La falla
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
No sabe si es una voz en el sueño o la alarma lo que termina despertándolo. Desde hace años, la mañana resulta difícil de reconocer en aquellas habitaciones artificialmente oscurecidas, diseñadas para conservar la ilusión de una noche que el mundo exterior ya casi no ofrece. La voz irrumpe a través del comunicador con una premura inhabitual, aunque no alarmada; más bien cargada de esa tensión contenida que acompaña a los acontecimientos demasiado importantes.
—La operación Laocoonte acaba de entrar en fase de recepción. Necesitamos que vengás cuanto antes. Quieren que supervises el proceso personalmente.
Permanece unos segundos en silencio, todavía atrapado entre el sueño y la vigilia.
—¿Ya comenzó la transferencia?
—Hace unos minutos. El ensamblaje debería completarse antes del mediodía… si todo sale bien.
La comunicación se interrumpe.
Se queda inmóvil, boca arriba, escuchando sus propios latidos. Mira —como cada mañana— el cuadro adherido a la placa de la puerta: cuerpos alargados, sumidos en una iluminación acuosa, como si la escena transcurriera bajo el agua, en el mar ancestral del que surgió la vida hace millones de años.
El hombre barbado del cuadro se retuerce en el suelo, aferrando con todas sus fuerzas la cabeza de la serpiente que intenta rodearlo y matarlo, comprimiéndolo con los anillos de su cuerpo, movidos no solo por la fuerza física sino también por el oscuro designio de los dioses, empeñados en acallar al adivino. A sus lados, los hijos luchan en posturas apenas inverosímiles, como si adoptaran poses de danza para enfrentarse a la serpiente.
Detrás, una ciudad fortificada continúa su vida como si nada ocurriera en el primer plano del cuadro. Es robusta, protegida por muros rojizos de los que emergen torres y templos como hongos tras la lluvia. Padece cierta irrealidad: para quien sabe qué escena se representa, esa ciudad no es la bien amurallada Ilión —piensa, soportando el mal aliento del despertar—, sino más bien Toledo en la época del artista.
—Laocoonte… ¿te han traicionado los dioses nuevamente?
Se viste con premura sin dejar de mirar el cuadro del Greco.
La ciudad donde vive también creció entre restos de otras ciudades. Hoy es un dédalo vertical —si cabe el término— de torres ciclópeas que se enredan en pasadizos aéreos, uniendo estructuras tan vastas que funcionan como barrios enteros. Por fuera, todo es silencio: una masa de hierro, cemento y vidrio que se recalienta bajo un estío prolongado, consecuencia de dos siglos de alteraciones atmosféricas.
Hoy hay una recepción prevista desde hace meses. Resulta casi absurdo que, en un mundo donde el tiempo se ha comprimido y las distancias se han vuelto irrelevantes, persistan demoras dictadas por la burocracia y la seguridad.
Atraviesa el conducto que conecta su residencia con la torre de arribos. Piensa, sin detenerse, en la paradoja: los hombres no viajan; el arte sí.
Hace tiempo que nadie transporta una pintura. No hay lienzo, ni marco, ni peso. Solo una secuencia: el espinograma, la disposición exacta de cada partícula, reconstruida en destino con una fidelidad superior a cualquier copia anterior.
Recuerda los primeros ensayos —escarabajos egipcios, anillos, camafeos— y el entusiasmo ingenuo que provocaron. Después llegaron las grandes piezas. La Gioconda, reproducida con sus mismas grietas. Idéntica. Y, sin embargo, no.
La original —si es que la palabra aún significa algo— quedó asociada a un lugar más conceptual que real: el Louvre, cerrado desde hace décadas.
El espinograma del Laocoonte nunca fue público. Los derechos continúan en manos del Vaticano, que ya no exhibe la obra, aunque comercializa reproducciones sensoriales cada vez más precisas.
Piensa en ello mientras desciende.
Y vuelve, inevitablemente, a la misma imagen: los cuerpos tensos, la advertencia ignorada, la serpiente.
***
El Laocoonte fue desenterrado en Roma en tiempos de Miguel Ángel. Durante siglos se creyó —Plinio lo aseguraba— que había sido tallado en un único bloque de mármol, como si la unidad material garantizara también una verdad. Después se supo que no. Piensa en eso mientras avanza: en la necesidad persistente de creer en lo indivisible.
La primera copia la hizo Baccio Bandinelli, un acérrimo competidor de Miguel Ángel, tildado durante siglos de mediocre, injustamente.
Laocoonte, el adivino que había advertido a los troyanos que no introdujeran el caballo dentro de los muros de la ciudad, permanece fijado en ese gesto de agonía que exagera cada músculo, cada torsión del cuerpo. A su lado, sus hijos Antífante y Timbreo repiten la agonía del padre con rostros desesperados.
Nadie escuchó la advertencia. Cuando las serpientes emergieron del mar para matarlo junto a sus hijos, los troyanos interpretaron el castigo como una señal divina. Poco después, el artero caballo entró en la ciudad.
