¿Podré guardar alguna vez el color del cielo?
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Otra vuelta más y siento caer un cielo dentro de otro cielo.
Es un día cualquiera. No, no. Será un domingo cualquiera, un fin de fin de semana que se repite desde siempre.
La cama parece más alta que nunca hoy. La ventana está cerrada y las persianas metálicas, antiguas y descascaradas, están entornadas para protegerme del frío de la tarde y de los últimos ruidos del sábado. Los chicos y las chicas que beben y salen a divertirse de una forma que no entiendo.
Siento que el vello de mi cara se va esfumando gradualmente. Ahora percibo la piel tersa y suave de la mujer aún joven que soy.
Debo seguir con lo mío.
Escribiendo la historia.
¿Qué historia?
El frío va llegando con la ida de la luz.
La luz vuelve y vuelve y vuelve.
Después de entrar en la casa de la noche, que da miedo o alegría, la luz vuelve y vuelve y vuelve.
Aparto la manta y me incorporo lentamente. Conozco esta sensación. Primero llega una frase. Luego una imagen. Después una vida entera que no me pertenece.
La casa de la noche dice cosas.
Se cierran los ojos y empiezan a aparecer ellos.
A veces bailan alrededor del fuego.
Otras veces se deforman y se convierten en seres desconocidos.
Una vez vi que yo ya no estaba.
Flotaba hacia el cielo y tocaba las luces nocturnas.
Una aquí.
Otra allá.
Mis dedos podían atravesarlas sin sentir nada.
Abro los ojos.
La habitación ha vuelto.
La mesa.
Los libros.
La computadora apagada.
Pero alguien sigue hablando dentro de mí.
Él ha hablado hoy. Nos ha dicho cosas que no imaginábamos.
No todo está en este mundo y es una degradación de nosotros mismos pensar que podemos hallar la felicidad en esta existencia. Para acceder a un reino de paz y de luz hay que pasar hacia el otro lado.
No sé dónde queda ese lugar.
Me detengo.
Las palabras han aparecido en la pantalla sin esfuerzo.
No las he pensado.
Simplemente estaban allí.
Como si alguien las recordara por mí.
Hoy, al levantarse, estaba raro. Parecía un gobernante derrotado que quiere decir algo antes de morir en una batalla que sabe perdida.
Luego nos llevó al pie del gran cañón y nos mostró el hilo de agua que corría en el fondo.
Nos dijo que nosotros somos ese hilo de agua, los restos del río que alguna vez horadó el cañón.
Parecemos poca cosa, pero albergamos mucho en el alma.
Me quedo inmóvil.
La palabra alma permanece brillando en la pantalla.
Y entonces siento otra presencia.
Más antigua.
Mucho más antigua.
No conoce la palabra alma.
No conoce la palabra reino.
No conoce la palabra historia.
Conoce el frío.
Conoce el fuego.
Conoce la noche.
Conoce el regreso de la luz.
El fuego nunca desaparece del todo.
Se esconde.
Como los animales.
Como los muertos.
Como el sol.
Como la luz que vuelve y vuelve y vuelve.
Miro por la ventana.
La madrugada de otoño empieza a aclarar los edificios.
Por un instante no sé quién está observando. La idea da vueltas en mi cabeza, como si otros fueran quienes escriben a través de mi mano. ¿Mano? Es la misma que desde pequeña empezó a garrapatear las historias que hoy ya no consigo escribir. Recuerdo los lápices de colores de la abuela sobre este mismo piso de madera. Yo, tirada boca abajo, dibujando una casa, un árbol y una enorme flor sonriente, feliz por la sola existencia de las cosas.
¿Será que la vida es lo único?
¿Qué regalo nos has dado, Señor? Después está la muerte, aguardando pacientemente su turno. La hemos imaginado de todas las formas posibles: bella y terrible, oscura y luminosa, severa y danzarina. La hemos cubierto de símbolos para volverla soportable. Cuando llegue el momento sabremos cómo luce realmente. Mientras tanto, ¿qué puedo hacer?
Apenas consigo terminar esta historia intrincada que me ronda la cabeza y se niega a convertirse en algo inteligible. Las imágenes aparecen, se mezclan y desaparecen. Ninguna termina de encajar con las otras. A veces pienso que escribir no es más que una forma elegante de engañarnos. Las cosas se mueven. El mundo cambia. Todo fluye hacia otro estado. Y, sin embargo, nosotros insistimos en detenerlo mediante palabras, como si pudiéramos atraparlo entre las redes de la literatura.
