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Algún lugar sobre el arcoíris

A admin
2 de noviembre, 2025

Florencio Nicolau

Especial para Eco Italiano

Lupiañez hojea las revistas desordenadas sobre su escritorio, acumuladas durante años como pequeñas cápsulas de secretos y noticias que le llegan de todas partes del mundo. Cada página encierra una historia, y tiene para él, el valor de un devocionario para los hombres de fe. Su trabajo exige manejar información de manera sutil; aunque internet ha transformado la profesión de manera dramática —una palabra que le encanta—, nada puede reemplazar la textura y el sonido del papel. Evoca sus primeros pasos en una pequeña galería de la ciudad, cuando cada cuadro se le abría como un mundo nuevo.

Hoy es una autoridad reconocida, consultada por expertos del ambiente. Ha acompañado a la policía de arte en investigaciones de pinturas desaparecidas sin dejar rastro. Recuerda especialmente una escena en una galería: el viejo que había desaparecido con el mismo temple que el cuadro. El original resultó ser un Ribera auténtico, y la expresión del anciano san Mateo tenía la fuerza que solo los originales pueden transmitir.

El mundo del arte está lleno de historias insólitas, algunas tan extrañas que parecen inventadas. Como aquella que recorrió el mundo entero: el robo del salero de Benvenuto Cellini, desaparecido durante años. Una pieza de oro considerada la más valiosa jamás creada, que desapareció como si el tiempo mismo la hubiera olvidado.

Trabajar con el arte a veces es gestionar lo insólito. No se sabe qué personaje puede aparecer detrás de una obra olvidada.

Lupiañez decide que su jornada ha terminado. Ya respondió los correos de unos galeristas que buscan identificar un par de cuadros de menor valor. Está cansado de esas cosas. Decide tomar la ciudad por su cuenta y, en lugar de pedir un taxi como siempre, camina desde su oficina hasta un bar del centro.

Unos chicos preadolescentes le gritan alguna tontería; van vestidos con trajes inspirados en manga japonés. El curador recuerda, de pronto, que es noche de Halloween. Por eso los chicos y chicas —y algunos no tan chicos— están disfrazados en las plazas y calles de la ciudad. Reflexiona sobre la rareza de festejar esta tradición en estas latitudes, con vínculos misteriosos que nunca han estado del todo claros.

Al llegar al bar comprueba que las chicas que atienden y la gente detrás de la barra están disfrazados, como estrategia comercial o para agradar a los parroquianos que esa noche se acercan a tomar algo. Los disfraces dejan mucho que desear. Un par de chicas simplemente llevan gorras con orejas de animal, pero nada más.

Pide un whisky con soda y se sienta en una banqueta alta. Algunos habitués lo saludan desde una mesa. Lupiañez es un tipo conocido y respetado. Tiene buen hablar y modales agradables, un escudo que siempre le sirve en su profesión para tratar con compradores pretenciosos y adinerados.

Los disfraces de la calle pasan frente a la ventana del bar y miran hacia adentro, buscando compañeros que puedan estar tomando algo.

La puerta de vidrio se abre y entra un disfrazado singular. Su traje es un anacronismo, aunque hecho con ingenio y talento. El personaje elegido ya no es conocido por la gente joven: se trata del Hombre de Hojalata de El mago de Oz. La película es una joya y un hito en la historia del cine. Una de las primeras veces que se usó color dentro de una película en blanco y negro, generando un asombro que cautivó al público para siempre. Trata de recordar el año: 1939.

El Hombre de Hojalata es, como supone Lupiañez, un hombre mayor, demasiado para disfrazarse en Halloween. El curador intuye alguna intención oculta —quizás delictiva—, o simplemente un deseo de mezclarse con los jóvenes, vaya a saber con qué objetivo.

Se sienta a su lado y pide una bebida que, aunque aún se vende, es también un anacronismo: hesperidina. La bebe con fruición, disfrutando de ese licor singular hecho con naranjas amargas. El traje es perfecto y la similitud con el personaje de la película, casi exacta. Lupiañez recuerda cuando vio El mago de Oz por primera vez. A veces, en su oficina, pone el fragmento de Judy Garland cantando Over the rainbow.