El comprador es un multimillonario de otro sistema. Ha adquirido la réplica del Laocoonte en un intercambio que se comenta desde hace semanas. A cambio, ha cedido el espinograma de una escultura de su propio mundo: un ídolo anterior a la supresión de los cultos, una de las pocas piezas que sobrevivieron a la iconoclasia de su planeta.
La operación se realizó bajo protocolos extremos. Los espinogramas —utilizables una sola vez— fueron verificados, certificados, sellados. Hay cláusulas para casi todo: fallas de reconstrucción, interferencias, incluso la necesidad de repetir el proceso en condiciones controladas. Improbable, pero no imposible.
Por cuestiones protocolares, ambos espinogramas se transmiten simultáneamente. En este tipo de operaciones, sin embargo, la simultaneidad resulta menos exacta de lo que el lenguaje supone en un universo donde las distancias hace tiempo dejaron de comportarse de manera intuitiva.
Piensa en el informe preliminar. Ninguna variación. Ninguna irregularidad.
La transferencia debería completarse sin inconvenientes. El sistema de comunicación cuántica alcanza desde hace décadas una precisión difícil de discutir. Si aparece una falla, casi siempre se origina en los ensambladores moleculares encargados de reconstruir la obra en destino.
Ellos reciben un Laocoonte. Nosotros, el ídolo.
La sala de recepción es un espacio amplio, prácticamente vacío, de paredes claras. La luz natural atraviesa filtros dispuestos en las ventanas y se derrama sobre el suelo con una cualidad extraña, como si el aire mismo ofreciera una leve resistencia. Hay algo acuático en esa iluminación, una irrealidad difícil de justificar, que transforma los contornos y vuelve incierta la profundidad de las cosas. Le resulta contradictorio: conservar la luz del mundo y, al mismo tiempo, forzarla a comportarse de un modo ajeno, casi onírico.
El centro de la estancia queda a varios metros de la entrada, y es allí donde se encuentra el ídolo. No es únicamente su tamaño lo que lo vuelve imponente, sino una forma más difusa de presencia, como si la materia que lo compone respondiera a otra lógica. Oscuro, compacto, de líneas que no terminan de fijarse en una geometría reconocible, se impone en el espacio con una quietud que incomoda, como si esa misma inmovilidad fuera el resultado de una tensión contenida.
Le informan que el proceso se ha completado con éxito y que lo que tiene delante es una reconstrucción perfecta, lo más cercana posible a la escultura original. Asiente sin responder.
La obra es la misma que fue vista en hologramas con lujo de detalles antes de cerrar el trato. Había podido recorrerla desde todos los ángulos, incluso por debajo, en modo flotante. No hay prácticamente diferencias. Pero algo se percibe.
No encuentra nada que señalar. Ninguna falla, ninguna irregularidad que pueda sostenerse como tal. Y, sin embargo, la incomodidad persiste, como si la obra se resolviera demasiado bien ante la mirada, sin dejar resto, sin admitir variación.
Gira en torno a la cabeza monumental sin poder refrenar una frase hecha, casi obligada: un dios desconocido.
Durante un instante —que después no sabrá precisar— la idea se le impone con una claridad incómoda: las copias han dejado de ser copias. Ya no existe reproducción ni traslado, sino reiteración exacta de la materia. El Laocoonte estará ahora en otro sistema con la misma fractura en el brazo, la misma aspereza en la piedra, la misma historia adherida a cada superficie. Y, sin embargo, algo se resiste.
La diferencia ya no parece residir en la obra, sino en la autorización para repetirla. Durante siglos el arte dependió de una imposibilidad material: que una misma cosa no pudiera existir plenamente en más de un lugar. Ahora todo eso ha quedado reducido a permisos, protocolos, derechos de reproducción. La materia ya no garantiza nada.
Recuerda entonces el Laocoonte del Greco que observa cada mañana. También ese cuadro nació de un acceso, de una interpretación autorizada del original. Piensa en Bandinelli. En las copias romanas. En los restauradores que añadieron brazos inexistentes durante siglos. Tal vez toda obra haya sido siempre una secuencia de variaciones apenas perceptibles.
Recuerda las lecturas de sus años de universidad. Kant. Schopenhauer. Filósofos que imaginaron una realidad oculta detrás de las apariencias visibles. Por un instante tiene la impresión de que aquellos hombres alcanzaron a intuir algo de este mundo.
En toda copia existe una desviación mínima, imposible de registrar. Una alteración microscópica en la posición de un átomo. Una degradación imperceptible en la secuencia original. Algo demasiado pequeño para ser medido y, sin embargo, suficiente para impedir la coincidencia absoluta.
La obra de arte es un Caballo de Troya que esconde esa asimetría.
Y no hay Laocoontes para advertirnos.
El pensamiento le produce vértigo.
En algún otro lugar del espacio existe ahora un Laocoonte apenas distinto de este. Una variación mínima —invisible, inevitable— atraviesa la galaxia bajo la forma de mercancía.
El ídolo permanece inmóvil en el centro de la sala mirando hacia ninguna parte.
O quizá hacia algo que todavía no somos capaces de comprender.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 8 de mayo de 2026
