Historias

El retoño

A admin
19 de abril, 2026

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

Aún era un niño cuando se prohibieron los entierros orbitales. La medida, en su momento, pareció sensata: el espacio estaba lleno de chatarra incluso antes de que la práctica se consolidara.

Nunca entendí del todo qué llevó a nuestra gente a adoptar esa costumbre. Si uno revisa la historia, encuentra rituales de todo tipo en torno a la muerte, y sin embargo seguimos sin saber qué es morir.

Pero no es algo que vaya a discutir ahora.

Hay un contraste evidente entre la muerte y su ceremonia. No siempre lo que el fallecido hubiera querido coincide con lo que hacen sus familiares. A veces, el entierro es apenas una forma elegante de faltar el respeto.

El muerto es otra cosa: materia en descomposición, proteínas que se degradan hasta convertirse en gases y olvido. Suena duro. Lo es.

Durante siglos, heredamos de romanos y etruscos una idea fija: la muerte anclada a un territorio, a una piedra, a un nombre. Eso desapareció.

El territorio dejó de importar. El espacio —ese no-lugar— empezó a reclamar a nuestros muertos.

Al principio fue algo casi poético. Moría tu padre y lo enviabas a orbitar el planeta, a girar durante siglos hasta que alguna alteración lo expulsara hacia la nada.

Después vino el negocio.

En pocos años, la órbita se llenó de cápsulas, ataúdes y panteones enteros. La saturación se volvió insostenible. Hubo accidentes. Interferencias. Reclamos.

Entonces los gobiernos intervinieron y los entierros orbitales fueron prohibidos.

Ahora los cuerpos se recuperan. Se los hace caer en zonas deshabitadas o se los devuelve —a cambio de dinero— a sus descendientes para que hagan un entierro convencional.

Nosotros hacemos eso, rescatamos tumbas flotantes. En la jerga lo llamamos “la pesca”.

Soy, en síntesis, un pescador de féretros.

Un cliente ha pagado una fortuna por recuperar una cápsula. Revisé los datos más veces de las necesarias: nombre, linaje, procedencia. Es un encargo que me resulta difícil de digerir.

Es mi trabajo. Lo acepté.

***

Estoy en órbita con el pesquero: una nave equipada con dos pinzas que sujetan al panteón y permiten mantenerlo estable durante la maniobra. Desde allí se procede a la inspección, apertura y traslado. La estructura, una vez procesada, se recicla o se envía como material a colonias mineras en sistemas más lejanos.

Tengo los datos cargados en el sistema: trayectoria, modelo, identificador único. Es la única forma de distinguir una cápsula entre miles. Hubo épocas en que ciertos modelos se pusieron de moda y ahora son casi indistinguibles entre sí. El identificador es lo único que nos garantiza que estamos pescando al muerto correcto.

La cápsula aparece ante mi vista, navegando en silencio.

El aviso suena limpio. Irreal. Tiene algo de doméstico: el timbre de las casas antiguas anunciando visitas, como si alguien estuviera por abrir la puerta desde adentro.

Corroboro la trayectoria y la identidad del pescado. Todo coincide: velocidad, firma, identificación. Un millonario de la primera ola. Trescientos años, aproximadamente. Años terrestres.

Reduzco la velocidad del pesquero y ajusto el vector de aproximación. A esta distancia, cualquier corrección brusca puede convertir un rescate en una nube de restos y no quiero quejas de los familiares del pescado. Hace años perdí a un compañero que se entusiasmó demasiado con un acercamiento.

La veo aproximarse lentamente a través de la escotilla.

Es más grande de lo habitual. No una cápsula simple, sino un diseño oblongo, cuya superficie está cubierta de ornamentos fúnebres: relieves, molduras y superficies pulidas que imitan mármol, conjugados en un pequeño templo espacial.

Un ángel abraza la escotilla con sus alas, solitario, ominoso.

Me acerco con cuidado. Alineo las pinzas con puntos reforzados del panteón y cierro con presión gradual. La estructura responde bien y queda estabilizado respecto del casco.