—¿Le interesan los cuadros que no existen? —dice el Hombre de Hojalata sin dejar de mirar la bebida, concentrado como si buscara algún insecto flotando en el vaso.

—¿Perdón? —Lupiañez queda azorado por un instante. Sabe que su profesión es conocida y que él goza de cierta celebridad, convocado por televisión y medios, pero le extraña lo directo del disfrazado.

—En mi casa tengo un cuadro medieval. Nadie lo ha visto. Nadie lo ha tocado. Se trata de una parte de un retablo español del siglo XV. Está fuera de catálogo y creo que poca gente lo conoce. No figura en registros, nunca fue expuesto. La iglesia a la que iba destinado se incendió antes de ser terminada y nunca se decidió continuar su construcción. Es posible que Juan II de Castilla se lo haya pasado a su hija Isabel y a Fernando de Aragón tiempo después. Pero desde entonces, nunca más se habló de la obra. El descubrimiento de América cambió el escenario y los intereses.

El curador sonríe, apenas. Está acostumbrado a leyendas, rumores, falsificadores que se disfrazan de coleccionistas. Pero hay algo en la precisión del relato, en la elección del disfraz, que lo inquieta. Tal vez se trata de un bromista cultísimo que quiere atraparlo con una obra falsa y hacerlo dictaminar su autenticidad para luego humillarlo en público.

—¿Y usted quién es? —pregunta.

El Hombre de Hojalata sonríe y lo mira con unos ojos extraños, profundos, que se mueven de un lado a otro antes de contestar.

—Digamos que soy… un curador de curadores. Ríe.

El curador lo mira con desconfianza pero algo le lleva a suponer que detrás de ese disfraz hay una historia interesante que no puede perderse. El Hombre de Hojalata comienza a canturrear la canción de Judy Garland en la película: «…somewhere over the rainbow».

—¿Cómo sé que usted no es un impostor o un estafador?, dice Lupiañez con voz taimado, mostrando que no es tonto.

—Digamos que esto es un pacto entre caballeros. Entre dos curadores. Usted el distinguido y yo, el desconocido. Me voy a casa; si le interesa, sígame.

Antes de irse, el Hombre de Hojalata saca de su bolsillo una diminuta lámina dorada —como un trozo de pan de oro para decorar retablos— y la deja sobre la barra.

—Para sellar el pacto —dice.

Lupiañez siente que no puede negarse. No hay amenaza, pero tampoco alternativa. La lámina brilla bajo la luz tenue del bar como si contuviera una promesa antigua.

Salen juntos. La noche ha cambiado. La algarabía de Halloween se ha desplazado hacia el parque o la costanera, donde los disfraces cantan y bailan hasta el amanecer. Las calles que recorren están casi vacías, como si la ciudad se hubiera retirado a observarlos desde las sombras.

Llegan a una casona. Una de esas construcciones de principios del siglo pasado, con vitrales ostentosos. Aunque algo abandonada, se mantiene en buen estado. La calle está cerca del centro, pero ya se percibe la sensación de barrio, de lugar lateral.

Entran sin dificultad. El anfitrión enciende la luz de un pasillo con mosaicos negros y blancos, ese típico ajedrezado de las casas de la alta sociedad de antaño. El ambiente es agradable. Una escalera conduce al piso superior; en un costado, un piano vertical bien cuidado descansa contra la pared. Hay partituras de obras clásicas sobre el atril. “Debe tocar”, piensa Lupiañez.

El Hombre de Hojalata lo conduce por un pasillo hasta un salón de estar amplio, que probablemente servía como comedor familiar en Año Nuevo o en cumpleaños con muchos invitados. Algunos cuadros menores cuelgan de las paredes, cubiertas por un empapelado antiguo, ligeramente desgastado en algunos rincones.

—Bien, ¿qué le parece? —dice el Hombre de Hojalata, señalando la pared del fondo.

Lupiañez se acerca. Queda boquiabierto por un instante. El silencio domina la estancia. Percibe que el disfrazado lo observa desde atrás. No puede creer lo que ve. A lo largo de su vida ha tenido sorpresas extraordinarias: cuadros que creía perdidos, obras desconocidas de autores célebres. Pero esto supera su capacidad de asombro: sobre la pared indicada no hay nada.

