Uróboro
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Se levanta de la cama de un salto. Los retazos de conciencia se entremezclan con los últimos vestigios del sueño, que apenas recuerda ahora en estado de vigilia: un desierto, unas pocas plantas ralas dispersas en el paisaje, el calor y la imagen de una mujer que se aleja. En la inmensidad del páramo solo queda una serpiente mordiéndose la cola.
Con paso cansino se dirige al baño para su aseo matinal. La desinfección en la cápsula y la comprobación de los niveles de radiactividad en el exterior resultan más que aceptables, según el indicador injertado en su antebrazo. Todo parece perfilar un día como cualquier otro, lleno de rutina y trabajo.
Ordena en voz baja, hacia la nada, que suene algo de la música que le gusta. De pronto comienza a oírse una vieja grabación en vivo de Voodoo Child, interpretada por Orianthi hace siglos. A Yekaterina le gusta la música antigua: la transporta a la añoranza de un mundo que nunca conoció, salvo a través de miles de filmaciones y registros almacenados en el planeta. El Homo sapiens se ha dedicado a grabarlo todo durante décadas y ahora el mundo es un maremágnum de información en el que uno puede perderse sin retorno o emerger en la mayor de las confusiones.
—¿Qué ha pasado con la humanidad, Dios? —murmura.
Dios: ese concepto, discutido hasta el agotamiento en el último siglo, sigue pesando en su mente.
Mira hacia afuera. La Ciudad continúa siendo el caos de siempre: gente sin objetivos, perdida. A veces, quienes parecen extraviados están siguiendo el camino correcto; simplemente no lo saben.
Desciende desde el piso doscientos hasta el tren por el camino directo. No vale la pena salir a la calle, exponerse al frío y contaminarse un poco más. Si no fuera porque su trabajo requiere revisar información confidencial, no abandonaría jamás su departamento. Hay personas que llevan años sin interactuar con otros. Desde el último pico de contaminación —que puso en alerta roja a todo el planeta— la no interacción se ha vuelto norma. Hoy en día, bautizos, casamientos y entierros se realizan mediante hologramas. Durante su época de estudiante conoció a un profesor de latín que nunca había salido de su departamento. Tenía ya ochenta años.
Llega al Instituto de Investigaciones de Arqueología Informática, donde trabaja desde hace varios años. No deja de resultar curioso mantenerse tanto tiempo en un mismo puesto en una época en la que las disciplinas cambian por completo en apenas un lustro.
Su colega, Taianos, la espera en un escritorio de material transparente, donde todo parece flotar en el aire. Una moda reciente que, según dicen, llegó para quedarse.
Se saludan con respeto y a la distancia. En algún tiempo remoto, el beso había sido una forma habitual de saludo, pero la costumbre desapareció a comienzos del siglo XXIV, tras las sucesivas pandemias que asolaron a la población durante doscientos años de guerras.
Taianos es demasiado serio para su gusto: tez cetrina, temperamento mediterráneo, difícil de asimilar para alguien como ella. Tal vez —piensa— la educación del futuro debería enseñar algo más básico: cómo tolerarse entre géneros, etnias y costumbres. El mundo mejoraría un poco.
—Yekaterina Simeónovna Volkova, es un gusto tenerla aquí.
Ella agradece la deferencia de que utilice su nombre completo con una ligera inclinación del cuerpo, casi como una bailarina. Si algo no ha logrado quitarle la universidad, es el sentido del humor.
—La he hecho venir personalmente porque tenemos un caso algo… extraño —dice Taianos.
La afirmación resulta, en sí misma, curiosa: el propósito del instituto es, precisamente, estudiar casos atípicos.
—Se trata de un fragmento de un correo electrónico rescatado del ciberespacio —continúa— Contiene información… confusa y un poco inquietante.
El trabajo consiste en recuperar antiguos correos electrónicos —una forma de comunicación de cuatro siglos atrás— que permiten reconstruir aspectos del mundo previo a la Guerra. Costumbres, conocimientos y modas resurgen a partir de esa masa flotante de datos que aún persiste en el entramado de ondas electromagnéticas del planeta.
