Sonata Pastoral
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Antes de apoyar los dedos sobre las teclas existe siempre un instante extraño.
Un intervalo mínimo en el que la música todavía no ha comenzado y, sin embargo, parece estar ya presente en algún lugar de la habitación. Como si aguardara. Como si hubiese existido desde antes y ella solamente fuera a abrirle el camino hacia el mundo.
Piensa a veces que el tiempo funciona de esa manera.
No como una línea recta, sino como una superposición de cosas que permanecen ocultas unas dentro de otras, esperando el momento de manifestarse. La infancia dentro de la anciana. El recuerdo dentro del amor. La muerte dentro de la vida.
Quizá también el sonido exista antes de ser escuchado.
Le gusta imaginarlo descendiendo lentamente desde algún sitio imposible: un alfiler, una gota de agua atravesando el aire en una caída interminable. Y luego el silencio que acompaña ese descenso; un silencio tan profundo que ya no parece ausencia de sonido sino otra cosa, algo anterior incluso a la música.
Entonces comienza a tocar.
La melodía surge suavemente, como una nana escondida en los espacios invisibles de la materia.
En la sala, el piso de madera brilla bajo la luz de la mañana de otoño, esa claridad que bendice los muebles con un color que solo esta época del año sabe usar para pintar las cosas. Los dedos se mueven con una suavidad inentendible, como si no fueran dedos humanos sino el aleteo lento de algún pájaro suspendido en el aire.
El tema va llenando de calor el ambiente. Es un tejido suave que completa la armonía de la estancia, poblada de muebles antiguos, tal vez fuera de moda, aunque inseparables de la casa.
Los arpegios abrazan como dos amantes que se reencuentran después de una pelea fingida, una de esas pequeñas rencillas de los primeros tiempos del noviazgo que no son verdaderos desencuentros, sino apenas una excusa para volver al amor.
A lo largo de su vida, sus manos se han transformado: de la suavidad casi angelical de la juventud a la piel manchada de la anciana que es ahora. Piensa entonces en todo lo que sabe de esa composición, compañera de tantos años.
Beethoven compuso aquello en 1801. La sordera ya comenzaba a hacer estragos en su salud y en su temperamento y, sin embargo, la sonata conserva en el comienzo una tranquilidad asombrosa. El bajo es un latido suave pero profundo, como si allí pudiera escucharse el corazón mismo que sostiene la pieza.
Sabe, además, que no fue Beethoven quien la llamó Pastoral, sino alguno de sus editores. A veces son los demás quienes terminan decidiendo el verdadero nombre de las cosas.
***
Mira la superficie del planeta. Una pintura de una belleza difícil de describir, con cicatrices minerales y pliegues tectónicos que recuerdan a un cuadro imaginado por un pintor surrealista. ¿Cuánto tiempo hace que contempla esa imagen todas las mañanas? La vida en órbita cambia la personalidad, dicen. Las veces que se ha reunido con gente de Tierra firme ha notado diferencias, no solo físicas sino también psicológicas. Hay cierta desesperación en quienes pasan apenas unos días en la estación. Aunque la gravedad artificial había solucionado casi todos los problemas físicos, todavía existen dificultades para adaptarse a aquella quietud suspendida, a la distancia, a la conciencia constante de estar separados del mundo.
Ella también fue una tierrafirme, como dicen allí arriba. Nació en un lugar de la Tierra que ahora le parece remoto no solo en el espacio, sino también en el tiempo y en la memoria. Las promesas de una vida mejor y de cierta paz interior la llevaron hasta allí, a un lugar alejado del Sol y de casi todo lo que alguna vez conoció.
El dolor de dejar a los suyos nunca desapareció. Aprendió a convivir con esa sensación de pérdida definitiva, con la certeza silenciosa de que probablemente jamás volvería a verlos. A pesar de las comunicaciones instantáneas de la tecnología de espines, el desplazamiento físico seguía siendo irreversible. Uno se marchaba hacia las estrellas y, sencillamente, no regresaba.
