Dos lunas sobre Torroba
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Papeles, papeles y más papeles. ¡Qué ganas tiene el hombre, desde que pobló la Tierra, de talar bosques enteros para luego emborronarlos con tinta y llamar a eso literatura!
Dios mío, ¿qué hemos hecho desde las tablillas de barro de los caldeos? Interesados mercachifles que no querían perder ni un grano ni una gota de leche. Mercaderes, inventores de las cuentas y de los negocios. Y después, los fenicios con su escritura, que tanto daño ha hecho a la humanidad. ¿Podríamos dejar de escribir alguna vez?
¡Pobres infelices que pretenden trascender a través de las letras…! ¿Es que nadie trabaja ya? Esto es innecesario. Sufrir así… Esa ventana me molesta. Hay ruido de autos, los chicos con la pelota y sus ídolos del fútbol.
Necesito un estímulo: un color, un sonido. El recuerdo se activa cuando algo exterior enciende los circuitos de la cabeza. ¿Están los recuerdos en una parte física del cuerpo? ¿Es el cerebro el reservorio de estas imágenes? ¿O es el alma?
¿Quién soy? Mi apellido es Torroba y escribo cuentos. En realidad, trabajo leyendo cuentos de otros y dando mi opinión a los editores. Empecé a leer manuscritos como una forma de trabajo y aprendizaje, hace años. Luego me llamaron para ser jurado en algunos concursos; fueron contactos a través de la facultad. Porque, a decir verdad, soy profesor de letras.
Con el tiempo, seguí con esta tarea de revisar y corregir textos de noveles escritores, seres que pululan por la corteza del planeta buscando la fama. A muchos de ellos los conocí cuando venían a comprar caramelos o cerveza, y se ponían a hablar de sus ambiciones. «Porque —vamos, digámoslo de una vez— tengo un kiosco.» De eso vivo.
Leer y releer textos ajenos es toda una escuela: uno reconoce los errores de sus comienzos y se siente, por un momento, importante. Pero no siempre ocurre así. A veces aparece un buen escritor y la cosa cambia: lo que se siente es, digamos, envidia. No es el caso del que tengo ahora entre manos. Parece —como decimos entre los muchachos— «uno de los que se encomiendan a Santa Tecla». Ya ni recuerdo cómo empezó esa broma; tal vez en los primeros tiempos, cuando la juventud se imponía a la seriedad. Acá tenemos a un jovencito, seguramente. Lo intuyo por el seudónimo: Sesostris 633. Veamos qué dice este pobre infeliz:
“No acierto a entender qué me está pasando. Tal vez el aire de este lugar me hace regresar a un pasado que no viví. Mis males parecen compartidos, como si perteneciera a un mundo formado por distintas facetas de mi personalidad. Unos están en un lado, otros en otro. Este planeta es agobiante. No sé cómo hice —o en qué pensaba— cuando decidí venir como voluntario. Es un paisaje árido, cubierto de piedras pequeñas, con algunas elevaciones en el horizonte. No sé si alguna vez saldré de aquí.
Las deudas, una vida infeliz, un derrotero de insatisfacciones y fracasos me llevaron a anotarme en este voluntariado interplanetario pago. Ahora ni siquiera sé qué hacer con la fortuna que me pagan: no hay ni un kiosquito donde gastar el dinero.”
No parece ser un gran escritor, el que presentó esta cosa. Hay que reconocerle, al menos, algo de inventiva: tanta, que uno tiene que leer sin trama, sin rumbo. Esta profesión está plagada de caminos perdidos y de audaces que se largan con lo primero que logran escribir. Sin embargo, esto —aunque no muy elaborado— tiene algo. Algo que no puedo captar con los sentidos.
“Cometí delitos por necesidad: la vida me dio la espalda, los amigos se fueron, mi familia se avergonzó de mí. No podía seguir viviendo en la Tierra con la carga del remordimiento. La salida era escapar de mí mismo. Y el único lugar que podía servirme de refugio era este planeta misterioso, a millones de kilómetros del Sol. Si alguna vez vuelvo, estaré salvado de mis pecados. Pero ahora hay que sobrevivir. Me siento desolado, vacío. Como debe sentirse Torroba, en su vida de escritor fracasado…”
¿Perdón? ¿Qué es lo que acabo de leer?
