Todo el cielo sobre Doris
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Bien, entonces, lo único que hay que hacer es terminar de prepararse, subir a escena y hacer lo que uno siempre sabe hacer.
Siempre me han repetido lo mismo: que mi destino es dar la nota. Nunca entendí del todo por qué la gente es así. Muchos de esos pensamientos nacieron en mi propia familia. Porque, aunque ustedes no lo crean, el hogar es un lugar de contención y de amor… pero también el sitio donde se dirimen ciertas cuestiones que —en fin— preferiría no mencionar.
Por ahora solo me queda seguir avanzando por el pasillo húmedo y algo despintado. Nada que ver conmigo, que estoy perfectamente maquillada, como todas las noches. Camino hacia la pequeña escalerita que conduce al escenario. En unos minutos subiré e intentaré demostrar que mis habilidades son dignas del nombre que me he forjado en los últimos tiempos.
A veces me pregunto si ese espacio es realmente un lugar especial o si no es más que un simple tablado de madera, con cortinajes, luces y un maestro de ceremonias que presenta a cada una de nosotras.
¿Y qué soy yo exactamente? Vaya uno a saberlo. Tal vez no tenga demasiada importancia hablar de eso ahora. Empecé en esto porque amo el firmamento. Siempre sentí que la música y la actuación son manifestaciones que vienen de allá arriba.
¿Sabían que en China llamaban al emperador el Hijo del Cielo? Era uno de sus títulos más importantes. Creían que solo alguien con un origen celestial podía poseer la sabiduría necesaria para gobernar. A mí me ocurre algo parecido. Siento que todo lo que hago, todo lo que digo, todo mi arte proviene de otro lugar. Porque cuesta creer que, en un cuerpo como el mío y en una vida tan dura, pueda existir siquiera un poco de belleza.
Pero entiéndanlo bien: uno no se dedica al arte solamente porque este dé sentido a la existencia, como suelen decir los intelectuales. Yo siempre fui una trabajadora. He tenido que hacer esto para sobrevivir, para poder comer. Miren mi bife, mi puré, mi vaso de vino. Todo eso lo he conseguido haciendo lo que voy a realizar esta noche.
He sido, de alguna manera, una dama de la noche. Qué cosa curiosa, ¿no? Existe una flor que tiene ese nombre: la dama de la noche. Una vez me lo comentó un amigo que estudiaba agronomía o botánica. La llaman así porque abre su corola al caer la tarde. Y, pensándolo bien, mi vida se parece bastante a eso: una persona que florece cuando cae el sol.
Tal vez por eso, en mi condición de flor nocturna, empecé a interesarme —en mis ratos libres, después de desmaquillarme en el camarín— por la astronomía. Fue una noche, hace ya algún tiempo. No recuerdo cuánto. Había tenido una presentación mejor que de costumbre. La gente aplaudía y yo me sentía espléndida.
Por primera vez percibí las miradas de las personas de la primera fila. Me devoraban con los ojos. Miraban mis piernas, mis brazos, mis uñas pintadas, mi maquillaje estrambótico pero delicado, la peluca, las plumas de mi boa. Y sentí, por primera vez, que no era simplemente una diva de tarima. Que había algo más… algo, cómo decirlo… cósmico.
Volví a mi improvisado camarín. Apenas una pieza con una mesa, una silla y un espejo que, como estarán imaginando, estaba sucio y descascarado. Y entendí que debía haber algo más allá de todo aquello. Mi vida no podía ser una tragedia eterna. No podía ser únicamente la historia de alguien que sobrevive haciendo esto.
Entonces pensé en voz alta: —¿Qué has hecho de mí, cielo? ¿Por qué no puedo ser yo también una hija de las estrellas?
Salí al patio trasero. No era realmente un patio: apenas un espacio con algunas baldosas rotas. Levanté la vista. Allí estaban las Tres Marías y también los Siete Cabritos. Era verano; por eso esas constelaciones brillaban sobre mi cabeza. Habían sido las primeras que aprendí de niño. Y, para qué seguir mintiendo, también eran las únicas que conocía.
Después de esa noche, cada vez que el firmamento estaba despejado y terminaba mi actuación, empecé poco a poco a entrometerme en las cuestiones del mundo celestial. En la terminal de ómnibus compré un pequeño manual de introducción a la astronomía. Tenía una carta celeste en una de sus páginas. Ni siquiera sabía qué era eso.
Con un esfuerzo casi sobrehumano —casi divino— empecé a entender aquellas cartas. Aprendí a ubicar nombres, posiciones, estrellas y constelaciones. ¿Han oído hablar de Orión? Alberga una de las nebulosas más deslumbrantes que pueden observarse. ¿Y de Centauro? En esa región se encuentra uno de los cúmulos estelares más hermosos que existen.
