Pensando en Betty

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

¿Escuchás?

Sí, sí, estoy seguro de que escuchás. Aunque la soledad de la calle parezca marcar una ausencia absoluta de sonido, algo siempre se oye: el corazón, los pasos, algún pájaro que insiste.

No. No es nada de eso.

Es Dios el que está hablando.

¿Pero de qué habla? ¿Y desde dónde?

Tal vez la historia trate precisamente de eso. No sé bien cómo se llegó hasta aquí. No creo que nadie lo sepa. Basta con mirar una pared durante un rato para entender que todo evoluciona lentamente. Nos enseñaron que el mundo es estático, que después de hoy viene mañana, y después otro mañana, y que las cosas simplemente pasan. Creo que fue un filósofo escocés —o algo así— el que dijo que estamos acostumbrados a que las cosas pasen y, por eso, las aceptamos.

Pero a veces no pasan.

O aparecen donde no deberían.

Nunca creí en nada.

Humanas. ¿Soy humano?

No lo sé. Sé que no sé. Queremos aprender demasiado en una vida breve, cubierta de urgencias, de carencias, de lo mínimo necesario para sobrevivir.

¿Se entiende?

Al lado de casa está la carpintería. El carpintero es un tipo macanudo, piola; hacemos chistes. Siempre me pregunta por qué no tengo novia. No sé qué decirle. Peor es el hijo de él, que nació medio raro. Es como que le falta algo, no sé bien cómo decirlo. Pero la pasamos bien entre los tres.

El sol entra un poco por la puerta de la iglesia en esta tarde canicular de principios de año. No sé para qué los comercios insisten con Papá Noel, con este calor, en estas latitudes. Estamos sentados en uno de esos bancos típicos de las catedrales de por acá. Y cuando digo “por acá” hablo de estas dimensiones extrañas, espacio-temporales, en las que vivimos. ¿Por qué pienso cualquier cosa?

Los oropeles del templo pesan sobre los feligreses, que están todos distraídos. Los santos y las beatas, con las manos unidas y las marcas del martirio, nos miran desde lo alto.

Levanto la vista otra vez.

¿Quién es ese que está con el rostro detenido en un sufrimiento extremo?

¿No es este el hijo del carpintero?

—¿No es este el hijo del carpintero? —dice el cura.

No.

Papá era empleado de correos.

Extraño a mi madre y a los perros del patio. La casa pequeña del barrio alejado del centro, la malla metálica, el jardín de rosas y las plantas que la abuela usaba para curarnos los dolores. Patios de tanos que creían poder reconstruir, en un barrio de ciudad, la huerta perdida en Italia a la que no volverían nunca.

Nadie es nadie. Y si nos reconocen, es por lo malo, por lo que no deja buena imagen.

—¿Qué es lo que querés? —me dice de pronto, cuando paso por la puerta de la casa.

La vereda húmeda se seca al sol de la mañana. Seguro es sábado: el día en que está permitido lavar la vereda en esta ciudad. Vestís ese buzo marrón que te vuelve chica-chico, mezcla primordial, anterior a las divisiones en especies, géneros y familias. Te movés con ese paso que te pertenece y, desde la vereda de enfrente, te sigo: primero con la mirada; después, cuando estás más lejos y no podés verme, camino despacio, midiendo la distancia. A veces me acerco demasiado y te siento respirar.

Tu respiración no es humana del todo. Está hecha de escamas de dinosaurio, de un resto antiguo que todavía insiste. Tu pelo guarda proteínas de una rana ancestral que alguna vez fue polvo de estrella. Nada es lo que parece, ¿lo sabías? Vivimos en un mundo de superficies: cada uno ensaya una forma, un gesto, una máscara. Para algunos eso es triste. Para otros no. ¿Para vos que es, Betty?

No sabemos aún si somos reptiles evolucionados que un día salimos del agua sin motivo, si fue un error o un impulso ciego. Miles de millones de años viviendo sumergidos, absorbiendo el mundo por todos los poros, en una felicidad sin preguntas. Pero no alcanza. No podés quedarte para siempre en un charco, en una marisma. Hay una ley que empuja hacia adelante. Después vendrían otras: estudiar, tener, acumular, volverse alguien.

Mucho antes de todo eso hubo una primera ambición. Y fue salir. Primero una aleta. Después la otra. Millones de intentos fallidos, cuerpos atrapados en fauces ajenas, restos sin nombre. Hasta que uno logró afirmarse en tierra y siguió, torpe, hacia adelante. Sus nietos caminaron mejor. Sus bisnietos, con gracia.

Como vos, Betty.

Como vos cuando hacés gimnasia detrás del vidrio y yo te miro hasta que lo advertís. Hay un instante —breve— en que todavía no sabés si salirte del cuadro, si seguir, o si hacer como si nada. Después, las otras chicas corren las cortinas.

¿Por qué estar separados, Betty?

Vos, la de la casa de la esquina, junto a la panadería. La que lava la vereda porque es sábado a la mañana y así se hace. Yo, del otro lado, aprendiendo tarde a sostenerme fuera del agua.

A veces el deseo se me vuelve pez. Ese mismo que alguna vez se animó a salir del lago primordial y arrastrarse como pudo. Tal vez lo único que me falta sea eso: abandonar el charco, empezar a reptar hacia vos, sin saber si el cuerpo alcanza. Avanzar guiado apenas por tu presencia detrás del vidrio. Si las cortinas se cierran, no hay camino.

Necesito que sigas ahí. No para alcanzarte sino para no perder la dirección.

Te espero medio escondido en la esquina, entre unas plantas de tuna que me pinchan. Soy torpe hasta para pasar de incógnito. No sé qué es lo que me pasa con vos, Betty, mi extraña amiga que no me ve. No sé si salir del escondite para decirte algo. Para mirarte esa cara de Betty Boop, ese dibujito que tanto le gustaba a mi abuelo cuando lo miraba en el viejo televisor en blanco y negro. Desde que te conozco te veo así: una imagen que da una sensación de perfección, de impoluto.

No sé qué es más doloroso, si tu desprecio, Betty, o estas espinas de tuna donde me he metido, que me agreden como una corona de espinas, como la que tiene el hombre en la iglesia y que me mira desde arriba con cara de sufrimiento.

Pasás, pasás cerca mío, con un suave olor a transpiración, con las chicas del gimnasio. Sé que me ves y no me ves, que soy y no soy. Es así. Los pasos de tus dos compañeras hacen una especie de concierto: suenan desparejos, porque el cansancio ha desacompasado la forma de caminar.Te miro y, en un instante, una de tus amigas cruza los ojos conmigo, te agarra del brazo; apuran el paso y el ritmo, de pronto, se vuelve más armonioso en la huida.

Escucho el cuchicheo, la preocupación. Apenas se vuelven para verme en mi escondite. Te dejo que te esfumes. Que te vayas.

Y entonces dejo que todo se mueva como en un río picado que se lleva todo por delante, y el torrente de imágenes se va sucediendo en mi cabeza una tras otra, ya así, apenas presintiendo el abandono constante, el dejar pasar de mi vida, y las voces que se elevan apenas, agudas, que comentan que no te preocupes, Betty, que solo soy el hijo del carpintero.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 10 de enero de 2026

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