“¿Perdón? ¿Qué es lo que acabo de leer? —dice Torroba, que, ensimismado en la lectura, descubre de pronto que su nombre —su oscuro apellido— ha sido mencionado, casi al pasar, dentro de la trama ajena. Torroba duda. Sufre. Piensa si ha estado bebiendo. Porque — ¿saben ustedes?— bebe detrás del mostrador, de noche, en esos días en que no entra nadie. Al principio eran unas latas de cerveza, después vino tres cuartos… Pero no nos vayamos de mi historia.
Me borraron de todos los registros. No puedo hacer negocios ni mover dinero, porque los sistemas me detectan y me acusan con la certeza implacable de los bancos informatizados. Por eso me fui de la Tierra, como pionero en este mundo inhóspito. Deberé quedarme aquí tres años, según el contrato. Tengo comida de sobra y muchas comodidades. Fue un buen cambio.
¿Qué haré ahora con todo el tiempo del mundo? Tal vez piense. O escriba la vida de Torroba, ese pobre profesor fracasado y borrachón, cuyo único entretenimiento es mirar por la ventana…”
Dejo los papeles sobre el mostrador del kiosco y me quedo mirando un rato el techo. ¿Cuánto hace que esa araña está ahí arriba, dando vueltas? Cuando era chico, mi papá me mostró un libro de divulgación con fotos espectaculares. En una página mostraban un experimento: un científico drogaba a las arañas con distintas sustancias y luego evaluaba las formas de sus telas. Algunas eran incompletas, otras una mezcolanza de hilos, como si estuvieran completamente borrachas.
¿Qué me pasa, que ya no entiendo ni lo que leo? Por favor… Me voy a tomar una lata de cerveza. El ruidito de la bebida al salir por el orificio es un alivio. Creo que no debería preocuparme por tantas cosas. Al fin y al cabo, ya no le importo a nadie.
¿Qué pasa con el pobre Torroba? ¿Ya no cree ni en sí mismo? Años estudiando letras, leyendo, aprendiendo. Hubo una época en la que se dedicó a estudiar griego clásico —y aprendió bastante, créanme—, llegó a leer a Jenofonte y otros textos no tan complejos. Torroba tiene un gran potencial, pero le falta algo… algo insustancial, incorpóreo, que lo incentive a ser él mismo.
Veamos: el alcohol no le sirve para nada. Lo único que logró fue chocar el Gol Trend que había comprado usado: lo incrustó en una farmacia. Tuvo que pagar arreglos y se quedó sin dinero. Escribir artículos en blogs tampoco le sirve, porque no le pagan. Y eso lo desincentiva. Leer textos para concursos, menos que menos: cuando los autores se enteran de que él fue jurado, se sienten aliviados por haber perdido.
Entonces, ¿qué hacemos con Torroba? ¿Lo dejamos que se arruine lentamente? Imposible. Ya es una ruina.
Esa ventana que mira hacia la nada. Parece una entrada hacia otro lado, una puerta multidimensional. Si hasta me parece que estoy en la nave del personaje de este confuso cuento y estoy mirando un paisaje con montes y dos lunas en el cielo, los satélites naturales del planeta.
¿Quién es el gracioso que se está burlando de mí? No entiendo si esto fue preparado o si mi conciencia está fallando de forma imprevista. ¿Esta narración es una realidad paralela o el producto de mis olvidos y fracasos?
¿Es de noche ya? Esa maldita ventana ni siquiera sirve para saber si hay luna. Un día de estos la tapio.
Hace años conocí a un muchacho que escribía cuentos de ciencia ficción. No era malo, al contrario, siempre tenía ideas nuevas y una originalidad sin límites. Creo que lo admiraba, pero mi odio era superior. No pude soportar nunca la creatividad en otros; ¿cómo puede ser que a mí las ideas haya que sacármelas con tirabuzón y al resto le surjan como agua de un manantial, dándoles la oportunidad de crear y de sentirse plenos en el hecho poético o en la ilusión de una ficción bien escrita? Porque un buen escritor es eso: un creador de mundos, de paisajes, de sentimientos. Yo apenas soy un esbozo de todo eso, el dibujo contorneado del escritor que ya no seré.
