Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
El canto del zorzal, posado sobre el tapial de ladrillos vistos, es una imagen sin tiempo. Un sonido que no pertenece a ninguna época. La mujer sentada en el sillón de mimbre parece tan antigua como la casa que ha visto pasar generaciones de tardes y puestas de sol. Es una ciudad pequeña, del interior, de esas que fueron construidas como si el tiempo no fuera un problema.
El rojo del atardecer incendia los árboles del fondo. La cuerda de la ropa corta el oeste como una línea trazada a mano, y las camisetas parecen absorber entre sus fibras el canto del pájaro, como si la tela también pudiera guardar memoria.
¿Conocerán allá el placer de salir todas las tardes a escuchar un zorzal? No hay que pagar entrada ni reproducir una grabación. Está aquí, ahora, irrepetible. El canto es exactamente este canto, en este instante. Hay quienes no logran entenderlo. Tal vez esperan que el sentido venga empaquetado.
La otra mujer se acerca desde atrás con un termo y un mate gastado por el uso. Ceba despacio, con una precisión casi ceremonial.
—Canta lindo —dice.
Nada más. No hace falta.
Los años han vuelto innecesarias muchas palabras. La mujer del sillón escucha concentrada, perdida en un territorio al que nadie más tiene acceso. El mundo ha avanzado, la tecnología ha hecho milagros, pero la ancianidad sigue siendo un misterio. Nadie sabe dónde está una mente que ha vivido tanto.
—¿Y el Carlitos? —pregunta con voz aniñada.
No busca respuesta. Nombra para sostener. Nombra para traer al presente.
La mujer baja la vista al mate. Decir la verdad es lo mismo que mentir. El pasado y el presente se trenzan sin concesiones en la cabeza de la anciana. La vejez es eso: intentar quedarse en un ahora que se desarma.
—Carlitos no está. Se fue. Pero manda saludos como siempre.
—¿Adónde se fue?
La mujer levanta la vista hacia el horizonte, detrás del tapial bajo. Repite lo que viene repitiendo cada tarde.
—A Marte se fue.
Y más bajo:
—A Marte.
El zorzal vuelve a cantar.
La anciana sonríe apenas, como si reconociera algo.
—Canta lindo —repite la mujer del mate, casi en un susurro.
Las hojas secas del patio se mueven con una brisa leve. El rojo del cielo se apaga lentamente. Todo parece en su lugar.
En algún punto, muy lejos de ese patio, alguien mira un horizonte de polvo rojizo que se parece demasiado a este. Y quizás, por un instante, escucha también un pájaro que no está allí.
Pero en esta casa, cada tarde, Carlitos se ha ido a Marte. Y eso basta.
El mensaje llega siempre con demora. No es mucho: unos minutos que el espacio impone como recordatorio de su distancia. La mujer lo descarga en la tableta y lo deja guardado hasta la tarde.
—Hoy mandó saludos —dice, como si fuera una carta traída por el cartero.
La anciana no entiende de órbitas ni de desfases temporales. Para ella, la voz que suena es simplemente la de Carlitos, un poco más metálica, pero intacta. Es el mismo canto del niño corriendo con los brazos abiertos por el césped del fondo, en un lejano febrero, mientras la tarde cae sobre la ciudad y la casa. Esa tarde Carlitos le regaló a la nona su manito estampada con témpera roja sobre un papel.
En la pantalla, detrás de él, el horizonte rojizo parece un atardecer sin árboles, un paisaje que muestra nuestro planeta en una época pretérita. Viajar al espacio es retroceder o adelantarse en nuestro concepto del tiempo. Carlitos sonríe con esa misma inclinación leve de la cabeza que tenía de chico.
—Abuela, acá también hay viento —dice.
El audio es al principio apenas audible. La señal tarda en estabilizarse.
La anciana acerca la cara a la pantalla como si pudiera tocarlo. No pregunta cómo respira ni qué come. Solo lo mira.
—¡Mirá al Carlitos qué grande que está! ¿No estás incómodo ahí encerrado, mijito?
El audio devuelve una frase en tono cariñoso y una risa que encuentra su eco en los ojos de la anciana. Hay una gran distancia y una cercanía inexplicable.
Después el mensaje termina. Siempre termina. La mujer llora como siempre, con un quejido bajito.
—El Carlitos, la manito roja del Carlitos…
La mujer del mate apaga la tableta y el zorzal canta desde el tapial.
Durante un segundo, nadie sabe cuál de los dos mundos es el más lejano.
Carlitos se queda contemplando a Fobos, el satélite diminuto que cruza lentamente el campo de la pantalla. Lo observa crecer y achicarse según el ángulo, como si su presencia dependiera del punto de vista. Hay un orden estricto en todo el protocolo del viaje, pero ese momento le pertenece.
Desde el espacio reducido de la sala de mandos graba un mensaje breve. Dice que está bien. Dice que todo funciona como estaba previsto. No dice cuánto pesa el silencio ni cuán lejos queda ahora cualquier gesto cotidiano. Le basta con nombrar lo esencial.
Sabe que la señal tardará. Catorce minutos, a veces un poco más. El espacio no admite apuros. Le resulta extraño pensar que, cuando su voz llegue, allá será otra hora, otro color del cielo. Tal vez el sol esté cayendo detrás de un tapial bajo. Tal vez alguien esté cebando un mate y mirando las estrellas que empiezan a aparecer en el cielo.
Antes de enviar el mensaje, mira una vez más el paisaje rojizo. El polvo suspendido, la luz oblicua, la sensación de un atardecer que se parece demasiado a los de la Tierra. No hay pájaros. No hay sonido. Sin embargo, en algún lugar de su memoria, un canto insiste.
Envía el mensaje.
Después apaga la pantalla y se queda quieto, flotando apenas, como si escuchara algo que no está allí.
Sabe —no sabe cómo— que dentro de unos minutos, en un patio del interior, un zorzal va a cantar.
Ese pájaro cantó la tarde en que un niño, al cuidado de su abuela, vio en una enciclopedia una foto de la superficie roja de Marte. Tomó el pomo de témpera roja y lo vació entero en su mano izquierda y la estampó en una boleta de la luz. Se lo mostró a la abuela y le dijo:
—Cuando sea grande voy a ir a Marte.
En ese mismo lugar, alguien recuerda algo que no vivió, pero que siente como propio.
Y en otro, muy lejos, el polvo rojizo se mueve en torbellinos bajo una luz oblicua de un atardecer marciano.
El zorzal canta.
Eso basta.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 15 de febrero de 2026
