La fórmula n° 19 del doctor Cornelius Orson (Jr.)
Florencio Nicolau Eymann
La fórmula n° 19 del doctor Cornelius Orson (Jr.)
Especial para Eco Italiano
Estás ahí, sentada en la habitación de suelo de parqué, con la madera deteriorada en algunas partes, pero con una sonrisa feliz al sol de la mañana que entra por el ventanal. El gato se desliza entre los muebles como una presencia divina, un ídolo pagano de esos que se ven en los grandes museos.
Enfundada en tu malla blanca de yoga, mirás el perfil de la ciudad, un tumor de cien millones de habitantes en la superficie del planeta, con edificios de alturas obscenas surgiendo de una nube de contaminación controlada.
—¿Qué pasará cuando esto deje de existir? —preguntás. La idea de que todo, alguna vez, desaparezca, está siempre latente. Me resulta imposible no pensar en el mañana, en ese tiempo incierto donde la felicidad de hoy —para quienes la sienten— se deshace en hilos de desesperanza y frustración. ¿Qué recuerdos puede guardar mi conciencia cuando cierro los ojos por las noches y veo escenas del pasado que no logro ubicar ni en un antes ni en un después?—Seguís hablando mientras desplegás la esterilla sobre el suelo— Yo no sé nada de mi existencia. El tiempo está siempre aquí, molestando.
Viejo y molesto tiempo. Qué lindo sería que no existieras.
***
Cabalga con garbo sobre un animal bien cuidado y alimentado.
Lleva una camisa pulcra y un saco que le calza a la perfección. La elegancia es su forma de existir. Un leve olor a perfume se deja sentir cuando desmonta del caballo y se lo entrega a un muchacho para que lo cuide y lo alimente. Pregunta por un buen hotel en la ciudad y, de las alforjas, saca su equipaje sencillo: una especie de portafolios que cuida como si fuera su propio corazón.
Hace ya muchos años que recorre todos los pueblos presentando su panacea: el producto que —según el guion— ha desarrollado durante años de investigación en un sótano de su pueblo natal. Se acerca al bar que funciona en la planta baja del hotel. Espera encontrar lo que supone que debe: un pianista tocando ragtime, las prostitutas de rigor y cuatro hombres de aspecto sudoroso y rudo jugando al póker.
Sin embargo, no es tan simple. El cine del siglo XX ha hecho mucho daño confundiendo la imaginación de la gente.
Las prostitutas seguramente están ocupadas, porque no ve a ninguna. Ya bajarán. Los cuatro hombres siguen jugando; no se dan vuelta ni hacen comentarios socarrones, simplemente juegan al póker. El dueño del bar es atento y no le dice que los forasteros no son bienvenidos. Al contrario, lo recibe bien y sonriente.
El hombre saca un cartel de madera primorosamente enmarcado y pintado:
“A las 19:00, el doctor Cornelius Orson Jr. presentará a los correctos y bienaventurados habitantes de Neckerville su nuevo invento: ¿Dolor de garganta? ¿Encías débiles? ¿Trastornos digestivos? Todo se soluciona con este fabuloso producto. La reunión será una distinguida presentación científica. Pueden asistir damas y niños.”
Se dirige a la habitación que está en la planta superior, un cuarto con empapelado y candelabros que imitan un interior francés, con pretensiones de lugar distinguido. Mientras acomoda sus pertenencias silba bajito una melodía irlandesa.
Mira por la ventana de la habitación y ve en la calle de tierra a la gente caminando, haciendo compras; madres con capelinas que llevan a los niños de la mano; una herrería con el acompasado ritmo del martillo; en la esquina, un banco con columnas griegas, el único edificio verdaderamente pretencioso y elegante de Neckerville.
Abre una de sus alforjas y distribuye sobre la cama varias cajitas de metal con letras vistosas y su fotografía enmarcada en un óvalo ornamentado con firuletes: “La maravillosa pastilla Nº 19 del Doctor Cornelius Orson”.
Se mira en el espejo y observa esos bigotes que se ha dejado crecer para la ocasión. Dos manubrios engominados que le dan una presencia de hombre serio, de sabiduría indiscutible.
Baja nuevamente al salón para preparar la disertación de la tarde. El pianista sigue tocando una hermosa melodía a la que ha incorporado la voz; es una canción de añoranzas y nostalgia que habla de un viejo hogar en Kentucky:
The sun shines bright in the old Kentucky home,
’Tis summer, the darkies are gay;
The corn-top’s ripe and the meadow’s in the bloom,
While the birds make music all the day.
De los cuatro jugadores de póker han quedado dos, que sonríen divertidos. No hubo tiros. Son solo amigos que se divierten por el placer de estar vivos.
Uno de ellos, el que lleva un enorme pañuelo rojo, lo mira entre serio y divertido y lo saluda respetuosamente. Orson le devuelve la cordialidad y se dirige al pequeño escenario improvisado, donde hablará a su audiencia.
Busca en su maletón de cuero algunas hojas de papel donde tiene anotadas ideas para su disertación; una vez más, la melodía irlandesa asoma a sus labios.
***
Una gota suena sin caer.
El viento sopla sobre una playa de arena azul, tan azul como tus ojos que contrastan con tu enterito blanco. Eres hermosa, tu piel oscura de ancestros indios y tus ojos europeos, una fusión de sangres mágica, de belleza superlativa. ¿Quién decidió qué es la belleza? ¿Y el tiempo?
El tiempo es una mentira. ¿Mentira?