Extiendo el tubo de abordaje y lo fijo a la superficie. El sellado es inmediato.

El sistema emite un golpe metálico artificial, un “clanc” que no existe pero que seguimos necesitando para creer que algo ha quedado bien cerrado.

El resto del trabajo requiere otra cosa. Presencia de ánimo.

Abro la puerta. El silencio es absoluto. Ni siquiera el leve zumbido de los sistemas atraviesa el traje.

Entro.

El primer compartimento es estrecho, más decorativo que funcional. Superficies lisas, detalles sin utilidad técnica. Hay una intención estética demasiado evidente, casi incómoda. Como si alguien hubiera querido imponer una idea de belleza en un lugar donde ya no tiene sentido.

Avanzo con cuidado. El espacio obliga a moverse con torpeza. No es una cápsula diseñada para el trabajo.

Al fondo, una escotilla más elaborada marca el acceso a la cámara principal. Tiene relieves, formas que recuerdan vagamente a símbolos antiguos. No los reconozco.

Me detengo un instante.

Hay algo en el ambiente. No sabría decir qué. No es la primera vez que entro en una tumba orbital, pero esta no está del todo vacía. Como si alguien hubiera estado allí antes.

Abro.

La cámara principal es apenas más amplia. En el centro, el féretro.

Y alguien más.

Está inclinado sobre el ataúd, inmóvil, esperándome. La escafandra que lleva tiene un diseño extraño, ajeno a cualquier modelo que conozca.

Percibo un movimiento mínimo, preciso. Una de sus manos descansa sobre la tapa abierta. Hay en el gesto una precisión que incomoda.

En un momento aflora a mi mente una idea común al género humano: fantasmas. Pero la presencia del intruso en su traje gravita como una verdad insoslayable.

Detrás de la escafandra opaca percibo unos ojos que me atraviesan. Hay en esa mirada algo incómodo: una mezcla de exposición y de deseo, como si quisiera ser descubierta y, al mismo tiempo, necesitara contar algo que lleva demasiado tiempo contenido.

He oído hablar de los profanadores. Durante años los tomé por una superstición profesional, una de esas historias que circulan entre pescadores para justificar errores o pérdidas. Pero con el tiempo, ciertos relatos se repiten con demasiada precisión. Y ahora estoy frente a uno de ellos.

Tal vez por arrogancia —o por simple desinterés en ocultarse— desactiva la opacidad de la escafandra.

Los ojos son grises. Precisos. Dos instrumentos diseñados para hurgar. La piel, excesivamente blanca, refuerza la impresión de que, en este oficio, todos estamos muertos de alguna manera. Cada uno a su modo.

Es una mujer de mediana edad. Su rostro, casi inexpresivo, atenúa una belleza que se adivina sin esfuerzo. Me siento extrañamente cercano a ella. Desde siempre, los burócratas de la muerte —y quienes orbitamos en su periferia— compartimos un temperamento difícil de traducir.

Habla. El comunicador enlaza automáticamente con mi receptor.

—No voy a molestarte, pescador. Dejame terminar y podrás hacer tu trabajo sin problemas. El universo es lo bastante grande para ambos.

Asiento. No estamos en condiciones de discutir. En los márgenes de los sistemas, la ley es una idea tenue, casi decorativa.

—Voy a dejar todo como estaba —agrega, y sonríe apenas—. No busco nada material.

Esa sonrisa se vuelve inquietante: la emoción parece un gesto aprendido, una concesión tardía al rostro. Duda un instante, como evaluando cuánto decir.

—Busco otra cosa.

Su mano se apoya sobre el interior del féretro abierto. Está tocando el cuerpo, algo que jamás he hecho en mi vida. Hay en ese gesto una ausencia total de concesiones, como si las formas y los prejuicios no existieran para ella.

—Residuos —dice—. No del cuerpo. De la mente.

No respondo. No hace falta.

—Quedan rastros —continúa—. No en el cerebro, eso se degrada demasiado rápido. Pero a veces… en los objetos, en las superficies cerradas, en los sistemas que acompañaron el viaje. Fragmentos. Ecos. Patrones de pensamiento atrapados como estática.

