Historias

La cofradía de Satok’Uh

A admin
10 de abril, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

Nunca entendí por qué evitan el nombre oficial de su sistema solar y recurren, en cambio, a ese eufemismo reverente. Pero hay algo en ese gesto que me resulta, digamos, intraducible, como si no se tratara solo de devoción, sino de una estructura armónica de su conciencia, ajena a nuestro entendimiento: una forma de expresar su cosmogonía, organizada en torno a una duplicidad: dos estrellas, dos fuentes de luz y sombra. Lo que se dice y lo que se calla.

***

Vine desde la Tierra a este planeta como profesor de música. Hay mucha competencia últimamente y me dijeron que este es un planeta amante de las artes. No lo dudé ni un momento: estaba completamente harto de vivir en la contaminación, siempre evitando la radiación y todo lo que define la vida en la Tierra desde hace siglos.

Durante la entrevista en la embajada me explican que los habitantes de allí son cefalópodos, un poco más grandes que nosotros. Según dicen, nuestros pulpos son parientes cercanos que, por alguna razón, llegaron a la Tierra hace millones de años y tomaron un camino evolutivo diferente. No sé mucho de estas cosas; lo mío es el arte.

Me dirijo a la mansión de uno de los virtuosos del violín de este mundo. ¿Se preguntan cómo se llama este lugar? No tiene importancia; es un planeta con mucha agua que gira en torno a un sistema binario. Eso debería bastar. A menudo damos demasiada importancia a los nombres.

Va a ser un desafío acostumbrarme a dos salidas y dos puestas de sol en un mismo día de treinta horas. Me dicen que es solo cuestión de tiempo.

—Mientras no se vuelva loco —acota alguien en voz baja.

No pregunto quién lo dijo. La paga es excelente, lo suficiente como para anular varias de mis emociones. Soy terrestre: amo el dinero.

El nombre del músico es Satok’Uh.

La mansión se alza sobre una superficie ganada a bañados y lagos. El planeta tiene un equilibrio complejo que sus habitantes han sabido respetar mediante el empleo de una tecnología apropiada. Hay pasarelas, estructuras curvas, superficies tensadas que vibran levemente bajo los pies. La presencia del agua se siente como algo espiritual.

Me reciben empleados humanos. La diferencia de anatomía con la patronal ha hecho que proliferen los terrestres en ciertas tareas, sobre todo en aquellas que implican tratar con otros terrestres. Hay en ellos una profesionalidad extraña, como si hubieran aprendido a no hacer preguntas o, mejor aún, a no necesitarlas.

Uno de ellos, un individuo delgado y adusto, me guía en silencio.

Llevo conmigo una computadora portátil. En ella está la obra que me han hecho llegar quienes me contrataron. La he escuchado varias veces durante el trayecto, con intención de fijar puntos de referencia, estructuras familiares, algo que me permita no perderme del todo.

Es una composición severa por momentos, casi ascética. En otros pasajes, en cambio, se vuelve grácil hasta un punto incómodo, como si rozara una alegría que no nos pertenece. Es rara, pero muy bonita.

Mientras avanzo por el interior de la mansión, escucho una música que proviene de una de las salas y que parece haber estado allí desde siempre. No sé explicarlo: es una música anterior a mi llegada y que estará allí para siempre.

Trago saliva.

—¿Él está… ensayando? —pregunto.

El hombre que me acompaña duda apenas un segundo.

—No exactamente.

Seguimos caminando, envueltos en la composición.

El cefalópodo me recibe en una cámara con la humedad perfectamente controlada; su cuerpo, de color cambiante, descansa sobre una superficie cubierta por una fina lámina de agua. ¿Cómo es? Imagínense a un pulpo de un tamaño ligeramente mayor que un humano.

Satok’Uh no puede hablar como nosotros. Su forma de comunicación es complejísima: gran parte de sus ideas se transmite a través de los tentáculos. Los cefalópodos tienen una red neuronal fuera del cerebro, algo que siempre ha fascinado a los biólogos terrestres. El individuo delgado que oficia de intérprete apoya las manos y una de las mejillas en uno de los tentáculos para poder hacer su trabajo.

Le digo a Satok’Uh que su composición es extraordinaria y que está en condiciones de competir en cualquier concurso de La Gran Armonía, como llaman al sistema binario.

—El Señor está muy agradecido de que haya venido desde la Tierra a compartir conocimiento. Le da la bienvenida a su casa y a La Gran Armonía —dice el ujier, casi recitando.

Satok’Uh emite un sonido particular, algo así como el breve silbido de una cafetera. Inclino la cabeza en agradecimiento.

Me dirijo al traductor con una sonrisa cómplice.

—¿Dijo compartir?

El hombre me observa impertérrito.

—Entienda que no se trata de traducir una lengua en el sentido terrestre. Hay vibraciones, emociones, a veces colores. El conjunto de esas variaciones coincide, de manera aproximada, con lo que nosotros llamamos hacer las cosas entre dos o varios… aunque, en este caso, la idea de “dos” pesa menos.

