Tres en la tormenta
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Supongamos que está todo bien. Nada ha pasado: estamos como antes, y mejor que nunca. El gobierno no se equivoca y vivimos en el mejor de los mundos posibles. No hay conflicto; habitamos un verdadero lugar de encuentros y puntos comunes, donde la sonrisa es el denominador compartido y cada mañana supera a la tarde pasada.
¿Les gusta, no?
Bien: es todo al revés.
La ciudad está viva. Y no lo digo como una metáfora sobre el “pulso de las calles” reflejado en la personalidad de sus habitantes. No. La ciudad está viva de verdad, de manera biológica y consciente.
Cuando se dieron cuenta de que era imposible colonizar la superficie del planeta —donde están los minerales que realmente interesan a las corporaciones—, se buscó una alternativa desesperada. No era viable trasladar personal para realizar el trabajo; de hecho, la mano de obra ya no es humana, sino un sistema masivo de dispositivos automatizados que resuelven problemas de forma autónoma.
Sin embargo, la jerarquía debe residir en alguna parte. Ya cometimos el error de dejarlo todo en manos de las computadoras hace siglos, y terminó en un fracaso absoluto. Las guerras y los conflictos lógicos entre las inteligencias artificiales resultaron mucho más devastadores que cualquier guerra humana. En particular porque lo sabían todo. Todo.
Hoy estamos reunidos los tres, como en los viejos tiempos. Somos algo así como las tres brujas de la obra de Shakespeare, la del rey perdido en la tormenta.
Miremos el paisaje nuboso, amigos, desde esta terraza de la ciudad: una pintura bellísima de colores cambiantes y en pleno movimiento —violetas, naranjas rojos, rosas pálidos—, una escenografía ideal para sentarse a hablar de recuerdos, de historias vividas.
El pasado es lo mejor que tenemos: nos da una idea de lo que ha sido la existencia con nosotros, pero también es lo único concreto, junto con la promesa de la muerte. Vivir el presente es generar pasado, y, visto de esta manera, hay buenos y malos generadores de pasado.
La ciudad flota en la atmósfera del planeta, una conjunción de gases densos que sustenta la vida de miles de personas que habitan la urbe. La estructura es una masa de fibras y tejidos vegetales que se adaptaron a través de la mano humana durante años de experimentación. Las primeras construcciones fueron un juego de prueba y error, con víctimas intoxicadas por gases inapropiados para la respiración humana.
Pensar que cuando fuimos jóvenes la salvamos de su decadencia.
¿Creen que los nuevos ingenieros pueden resolver algo? Para ellos, la sinapsis es apenas una metáfora.
Ríen entre dientes. Si algo siempre le ha cautivado de él es su extraño sentido del humor.
¿Se acuerdan de cuando la ciudad subió? ¿Cuánto hace ya? Éramos muy jóvenes.
La atmósfera baja se había enrarecido hasta volverse inhabitable. Empezaron a aparecer enfermedades inesperadas y el miedo se fue instalando entre los habitantes. En aquellos años yo era apenas un joven, con algunos sueños y ningún futuro en el horizonte.
La ciudad comenzó a ascender, buscando algo más respirable, si es que se puede decir así. Estos planetas nunca debieron ser colonizados. Jamás nos acostumbramos a sus atmósferas densas. Pero, al menos, logramos salir un poco del lodazal en que se había transformado la Tierra.
Los otros asienten, mirando la sinfonía de colores del atardecer.
Una veta de violeta se hunde en un lienzo rosado, creando un contraste difícil de describir para quienes solo conocen los cielos terrestres. El planeta —un cuerpo rocoso envuelto en una atmósfera espesa— sostiene ciudades flotantes cuyas estructuras están reforzadas por redes de vegetales nativos, adaptados durante años de experimentación. Cuando hay variaciones en la composición atmosférica, la ciudad responde: asciende o desciende en busca de una concentración de gases más adecuada para la vida humana. Una idea inspirada —según dicen— en las chinampas de Tenochtitlán. A veces conviene recordar las partes útiles de la historia terrestre.
Los mira, inquisitivo.
Claro que me acuerdo. Fue cuando la ciudad tuvo que ascender para encontrar aire. Yo también lo necesitaba.
Uno de ellos sonríe apenas. El otro sigue absorto en los colores.
La habitación, con su gran ventanal, les permite contemplar el espectáculo en toda su magnitud.
Fue entonces cuando empezaron los problemas en los sectores de depuración atmosférica. Nunca habíamos tenido tanta necesidad de ascender para equilibrar la concentración en una ventana apta. Era todo un desafío: por una parte, el temor de provocar muertes entre la población y meternos en un problema sin precedentes; por otra, el descubrimiento de sabernos útiles.