Dios mío, ¿qué habrá sido de aquel joven? Hice todo lo posible por borrarlo. Sembré a su paso historias falsas: que robaba ideas, que era técnicamente flojo, que no sabía escribir ni un párrafo decente. Y, sin embargo, siempre me recibía con una sonrisa, tratándome como a un maestro. Eso solo aumentaba mi odio.
“Las dos lunas están altas sobre el horizonte. Dos objetos plenos de luz que confieren a la noche del planeta un estado de ensoñación, extraño, irreal. Cuántos poetas podrían surgir en este mundo. Fueron bautizadas por los astrónomos con nombres de mitologías humanas. Una de ellas es Urukure’á, en honor a un mito guaraní; la otra es Sesostris 633. Me parece un nombre frío, con un número al final. Por eso la rebauticé Torroba”.
Es una ausencia gris la que se cuela por esta ventana que ya me tiene harto hasta el alma. No sé en qué estaba pensando cuando acepté ser jurado de un concurso de cuentos. Justo yo, que ni siquiera soy un cuentista profesional. Apenas un pobre tipo, víctima de la vida, que lo único que sabe hacer es despachar bebidas… y, cuando no viene nadie, tomarlas.
Qué miserable es el destino del artista no consagrado: un mamarracho andante, fuera de lugar. El delirante de Dios me hace desvariar y leer cosas que no están escritas en este papel asqueroso, parte de este concurso infame, plagado de pretenciosos que presentan textos que no son más que heridas: cadáveres voladores, arrancados de miles de árboles talados por la mano vil e inoportuna del ser humano.
¿Qué es la realidad? Nada. Una mentira que me cerca en este sucucho lleno de arañas… ¡Por Judas!, esa ventana…esa ventana que deja entrar la luz lechosa de dos lunas.
¿Qué me ha pasado? Torroba… ya estabas muerto antes de haber nacido.
***
El colectivo reduce la velocidad al llegar a la esquina. A esta hora, normalmente no hay nadie. Pero hoy ha pasado algo: unos agentes de tránsito desvían la circulación. Los patrulleros se detienen junto a la parada.
Los muchachos que van a la facultad hablan de los exámenes, de las historias del fin de semana, de la peña, de todo lo que tomaron. Vida de estudiante. Escuela de aprendizaje inolvidable, sí señor.
Sobre la vereda, una carpeta de cartulina amarilla, desteñida, yace abierta. Hay papeles desordenados en su interior. El viento suave de la mañana levanta la tapa, y algunas hojas comienzan a volar por la calle. Una agente de policía se apura a recogerlas y las vuelve a meter, sin orden, dentro de la carpeta. Una hoja escapa de su mirada atenta, pero ya nadie le presta atención.
“…Y así, perdido entre estas rocas milenarias, observando a Sesostris 633 —o Torroba, como decidí llamarlo— paso mis tres años de voluntariado, trabajando desde esta base. Cuando vuelva a la Tierra, tal vez mis amigos estén un poco más viejos que yo, por eso de los saltos de tiempo en los viajes espaciales. Va a ser divertido. Además, con suerte, mis acreedores estarán muertos.
Qué lástima lo de Torroba. Que se haya suicidado leyendo este cuento… Nunca supe si me rechazó por celos o por desprecio sincero. Pero su firma, con esa tinta roja desvaída en la primera página de mi manuscrito, fue como una sentencia: “Inverosímil. Ampuloso. Mal escrito.”
Lo que me duele no es que tuviera razón. Lo que me duele es que la tuviera él.
Me hubiera gustado que nos encontráramos y habláramos de aquella vez que me arruinó la carrera. En fin… no puedo quejarme. Al menos viajé lejos. Y estoy conociendo cosas que ni imaginaba. Voy a tener buen material para seguir escribiendo”.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 20 de julio de 2025
