Esp

Edición limitada

A admin
26 de noviembre, 2025

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

Nunca se sabe el porqué de los encuentros. Coincidencias que carecen de sustento y que, sin embargo, llevan a las personas a construir amistades o enemistades. A veces alguien cree conocer el argumento de su propia vida, aunque en realidad es solo un personaje de una historia que morirá sin conocer. Lo que hace, siente o deja de hacer es la obra de una entidad desconocida. Llámenla hado, demiurgo o como sea. Poco importa.

La ciudad es pequeña, antigua, con caserones de principio de siglo, aunque bien mantenidos. Las veredas muestran un paño verde que, con la tremenda sequía de los últimos meses, se reduce a un cuadrado de tierra salpicado de matojos amarillos. Se anuncia una gran tormenta para la tarde —escuchó en el hotel—.

La librería está vacía. Un joven ordena libros; se detiene un instante y lo saluda con un “buenos días” jovial. Le llama la atención: esperaba la circunspección habitual de los libreros. Quizá sea un prejuicio, pero con los años ha aprendido que los vendedores de libros poseen un ángel difícil de percibir a la primera. A veces se necesitan años para conocer siquiera una parte del alma de uno de ellos.

El muchacho tiene un rostro extraño, lobuno. Sus brazos esbeltos se mueven con precisión coreográfica y su cuerpo flaco parece ocultar una fuerza de otro mundo.

Nunca ha estado en esta librería. Es de otra ciudad y está aquí solo de paso, asistiendo a un congreso donde expone algo sin importancia y escucha cosas que tampoco la tienen. El mundo académico le parece una convención de frustrados que pretenden ser interesantes.

La librería está ordenada y limpia, pero hay un olor extraño, como de abandono, que se infiltra entre los estantes. Los lomos de los libros relucen con un brillo que no parece provenir únicamente del cartón plastificado, sino de una luz particular, de tinte ominoso, como si cada volumen guardara algo que no pertenece del todo a este mundo. Aun así, como buen lector, siente algo especial al entrar en un espacio así. Desde niño se acostumbró a concebir a las librerías y bibliotecas como templos del conocimiento. Con el devenir de la informática y las tecnologías modernas, muchos cambian de opinión, creyendo que el conocimiento puede existir en un éter incorpóreo que prescinde del papel. Allá ellos.

El empleado se acerca con respeto y una gracia ridícula. Parece un bailarín de ballet en un escenario. Sus movimientos ampulosos acomodan los libros con una precisión que roza lo imposible, como si los libros se acomodaran solos. Sin dejar de trabajar, le pregunta qué busca.

Con una sonrisa mínima responde que solo está mirando. Comienza a sentirse incómodo. La actitud del joven tiene algo de grosería velada, con una mueca que lo desafía.

Mirar libros es como mirar un sueño momentáneamente quieto —espeta el muchacho, como si recitara de memoria, con una voz filosa que hace vibrar el aire—. Tal vez la existencia perfecta sea un equilibrio entre los refinamientos del intelecto y el barro del mundo.

Ríe con una carcajada que rompe la serenidad de la estancia… ¿por qué dice eso?

Me llamo barro aunque Miguel me llame.

Barro es mi profesión y mi destino

que mancha con su lengua cuanto lame.

Soy un triste instrumento del camino.

Soy una lengua dulcemente infame

a los pies que idolatro desplegada.

Los versos surgen desde algún rincón de su mente, sin que pueda recordar cuándo los leyó por primera vez. No es un hombre de poesía, pero reconoce que hay textos capaces de dejar una huella imposible de borrar.

Vuelve a la realidad. El joven sigue sonriendo. La librería es, en verdad, una vieja casona refaccionada con primor. En la parte trasera, un antiguo mueble de madera acoge libros de arte y fotografía, en grandes formatos, con tapas donde desfilan los grandes pintores y escultores de la historia.

Piensa en los años dedicados a estudiar, viajar, indagar, escribir… Algunas obras han tenido buena aceptación, aunque en círculos reducidos. Sin embargo, siente que recién ahora, pasada su madurez, trabaja en lo que será el único texto que realmente valga la pena. Este congreso no hace más que distraerlo. No ve la hora de hundirse en su sillón y continuar dando forma a su sueño.