Éramos la generación siguiente a la implementación del método de depuración, así que oficiábamos como los profesionales jóvenes que estábamos en la vanguardia. Nos sentíamos —por qué no decirlo— la generación mimada y admirada por todos.
Me contrataron nuevamente —yo ya estaba en otra cosa— y tuve que volver a mi primer trabajo como depurador. No había antecedentes sobre cómo resolver el problema de la forma más económica posible. Después de varias reuniones, decidieron que era necesario recurrir a gente con experiencia en situaciones similares.
¿De dónde? De un planeta relativamente cercano, en una estrella del grupo local.
En realidad, no trajeron a nadie: el viaje más corto demandaba unos veinte años y, para entonces, estaríamos todos muertos. Lo que hicieron fue buscar a un intérprete. Entiéndase bien: un habitante de aquel planeta, nacido aquí pero con la genética pura de su especie. Ellos han desarrollado la comunicación a distancia desde hace milenios; una de las pocas áreas en las que nos han superado. Por lo demás, son tan poca cosa como los terrestres.
Bien: la idea era usar a uno de ellos —residente aquí— como médium, y recibir las directivas de los ingenieros de allá.
Nada del otro mundo…
O, mejor dicho, algo completamente de otro mundo.
Ríen.
La sala comienza a teñirse de un violeta profundo. Los tres guardan un silencio hipnótico, como encontrándose a sí mismos a partir de ese color que ahora domina la estancia. Los rostros, cubiertos por un manto púrpura, cambian sus rasgos, transformándose en figuras hieráticas que parecen ver más allá de sus propios ojos.
—Pensar que este color fue el color de los emperadores. Era un privilegio de unos pocos hombres de la antigua Roma poder vestirse con el manto teñido de púrpura. “Nacido en la púrpura”, se decía de esos capitostes que, muchas veces sin ningún interés en detentar el poder, eran obligados a hacerse cargo de gobiernos corrompidos por el oro y las riquezas traídas de más allá de los muros de la ciudad eterna.
La digresión parece incomodar un instante a los otros dos, que se acomodan en los mullidos asientos en un silencio absoluto.
Nos reunieron a todos los técnicos en una sala de un ministerio: un dédalo de pasillos y de personajes extraños, de los que nunca se sabía con certeza qué función cumplían. La burocracia, en cualquier mundo, es universal. Puede haber sistemas capaces de resolverlo todo en una fracción de segundo, pero siempre hay alguien que necesita interponerse entre el problema y su solución.
Dijeron que nuestro trabajo era, significativamente, el más importante de los últimos cien años. Usaron esa palabra —significativamente— marcando cada sílaba, recorriendo con la mirada el semicírculo de ingenieros que escuchábamos en silencio. Debíamos ser estrictamente respetuosos de los protocolos.
Trabajar con una médium de ese planeta era algo delicado. A veces —nos advirtieron— se introducían demasiado en la mente de los operadores, sin intención… o al menos esa era la versión oficial.
La médium que trabajaría con nosotros tenía un nombre impronunciable. Para fines operativos, podíamos asignarle uno.
Alguien propuso un código.
Yo, no sé bien por qué, pensé en otro.
Elote.
Nunca lo dije en voz alta.
No sé por qué se me ocurrió ese nombre para alguien que no había visto jamás. Tal vez por las chinampas que inspiraron nuestra ciudad flotante. Tal vez por una imagen vaga, casi infantil, de algo vivo y ordenado creciendo en hileras.
Sonreí para mí mismo.
A veces la verdadera riqueza de nuestras vidas reside en estas ocurrencias que —sin motivo alguno— nos apartan, aunque sea por un instante, de todo lo demás.
Pasaron algunos días mientras trabajábamos concentrados en el plan de movimiento de la ciudad. Elevar una estructura flotante en una atmósfera densa es una tarea ardua, con cientos de parámetros que controlar y una cantidad aún mayor de contingencias que prever.
Convengamos que quienes diseñaron y desarrollaron la chinampa —ya habíamos empezado a llamarla así— tuvieron en cuenta la mayoría de estos problemas. Pero una cosa es prever la posibilidad de que algo ocurra y otra muy distinta es que ocurra.
Una vez que acordamos los lineamientos básicos de la operación de reubicación, me avisaron que la médium estaba lista.
—Tendrás que acostumbrarte a “hablar” de otra forma —me dijeron—. Tené en cuenta que con quien te vas a comunicar es con un ingeniero del otro mundo. No caigas en el error de creer que estás “hablando” con ella.