¿Dónde está el tiempo perdido que no volveré a encontrar? ¿En qué rincón del universo se quedó adherido, como una cáscara seca y olvidada? A veces imagino las historias de mi vida como restos abandonados dentro de una heladera vieja, oxidada, arrinconada en un depósito. La puerta descascarada, pintada torpemente por un técnico que intentó revivirla.
Adentro, bandejitas de telgopor cubiertas con plástico pegajoso, con restos de dulce de batata, de membrillo, de quesos rancios. Cada envase, un pedazo de tiempo encapsulado: una tarde en que no me animé a acostarme con alguien. El cumpleaños de la abuela al que no fui, y que murió tres días después.
Y esta otra: vos, te veo en tu pose de yoga perfecta. A través del ventanal polarizado, la ciudad respira su monstruosa exhalación: cien millones de almas y todos sus muertos.
¿Has pensado en eso? Detrás de cada uno de nosotros, hay miles de historias extinguidas. Fantasmas que flotan sobre el cielo de esta ciudad de luces y sombras, colándose en las sábanas de los amantes, gimiendo. ¿Cuántos de esos suspiros que creemos humanos son el eco de los muertos?
La miro hacer yoga en la habitación y me quedo absorto en la fineza de sus rasgos, en la línea serena de su espalda. No quiero molestarla pero las ganas de sorprenderla me desbordan.
Ella no se mueve ni un milímetro. Está en trance.
***
Mi show está por comenzar.
—Damas y caballeros, distinguidos habitantes de la populosa y laboriosa Neckerville, tengan ustedes muy buenas tardes. Desde que llegué ayer, he observado con admiración una ciudad pujante, plena de hombres y mujeres industriosos que han sabido hallar en la senda del Señor el camino digno en este Valle de Lágrimas.
Sé que están acostumbrados a recibir personajes de todo tipo: encantadores de serpientes, alquimistas de ocasión, falsos doctores de Nueva York y París. Yo no soy uno de ellos.
Soy un hombre de estas tierras. Un veterano. Un ciudadano probo que ha dedicado sus años maduros al estudio de las sustancias que Dios —perfecto arquitecto del universo— nos dio el día de la creación.
Desde niño he indagado en las hierbas que crecen en nuestros campos. He fatigado mis ojos con los textos de Teofrasto, Galeno, Aristóteles… y también he escuchado la sabiduría ancestral de los pueblos originarios que habitaron estas llanuras. Aunque no hayan sabido adaptarse del todo al bienestar civilizado que les trajimos hace ya tres siglos, algo nos dejaron. Y hoy vengo a compartir con ustedes ese legado.
El hombre del pañuelo rojo está en el centro de la sala. Junto a él hay una mujer con una capelina y un velo, que tiene a su lado a dos niñas rubias con aspecto de irlandesas. Junto a una de las paredes del bar hay una mujer vestida de negro, probablemente una viuda. En un mundo de desilusiones aún se guarda el interés por mantener algún tipo de salud, un único tesoro que no sea arrebatado por las balas o por los indios.
Por solo una cifra mínima, ustedes podrán, damas y caballeros, adquirir una muestra del maravilloso producto que he elaborado con la seriedad científica que me han conferido mis años de estudio. Piensen ustedes, mis muy estimados ciudadanos de Neckerville, que con una sola dosis —una sola pastilla— de la solución Nº 19 del Doctor Cornelius Orson, quien tiene el honor de hablarles personalmente, podrán eliminar ese malhadado dolor de cabeza, ese terrible dolor de muelas y, ¿por qué no?, calmar los mareos y sensaciones desagradables de esa comida que no debieron exagerar…
El mocetón rústico del pañuelo rojo, que lo ha estado mirando fijamente, comienza a sonreír y a mostrar un rostro aniñado, entre divertido y burlón. Él lo mira un momento, devolviéndole la gentileza del gesto y todo se resuelve en una amplia sonrisa que muestra una hilera perfecta de dientes.
Una sensación de desasosiego invade el cuerpo del doctor, que ahora está parado en el medio de una pradera vestida de altos pastizales que se mecen al sol, brillando; es un muchacho que observa el minúsculo universo de los granos de tierra y arena, buscando raíces, plantas y flores para experimentar en los alambiques y retortas del sótano de un viejo caserón. La imagen del indio enhiesto, altísimo se forma nuevamente en su mente: es el depositario de una sabiduría ancestral, un hombre en comunión con la tierra que viene a revelarle su sabiduría y permitirle así, después de dieciocho fracasos, crear la bienquista fórmula N° 19.
***
Vislumbra la manchita blanca en el centro de la pradera. Las panojas se mecen al sol en una sinfonía de silencio. El hombre avanza con una lentitud pasmosa que le permite mantener su presencia hierática, ancestral. La piel cobriza pulida por el sol refleja el sol de la media mañana en la hermosa pradera. Camina a paso firme hasta llegar junto a la joven mujer vestida con una segunda piel blanca que le cubre todo el cuerpo. Está con las piernas cruzadas y con los brazos descansando sobre las rodillas, los ojos cerrados. El indio se agacha y saca con todas sus fuerzas una planta de la tierra, las raíces quedan al descubierto.
La mujer de la malla blanca abre los ojos lentamente y mira la raíz brillar al sol. Detrás se asoma una ciudad de cien millones de almas, con los fantasmas de los hombres y mujeres que quisieron matar y violar a tus ancestros y lo único que pudieron obtener fue un golpe de tomahawk.
Se levanta lentamente de la esterilla y se anuda un pañuelo rojo al cuello mientras va a la cocina a preparar un té.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 6 de junio de 2025
