, con sus caras de viejos niños, de taimados bailarines que nos remedan y se burlan de nosotros desde su involuntario encierro. De pronto aparece la mujer, es flaca y descuidada pero amable. Me toma sorpresivamente la cara entre sus manos frías de dedos toscos, gastados. —¡Qué lindo nene sos!—dice mientras me mira intensamente a los ojos con los suyos, amarillos, diabólicos, Deja sentir su aliento infernal insoportable una mezcla de alimentos en descomposición. —¿Te gustan los monitos? ¿No te gustaría ser uno así te llevo a casa y te pongo en una jaulita con otros monitos que tengo? Me desespero. ¡No! grito. Mamá se preocupa pero me dice: —No te asustes en las ciudades grandes hay gente así. Son solitarios y medios locos. La mujer sonríe de lejos y se va saludando con sus ojos amarillos.
***
Suena el timbre a mitad de la noche. Me levanto y no soy yo. No sé quién soy. Conozco el lugar, estoy habituado, sé donde está la puerta. Descuelgo la llave con una habilidad inusual en mí, la introduzco en la cerradura y giro, todo con una rapidez asombrosa. Delante de mí está ella. No ha cambiado nada en estos últimos cuarenta años, sonriendo con malevolencia, los ojos amarillos de mirar taimado.
—¡No has aprendido nunca a despertarte al primer timbrazo!, ríe mostrando los dientes gastados.—Vamos que hay trabajo y no es cerca. ¿Ya te malacostumbraste a trabajar en el barrio?, dale, vamos. Andando Chimp.
Me refriego los ojos somnolientos y arenosos con las dos manos. Las miro un instante. Son los dorsos peludos y las palmas oscuras, coriáceas y lisas de pulgares cortos. Las manos de siempre.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 9 de marzo de 2025