Hicieron una pausa breve, como si evaluaran hasta dónde convenía explicar.
—La llamamos “ella” porque cumple una función análoga a la de un cigoto en su forma de reproducción… pero cualquier comparación con nuestra sexualidad es, en el mejor de los casos, engañosa.
Asentí.
Desde que nos aventuramos a las estrellas habíamos tenido que acostumbrarnos a formas de vida que desmentían, una y otra vez, nuestras certezas. Con cuánta arrogancia creímos durante años que sabíamos algo de biología.
—Por una cuestión de ética entre especies —continuaron—, solo leerá aquello que esté directamente vinculado al proyecto.
Otra pausa.
—No te preocupes por pensamientos marginales… pero procurá ser respetuoso.
No hacía falta que agregaran nada más. Era evidente que no había manera de impedirlo del todo.
Organizaron todo para trabajar en un sector semi oculto de la ciudad, cerca de la base. Cuestiones de comunicación, dijeron.
Un ayudante me acompañó durante un trayecto extenso por un túnel. En algunos tramos, las paredes dejaban ver la trama viva de la estructura: fibras vegetales, rizomas que asomaban entre los paneles, como si la ciudad respirara por dentro.
La imagen era, aun así, inquietante.
No sé por qué podemos convivir con una idea extraña durante toda una vida sin sobresaltos, pero cuando esa idea se presenta en su forma material algo en nosotros se resiste. Como si hubiera una diferencia esencial entre comprender y ver.
Supongo que a ciertas personas les ocurre algo parecido cuando se enfrentan, por primera vez, a un cadáver. Luego de recorrer en un vehículo utilitario una serie de pasillos de material sintético llegamos a una habitación donde estaba esperando. Solamente una mesa y dos sillas, una adaptada al cuerpo de la médium.
Sabía algo de la anatomía de Elote, pero enfrentarme a ella fue una experiencia de una intensidad inusitada. Largos apéndices planos, similares a alas de libélula surgían de las sienes. Dedos de falanges larguísimas, que parecían insectos. Manojos pilosos, de cierto brillo extraño, lucían palpitantes a la luz violeta del cielo. No puedo decir que era hermosa. No puedo decir nada acerca de lo que no es humano. Estamos malacostumbrados a asumir que la belleza y los patrones estéticos son los de nuestra especie. Ella era atractiva de otra manera. Elote pensé para mí y solo me senté sin saber cómo saludarla.
Trabajamos varios días. Escuchaba las indicaciones de mi colega del otro planeta a través de Elote. A ver si me entienden: ella solo estaba sentada. A veces movía los ojos hacia arriba, como si buscara algo. En otras ocasiones parecía volver a la realidad de la mesa de trabajo y esbozaba algo parecido a una sonrisa. Era difícil saber cuándo era ella y cuándo el médium tomaba el control.
No escuchaba voces ni sentía nada. Simplemente se había formado un trío en el que —de un modo que aún me resulta imposible de explicar— surgían ecuaciones y corregíamos medidas. Después de cada jornada dormía con un cansancio extraño, casi agradable, donde el mundo onírico se fundía con la realidad. En los días de trabajo más arduos con Elote y el ingeniero, no podía discernir entre la vigilia, el sueño y las sesiones de trabajo.
Los primeros días fueron vertiginosos, intensos. Pero a medida que avanzábamos comencé a soñar con ella. En uno de esos sueños, la alienígena me abrazaba de una forma tierna y parsimoniosa. Sentía sus manos acariciándome los brazos, como un insecto recorriendo mi piel en una tarde estival en la Tierra.
Me desperté con la última ola de excitación, mojado, diciendo mamá.
***
Finalmente se pudo reubicar a la ciudad y todo terminó bien. Se comprobó que el nivel de enrarecimiento de la atmosfera se debía a las emanaciones de las empresas mineras que trabajaban en la superficie del planeta.
Hubo felicitaciones y los medios nos reconocieron como lo más granado de la generación joven de profesionales de la ingeniería. Nunca está de más que acaricien nuestro ego. A partir de ese momento, solo se debía vigilar en forma permanente la dinámica de los gases y estar preparados para aplicar los protocolos que habían surgido del estudio y del trabajo de reubicación.
Luego de los brindis cada uno volvió a sus respectivas ocupaciones. No voy a negar que me había acostumbrado a estar con Elote. Nunca imaginé que sufriría un conflicto de separación con la alienígena. Cuando todo terminó, volvió a un planeta cercano del sistema. Nunca supe a qué.
