Cronobabelia
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Ahora ya no sé dónde estoy ni adónde voy. Las pocas certezas que alguna vez tuve las he perdido por completo. En algunos momentos todavía logro ser yo mismo y, en otros, apenas una conjunción de cosas que nadie podría explicar con claridad. Tal vez nunca fuimos individuos verdaderos. Tal vez siempre fuimos esta superposición monstruosa de estados posibles y la linealidad temporal no era más que una cortesía neurológica.
La simple idea de la coexistencia temporal fue el desencadenante de todo el drama. La teoría del Campo Trascendental fue la perdición de todos.
Ahora estamos aquí, atrapados en un mundo descontrolado por todas las formas del tiempo que puedan concebirse. Algunos ya están enloqueciendo. No pueden soportar verse más viejos o más jóvenes caminando por los corredores. Hay quienes intentan hablar consigo mismos durante horas, como si pudieran corregirse retrospectivamente. Otros huyen apenas reconocen sus propios gestos en otro rostro.
Hace dos días —o tal vez dentro de varios años— vi a una mujer tener un ataque frente al ascensor central del Módulo Lebedev. Tenía el rostro descompuesto, como si acabara de atravesar una catástrofe íntima imposible de nombrar. Había encontrado a su propia versión de cincuenta años en el futuro y ambas habían discutido violentamente. No era difícil imaginar la escena: inculpaciones, reproches, críticas demoradas durante décadas, resentimientos por decisiones jamás tomadas o tomadas demasiado tarde.
La discusión fue creciendo hasta volverse casi obscena. La mujer anciana parecía conocer cada miedo de su contraparte joven con una precisión insoportable. Finalmente, en medio del altercado, la versión futura comenzó a perder estabilidad perceptiva. Su cuerpo se volvió difuso, translúcido por sectores, como si distintas edades intentaran ocupar simultáneamente el mismo espacio. Luego se evaporó lentamente hacia otra escala temporal.
Nadie intentó detenerla.
Me quedé algunos instantes contemplando a la mujer más joven, derrumbada contra la pared metálica del corredor. Respiraba con dificultad. Tenía la mirada perdida en algún punto imposible entre el presente y el futuro.
Entonces dijo algo en voz baja, casi para sí misma:
—No me importa pelearme… la tortura es acostumbrarme a ser un mazo de naipes desperdigado por el mundo.
La frase me pareció la mejor descripción del efecto del atentado.
Porque eso éramos ahora: fragmentos de nosotros mismos distribuidos a través de distintas edades, coexistiendo sin orden ni jerarquía, incapaces ya de sostener la ficción de una identidad continua.
Antes todo era distinto. La coexistencia temporal estaba controlada. Todo el mundo permanecía relativamente tranquilo dentro de su anclaje cronológico: una estabilidad perceptiva, una coherencia causal mínima, una continuidad suficiente para soportar psicológicamente la vida en la base. Solamente había que realizar los pasajes entre un módulo temporal y otro mediante protocolos adecuados.
Pasar de un módulo del siglo XXV a uno del XXXII era un trámite delicado pero perfectamente reglamentado. Se realizaban calibraciones neurológicas, sincronizaciones perceptivas y pruebas de coherencia categorial. Los contactos intertemporales solo se permitían ocasionalmente y casi siempre por motivos administrativos o estratégicos: reuniones para establecer criterios comunes entre épocas, transferencias tecnológicas, conciliaciones políticas entre gobiernos separados por siglos.
La base había sido diseñada precisamente para eso. No para abolir el tiempo, sino para organizar una coexistencia utiel entre pasado y futuro.
Cada siglo aportaba algo distinto: materiales, formas de energía, procesos industriales, modelos matemáticos, sensibilidades artísticas incluso. Los tiempos diferentes hacían crecer la estructura de una manera imposible para cualquier civilización lineal. Había módulos construidos con aleaciones que aún no existían cuando sus cimientos fueron colocados. Jardines hidropónicos diseñados por botánicos muertos siglos antes de que las semillas germinaran. Conductos de ventilación corregidos por generaciones futuras antes de presentar fallas.
La base parecía desarrollarse como un pensamiento extendido sobre distintas edades de la humanidad.
Y tal vez allí estuvo el error.
Porque cuanto más crecíamos, más dependíamos de aquella delicada estabilidad trascendental. Nadie entendía realmente el Campo. Los físicos podían describirlo; los neurólogos, inducirlo; los ingenieros, mantenerlo operativo. Pero nadie sabía qué era exactamente lo que sostenía nuestra continuidad temporal.
