La prisionera de Guilay

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

De los cuatro temperamentos —sanguíneo, colérico, melancólico y flemático— la vida me ha dotado con una mezcla equitativa. Puedo adaptarme a las situaciones más diversas y reaccionar ante la adversidad con la fiereza de un animal acorralado, o con una ternura infinita cuando se trata de los arrobos del amor. No conozco persona más melancólica que yo al recordar mi terruño, ni más colérica cuando insultan a mi patria.

El rey de Guilay ultrajó los templos de mi país, cometiendo correrías y tropelías en nuestras fronteras. El soberano, herido en su orgullo, convocó a sus adalides y capitanes más bizarros, y en pocos días se alzó una fuerza nunca vista en nuestras tierras. Esas huestes y mesnadas incursionaron con éxito en los dominios del rey de Guilay. Hubo muertes justas e injustas: la guerra no se esfuerza en distinguir los matices de la sangre.

Después de días de guerrillas contra los pocos hombres que aún le rendían pleitesía al rey, llegamos a los muros de la capital. Sobornos entregados antes del alba provocaron la estrepitosa caída del puente levadizo. Dos horas después, manos y cabezas pavimentaban las calles de Guilay. La población, acobardada por la tiranía de su soberano, decidió festejar nuestra entrada como liberadores. Algunos pocos que tenían algún sentimiento patriótico fueron colgados en la torre del homenaje para beneficio de grajos y cuervos. A la tarde reinaba un nuevo orden: al día siguiente, algunos tenderetes aparecieron en la plaza. Tres días después, la ciudad volvía a la normalidad: quienes elegimos el ejercicio de la guerra hemos visto esta historia muchas veces.

Para mi asombro y el de los hombres que me secundaron en la tarea de liberar a la nobleza injustamente presa, encontramos la cárcel casi vacía: el rey consideraba más eficiente asesinar a sus enemigos que encerrarlos durante años. Antes de ejecutar al sayón —que recibió su destino con una entereza asumida hacía años— nos habló con voz firme y resignada acerca del único reo de la cárcel.

Llegó hace años, ya no lo recuerdo, acusada de hechicería. Bastaron unos animales muertos junto a su choza para signar su destino. Los golpes en el cepo no cambiaron su actitud de mártir. Dijo no saber nada de nada. Los jueces dictaminaron su prisión por siempre: se basaron en la creencia de que las personas que comercian con el mal son fuertes a la hora del suplicio. Por las mazmorras pasaron centenares de prisioneros; las guerras nos traían material de trabajo, sangre fresca. Muchos murieron aquí, otros fueron ejecutados luego de largos encierros, pero la mujer permaneció siempre en un rincón con su carga de cadenas. Pocas veces se quejó de algo, siempre mantuvo la compostura. Soy un hombre vil y tosco; jamás pude pasar de ser bandolero o ladronzuelo. El único trabajo que pude mantener fue el de verdugo y llaverizo. No tengo las palabras de un señor ni de un sacerdote, te cuento lo que mi mente seca puede decirte. Ahora que obedeces a un nuevo señor, la cárcel está a tu cargo. Ten cuidado con la mujer”.

Años después de su encierro, los jueces que la condenaron murieron ancianos en sus camas, cubiertos por ricos edredones orlados con pedrería. La vida de juez consiste en lujos no en justicia. Los nuevos magistrados revolvieron membranas y folios y encontraron el proceso de la mujer. Uno de ellos se interesó y condescendió a ensuciarse el calzado por los pasillos de la cárcel. Lo conduje hasta la celda donde hacía más de diez años que la mujer vivía con una magra vitualla y poca luz. El juez habló largo y tendido. Cuando salió, su rostro estaba completamente cambiado: ya no era el capitoste orgulloso que había entrado, ahora era un ser asustado. Sí, créalo, señor, ¡estaba asustado!”

Lamentablemente el magistrado no podrá informarte del diálogo que mantuvo con la mujer: es el hombre desnudo y sin manos que pende de una soga delante de aquella aspillera del castillo. Has ejecutado las órdenes de tu señor con eficiencia y expedición, ya que el palacio está casi vacío…estoy dispuesto yo también, invasor.

La cabeza cayó al segundo golpe.