Una primera gota —casi una entidad arcana— golpea la vidriera. Ploc. Es la esencia misma de la lluvia. A esa primera le sigue otra, más intensa. Luego, el torrente ensordece el lugar. Una gran tormenta. El pequeño cuadrado de tierra de la vereda se oscurece; se forma un lodo incipiente donde los globitos de aire presagian lluvia hasta la noche.

Barro en vano me invisto de amapola,

barro en vano vertiendo voy mis brazos…

Mientras revisa los estantes, encuentra su primera obra, publicada hace ya veintitantos años. La sonrisa y el ardor en los pómulos lo delatan. Una obra primeriza, con errores mínimos, pero útil para quienes comienzan en el tema. La vida da sorpresas.

El dependiente bailarín se acerca por detrás y mira el libro por encima de su hombro.

—Parece interesante, ¿no? Sin embargo, la gente lo ve y lo desecha al instante.

Ríe. Ríe entre dientes. Risa satánica. Odiosa. Demoníaca.

Siente un frío interno e intenta ignorarlo. Pero el joven deja de danzar, lo mira fijo, con la sonrisa todavía prendida en el rostro.

—No te preocupes, era solo tu primer libro —dice el muchacho.

El pasmo lo deja paralizado: cada idea se dispersa antes de tomar forma. Piensa que quizá sea una burla de colegas inescrupulosos. No acierta a hablar. Una transpiración fría le recorre las sienes; el corazón, desbocado.

—Con el tiempo, las cosas se perfeccionan. Por ejemplo, este otro de aquí —dice, tomando un libro de una mesa—. Está mucho, mucho mejor. Has aprendido, diablito.

Acerca la tapa a sus ojos, casi hasta rozarlos. ¡Es el título que había elegido para el libro que aún escribe y que no ha revelado a nadie!

—Claro que el costo de esta gran obra es elevado, diablito —sonríe, con un filo en la voz—.

Merecías quedarte solo.

Abandonaste a tu novia con arrogancia.

Dejaste a tus padres en un hogar.

Despreciaste a tus vecinos por poner la música un poco alta.

¿Te parece que esta obra vale todo eso, gusano?

—¿Sabés lo que has sido, diablito? —susurra, incisivo—.

Un error. Una desgraciada malinterpretación del código universal. Eres una lágrima. Un intelectualoide incapaz de arreglar un desperfecto eléctrico. Nunca aprendiste siquiera a barrer o lavar los platos; siempre leyendo o escribiendo.

—Un ser humano puede encender fuego y generar arte. Vos nunca prendiste un miserable hato de leña para asar un pedazo de costilla, la comida preferida de tu madre. Y tu arte… lamentable: citas, repeticiones, palabrería vacía. Brillar solo donde tus pares te lo permiten.

Eres un bufón del “Control C–Control V”.

Su mirada permanece inmóvil. Cada palabra, un martillo. El corazón, desbocado. La lluvia golpeando la vidriera marca el ritmo de cada frase. Una pesadilla de la que no puede escapar. Es cierto: su vida intelectual fue un paréntesis sin acción, un vicio de palabras huecas.

—Decidí ahora —sentencia el librero, firme, implacable—: ¿volver al barro primordial o seguir cargando el peso de la existencia por muchos, muchos años más?

La frustración lo invade, rígida, disciplinaria. No podrá soportar por mucho más tiempo las verdades de ese demonio ridículo y truhan.

***

La policía, con impermeables amarillos, rodea el cuerpo que yace en la vereda, la cara hundida en el barro del pequeño rectángulo. La lluvia no ha cesado en horas. Nadie dio aviso antes. La casa está deshabitada: una librería cerrada hace más de veinte años.

La cinta plástica blanca y roja, sujeta con ramitas, delimita un cuadro alrededor del hombre que abraza la única edición de un libro que nadie leerá jamás. Sería desestimado como prueba por la justicia: murió de un infarto.

Teme un asalto de ofendida espuma

y teme un amoroso cataclismo.

Antes que la sequía lo consuma

el barro ha de volverte de lo mismo.

Dicen que va a llover tres días.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 26 de noviembre de 2025

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.