La miro. No sé si creerle. Pero tampoco tengo motivos para no hacerlo.

—Los ricos de la primera ola —añade— eran especialmente obsesivos con la memoria. Pensaban más de lo que creían.

Desliza un pequeño dispositivo sobre el borde interno del ataúd. No emite luz ni sonido.

—No robo —dice—. Recupero lo que ya no le pertenece a nadie.

Me ignora por completo y continúa pasando el dispositivo sobre el cuerpo que yace en el receptáculo abierto. Es monacal en su actitud, antiguo, como si en ella confluyeran todos los enterradores, embalsamadores y sacerdotes de la historia.

La frase queda flotando entre nosotros.

Entonces entiendo.

No está profanando el cuerpo. Está leyendo lo que queda de la memoria del muerto cuando ya no le pertenece.

Vuelve a mirarme, esta vez con un leve rastro de resentimiento en el rostro.

—Murió hace doscientos años terrestres —dice, señalando hacia abajo con el índice, en dirección al cadáver—. A través de la memoria de otros muertos llegué a la conclusión de que sedujo a una de mis ancestros.

Utiliza el pronombre como si quisiera despojarlo de toda individualidad, reducirlo a un simple soporte de información. La actitud es extraña, pero refuerza una idea inquietante: que los humanos —y aun sus recuerdos— son, en el fondo, materia de intercambio.

—Busco esa historia. Los fragmentos de mi pasado. El lugar de donde provengo. La consecuencia de un encuentro accidental entre un óvulo y un espermatozoide, que no tiene la culpa de nada y, sin embargo, forma parte de una conciencia más amplia.

Suspira.

—¿Has visto una alfombra persa, amigo?

El trato repentino me desconcierta.

—No quiero ser una hilacha. Un pedazo de lana apenas prendido a la compleja matriz de un diseño que otros admiran. Quiero saber dónde pude haber pertenecido… y por qué no llegó a ocurrir. Tal vez no sea más que eso: una hebra relegada, al margen del dibujo principal. Alguien que intenta, tarde, volver a crecer desde un hilo que no le corresponde.

Guarda silencio.

La sinceridad me desconcierta. Hay en su forma de hablar una sensibilidad que no esperaba encontrar aquí.

La observo.

Algo en todo esto empieza a ordenarse. Las revisiones. La insistencia. La incomodidad.

Sabía que algo iba a suceder cuando tomé el encargo.

Evito entrar en detalles y me limito a decirle que el muerto también es pariente mío.

Me mira sin sorpresa, como si confirmara algo que ya sabía. No parece interesarse demasiado en mi declaración y continúa escaneando el cuerpo, deslizando el dispositivo con una precisión casi mecánica.

Levanta la vista y examina mi rostro, como si buscara algún rasgo que justifique una semejanza.

—¿Sabés una cosa? —dice al fin, sin dejar de trabajar—. No busco recuerdos valiosos. Busco lo que quedó mal guardado: lo que este hombre haya pensado sobre el futuro, lo que esperaba para los que vinieron después. Pero no sé si eso existe realmente. A veces es apenas la cosecha de un rastrojo, fragmentos sueltos, imágenes incompletas… cosas que una termina cerrando sola, hasta que ya no sabe qué parte era de él.

Hace una pausa breve, sin apartar la mano del féretro.

—No digas que me has visto aquí —añade—. Nadie lo va a notar —dice, indicando al muerto—. Hacé tu trabajo y olvidate de mí. No nos debemos nada. No nos merecemos el uno al otro.

Entonces sonríe con dulzura; por un instante, su rostro pálido parece iluminarse. Luego concluye:

—Somos despojos en vida, pariente.

Espero en silencio mientras termina. No intervengo. No hay nada que decir.

Casi una hora después mis sensores detectan la presencia de su vehículo, sostenido en la misma órbita que el panteón. Lo aborda sin saludarme.

Su señal permanece unos minutos. Después se desvanece.

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Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 19 de abril de 2026

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