¿Qué clase de compensación espero obtener por ello? ¿Qué puedo conservar realmente? Las tardes de invierno, la voz de las abuelas, el brillo de una ventana al amanecer, el rostro de alguien que ya no está. Nada permanece. Nada se deja poseer.
Recuerdo a mi abuela inclinada sobre el cajón donde descansaba mi abuelo. Lo observaba en silencio, como si estuviera intentando comprender algo que siempre había sabido. Después dijo:
—No somos nada.
Y durante años creí que hablaba de la muerte. Ahora sospecho que hablaba del tiempo.
Porque primero falta una persona.
Después falta su voz.
Después faltan los gestos.
Y un día cuesta recordar su rostro.
Éramos tantos como dos manos.
Ahora somos uno menos.
La serpiente se llevó a un dedo. En la oscuridad ese dedo faltante me habla.
Pero cuando llega la luz y mis ojos están pegados ya no está.
La mujer antigua ve la luz regresar después de la noche.
El discípulo escucha hablar de un reino de luz más allá de este mundo.
Yo veo caer un cielo dentro de otro cielo.
Quizá siempre estuvimos hablando de lo mismo.
Quizá el fuego oculto bajo la ceniza.
Quizá el río escondido en el fondo del cañón.
Quizá la luz.
Primero poca.
Luego mucha.
Mucha luz.
Luz.
El espejo del baño está envejeciendo.
El metal plateado se ha retirado de los bordes y deja aparecer un contorno amarillento que habla menos de la vejez del vidrio que de todas las personas que lo han mirado.
La madre de mi abuelo vivió aquí.
Esta es una de esas casas que esconden historias entre las grietas.
El entarimado ahora luce digno y moderno desde que lo hice arreglar. «Reciclado». «Puesta en valor». Expresiones que detesto.
Como si una casa pudiera aumentar o disminuir su valor.
El espíritu sigue aquí.
Las voces de las abuelas.
El bisbiseo de las oraciones que terminaba en un silbidito tenue cuando rezaban las letanías.
Las tardes de invierno. Los soles agonizando sobre las terrazas frías y grises.
El televisor blanco y negro en la cocina. Y desde la otra pieza una voz que decía: «Dichosos los invitados a la cena del Señor».
Ahora me maquillo aunque esté sola trabajando. Es una costumbre que no consigo abandonar.
La piel se vuelve tersa e impoluta bajo la base. Paso los dedos por debajo de la barbilla.
Allí están.
Los pelos.
Pequeños.
Duros.
Insistentes.
No son como los de los hombres. Los de los hombres se mueven con el viento. Parecen víboras.
No me gustan las víboras. Están escondidas entre los pastos altos. Uno pisa donde no debe.
Después todo ocurre muy deprisa.
Luego el cuerpo queda inmóvil para siempre.
Las mujeres lo levantan de los brazos y de los pies.
Lo llevan al centro de las chozas.
Arrojan cenizas.
Depositan flores recogidas entre los pastos.
Gritan.
Y el agua sale de los ojos.
Los ojos se vuelven ríos.
Ríos como el que corre allá abajo.
A veces grande.
A veces pequeño.
Pero siempre moviéndose.
Siempre yéndose.
¿Se pueden guardar las imágenes?
¿Se pueden guardar los recuerdos?
Me pone triste cuando una imagen se va y no puede quedarse.
La luz abandona las cosas.
Durante un momento todo toma el color de las flores.
Después llega la no-luz.
Me gustaría dejar una marca.
En la tierra.
En la piedra.
En alguna parte. Algo que dijera: Estuve aquí. Vi esto. Lo recordé. Quizá por eso escribo. Quizá por eso él hablaba.
Quizá por eso aquel hombre intentaba recordar.
Me llevó aparte. Los demás siguieron caminando mientras él me hacía una seña. Nos alejamos un poco del sendero. Entonces me señaló unas serpientes enroscadas entre las piedras.
—Observa.
Permanecimos un rato en silencio.
Después dijo:
—Esta generación es como ellas.
No entendí.
Me explicó que nos esperan con saña porque las molestamos. Que los hombres de poder sólo lo desean para sí mismos. Luego me miró de una manera extraña. Como si estuviera viendo algo detrás de mí. Algo que yo no podía ver.
—Tú no eres como los otros.
Sentí vergüenza.