Es difícil describir la sensación de haber pasado un tiempo con alguien que no comparte tu idioma, tus costumbres y, sobre todo, tu anatomía. Elote era una presencia física muy fuerte, cuyo comportamiento e idiosincrasia eran difíciles de separar de su función de médium.
Es algo así como estar con alguien que no está, y que tiene muy poco que ver con uno. Sin embargo, a lo largo de nuestro trabajo me fui acostumbrando a su manera de no estar. Sí, suena extraño: la ausencia puede ser una forma muy intensa de presencia.
Me pareció correcto —no sé si esa es la palabra— despedirme de Elote de la manera más formal posible. Si bien ella no estaba presente en las sesiones en un sentido convencional, sí lo estaba de cuerpo: compartía con nosotros esa condición mínima de toda cosa real —espacio, tiempo, causalidad—.
A veces me pongo filosófico.
Tenía que agradecerle de alguna manera su colaboración. Fue ahí cuando empezó todo.
Me acerqué a ella con las manos unidas delante, en un gesto torpe de humildad. Bajé la cabeza e hice lo único que podía hacer: agradecerle en mi propio lenguaje. Supuse —sin demasiada convicción— que alguien con sus capacidades podría entenderme.
—Ha sido un placer compartir un espacio de trabajo —balbuceé.
Las estructuras membranosas de su cabeza —esas falsas alas de libélula— vibraron apenas, como si una corriente imperceptible las atravesara.
Entonces ocurrió. No escuché nada. Pero sentí formarse en mi mente una palabra, con una claridad absoluta, desprovista de todo sonido:
Elote.
Me quedé inmóvil. No era una traducción. No era una aproximación. Era exactamente esa palabra. La que nunca había pronunciado, la que, hasta ese momento, había sido solo mía y era ella quien la estaba repitiendo.
Sentí un escalofrío —no en la piel, sino más adentro, en un lugar difícil de ubicar—, como si algo hubiera encontrado una forma de entrar sin atravesar nada.
No dije nada más.
Nunca me había sentido tan expuesto.
La estancia se hunde en un claroscuro denso. Los violetas se rinden ante un gris de ceniza que apenas deja traslucir los contornos de las ciudades hermanas, flotando en el horizonte como boyas olvidadas en un océano de gas. Afuera, la tormenta se arremolina en capas lentas, como si pensara.
Los tres permanecen en silencio.
La luz cambiante les recorta los rostros por momentos: uno inclina apenas la cabeza, el otro sostiene la mirada hacia el fondo, como si buscara algo que no termina de aparecer. El tercero —el que ha hablado— los observa sin moverse, atrapado en esa pausa que ya no les pertenece del todo.
Es una tarde más que cae sobre este mundo extraño; uno de esos instantes efímeros en los que el sentido de la realidad se diluye en el pensamiento. Y ahí, en medio de la tormenta, compartiendo el mismo aire espeso, comprenden —cada uno a su manera— que la verdad de un hombre es algo que solo le pertenece a él, y que muere con él.
¿Saben qué hice? —continuó, y su voz ahora parecía venir de un lugar mucho más lejano—. Solo repetí el nombre mentalmente una vez más, como una oración de una religión olvidada. Elote. Ella era un ser de una proporción diferente a la nuestra. Esa es la palabra justa: proporción. No puedo hablar de cultura o de biología, sino de esa grieta insalvable entre las cosas que nos importan y lo que el universo realmente es. Nuestra relación fue desproporcionada, y solo pudimos encontrarnos en un punto común a través de un silencio que no nos pertenecía.
La dejé ir, por supuesto. Ignoro su anatomía, ignoro cómo su especie entiende el placer o el dolor. Pero a través de esa palabra, de ese nombre que ella me arrebató de la mente, sé que alguna vez, en ese ajeno universo interior, fui visto. Y ser visto por lo desconocido es una forma de condena.
La quietud se quiebra por la voz de uno de los amigos, una pregunta que flota en el aire como una advertencia:
—¿Te gustaba?
El silencio que sigue es sólido, como un bloque de mármol con una inscripción que el tiempo ya ha borrado. El hombre sonríe, pero su gesto queda sepultado por la penumbra absoluta.
—Es imposible saberlo —dice finalmente—. Hay historias que no están hechas de amor, sino de una extraña clase de reconocimiento. Dejémoslo ahí. Al final, somos como esta ciudad: flotamos sobre lo que no comprendemos, fingiendo que tenemos el control.
Se hace un silencio definitivo. Los tres se sirven el té, con movimientos lentos y ceremoniales, mientras miran las luces distantes de la urbe vecina titilando en la espesura, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 26 de abril de 2026
