La dama del camafeo
| Florencio Nicolau Eymann |
La dama del camafeo (Sol de invierno)
Especial para Eco Italiano
Cualquier lugar es bueno para un encuentro si lo que tenemos para compartir vale la pena. Suena ingenuo, lo sé. Pero no lo creo así.
Sostengo al gato entre los brazos como a un niño. Él me observa con la paciencia de quien intuye pensamientos. He hecho del culto a los objetos una religión discreta. A veces desearía no interesarme tanto por estas cosas que acumulo —cosas que toco, que huelo, que miro—, pero la necesidad de sentir el universo de forma profunda siempre me ha empujado hacia los libros, los museos, las caminatas solitarias, los viajes posibles. Y en todo ello, el objeto: excusa, símbolo, memoria condensada.
Hoy, revolviendo cajas de cartón en una pieza olvidada del fondo, te encuentro. Hace años que no te veía, mi dama. Ni siquiera sabía que aún rondabas esta casa. Fuiste una presencia constante en mi infancia, siempre sobre la colcha bordada de las tías.
Un frasco ornamentado, decorado con bajorrelieves, y en el centro, tu imagen: un camafeo de falso marfil que emerge de la superficie del vidrio como una diosa atrapada. La colonia se evaporó hace décadas, pero tú seguís aquí.
¿Quién sos, dama del camafeo? ¿Qué historia traés impresa en tu rostro? No hablás, pero hay una voz muda que me invade. Cuéntame, a través de tu quietud, la razón de tu existencia. El gato juega con un rayo de sol sobre la colcha envejecida. Es una mañana de invierno, y tu rostro se vuelve gradualmente intemporal.
La dama del camafeo, invitada por mi pensamiento, cobra vida y habla. Su voz es una modulación taciturna, el eco de una existencia de amarga paciencia:
«En vida no tuve piernas que me llevaran a ningún sitio. De la cama pasé al sillón de ruedas, empujado por monjas distintas que se turnaban en mi cuidado: figuras grises, disciplinadas, resentidas por la falta de afecto. No tuve contacto con casi nadie y, sin embargo, no guardo rencor. ¿Por qué? Es un misterio que ni el tiempo ni los astros me han respondido.
Mi familia tuvo cierto nombre en la sociedad de entonces, pero los altibajos no tardaron en llamar a la puerta. El ’89 fue errático, y para el ’93 ya éramos sombras. Un barco me llevó a Dover, donde respiré por fin lejos del infierno de París. Cuando volví, no quedaban padres, ni madres, ni monjas. Solo una tía en Bretaña, que hablaba poco y moría despacio.
Sais-tu qui je suis, ma chère? Je suis l’amie des étoiles. Je suis astronome.
Años después, un perfumista encontró mi retrato en un mueble desvencijado. Le gustó mi perfil y, aprovechando mi anonimato, inventó una historia para vender su fragancia: una dama noble, perseguida por la revolución, mantenida en pie por su elegancia.
Pero la verdad fue otra: una mujer de modesta cuna, atrapada por una parálisis sin causa aparente, abandonada al cuidado de Dios y de las estaciones, mirando al cielo desde su encierro. No soñé con bailes ni con coronas, sino con constelaciones. Con ángeles que vinieran a acunarme entre sedas y estrellas.
Mi vida fue esa: una convivencia callada con los astros. Entendí, como pocos, que el universo no necesita nuestra gloria. Que todo lo que buscamos ya está en nosotros. No hace falta cruzar océanos para conocerse: basta con el silencio. Basta con mirar, como mira una astrónoma.
Hoy, soy apenas un ornamento en un frasco vacío. Pero tal vez no del todo vacía, si estás aquí conmigo.
Somos la misma, amada mía. Vos y tus juegos de infancia, la porcelana de la abuela que rompiste sin querer, la tarde previa a tu cumpleaños. Ahora sos la única que puede darme forma. ¿Importa si existí o no? A partir de ahora, seré lo que desees que fui. Podés inventarme un futuro, dibujarme entre calles de piedra mientras Dantón me saluda al pasar. Podés hacer que Laplace venga a visitarme y me hable del problema de los tres cuerpos, de Newton y su fantasma inglés.
Soy tu papel en blanco, mi querida.
¿Creés que lo que te pasa es importante? ¿Pensás que tu vida, tus decisiones, marcarán alguna trascendencia real? No. Somos recuerdos flotantes, apenas hilos de experiencia. ¿A quién le interesaron mis pensamientos sobre el universo? A nadie más que a unas monjas exhaustas que buscaban un salario digno. El perfumista ni siquiera quiso saber quién fui.
Sais-tu qui je suis, ma chère amie? Une amie des morts, un petit et joli cadavre, abritée entre les ailes des archanges.
Cualquiera puede escribir tu historia. Vos, compañera de mis silencios, podés reescribir la mía.»
Dejo el frasco de perfume sobre la colcha. ¿Quién escribirá mi historia? No soy más que una maestra de escuela, una mujer sin grandeza, sin huellas profundas. Mi destino parece reducido a la imagen que guardan de mí mis amigos, mi familia. ¿Qué ocurrirá cuando ellos también se hayan ido y no quede nadie que recuerde mi nombre? ¿Quién será esa alma compasiva que encuentre mis fotos olvidadas en una vieja computadora y se atreva a inventarme un relato?
Porque, ¿saben una cosa? No somos más que referencias entre contemporáneos, sombras que creen ser por el solo hecho de existir. Nuestras historias terminan siendo invenciones de los pocos sobrevivientes que se dignan a recordarnos. Pronto seré un montón de papeles viejos, pasaportes vencidos, partidas de nacimiento borroneadas, ensueños.
Pero a partir de hoy te tengo a ti, amada mía. Con la historia que inventé sobre vos y el perfumista, con tus estrellas y tu parálisis. Historias que son mías y tuyas. Y sobre todo, de nadie.
El gato, enamorado del sol de invierno, juega con mi cabello como si no existiera el tiempo. ¿Tiene algún sentido ser alguien que no será recordado? Porque en unos años, simplemente no seré.
Tal vez entonces, Dama del camafeo, nos encontremos al fin. Personalmente.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 13 de junio de 2025