A veces pensaba que los primeros viajes humanos habían sido parecidos. Había leído alguna vez que, durante milenios, viajar no significaba desplazarse de un punto a otro, sino abandonar un mundo entero para entrar en otro. Migrar era una forma de existencia.
Recordaba una clase de su infancia. Le habían mostrado un mapa de las migraciones humanas por el continente americano. Sobre la superficie aparecían líneas y flechas que atravesaban montañas, ríos y desiertos. La maestra explicó que aquellos signos representaban movimientos que habían tardado miles de años en concretarse.
Miles de años resumidos en una flecha.
La idea todavía le parecía extraña.
Quizá por eso las flechas poseen algo inquietante. No representan solamente una dirección: representan una voluntad. Una tensión. El impulso de algo que abandona un sitio y busca otro. La flecha une la vida y la muerte: la mano que lanza y el cuerpo que cae.
Una flecha siempre está dejando algo atrás.
***
…Y vuelve a mirar el libro. El volumen está descosido y desgastado de tanto haber sido tocado. Los bordes de las páginas se encuentran gastados, algunos incluso rotos, y manchas antiguas —vino, tinta, tal vez café— cubren sectores del papel amarillento. Sonríe apenas. Hay algo conmovedor en ese deterioro: como si los años hubieran dejado una segunda escritura sobre las partituras.
Es una mañana de verano. Ha dejado la ventana abierta y el viento cálido juega con una de las cortinas, creando un movimiento de luces y sombras agradable, casi hipnótico. La tela parece una bailarina etérea que intenta seguir el compás de una música todavía suspendida en el aire.
La música.
Piensa que, antes de existir allí, impresa sobre esas páginas envejecidas, aquella melodía fue solamente una idea atrapada dentro de una mente humana. Algo invisible. Una criatura buscando la forma de entrar al mundo.
Pasa lentamente los dedos sobre el título de la sonata.
Tanto esfuerzo, piensa, para terminar convertido en manchas negras sobre papel destinado a amarillear con los años.
Se dirige al piano y apoya las manos sobre las teclas. Imagina entonces al compositor frente a un instrumento semejante, en alguna mañana sofocante del verano vienés. El cuerpo agotado después de la cerveza de la noche anterior, la respiración agitada, el corazón golpeando demasiado rápido dentro del pecho.
Tal vez el comienzo de la sonata nació así.
La mano izquierda insistiendo sobre una nota grave, suave pero obstinada, como alguien intentando ordenar el ritmo desbocado de su propia sangre.
Piensa que quizá toda música sea eso: un ser humano intentando dialogar con algo que ocurre dentro de sí antes de que desaparezca.
Y siente de pronto una cercanía extraña con aquel hombre muerto hace siglos. No con el genio ni con la figura monumental, sino con el ser cansado y febril que alguna vez buscó consuelo en unas pocas notas repetidas en la penumbra de una mañana de verano. Soportó la soledad y atravesó humillaciones terribles, peleas absurdas, días enteros de furia y abandono. Descuidó su cuerpo. Descuidó el mundo. Hubo épocas en que apenas podía convivir con los demás.
No he llegado a eso, piensa. Por suerte.
Pero la soledad adopta formas distintas.
La de ella no es una habitación desordenada ni el hedor agrio de un cuerpo olvidado, sino algo más difícil de nombrar: una separación tan vasta que ya no consigue asignarle una causa concreta. No puede señalar el instante exacto en que comenzó a quedarse sola. Tampoco el motivo verdadero.
Tal vez marcharse era inevitable. Las flechas de Cupido no fueron hechas para las distancias relativistas.
***
El movimiento imperceptible de la estación solo se evidencia por el lento pasaje del planeta bajo la ventana. Es una sensación de quietud en movimiento. Parece contradictorio. Sin embargo, aquel desplazamiento silencioso le transmite una paz difícil de explicar, como una danza ejecutada por el mundo.
Le gusta pensar en la galaxia entera como una obra de arte donde danza, pintura y música se entretejen en los racimos estelares.
Mientras contempla la imagen, evoca mentalmente una melodía acorde al paisaje: un latido suave sosteniendo un tema cálido, primaveral, optimista.