Hasta el atentado.
Hasta que alguien comprendió que no hacía falta destruir la estructura física.
Bastaba con romper la permanencia.
***
Ahora las personas derivan entre épocas como fragmentos de conciencia arrastrados por una corriente invisible. Un técnico puede comenzar una reparación en el presente y terminarla cuarenta años atrás. Los médicos atienden pacientes que todavía no han enfermado. Los muertos aparecen conversando tranquilamente en corredores secundarios para desaparecer minutos después dentro de épocas que ya no existen.
Y lo peor no son las desapariciones.
Lo peor es la convivencia.
Hay hombres obligados a cruzarse diariamente con todas las edades de sí mismos. Niños observando en silencio a sus versiones agotadas. Ancianos siguiendo a sus yos jóvenes por los pasillos con una mezcla insoportable de nostalgia y resentimiento. Algunos intentan darse consejos. Otros se insultan. Otros vuelven a enamorarse de personas que todavía no conocen.
En el Módulo Mishkin ya comenzaron los primeros suicidios temporales. Las personas entran en crisis y avanzan hacia sectores no estabilizados de la base sin respetar protocolos ni advertencias. Corren hacia módulos inconclusos, corredores todavía no calibrados o zonas experimentales donde el Campo Trascendental jamás terminó de probarse correctamente.
Allí, según los pocos testimonios recuperados, ocurre algo peor que la muerte.
Una pérdida absoluta de la sensación temporal: la eliminación completa del concepto de tiempo de la mente humana. No existe pasado. No existe presente. No existe futuro.
La conciencia deja de mantener cualquier coherencia cronológica y se dispersa por completo. Los físicos describen el fenómeno mediante términos imposibles de comprender: una caída desde todas las partes y todos los tiempos hacia ninguna parte y ningún tiempo.
Algún estudioso perverso bautizó aquel fenómeno como el Efecto Kant.
Aseguran haber visto personas desintegrarse lentamente mientras distintas edades de sí mismas aparecían y desaparecían alrededor del cuerpo como reflejos defectuosos. Otros hablan de individuos que continúan caminando por ciertos corredores aun después de haber perdido toda identidad reconocible, convertidos apenas en residuos perceptivos del Campo.
Nadie sabe realmente qué ocurre allí dentro.
Y quizá sea mejor así.
Todavía no se ha podido determinar quién ideó el atentado. Las investigaciones oficiales fracasan constantemente porque los registros se contradicen entre sí. Existen informes redactados antes del ataque que ya describen sus consecuencias. Declaraciones realizadas por personas que todavía no habían nacido. Sensores de seguridad registrando individuos que ingresan a sectores de la base décadas antes de su llegada oficial.
Pero todos los rumores terminan apuntando hacia la misma figura.
Un diseñador trascendental obsesionado con Dostoievski. El hombre que bautizaba los módulos con nombres de personajes de sus novelas. No era un simple rebelde: posiblemente había sido uno de los creadores de la base.
Después abjuró de su propia obra y se convirtió en un iconoclasta.
Tal vez intentaba destruir la coherencia temporal de la base porque había comprendido algo insoportable sobre ella. Otros afirmaban que simplemente terminó enloqueciendo después de años de desplazamientos cronológicos. Existía incluso una hipótesis más perturbadora: que necesitaba desesperadamente permanecer anclado a un único tiempo y que, incapaz de lograrlo, decidió condenarnos a todos a la misma fragmentación. A estar en todas partes. A convertirnos en una multitud de edades incompatibles coexistiendo dentro de un mismo cuerpo.
A veces pienso que el atentado no destruyó la base.
Solo reveló lo que siempre había sido.
***
En el Módulo Smerdiakov surgió una de las primeras comunidades de iniciados trascendentales. Al principio parecían simples supervivientes que intentaban conservar cierta estabilidad psicológica en medio del caos. Con el tiempo desarrollaron una mística propia, una religión improvisada alrededor del atentado y de sus consecuencias.
Para ellos, el verdadero castigo de la existencia humana era coexistir simultáneamente con todas las versiones de uno mismo: pasado, presente y futuro. La identidad lineal había sido una ilusión infantil creada por la mente para soportar el universo. El atentado no había destruido nada; simplemente había arrancado el velo perceptivo que mantenía organizada la conciencia.
