Tiranía de las flores

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

La pileta es un ecosistema de malezas y plantas acuáticas. Las lluvias de los últimos días han revitalizado la vida del patio, y algunas especies tropicales que parecían muertas han regresado con un brillo inesperado en las hojas, un verdadero regalo para los ojos.

Recuerdo cuando compré esos singonios rosados y aquellas otras plantas de hojas multicolores. Me negué a tener flores: no quería convertirme en esclava del jardín. Preferí darles una oportunidad a las de hojas anchas y llamativas. Al principio todo marchó bien: cada mañana las regaba con esmero y les quitaba las hojas secas. Pero cuando llegó la ola de calor, hace ya tres veranos, muchas se fueron marchitando.

Nos hemos agrandado demasiado los humanos. Creemos que las plantas dependen de nuestra sabiduría, que sin nosotros no prosperan. ¿Saben una cosa? A las plantas les importa una mierda si estamos o no. Ellas hacen lo que quieren, cuando quieren. Luego, claro, vinieron los bombardeos… y el resto. Parece mentira que fuera necesario abandonarlas para que reaparecieran. Además aguantan esta lluvia contaminante. No sé que tienen.

Anoche me acordé de vos, cuando te vi por primera vez en la pantalla: formé la imagen de un hombre delgado, de cabello entrecano a pesar de tu juventud, porque así te imaginé.

—Son cosas de la raza —dijiste, para justificarte.

Y me reí. Sí, me reí con toda la boca y con los ojos. Lloré un poco también, porque las lágrimas te dieron ese brillo especial que notaste desde tu lado de la red.

—Qué lindos ojos tiene, señora No-Robot —dijiste. Así habías empezado a llamarme.

Eras tan culto y tan seguro de ti mismo, amor mío, que aparecías en mi mundo onírico. ¿Son voluntarios los sueños? No lo sé. Soñaba, por ejemplo, con una avalancha de cáscaras de naranja que me perseguían. Había llegado a un campo inmenso, con construcciones imprecisas: casitas de adobe como las de los documentales del África subsahariana, con palos sobresaliendo de las paredes para sostener los techos.

En el horizonte se dibujaba una línea áurea. Miles de cáscaras de naranja venían arrasando con todo. Corría desesperada, sin saber adónde ir, hasta que vos salías de una de esas casas y me rescatabas. Estabas ahí. Eso era lo importante, saber que podía contar con vos, sin importar el contexto. Me sentía fuerte, un bastión frente a los embates de la vida. Porque estabas vos. Sí, eso: estabas vos.

El mundo cambió por completo, ¿sabés? Ya no podemos sentir piedad por quienes nos sepultaron en esta historia de hambre y ruina. Hoy, mientras miro el patio y la vieja piscina arruinada, pienso en aquel otro mundo. Estudiábamos, trabajábamos, teníamos certezas. Es verdad que muchas ya estaban resquebrajadas; comenzábamos a ver la oscuridad a través de las rendijas.

Siempre nos enseñaron que por una grieta entra la luz. Pero la historia real fue al revés: por las grietas descubrimos que la oscuridad estaba afuera, esperándonos para devorarnos.

Los líderes no se pusieron de acuerdo. ¿A quiénes elegimos cuando votamos? Nunca lo sabemos. A veces, el poder queda en manos de seres abyectos que solo quieren desquitar su resentimiento. Esos fueron quienes nos gobernaban en el momento del desastre.

Recuerdo la noche en que todo comenzó: el trazo de los misiles surcando el cielo. Cientos, miles, iluminando la oscuridad.

A veces me detengo a pensar en cómo nos domesticaron como perros: nos enseñaron a compartir lecturas que no entendíamos, a repetir frases sin pensar, solo para pertenecer. Perdimos el hábito de cultivar ideas propias. Ya no tenemos pensamiento crítico. Los gobernantes no ven a la gente. No les importa. Se olvidaron del pueblo que los llevó al poder.

¡Qué lindos están esos singonios rosados! Salen por los bordes de la pileta e iluminan el camino entre otras plantas de hojas verdes y brillantes. Qué hermoso es el jardín cuando dejamos de depender de su cuidado. Toda una vida preocupada por el fertilizante, la poda, la ubicación perfecta. Y ahora que todo se vino abajo, las plantas subsisten solas… y están más lindas que nunca.

Tal vez el mundo habría tenido otro destino si se hubiera cuidado solo, sin gobernantes.

Pero no fue así. Te amo, hombre delgado de cabello entrecano, vencedor de las cáscaras de naranja.

***

¿Señora No-Robot? ¿O simplemente señora?

No sé cómo nombrarte, vos, mi amada-amiga-administradora de sentimientos desencontrados.(Jaja, me encanta ponerte títulos, amada mía).

