Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Dudo por un instante, pero sé que debo buscar la fuerza en algún lugar. El ritual no está del lado del Dios de las catedrales ni del de los hombres fieles al credo de Roma. Los dioses no son uno. O, si lo son, tal vez esa unidad no sea más que una síntesis tardía, un nombre impuesto para reunir presencias más antiguas y arcanas que nunca aceptaron del todo ser borradas. Son ellas —me dicen— las que habrán de protegerme en mi empresa.
En vano la ciudad santa ha bregado por extinguir los vestigios de nuestro verdadero credo: el pueblo es más fuerte que las escrituras cuando así lo desea. La fe que arde bajo el roble no necesita pergaminos ni sellos: vive en la savia que asciende, en el humo que se dispersa, en la memoria transmitida de boca en boca, de padre a hijo, de anciana a nieto, en noches donde el frío obliga a reunirse cerca del fuego.
Partiré en busca del dragón. Algo aguarda más allá del sendero, en un pliegue del mundo que ningún monje ha sabido nombrar ni dibujar en esos extraños pedazos de tela y cuero donde figuran las naciones y, a la vez, no figuran.
El cántico de los sacerdotes se eleva entre las hojas del roble, árbol que guarda la historia de los padres de los padres de las mujeres y hombres que ahora alzan su salmodia hacia el cielo y la bajan hacia la tierra. Nos han enseñado, de manera equívoca, que las deidades angelicales que pueblan la corte de Dios habitan en las alturas. Olvidan —o eligen ignorar— que la fuerza creadora se esconde también en el suelo: esa entidad aparentemente quieta y silenciosa que sostiene la existencia de todos nosotros.
¿Acaso no habéis contemplado el movimiento vivaz de las lombrices en la primavera? ¿O los cercos circulares de setas que brotan de la nada los días posteriores a la lluvia? El suelo es la vida que nos sustenta, y nosotros somos ese barro que, por gracia de los arcanos, ha desarrollado miembros para caminar, labrar y empuñar la espada. Como la que sostengo ahora entre mis manos, y cuyo destino —me lo han ordenado— es el corazón del dragón.
La mañana comienza a desentronar a las estrellas. El rosa se entromete entre los troncos negros de hayas y encinas, antiguos soberanos del bosque, seres capaces de plantear interrogantes a quienes saben escucharlos. Por más esfuerzo que hago, comprendo que no estoy entre los elegidos. Hablar la lengua de los árboles exige una predisposición ajena a los hombres de armas.
He sido formado en la defensa y en el ataque. Mis fintas y estocadas son mis únicas letras: un tosco abecé con el que se mantienen en su sitio los límites del señor y, cuando es necesario, se los empuja un poco más allá. La voluntad del Mal, que ejerce su poder de múltiples formas y apariencias, me indujo a cometer un error. Un desencuentro, acicateado por la bebida, me llevó a un derramamiento de sangre vano. Mi nobleza y prestigio evitaron el cadalso, pero se me apremió a lavar mi culpa a través de una ordalía. Debo matar al dragón que asola la comarca.
Después de horas de avanzar, percibo entre los matorrales la forma inequívoca de una abertura. La caverna se abre ante mí, ominosa, como una boca gigantesca desprovista de dientes, dispuesta a engullirlo todo. En su interior debería latir el órgano vital del ser maligno al que me ha sido dado borrar de la faz de la tierra.
Nadie ha visto jamás un dragón cara a cara. Las historias hablan apenas de visiones fugitivas: cuerpos escamados y desmesurados, alas capaces de oscurecer el cielo, fauces que devoran a un hombre de un solo bocado. En los montes vecinos, los restos de árboles calcinados delatan la presencia de una criatura que quema con el aliento, que proyecta llamas devastadoras por orificios nasales que nadie ha sabido describir con precisión.
El dragón existe, sobre todo, como una construcción de la mente: un ensamblaje de fragmentos, de relatos incompletos, de descripciones imprecisas ofrecidas por testigos que nunca lo vieron. Cada cual aporta un rasgo, una exageración, un miedo. Y, sin embargo, aunque nadie pueda decir cómo es, el dragón está ahí, firme y compartido, habitando la imaginación de todos.
El interior de la caverna muta, de pronto, en un paisaje extraño. Construcciones monumentales yacen derruidas, cubiertas por malezas y arbustos. Hace años —tal vez siglos— que ese territorio ha sido abandonado, despojado de toda presencia humana. No hay dragón ni nada que se le parezca. Todo es radicalmente distinto de lo que había imaginado en sueños.
Los pasos suenan apagados en el interior de la caverna, que se ha transformado repentinamente en un recinto sagrado, un templo regido por espíritus y bajo la advocación de mi inquietud.
No temo al dragón: me temo a mí mismo.