***

Me encaminé por el largo pasillo. A ambos lados se abrían celdas apenas iluminadas y con gruesas rejas. Estaban todas vacías, excepto una, donde se encontraba una mujer de edad incierta y aspecto sorprendente. A pesar de haber estado más de veinte años soterrada, no tenía el porte de alguien avejentado o sufrido; era una mujer simple, apenas golpeada por la realidad acerba de su existencia diaria. Estaba encadenada de manos y pies con gruesas cadenas que producían una música insoportable al moverse la portadora de tan descomunales elementos.

La mujer me vio y me miró sabiendo quién era y lo que ocurría allí; no sé cómo puedo afirmarlo, pero su mirada me dijo mucho más que las palabras que luego intercambié con ella. Hay seres así: se valen de alguna otra forma de comunicación más allá de las palabras para entenderse con quienes eligen. Yo, un burlador de las puertas de esta prisión, era uno de esos. No me dejó presentarme. Con voz clara, se dirigió a mí, aunque sus palabras parecían destinadas al universo.

Sabía que vendrías, invasor. Los pájaros se han movido de forma extraña en los últimos tiempos, anunciando la venida de tus huestes y de tus capitanes. El olor a tierra, tinta de sangre, indicaba que, en pocas horas, estarías aquí, parado ante la puerta de esta morada.

No, no guardo resentimiento al mundo, ni tampoco a mis verdugos: hicieron lo que debían y sabían. En vano fueron sus tormentos, los látigos y los hierros candentes. No quise decir lo que no podía. No soy hechicera, no maté a nadie. He hecho y sabido, sin embargo, otras cosas.

Me crié en el campo, retozando entre la naturaleza, que es la contracara de eso que ustedes, los guerreros, llaman Dios: una idea suprema que veneran y manipulan a su antojo, invocándola para justificar sus tropelías —ya sea por órdenes, por interés o por simple avaricia.

Lo divino, tal como lo conciben, no es más que una mentira urdida entre muchos. Tú eres uno de ellos. Si supieras escuchar a las aves y comprender a los árboles, entenderías que lo sagrado no se presta a pactos con quienes eligen la violencia. La divinidad verdadera no se rebaja a esos juegos humanos.

Los conocimientos que formé a partir de mis caminatas por el bosque y los campos no fueron puestos en libros, como hacen tus sabios en los conventos y palacios, invasor. Toda esa sabiduría permaneció en mi mente, y supe usarla en favor de mis semejantes.

¿Qué es el bien? —seguramente me preguntarás—. No puedo contestar algo que se siente. Una mirada, un gesto: esas son manifestaciones del bien. Creemos que una caricia de enamorados o un beso en la boca —solo tuve uno, hace muchos años— son las expresiones más sublimes y refinadas del afecto y del amor de alguien bueno. Pero esas cosas son solo una expresión última de quienes no pueden transmitirlo por medios más sutiles. El pensamiento de una persona buena es captado, sin palabras, por otra de igual bondad.

Un entrevero con un noble herido, en un episodio de cetrería, hizo que empleara una tisana preparada por mí. El hombre sobrellevó su dolor con dignidad y sanó. Pero al contar la historia entre sus pares, suscitó la desconfianza de los castellanos. El condestable no perdió tiempo y ordenó mi cacería. Sus esbirros encontraron unas gallinas muertas junto a mi casucha y lo tomaron como la prueba de mis fechorías y comercio con el mal; fui traída aquí, donde me sojuzgaron con las leyes escritas por hombres leales al reino. Las leyes de Dios son incógnitas para los violentos de corazón.

Me torturaron a más no poder. Los jueces no hallaron nada grave en mis declaraciones, dado que no dije nada de lo que esperaban. Argumentaron que el Malvado que siempre acecha me había entrenado para mantener la firmeza, y que eso era más que prueba suficiente. Me condenaron sin pruebas y me soterraron. Antes de entrar a este lugar, remacharon las cadenas que ahora ves adornando muñecas y tobillos; estoy orgullosa de que me hayan acompañado tantos años.