No me gusta que me adulen.
—Serás mi seguidor.
Después dijo palabras todavía más difíciles.
—Serás mi dolor, mi muerte y tu muerte.
Pensé que estaba cansado. A veces habla así. Como si caminara por un sendero invisible. Me dijo que un día me arrodillaría para sostenerlo. Que él se apoyaría sobre mí para mirar más lejos. Que sobre mí levantaría algo dedicado al único Dios. Que lo lamentaría.
Y después lo agradecería.
No entiendo sus palabras.
Cada día creo entenderlas menos.
Quiero volver a pescar.
Es lo único que sé hacer bien.
Pero esta noche, mientras reparo las redes junto al fuego, vuelvo a escuchar su voz.
Y me descubro intentando recordar cada palabra.
Como si temiera que también ellas pudieran desaparecer.
Como desaparece la luz.
Como desaparecen los rostros.
Como desaparece el día.
Y entonces comprendo que estoy haciendo lo mismo que todos los hombres han hecho siempre.
Guardar algo antes de que se pierda.
¿Qué es lo que tiene el fuego que levanta el ánimo después de una jornada de frío intenso? Esta vida no es la misma que tenía a orillas del mar. Agua y fuego son el mismo elemento manifestándose de formas distintas. Una es la fluidez que ocupa todos los vacíos y da vida a la tierra; la otra es el ascenso hacia el cielo, buscando las fuerzas que sostienen el mundo. El Maestro decía que debemos ser agua y fuego al mismo tiempo. Pero no puedo.
No consigo que confluyan.
Se arremolinan y dan vueltas.
Giran.
La presencia de mis abuelas en esta casa me subyuga. No me dejan ser yo. El espejo envejecido, el vidrio desconchado, las letanías, las tardes de otoño, el Maestro que nunca se expresa con claridad, las marcas en la piedra incapaces de retener el color de las flores del cielo. Todo aparece a la vez, reclamando un lugar en mi memoria.
Debo atarme los pechos con cuero para que no se muevan cuando corro.
Debo cubrir con flores a los mordidos por la serpiente.
Debo escuchar a los hombres que hablan en nombre de Dios sin dejarnos verlo.
Misericordioso.
Clemente.
Uno.
Y tres.
E infinito.
Y la tarde no me deja pensar. Y el vidrio. Y las voces. Y mi madre, que parió y luego dejó de moverse. Nosotros la cubrimos de flores y cenizas, igual que hemos cubierto siempre a nuestros muertos. Con flores. Con cenizas. Con palabras.
Nacer, amar, perder, parir, correr, cazar, coger, besar, escribir, creer, besar de vuelta, seguir a Dios, buscar palabras, pintarme los labios, sostener a un profeta sobre mis espaldas, atarme los pechos con cuero para correr.
¿Mi buen Dios?
¿Es que todo eso debo hacer?
¿Para eso me has abandonado?
¿Por qué me llamas desde demasiados lugares? Desde la cueva donde la noche habla. Desde el río donde remiendo mis redes sin entender las palabras del Maestro. Desde esta casa antigua donde las abuelas siguen rezando en habitaciones vacías. Y yo estoy cansada. Cansada de perseguir imágenes que se borran, cansada de intentar recordar lo que el Maestro quiso decir, cansada de buscar en el espejo el rostro correcto.
Tú me pides que ame y amo. Tú me pides que llore y lloro. Tú me pides que entierre a mis muertos y los entierro.
Siempre.
Entonces vuelvo al fuego porque el fuego permanece cuando todo parece perdido. Vuelvo al río porque el río sigue corriendo aunque nunca sea el mismo. Vuelvo al espejo porque alguien estuvo allí antes que yo y alguien estará después.
Y quizá eso era lo que intentabas decirme desde el principio. Que no debo conservar las cosas. Que no puedo. Ni el color de las flores cuando cae la tarde. Ni la voz de mis abuelas. Ni las palabras del Maestro. Ni el rostro de mi madre. Ni siquiera el mío.
Lo único que puedo hacer es dejar una marca.
Una marca en la piedra.
Una marca en el papel.
Una marca en la memoria.
Un evangelio pagano.
Algo pequeño como un hilo de agua en el fondo de un cañón.
Algo pequeño como una llama resistiendo el frío.
Algo pequeño como una mujer sentada junto a una ventana de otoño, escribiendo una historia que todavía no entiende.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 29 de mayo de 2026