Satok’Uh no responde a mi saludo. Sus largos brazos, cubiertos de ventosas, ondulan con una gracia leve, casi tímida. Su piel —de un color imposible de fijar— cambia en pulsaciones sutiles, como si también allí se tradujera una música interior. Es inevitable pensar en un pulpo terrestre. Pero ya no como comparación, sino como consecuencia.

Sus tentáculos se mueven con una fluidez que, por momentos, insinúa algo parecido a una mano, sin llegar nunca a serlo. Con una delicadeza asombrosa, uno sostiene el arco como si fuera una prolongación natural; otros se apoyan sobre las cuerdas. Según me explicó un colega que pasó años aquí —y que ya no está—, no las tocan: una vibración imperceptible de las ventosas produce el sonido adecuado, con una precisión superior a la humana. Otros, finalmente, recorren la madera del instrumento, la abrazan, la rozan, alteran la vibración y generan sonidos que ningún sistema de notación puede registrar con exactitud.

La reunión se diluye en imprecisiones. No sé si el cefalópodo está interesado en mi visita. Por momentos parece alguien que toca a solas y apenas tolera la presencia de extraños. El ujier, en cambio, oficia como un sacerdote en esta ceremonia en la que yo no soy más que un representante oscuro de una feligresía impropia para la ocasión.

El hombre chasquea la lengua, como si recordara algo que quiere decirme desde que llegué.

—Hace años que trabajo aquí. Los recuerdos de la Tierra se me van esfumando lentamente. Sin embargo, nunca logro acostumbrarme a sus particularidades. Me resulta difícil saber qué piensan, qué pretenden. No puedo quejarme: siempre son corteses y respetuosos conmigo. Tienen una forma muy especial de admirar la Tierra; por eso muestran interés en traer a profesionales como usted.

Asiento. Intento demostrar más interés del que realmente tengo.

—Hay una especie de sentimiento de… ¿cómo se podría decir? Hermandad. Sí, hermandad con nuestro planeta. A veces, en sus conversaciones —llamémoslas así—, se refieren a nuestro mundo como “los otros”, en una alteridad algo confusa.

El hombre no duda al decirlo. Hay en su tono una convicción difícil de precisar, como si repitiera algo que ya no le perteneciera del todo.

Se acerca nuevamente a Satok’Uh y apoya las manos y la mejilla en su cuerpo. Esta vez no parece un gesto funcional. Permanece así un instante más de lo necesario.

Por un segundo, no sé dónde mirar.

La pupila de Satok’Uh se dilata apenas. Parece escuchar algo que todavía no ha sido tocado. Repentinamente comienza a tocar.

Una nueva música emerge de entre las cuatro cuerdas, apareadas, como si incluso el violín hubiera sido concebido para este mundo binario. Los sonidos no se suceden: se entrelazan. Cada nota arrastra una sombra, un doble apenas desplazado.

Y de pronto la reconozco.

Es una danza brillante, irrefrenable, una fuerza que empuja al cuerpo a moverse antes de que la mente pueda comprender.

Los sonidos se superponen, formando capas de armónicos que nunca he escuchado. No son acordes: son organismos sonoros.

Los tentáculos, convertidos en apéndices semejantes a manos, desplazan el arco con precisión; otros presionan distintas partes de la madera del violín, alterando la resonancia y generando inflexiones imposibles. Es una música completa, interpretada con cuerpo y alma. Recuerdo que los pulpos piensan con el cuerpo.

No estoy escuchando solo a Satok’Uh. Hay algo más.

La idea aparece como un eco remoto: Iku-Turso. El antiguo dios cefalópodo de la mitología finlandesa, surgido en un mundo donde —creíamos— no debía haberlos.

Entonces comprendo —o creo comprender—: nunca estuvieron separados. Los pulpos de la Tierra y los de este sistema no son especies divergentes, sino variaciones de una misma red. Una inteligencia distribuida que atraviesa el espacio, el tiempo… y también la imaginación.

Pienso en ellos. En cómo los comemos. Tengo náuseas.

La música cambia: no se agregan sonidos, se agregan presencias. Por un instante comprendo que lo que escucho no está siendo ejecutado por un individuo.

La melodía es conocida: es el final del Concierto para violín de Sibelius, pero no el que conocemos. Es la obra que el finlandés apenas logró esbozar, a partir de un indicio lejano.

Esta —lo sé ahora— es la versión original: una construcción colectiva, concebida por esa red de neuronas que excede cualquier mundo y apenas filtrada en la mente de un humano que creyó componer solo.

Durante un instante insoportable lo comprendo: toda la música humana no es más que una reducción.

Luego sobreviene un silencio que no termina de apagarse. El ujier está de pie, con los ojos cerrados; lentamente se recobra y apoya las manos sobre un tentáculo de Satok’Uh, en una caricia morosa.

—El señor espera que le haya gustado.

Permanece así un instante más de lo necesario. Solo cuando lo miro retira las manos y recupera la compostura. Comprendo que he visto algo que no debía.

Hago una leve reverencia; intento recordar para qué había venido, y cuando lo hago, ya no estoy seguro de que importe.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 10 de abril de 2026

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