El hombre que compuso la Pastoral jamás habría imaginado los cambios que experimentarían el mundo y la humanidad. ¿Cuántos siglos habían pasado desde entonces? ¿Diez? Nunca pareció preocuparse demasiado por las fechas ni por el paso del tiempo.
Ella sí.
Podía explicar con precisión la historia y el contexto de cada obra que interpretaba. ¿Seguirás tocando? ¿Cómo serán ahora tus manos?
Siempre ejecutabas la Sonata Pastoral por la mañana. No recuerda una sola vez en que la hubieses estudiado de tarde. Habías convertido aquella sonata en una ceremonia del amanecer.
Decías que la mañana era la única hora correcta para tocarla.
Ese sol persistente en el bajo marcaba —decías— el ritmo de la Tierra despertando después del descanso nocturno. Como si el planeta entero hubiese permanecido dormido y la música acompañara lentamente el regreso de la vida.
Entonces comprendí algo que tardé años en aceptar: la vida en órbita junto a mí nunca había sido compatible contigo.
Lo entendí demasiado tarde.
Tú no querías abandonar la Tierra. Necesitabas sus mañanas, la humedad del aire, el olor de los árboles después de la lluvia, esa luz oblicua atravesando las ventanas.
Necesitabas el mundo físico, tangible, cercano.
Nunca entendiste cómo yo podía pasar semanas enteras sin abrir una ventana. Decías que las habitaciones cerradas terminaban pareciéndose demasiado a una tumba o a una nave espacial. Yo me reía entonces. Todavía no sabía que ambas cosas podían ser lo mismo.
Y quizá también necesitabas permanecer allí para comprender lo que aquel hombre sordo y huraño había querido decir a través de las notas.
—No te voy a acompañar.
La frase continúa resonando dentro de ella después de tantos años y tantos millones de kilómetros.
Ahora cree entenderlo.
Ella buscaba el universo dentro de sí misma, sin necesidad de atravesar galaxias.
Comprendió antes que nadie que viajar no siempre implica desplazarse. Que también existen viajes inmóviles.
Y que un piano puede ser una nave mucho más vasta que cualquier estación orbital.
***
Hace ya un tiempo que sueña con ella.
Se despierta en mitad de la noche con una agitación extraña, como si hubiese estado corriendo a través de un lugar inmenso. Los sueños regresan cada vez con formas distintas y, sin embargo, conservan siempre la misma imagen: ella, joven todavía, tal como era cuando se conocieron antes de la partida.
¿Cómo serás ahora?
Piensa en las distorsiones del tiempo, en los calendarios alterados por la velocidad y las distancias entre sistemas estelares. Tal vez la otra continúe siendo joven en algún corredor orbital perdido entre las colonias exteriores. Tal vez no. Ella, en cambio, se ha convertido en una mujer cansada. La Tierra deja marcas distintas sobre el cuerpo.
Hace mucho que las noticias dejaron de llegar. Ya ni siquiera recuerda cuál fue la última cosa que se dijeron.
Mira el dormitorio. El espacio conserva una estética de siglos anteriores, de acuerdo con aquella moda que había vuelto elegante la nostalgia. Los muebles de madera y el piso de tablas claras le producen una alegría difícil de explicar, hecha de asociaciones pequeñas: las primeras clases de piano, el olor del barniz, las partituras impresas en papel —a la antigua— de las que nunca quiso desprenderse.
Para recuperar el sueño perdido durante la noche ha dormido parte del día y ahora la tarde empieza a inclinarse sobre la sala del piano, iluminando los objetos con colores distintos. Dentro de poco llegará la noche de ese otoño ya avanzado que tanto le gusta.
Durante años creyó que la Pastoral pertenecía únicamente a las mañanas.
Acaricia la silla. Luego la madera gastada del piano.
El pensamiento surge lentamente, como si hubiese permanecido oculto durante décadas en algún rincón silencioso del cuerpo. Finalmente asciende hasta los labios convertido apenas en un murmullo.
—Te quiero.
Después se sienta frente al piano y toca la Sonata Pastoral por primera vez en su vida en un horario que no es la mañana.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 15 de mayo de 2026