Encerrada e inmovilizada en este lugar encontré un espacio propicio para pensar sin distraerme. La cárcel se convirtió en un sitio de encuentro con fuerzas que había frecuentado en mis paseos por el campo sin comprenderlas. Sin embargo, aquí pude encontrarme con ellas cara a cara. Llegar a la sabiduría fue un camino arduo y acerbo. Los primeros tiempos debí combatir contra el hambre y el frío. El cuerpo, atenazado por los hierros, padecía un dolor constante y los golpes del carcelero no me permitieron estar tranquila ni un momento.

Vi muertes. Cuando el desprecio por mi cuerpo y el abandono de mis semejantes llegaron a un punto insoportable, me di cuenta de que podía dialogar con cosas que no veía. Además, no necesitaba articular palabra para comunicarme: se habían metido dentro de mí, y habíamos entrado en la más hermosa de las comuniones que puedas imaginar. Era afortunada de estar encadenada aquí.

Los seres que me acompañaron desde entonces —y hasta esta mañana, en que ustedes, invasores, liberaron a este pueblo de tan aciago rey— me contaron historias del pasado y, sobre todo, del porvenir. Supe que muchas personalidades importantes no eran un florilegio de virtudes, sino un haz de corrupciones y torpezas.

Me enteré por voces de otros presos que el juez que me sentenció a este entierro había muerto hacía unos días, y que otro, más joven, lo reemplazaba. Con el correr del tiempo, el nuevo magistrado vino a verme. Lo movía la curiosidad y la aparente intención bondadosa de revisar mi sentencia. Entró aquí rodeado de guardias de mirada torva. Intentó entablar un diálogo conmigo, pero poco pudimos hablar. Me preguntó por qué me negaba a brindarle mi palabra, ya que —según él— se había acercado para darme algún alivio a mis cuitas. —Le respondí: —No puedo creer en la palabra de un hombre desnudo y sin manos que pende de una soga.

Soy una persona simple, invasor. No es mucho lo que puedo contarte. Mi vida ha sido hablar con otras cosas que conocí aquí, en este lugar. Si lo que vienes a hacer es liberarme, cometerás una injusticia. Ya no soy de tu mundo. Mi existencia está aquí, en estas paredes. He hallado la sabiduría. La libertad que puedes darme sería una auténtica prisión. Déjame aquí.

La seguridad con que se expresaba la mujer era asombrosa. Además, hablaba de un modo que no se correspondía con su anterior existencia en el campo, entre villanos y siervos de la gleba. Aquellas voces que dialogaban con ella le habían otorgado un léxico inusitado y una soltura al hablar que no he visto en los más altos magistrados ni en los más encumbrados señores.

Saber en qué consistió su transformación durante el encierro era una tarea ardua que nunca resolveríamos. Esa mujer había accedido a un mundo vedado para todos nosotros. Las cadenas y el cepo habían sido su puerta de entrada. Nosotros, los hombres libres, estábamos encerrados en la ignorancia y la incertidumbre.

Sin embargo, mi soberano —que odiaba al maléfico rey de Guilay— me había dado la orden de poner en libertad a todos los injustamente encarcelados. Sabía que no podía desobedecer ni ofrecer explicaciones a mi rey, más allá de mis atribuciones. Soy un hombre de armas, dado a la espada y a la lucha. No nací para defender derechos delante de gentes principales.

Esa mujer había encontrado la paz en su encierro. Años de aislamiento y sufrimiento corporal la habían llevado a encontrar una sabiduría y entereza que yo —una masa de músculo, de valentía, de arrojo ciego— jamás tendría. Entonces, sin saber por qué, la desesperación y la angustia anidaron en mi corazón.

Ordené sacarla de su celda para llevarla al patio interior. La prisionera mostró desconcierto.

Los hombres que me acompañaban se acercaron para quitarle las cadenas con un cortafrío, pero ella se mostró aterrada. Les dije que se las dejaran puestas, y me agradeció con una especie de sonrisa. Hice que la llevaran despacio, sin ayudarla, pues, a pesar de los años de encierro, se movía con cierta dignidad y fortaleza en las piernas. Al llegar al centro del patio, se arrodilló.

—Es así como lo había imaginado —dijo—. Eres un buen hombre, invasor. Ten una buena vida.

Miró el cuerpo desnudo y sin manos que pendía en lo alto del castillo, y sonrió con luz en el rostro.

La cabeza cayó al primer golpe.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 29 de junio de 2025

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