Afirmaban que la redención consistía en tolerar esa fragmentación sin intentar reconstruir una continuidad falsa. Solo entonces el ser humano podría alcanzar un estado superior donde espacio, tiempo y causalidad recuperaran su coherencia: una arquitectura trascendental pura, establecida por la conciencia reconciliada consigo misma.
Con el tiempo, el Módulo Smerdiakov terminó aislándose del resto de la base. Bloquearon corredores, desactivaron accesos y comenzaron a rechazar violentamente el ingreso de personas provenientes de otros módulos. Afirmaban que los desplazamientos externos contaminaban la «coherencia espiritual» que buscaban.
Desde entonces, casi nadie entra allí.
Los habitantes del módulo comenzaron a hablar lentamente, como si cada palabra exigiera un esfuerzo inmenso de precisión. Poco a poco desarrollaron un lenguaje extraño que evitaba, siempre que fuera posible, el uso de tiempos verbales. Consideraban que conjugar pasado, presente y futuro reforzaba la ilusión temporal que había conducido a la humanidad al desastre.
Soñaban con una humanidad reconciliada consigo misma, reunida al fin en comunión con un solo y verdadero tiempo.
Los iniciados comenzaron a llamar a esa revelación “la Iglesia del Tiempo Único”.
Según su doctrina, la conciencia humana debía abandonar definitivamente la fragmentación cronológica y alcanzar una percepción absoluta, inmóvil, reconciliada consigo misma. Un estado donde todas las edades coexistieran sin contradicción y donde causalidad, espacio y experiencia volvieran a integrarse dentro de una única estructura trascendental perfecta.
Algunos los consideraban místicos inofensivos o simples fanáticos. Sin embargo, parecían poseer una virtud que los demás habíamos perdido: sufrían menos que el resto. La religión les había dado algo en qué creer, una historia capaz de justificar el caos como si fuese parte de una revelación. Es en momentos así cuando uno comprende verdaderamente por qué existen las religiones.
Uno de los iniciados —un hombre completamente devastado por la deriva temporal— recorría los corredores pronunciando discursos incoherentes sobre una revelación. Decía haber encontrado un libro llegado desde el futuro, un texto imposible cuya autoría nadie lograba determinar. Aseguraba que contenía la verdadera historia de la base y del atentado.
La arrogancia de los constructores despertó la ira del Creador, que los obligó a mezclar los tiempos generando una confusión tan profunda que ya no pudieron seguir construyendo.
A veces hablaba de San Agustín. Decía que había comprendido siglos antes el verdadero horror de la insanidad del tiempo: que el presente apenas existe, debatiéndose entre el recuerdo y la esperanza. Bastaba un guiño para perderlo.
Su predicación concitó una herejía. En el Módulo Aglaya afirmaban que la fragmentación no debía reconciliarse sino profundizarse hasta las últimas consecuencias. Creían que cada edad de una persona constituía una conciencia autónoma y que el verdadero crimen metafísico había sido obligarlas a coexistir dentro de una identidad única. Predicaban la divinidad de una disociación absoluta, millones de instantes coexistiendo.
Los smerdiakovianos los consideraban blasfemos y obreros del desafuero.
Es difícil incluso sostener una sola interpretación de lo que ocurre. Mientras haya humanos pensando la verdad, la relación puede doblarse en cualquier dirección. Tal vez la fragmentación no sea más que el reflejo de lo que el tiempo nos ha hecho. Las múltiples ideas filosóficas parecen apenas ecos de tiempos distintos.
Ahora estoy aquí observando este descontrol. Y, sin embargo, comienzo a sospechar que el miedo no es lo peor.
Después de buscarlo afanosamente, encontré al fin al hombre que predicaba en el Módulo Smerdiakov. Caminaba lentamente por los corredores hablando de redención y del Paraíso del Tiempo Único. Nadie parecía escucharlo ya.
Entonces levantó la cabeza. Sentí un vértigo imposible de describir.
Había algo insoportablemente familiar en sus movimientos, en la manera de inclinar el cuerpo al caminar, incluso en ciertos silencios que dejaba suspendidos entre frase y frase.
Evitamos mirarnos directamente. Comprendí entonces que no era necesario.
Lo observé alejarse bajo las luces defectuosas del corredor mientras una idea comenzaba lentamente a abrirse paso dentro de mí.
Mientras releo a Dostoievski en mi habitación, no puedo dejar de pensar en aquel anciano del Módulo Smerdiakov que recorre los pasillos llamando a los hombres a redimirse. Hay momentos en que recuerdo sus palabras antes de haberlas oído.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 22 de mayo de 2026