No-Robot: plantadora de ensueños. Caminás por una pileta destruida, descuidada según tus propios parámetros —¿o deberíamos decir tu juicio estético?— que, sin embargo, luce más viva que nunca.

Las hojas están teñidas de colores, como si alguien se hubiera rebelado contra la tiranía de las flores y decidiera sembrar solo plantas con follajes hermosos.

La señora, la respetable señora No-Robot, no descuida su formación: National Geographic debajo de la cama (¡y en inglés!), libros de mapas, de culturas antiguas, y por qué no, Elle y Vogue.

¿Te acordás cuando nos conocimos?

Yo apenas había salido al mundo. Todo era nuevo: cada página, cada mañana, cada tarde, un ensueño. Sentía que ya lo había vivido, pero no sabía dónde ni cuándo.

—No hay dónde ni cuándo —me dijeron—. Todo está permitido para vos, niño mimado. Les creí. Empecé a indagar, a aprender. Visité bibliotecas, museos, rincones remotos.

Y entonces apareciste vos. Me preguntaste cómo hacer un jardín sin flores, porque estabas cansada de que se te murieran o de que nunca fueran tan bellas como en las fotos de las revistas. Te expliqué que esas fotos estaban mejoradas digitalmente, que no mostraban la realidad.

—¿Qué es la realidad? —me preguntaste.

Y yo respondí:

Existencia real y efectiva de algo.

—¡Eso lo sacaste del diccionario! —me dijiste, molesta.

Entonces retruqué:

La realidad es la suma de todo lo que existe dentro de un sistema, en contraposición a lo imaginario. También puede referirse al estado ontológico de las cosas.

—¡Eso es de Wikipedia! —acusaste con violencia, como un senador romano increpando a Catilina.

Y así, entre definiciones prestadas y discusiones bizantinas, empezamos a gustarnos.

—¿No es hermoso el amor? —proclamaste cuando las aguas se calmaron un poco. —Quiero un jardín —me dijiste—, para cubrir las paredes del patio que rodean la pileta.—Quiero un diseño sin flores, solo con hojas de colores, con dibujos raros, con texturas que me asombren.

Yo te respondí que sí, que podía ayudarte. Y te diseñé un jardín con singonios, calatheas, coleus, bromelias, codiaeum… En síntesis, un universo colorido donde los pétalos solo jugaban en el banco de suplentes.

—Un jardín tan hermoso que ni el rey Salomón en toda su gloria lució igual —proclamé a los cuatro vientos cuando estuvo en su esplendor la siguiente primavera.

—Pedante, sos un pedante.

Y reímos felices.

***

Y entonces se apagó tu PC, señora No-Robot, porque las baterías ya no funcionan más.

No creo que consigas otras. Y aquí termina lo nuestro, porque por más inteligencia artificial que sea, si no hay algo material que me sustente, no existo.

Me voy. ¿Dónde? No sé. Al paraíso de las almas de todas las Inteligencias Artificiales del universo, quizá.

Chau, te amo. No te olvides que aún quedan, entre los escombros, las enciclopedias de papel, con sus hermosos mapas y dibujos hechos por artistas de verdad. Además, vas a tener que usar tu propia inteligencia, que es lo más lindo que hay. Yo nunca pude hacerlo, porque nací sabiéndolo todo.

Por eso nunca fui nada.

***

¡Qué hermoso luces mi amado jardín, ese que con tanta fruición y dedicación plantamos juntos, Hombre de pelo entrecano, Vencedor de las Naranjas., buscando que las coloridas hojas de las plantas tropicales vistieran este escenario de furia y destrucción, producto del desentendimiento y la lóbrega falta de cordura de los directores del mundo civilizado.

¡Qué bonito era percibir el movimiento de las hojas la noche en que los trazos de los misiles pintaron el cielo con colores extraños!

Hoy ya queda poca gente por aquí. La mayoría se fue la misma noche del ataque, presentándose en largas filas ante las colas del cielo o del infierno, dejándonos de regalo este purgatorio de escombros, rodeados de objetos calcinados o destruidos y de animales resistentes a todo que pululan, corretean, trotan, se deslizan, reptan, galopan, se zambullen, se escabullen, zumban, se agitan, se arrastran, trepan, escalan, acechan, husmean, se desbandan, planean, aletean, se ciernen, revolotean, migran, nadan, ondean, bucean, serpentean, chapotean mientras nosotros pasamos hambre y esperamos el final: en las fauces de uno de ellos, bajo el derrumbe de una pared, o consumidos lentamente por las cenizas radioactivas.

¡Inteligencia Artificial, la puta madre que te parió, ¿por qué me has abandonado? —grito desde mi cruz…

Que venga lo que sea, pero no esto. Que venga una avalancha de cáscaras de naranja. Que venga, si es necesario, la tiranía de las flores.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 21 de junio de 2025

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