Sé —no puedo decir por qué— que estoy acercándome al interior más profundo de la cueva, el lugar donde se esconde la bestia que ha atacado durante los últimos meses las inmediaciones del reino y del castillo.
He oído demasiadas versiones para creer en alguna: cada relato anula al anterior y todos, juntos, me han dejado sin imagen posible, solo con una inquietud que crece a cada paso.
La cueva se estrecha bruscamente y debo avanzar casi de costado. No entiendo cómo puede salir por aquí un monstruo tan grande como, algunos, dicen que es el dragón.
Avanzo a paso lento, sintiendo entre las manos enguantadas el peso del mandoble. En medio del paisaje, un objeto de forma regular, de bordes rectos, emite un sonido que, al acercarme, se resuelve en una voz humana atravesada por una felicidad inexplicable. Es una música distinta de cualquiera que haya oído en los salones de un castillo o en gestas festivas.
Don’t worry about a thing
’Cause every little thing
gonna be all right.
Rise up this morning
smiled with the rising sun
three little birds
pitched by my doorstep
singing sweet songs
of melodies pure and true
this is my message to you.
Me detengo. Escucho.
El objeto, visto de cerca, revela un sinnúmero de detalles incomprensibles. Desde algunos puntos de su superficie brotan luces de colores que se encienden y se apagan, como fogatas de vivaque vistas a la distancia, en un campamento enemigo durante la noche.
Entonces lo percibo.
Un individuo se acerca a paso calmo, casi animal, desprovisto de armas. Viste prendas extrañas, desconocidas para mí. Su piel es oscura y el blanco de los ojos brilla por contraste, otorgándole a su silueta el aspecto de un ser surgido de otro mundo.
No comprendo de dónde puede haber salido alguien así, en medio de esta desolación, en un paisaje donde el abandono ha vencido a todo orden.
Al aproximarse, distingo su cabeza cubierta por un extraño aderezo: cabellos divididos en mechones compactos, retorcidos y densos, más trabajados por el tiempo que por la mano. Una barba áspera, rala y puntiaguda le enmarca el rostro.
Me mira con ojos turbios, tal vez de cansancio, tal vez porque mira con el alma. Hay en él una seriedad introspectiva que me sume en una confusión que jamás he experimentado.
—Pides algo equivocado. Buscas sangre de dragón para redimirte… y la tierra no siempre pide sangre para dar vida.
La voz es apenas un susurro, pero me transmite una paz irreal. Estoy acostumbrado a las voces de mando, a los gritos en el campo de batalla, a los aullidos de los soldados que caen desmembrados sobre la tierra y entregan su alma al cielo —si es que existe tal cosa— por causas que no terminan de comprender.
Mi mundo es un mundo recio, donde la nobleza da órdenes sin esperar contradicciones, sino respuestas rápidas: atacar ciudades, quemar castillos, matar.
—No hay dragones. Solo debes buscar aquello que se oculta en tu interior. No te has dado la oportunidad de recorrer tu alma, de entrar en todas las habitaciones que alberga tu cuerpo. Por más armado que estés, y aunque tu valentía sea única, nada de eso te servirá aquí: no hallarás ningún dragón.
La tranquilidad de este hombre me pone incómodo. No parece preocuparse por nada y habla con una seguridad que avalan seres deíficos. Los bucles de su cabello enmarcan un rostro flaco y anguloso, que mira hacia el cielo y luego a la tierra mientras habla.
Nunca he visto a alguien así: con aspecto de demonio y voz de ángel.
—¿Has buscado la cara en la luna? No espero tu respuesta: sé que lo has hecho y que la has encontrado. Sin embargo, no hay ninguna cara en el astro. Pero tú puedes asegurarme que la ves, ¿no es verdad?
Sucede que cada uno de nosotros lleva una cara íntima y particular, que ve reflejada en el disco plateado del cielo. Todos los que creyeron ver a la abominación te dieron una descripción diferente: hablaban, en realidad, de su propio dragón, de su miedo, de su inseguridad.
—El dragón que buscas es la sangre que derramaste en vano. Protege a los deudos de tu muerto, compórtate como el ser que siempre deberías haber sido y no volverá a aparecer.
El hombre del cabello extraño agacha la cabeza un instante, como el Salvador en su martirio. Luego la levanta y me mira. Un gesto indefinido —una sonrisa que no llega a resolverse— acompaña la profundidad de sus ojos.
—Los poderosos que hicieron esto —dice, señalando las construcciones derruidas con un gesto ampuloso, teatral— vieron demasiados dragones.
Da media vuelta y desaparece entre las ruinas.
La luz rosada entre los robles me indica que ha pasado un día entero. El paisaje se transfigura en el bosque.
Regreso entre los árboles, que parecen susurrarme historias que aún no he vivido. Tres pajarillos cantan en una rama.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 24 de enero de 2026
