Vuelta carnero
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Los primeros días de enero llegan con juguetes nuevos: camiones de plástico, pelotas brillantes, muñecas que lloran con solo inclinarlas. Diciembre se fue en un reguero de ilusiones que, en pocos días, se diluyeron en los rostros cansados de los adultos.
Es la hora esencial de la siesta. La calle respira un silencio tan denso, que parece un mundo anterior a todas las cosas. El calor aplasta los ruidos, espesa el aire y ralentiza el tiempo. La siesta es una galaxia inmóvil: polvo en la luz dorada, sombras estáticas, respiraciones lentas. La infancia, en cambio, conserva una sabiduría antigua: sabe que la magia puede aparecer en cualquier momento.
En la vereda, los chicos juegan. Nadie intenta impedirlo; sería inútil. Corren descalzos sobre el cemento ardiente, apurados por la pelota, por la risa y por el rumor lejano del heladero. El alivio llega cuando pisan el pequeño cuadrado de césped que los salva del fuego por un momento.
La pelota rebota y su eco atraviesa el silencio de las dos de la tarde, como una antimúsica que hace visible la quietud. Mingo está en el arco y se siente héroe. Tito y Nandito imitan movimientos de jugadores famosos. Lucía corre detrás de la pelota como un destello: la luz parece rodearla. No hay reglas: solo juego.
Tito empuja a Nandito con descaro y roba la pelota en un movimiento de piernas virtuoso para la corta edad que tiene; un gesto que ya prefigura a un gran jugador. Lucía ríe, se lanza tras ella y trata de dominar el balón marrón con estrías claras, pero la pelota se escapa, rueda hacia la cuneta y se deja arrastrar por la pendiente. Lucía corre detrás, feliz, sin medir nada.
Los demás jugadores estallan en burlas y comentarios mordaces sobre las supuestas nulas dotes futbolísticas de la niña. A ella, sin embargo, las críticas parecen rozarle apenas, como si no terminaran de alcanzarla. Para Lucía, la pelota no es un objeto que deba ser empujado con destreza y elegancia hacia el arco —un arco imaginario que, precisamente por serlo, posee una magia propia—, sino un pequeño milagro que brilla bajo el sol. Le basta verla rodar para sentir que el mundo, de pronto, se vuelve un lugar más alegre.
La nena retoma la pelota y corre con pasitos desacompasados por la vereda. Por primera vez desde que comenzó la contienda, se acerca al arco. Se le llenan los ojos de alegría y patea con todas sus fuerzas. La pelota sale disparada por un costado, hacia el fondo de la calle. Los abucheos se elevan sobre el calor de las baldosas.
Entonces ocurre lo imposible.
Lucía corre detrás de la pelota, mirándola fijamente, hasta que ve un par de extrañas patas, largas y delgadas, de una bestia que nadie vio llegar al barrio.
Un dromedario está detenido en medio de la calle, bajo el inclemente sol de enero. Sobre él, un hombre de barba antigua porta sobre su cabeza una corona que cae hacia un costado, como vencida por la fatiga. Lleva una capa pesada y anacrónica y su rostro está signado por una oscura melancolía. Las cintas que adornan al animal están desteñidas por miles de veranos.
A ciencia cierta, es muy difícil saber, por la cara del animal, cuál es su estado interior. Sin tener la ciencia experta sobre camélidos, parece estar claro, sin embargo, que el dromedario está más asustado que la nena, que lo mira con la pasión que se tiene, a temprana edad, por lo truculento y desconocido.
Los chicos se quedan quietos. No hablan, no corren: son estatuas sorprendidas, sin miedo y sin explicación. Acompañan con su estupor a la niña, que continúa mirando el morro del animal, el cual ya empieza a acostumbrarse a la presencia de los pequeños.
Repentinamente, el aire cambia. La siesta da una vuelta carnero y todo es diferente: la poca sombra que cae sobre la calle le da una quietud nueva a la siesta estival.
Lucía se adelanta. Observa al dromedario como quien mira un secreto revelado. Después, sonríe, con la calma de quien entiende lo extraordinario mejor que los adultos.
—¿Vos sos un Rey Mago? —pregunta—. ¿Te perdiste? Reyes ya pasó.
El extraño jinete la mira sin sonreír, pero, sin embargo, hay algo de simpatía en esos ojos renegridos que miran desde el fondo de un desierto incógnito, perdido entre la realidad y las páginas de algún libro ominoso. Con voz profunda, pero de mediano volumen, le informa respetuosamente a la niña que no quiere escuchar hablar de esos reyes magos y que él solo es un comerciante del lejano imperio aqueménida; que no entiende por qué esos niños están solos en la calle, sin el concurso de ningún adulto.
—Pero vos parecés un rey mago —continúa Lucía, con ese tono de los niños cuando declaran una verdad indiscutible que a los adultos puede no gustarles—; tenés hasta camellito y todo.