En su momento, nadie imaginó que todo lo escrito, enviado o almacenado en forma digital quedaría suspendido, de algún modo, como una huella recuperable. Hoy es posible decodificar esos rastros y “leerlos”, si es que la palabra aún aplica.
La mayoría de los hallazgos son triviales. Pero, ocasionalmente, aparecen mensajes reveladores. No es lo mismo un correo de un cardenal al Papa que una receta compartida entre amigos. Sin embargo, todo forma parte del mismo archivo de la humanidad.
Taianos se acerca a la pantalla —también transparente— y despliega la información.
—El correo contiene un archivo adjunto —explica—. Una forma primitiva de transmisión de datos, común en el siglo XXI, antes de la consolidación de las memorias sólidas y la transmisión por espines electrónicos, que volvieron prácticamente instantánea la transferencia de información.
Ella asiente.
—Lo cual modificó el paradigma de la guerra —agrega, con seguridad.
Taianos sonríe apenas.
—El correo fue enviado por un individuo del siglo XXI. Su nombre era Florencio. Hemos decidido no revelar más datos.
—¿Y qué escribió?
Taianos duda un instante antes de responder.
—Nada extraordinario, en principio. Al parecer era escritor, o al menos aspiraba a serlo. El archivo adjunto contiene un cuento de ficción ambientado en el futuro.
—Eso no suena particularmente extraño.
—No lo sería… si no fuera por el contenido.
Taianos la mira fijamente. Sus ojos oscuros brillan con una intensidad incómoda.
—El relato describe un episodio del siglo XXV —dice finalmente—. Un mundo superpoblado, marcado por guerras devastadoras. El escenario es un instituto de arqueología informática dedicado a recuperar antiguos correos electrónicos…
Hace una pausa.
—Y los protagonistas son dos.
El silencio se espesa.
—Uno se llama Taianos —continúa—. Y el otro…
Yekaterina lo comprende antes de que termine la frase.
—…Yekaterina Simeónovna Volkova —concluye la mujer sintiendo un hormigueo frio en la espalda.
Se da cuenta de que el saludo de Taianos no fue solo cortesía.
***
El sol comienza a ocultarse detrás de los edificios ciclópeos de la Ciudad, construcciones monumentales inconcebibles para la mente humana de siglos anteriores. Hoy en día, las urbes forman un entramado continuo de estructuras interconectadas que se extiende por kilómetros. Algunas empresas turísticas incluso ofrecen excursiones para conocer un árbol.
Yekaterina y Taianos terminan de debatir el problema que los ocupa. Han pasado horas frente a la terminal holográfica, leyendo, analizando datos y revisando antecedentes. Son, quizás, dos de los mejores profesionales del instituto.
Yekaterina mira el techo de la espaciosa oficina —privilegio reservado a los más destacados— y reflexiona en voz alta:
—En la antigüedad, los egipcios y, más tarde, los gnósticos concebían el ciclo del mundo mediante un símbolo: el uróboro. Una serpiente que se muerde la cola formando un círculo cerrado. Representa la unidad de la vida y la muerte, del pasado y el futuro. Todo está contenido en ese ciclo continuo. Incluso los opuestos coexisten dentro de la misma forma. Para los gnósticos, también simbolizaba la continuidad entre lo creado y lo divino. A veces pienso que los antiguos comprendían mejor que nosotros cómo funciona todo esto.
Taianos escucha en silencio. Conoce la idea, pero asiente.
—¿Lo hacemos? —pregunta finalmente.
Yekaterina lo observa un instante.
—Sí. Pero a la manera antigua.
Taianos activa el sistema y ordena la recreación de un teclado físico, modelo siglo XXI. En segundos, se materializa sobre el escritorio.
—Yekaterina, ¿quieres darte el gusto?
Ella se acerca, coloca los dedos sobre las teclas y, con un gesto deliberado, selecciona el archivo. Luego presiona “delete”.
Ambos suspiran.
La mujer se sumerge en un silencio profundo.
Esa noche salen a cenar a un restaurante italiano que presume de preparar auténticos espaguetis según una receta ancestral.
El recuerdo de esa noche será, únicamente, esa cena.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 5 de abril de 2026