—¿Dónde está el panel del retablo? —pregunta, sin ocultar su decepción.

El Hombre de Hojalata se sienta en una silla desvencijada. Lo mira con absoluta tranquilidad. No hay en él maldad ni burla.

—Recuerde sus épocas de estudiante, Lupiañez… Cuando sus padres —gente de campo, de esa aristocracia rural que aún veía en un estudio un legado— le entregaron aquellos libros hermosos y pesados, con ilustraciones brillantes y reproducciones de obras que habitaban los grandes museos del mundo.

¿Lo recuerda?

La pasión con que devoraba las páginas. Las tardes enteras leyendo anécdotas, observando detalles, comparando estilos. La emoción al descubrir la vida de Miguel Ángel, de Andrea del Sarto, de Caravaggio, de Pontormo. Cada biografía era una revelación; cada imagen, una promesa.

Luego llegó la facultad. Y más tarde, los viajes: el Hermitage de San Petersburgo, con esas Madonne juveniles de Da Vinci; el Louvre, en París, y la primera vez frente a la Gioconda; el Prado, con sus sombras barrocas; los Uffizi, donde cada sala parecía un templo.

El corazón acelerado al recorrer los pasillos del Metropolitan de Nueva York. Ese vértigo de estar frente a la belleza: lo que no se puede explicar, pero existe.

Ese amor por la estética —por lo sublime— lo impulsó a construir una vida. Y también… un personaje.

Luego vinieron los reconocimientos. El éxito. Las entrevistas. Las consultas internacionales.

Y luego…

El Hombre de Hojalata se detiene. Lo mira. Lo invita a continuar con un silencio lleno de intención.

—¿Y luego? —dice Lupiañez, esperando la continuación del discurso.

—Y luego, la siesta sobre los laureles, Lupiañez. Empezó a interesarse por cada vez menos cosas. Si no le pagaban la fortuna que quería o creía merecer, no aceptaba ciertos trabajos. Comenzó a ejercer su tarea de forma mecánica, comprobando la existencia de cuadros o esculturas, pero sin el fuego que lo había movido al principio. ¿Me equivoco?

Lupiañez traga saliva y baja la cabeza. Luego mira al extraño anfitrión.

—No, Lupiañez, no. El retablo no existe. Nunca existió.

—¿Y por qué disfrazarse? ¿Por qué todo este teatro?

Detrás del disfraz y el maquillaje el personaje sonríe. Se deja sentir el aliento a hesperidina.

—Porque el arte también consiste en disfrazarse y decir alguna mentirilla. Para mí, lo que he hecho esta noche es un cuadro: un cuadro que usted necesitaba que existiese para volver a vivir. Ese cuadro imaginario también es arte, porque de algún modo nos hizo encontrarnos y le permitió imaginar, mientras llegaba, el aspecto de un retablo del siglo XV. Pero no está todo dicho ahí: el cuadro existe en su interior. Y, a veces, para mostrar lo verdadero, es necesario disfrazarse de mentira.

Lupiañez habla en voz alta, pero para sí mismo:

—Desde mi juventud me he preguntado cuál es el lugar verdadero del arte y cuál es mi función. Saberlo todo de los cuadros y sus obras a veces me lleva a un lugar anodino y desconocido. Es como si en vez de las miserias de galeristas, marchantes y curadores, el arte mismo me preguntara: ¿Dónde está el arte? Es una pregunta muy difícil de contestar…

El Hombre de Hojalata también se sumerge en un silencio introspectivo y dice a media voz:

—Está en algún lugar sobre el arcoíris.

—¿Quién eres, Hombre de Hojalata?

—Un hombre que le devolvió la alegría a alguien valioso…

El curador se queda un rato más, mirando la pared vacía. En su mente, sin saber cómo, comienza a formarse una imagen: un retablo dorado, figuras difusas, un san Mateo anciano con ojos que lo miran desde otro tiempo.

—Conserve la lámina dorada; tal vez algún día sirva para restaurar nuestro retablo.

Lupiañez sonrié. Cuando sale de la casona, la ciudad sigue disfrazada, pero él ya no.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 2 de noviembre de 2025

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