El hombre sobre el camélido sonríe por primera vez, con una mueca ladina, de hombre hábil en las compras y ventas, en la fijación de tasas y cotizaciones, experto en contabilizar esas semillitas de un árbol llamado quilate que alguna vez se transformaron en patrón de mercadeo.
—Mi historia es una plétora de tristezas —dice el hombre del dromedario.
Lo sorprendente no es el contenido de la frase, sino el hecho de que se haga entender. Su lengua materna es otra, distante en siglos y geografías, pero, de algún modo, los chicos lo comprenden… o eso cree. Fruncen el entrecejo y se quedan con la boca abierta, desconcertados por algunas palabras que suenan viejas, como si la entidad intangible que oficia de traductor hubiera quedado detenida en tiempos del manco Cervantes o del ingenioso Lope, sin advertir que el idioma ha mutado lo suficiente en los últimos siglos.
No obstante eso —y otras cosas más—, los niños se dan cuenta de que es un hombre triste, pese a su aspecto imponente, acentuado por el hecho de tener sus posaderas sobre el lomo del camélido.
Al parecer —interpretan los niños—, los otros tres alguna vez fueron amigos suyos, pero, por alguna razón, se pelearon. Lo más triste, en realidad, no es solo eso: no fue él el único excluido, sino que hubo otros reyes menores que quedaron al margen de la empresa gloriosa de Gaspar, Melchor y Baltasar. El hombre dice llamarse Ofir y venir desde un sitio que, con el paso de los siglos, será conocido como Persia. Ofir desconoce que, algún día, hombres demasiado santos convertirán a su nación en un gobierno de semidioses hambrientos de cárcel y de sangre.
Ofir no tiene familia: la ha perdido en una guerra entre intereses mezquinos y, es así, como ha solicitado formar parte de la santa comitiva junto a los otros tres. Pero la discriminación y el desprecio que tienen los hombres por otras naciones lo han dejado de lado.
Por ese motivo —explica el frustrado rey mago—, nosotros, los peregrinos que fuimos víctimas de aquel desafuero, recorremos el mundo buscando a quienes merecen amor y paz, para ofrecérselos en cualquier momento del año. Consideramos —exclama, a modo de rebeldía, con ojos brillantes— que los niños y niñas merecen el amor durante toda su infancia y no solo cuando empieza el año para justificar los ingresos de mercachifles o el manoseo de los pobres por parte de los hombres de gobierno.
La siesta es una canción de cuna para el vecindario que, en ese momento —es tarde de sábado—, está luchando contra las pingües carnes y los vasos de cerveza que abordaron al mediodía como desquite de los sinsabores de la semana laboral. El asunto es que, del mundo de los coherentes y racionales adultos, no hay representantes ni testigos de la escena.
La niña se queda estática durante unos segundos mientras los compañeritos recuperan la movilidad. Ofir la mira fijamente, mueve las manos sujetando las riendas del dromedario y parece desprenderse un aroma a especias de todas las tierras que ha visitado: el penetrante comino, el agradable orégano, la música noble del estragón y la siempre petulante albahaca. El mago reúne en sí mismo todas las historias que alguna vez se han contado de mercaderes y viajeros en las largas caravanas del desierto.
Hay algo que no puede establecerse en forma definida, pero este rey, en sus innumerables viajes, ha percibido algo acerca de esta escena que está viviendo en este momento. No sabe nada de este país que lo recibe a esta hora de riguroso verano ni tampoco quiénes son los niños. Pero hay algo ancestral que lo une con la pequeña Lucía. Tal vez un sueño le habló de ella alguna noche, mientras cabeceaba junto a una fogata.
Lucía se acerca al hombre, que hace arrodillar al dromedario para poder bajar de su montura. Con gesto ampuloso, se arregla la capa y se agacha a escuchar la petición de la niña. Lucía balbucea unos sonidos agudos en el oído del hombre, tapándose la boca con la mano para evitar que sus compañeros escuchen. La gracia solicitada es concedida.
Ofir se incorpora, asiente con solemnidad y vuelve a montar el animal. Dobla la esquina y desaparece de la visión del grupo. Los chicos corren para saludarlo una vez más, pero al llegar al cruce de calles no ven a nadie. Se ha ido.
A pesar del asombro por el episodio feérico, los tres nenes y Lucía retoman el juego de pelota, olvidado por un momento. Luego de unos minutos, un penal favorece al equipo imaginario de Lucía, que es la elegida para ejecutarlo. Mingo se apronta con gestos exagerados, remedos de los arqueros de la televisión.
Lucía se planta delante de la pelota y toma una coqueta carrerita para patear el penal más brillante de toda su vida. Mingo queda tirado en la vereda, mirando la pelota certera que vuelve rebotando desde la pared, mientras Lucía se entrega a una danza frenética con los brazos en alto. La melenita se le despeina en formas extrañas, como si un viento desértico soplara en la calle desde detrás del arco.
Aunque los libros de los sabios no lo digan, los milagros prefieren la siesta.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 9 de noviembre de 2025