Seguí con mi vida de cantante, pero poco a poco comprendí algo extraño: muchas de las cosas que estaban allá arriba parecían formar parte de mí… y yo, en cambio, era apenas una entrometida en su mundo. Al poco tiempo llegaron los binoculares. Y luego, casi sin darme cuenta, todo aquello se transformó en mi vida.
***
Actúo esta noche una vez más. Una canción que cantaba Skeeter Davis, una de letra hermosa: The End of the World. Sí, ya sé lo que se están preguntando: canto yo misma con mi extraña voz. Pero sale bien, y a la gente le gusta saber que hay una secreta mezcla en la intención que le doy.
La gente viene por muchas razones. Porque imaginan cosas raras acerca de mi vida: esa es la primera. Creo que nadie tiene realmente problema con lo que soy o no soy. El asunto está metido muy adentro en el hecho de suponer lo que soy. Tardé años en darme cuenta, pero es así.
Supongo que al resto de la gente le pasará lo mismo. La envidia es eso: imaginar lo que el otro potencialmente puede hacer, sin tener en cuenta que el prójimo, por más distinguido, diferente o exitoso que sea, también tiene miserias
A veces me pongo filósofa, perdón.
Soy apenas una transformista. Canto, digo. Vuelvo a mi mundo escénico, con luces y sombras y brillos. Y ahí está él. Con su extraño saco con parches en los codos, muy informal el señor, y con esas gafas tan extrañas, un poco pasadas de moda.
Me mira como me han mirado todos los hombres desde que empecé: con esos ojos que no dicen nada al principio, para pasar luego a la frustración y, por último, al deseo. Este hombre está todavía en la primera etapa. Hago otra canción y agradezco los aplausos cálidos. Bajo la escalera del escenario y sé que me voy a encontrar con el caballero de las gafas esperándome.
No me equivoqué. Está allí. No es feo. Es solo… ¿cómo podría decirlo? Verdaderamente diferente. No siempre se encuentra gente así. No me refiero a hombres o mujeres o lo que sea. Me refiero a almas. Lo saludo y me devuelve el gesto con una inclinación de cabeza demasiado respetuosa para mi gusto.
Me dice su nombre enseguida. No está mintiendo, como los demás, que dejan caer una onomástica falsa para salvar las apariencias. Me dice que le gusta cómo canto y que él alguna vez intentó hacerlo también, pero que, por fortuna, abandonó hace años. —La música no perdió nada —asegura.
Nos reímos. Por primera vez en mucho tiempo río con sinceridad. No la risa tonta de una diva de lentejuelas y oropeles, sino la verdadera, la que es reflejo del alma. Una risa que viene, cómo decirlo… de las estrellas. Le pregunto qué camino le abrió la vida después de dejar la música. —Me dediqué a la ciencia —dice—. Soy astrónomo. —¿Astrónomo? —pregunto. Asiente con tranquilidad. —Estudio estrellas. En realidad, no exactamente estrellas, sino el espacio que las rodea. Un lugar que parece vacío, pero que en realidad está repleto de moléculas que dicen mucho acerca del origen del universo. —En realidad está repleto de moléculas que dicen mucho acerca del origen del universo —le respondo, sin darle tiempo a continuar.
Me mira con curiosidad. —No te sorprendas, William —agrego—. De alguna manera somos colegas. —¿William? ¿Colegas? —Sí. Por William Herschel. O Johannes Kepler. O María Mitchell.
Se ruboriza. Sé que no ha venido por mí, sino por él mismo. Este hombre busca una confirmación y quiere encontrarla en mi vida. —O por Henrietta Leavitt —añade él—, descubridora de los ciclos de las cefeidas. —Claro —respondo—. Vos mirás las estrellas en las gráficas de tu computadora… y yo las celebro desde el escenario..
Ríe otra vez, con una risa distinta. —Ojalá hubiera más estrellas como vos —dice con sinceridad. Luego agrega, casi con tono poético—: Hay estrellas que cambian de brillo. Aumentan y disminuyen su luz con el tiempo. A veces tardan horas, otras veces días. Nosotros las llamamos estrellas variables.
Guardo silencio un momento. —Yo soy una de ellas —respondo—. Mi brillo cambia con la situación y la posición en el tiempo. Por la mañana luzco de una manera distinta a como lo hago de noche. Mi curva de luz no es un defecto: es mi identidad.
Él sonríe. —Algunas de las estrellas más importantes del cielo… son justamente las que cambian. ¿Por qué Doris? —pregunta.
Interpreto la pregunta a mi manera y no como la duda retórica que quizás es: —Por Doris Day.
Sonríe con los labios apretados. Le gusta. Nos despedimos con un gesto sencillo. Él paga su cuenta en la barra y sale del local. He puesto luz en su vida. Le va a costar entrar a comprar su primer vestido; pero es un gran hombre y lo hará. Lo que pase luego es otra cosa.
Yo vuelvo al camarín. Quizás, en algún lugar de ese cielo inmenso, haya también un pequeño lugar para las estrellas que cambian.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 27 de marzo de 2026
